Tibidabo: el Sagrado Corazón


Hay algo de occitana resonancia en ese sonoro nombre, Puig de l'Áliga o Cerro del Águila, con el que antiguamente se denominaba al pico más alto de esa sierra de Collserola, cuyo nombre actual, Tibidabo, recuerda -o así lo creen muchos-, a aquél otro lugar de Tierra Santa donde el Diablo -posiblemente el mismo fatigado y melancólico con largas horas taciturnas que describía Apollinaire, y que posiblemente inspirara también el Mefistófeles de Goethe-, fracasó en sus pretensiones de tentar a Cristo. Desde luego la comparación, lejos de ser gratuita, le viene al pelo a un lugar que, como aquél sacromonte tentationis, despliega una inconmensurable visión a sus pies. Tal vez por eso, para alejar espíritus perversos, o quizás, para no permitir que los dioses volátiles de los antiguos cultos volvieran a campear por sus respetos amenazando a la católica, apostólica y romana doña Cuaresma, se decidió levantar en su cima, a principios del siglo XX, otro templo de filiación modernista -su padre fue Enric Sagnier i Villavecchia-, que a menor escala, pero sin duda influido por los cercanos bocetos del no en vano calificado como arquitecto de Dios, Antoni Gaudí, y posiblemente mirando de reojo al corazón de las angustias de la parisina Montmartre, pretendía incidir también, en la remisión del hombre a través de otro Templo Expiatorio: el del Sagrado Corazón. Un templo expiatorio que, al igual que el templo expiatorio por antonomasia, la Sagrada Familia -posiblemente, en cuanto a visitas anuales y admiración, incluso más popular aún si cabe que el del Apóstol- vuelve a recordarnos, con todo lujo de símbolos -el que tenga ojos, que observe la portada principal- una gran verdad que ya conocían los constructores a lo largo de la Historia: de la caverna a la catedral. Y como en tantos otros elevados sobre lugares jupiterinos, una cuando menos significativa presencia: la Virgen Negra. Claro que, en éste caso, no podía ser otra más que la Reina de Catalunya: Nª Sª de Montserrat.


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