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Ruteando por San Pedro de Arlanza

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U na hora después de comer, apenas alejada la tormenta como aquéllas oscuras golondrinas de Bécquer, que nunca volvieron a Sevilla, el ambiente continúa liberando humores a pólvora mojada. Covarrubias queda atrás, junto con sus bien puestos mondongos patrimoniales, sus ilusorias brujas -que son de la buena o de la mala suerte, como en cualquier otro lugar del becerro de oro que es España-  y sus nobles fantasmas del ayer. Semejante a un sueño, el camino nos precipita, una insignificancia de kilómetros más adelante, en una testa táurica y carcomida por los agujeros de gusano del tiempo, cuyos cuernos, semejantes a una media luna, los añade una carretera general que parece secuestrar al viajero -cual homérica sirena- hacia el hechizo mortal de los cantos gregorianos de Silos: Te Deum Laudamus . I ntentar describir San Pedro de Arlanza, resulta algo más que un tópico. A fin de cuentas, ¿cómo describir lo indescriptible?. La visión, lejos de parecerse a ese espejo histórico y c...

Peregrino en Luarca

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D entro del Camino Norte que recorre la costa asturiana, hay una pequeña perla conocida por todos los peregrinos que siguen este precioso sendero en su rumbo hacia el Oeste. Se trata de una ciudad muy especial para mí, pues no en vano, de sus cercanías son mis raíces paternas, y siento su singular hechizo desde aquellos felices y lejanos tiempos de infancia, en los que pasaba largas temporadas estivales. Hace unos días, he tenido la oportunidad -después de algún tiempo de sentirme atrapado por la venenosa morriña inoculada por ese pérfido y traidor demonio Meridiano , que me hizo recordarla con añoranza, quizás por segunda vez en poco tiempo en las páginas de este peregrino blog- de volver a los caminos astures y dar rienda suelta, entre otros rumbos, a ese caprichoso placer, a ese placentero derroche existencial, de hacer magia con el tiempo, sin importar otra cosa que rememorar aquél pasado feliz, no obstante con paseos y ojos del presente. C on ojos del presente, siempre reco...

Un lugar de la Maragatería llamado Castrillo de los Polvazares

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'Del romance castellano no busques la sal castiza; mejor que romance viejo, poeta, cantar de niñas. Déjale lo que no puedes quitarle: su melodía de cantos que canta y cuenta un ayer que es todavía'. [Antonio Machado] S u fama le precede. Simplemente mencionar el nombre de Castrillo de los Polvazares y mente y estómago se confabulan pensando socarronamente en lo mismo: el cocido maragato . Y no es para menos, y quizás sí para más, porque a la cantidad se une la calidad y cuando la mente se empalaga, perdida en esos mundos del olor y del sabor y el estómago toca desesperadamente a retirada, más que satisfecho, completamente lleno, ese espejo del alma que son los ojos observan con cierto disgusto -o pudiera ser tristeza- las exquisitas viandas que aún quedan en platos y bandejas, mientras los labios apuran de un trago un vasito de licor de hierbas -o de orujo, que tanto dá- como salutífera prescripción para facilitar la digestión. S ea o no ...