sábado, 16 de agosto de 2008

El Peregrino en el Norte: Asturias




Subiendo el Puerto de Pajares


Son las 11,15 horas de la mañana, y me encuentro, aproximadamente, a mitad del Puerto de Pajares, a unos quinientos metros escasos del pueblo que lleva su mismo nombre. Su belleza, impresionante, emociona. Hay cúmulos de niebla, persistentes y espesos, sobre las cumbres de las montañas y el tráfico -en contra de lo que pensaba con la 'variante Payares'- es fluido. Son muchos, quizás demasiados, los camiones que todavía toman esta ruta, supongo que por necesidad, pues la dureza de este puerto, sobre todo en invierno, continúa siendo legendaria.
Resulta difícil, cuando no imposible, evitar dejarse llevar por el recuerdo y no rendirse a su inevitable seducción. De tal manera, que sin poder contener que una lágrima furtiva bese el suelo de esta querida tierra, siento que el espíritu de aquél niño de antaño -soñador y rebelde- aflora durante unos minutos a los ojos de un hombre que tiene la sensación de volver de nuevo a su tierra, después de largos años de ausencia.
Es un momento entrañable, íntimo, en el que veo, con toda nitidez, a mi padre, observándome por el retrovisor del baqueteado Simca 1000 cuyo motor, lenta, a regañadientes, asciende el puerto algunos metros por delante de esos, por aquél entonces, típicos y pesados camiones Barreiros, cuya lentitud inducía a pensar que precisamente no se movían del suelo.
En efecto, aún su rostro se mantiene persistentemente en lo más entrañable de mi recuerdo, Observando mi mutismo -lo cierto es que la belleza de ésta tierra siempre me ha atraído como un imán- diciendo, alegremente:
- Y recuérdalo siempre: no te pongas gallo, que estás en la Patria de Don Pelayo...
Acostumbrado en los últimos meses a caminar por las riberas del Duero -aquéllas que históricamente fueron frontera durante siglos entre reinos moros y cristianos-, no deja de ser todo un acontecimiento especial haber traspasado la frontera de este reino mítico y legendario, en cuyas montañas, orgullosas e inaccesibles, en tiempos brotó la chispa que daría origen a la Reconquista y haría posibles aquéllas otras.

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El Peregrino en el Norte: Segunda Parte, León


Un santuario en tierras leonesas: Huergas de Bordón, Santuario de la Virgen del Buen Suceso.
La primera parada, la hice a 274 kilómetros de Madrid, en el pueblo leonés de Toral de los Guzmanes. Allí realicé mi primer repostaje y tomé el segundo café de la mañana. Un café, por cierto, que me supo exquisito. Algunos minutos después, rodaba por la autovía Ruta de la Plata, siguiendo siempre la dirección que señalaba hacia Oviedo. Y no hubiera abandonado la autovía, de no ser porque un cartel que indicaba León-Oviedo por el Puerto de Pajares, hizo que la nostalgia fuera más fuerte que la duda, y sin importarme el tiempo o la vuelta que tuviera que dar, decidí continuar el viaje en esa dirección.
Como todas las grandes ciudades, León constituye, también, un pequeño caos circulatorio, agravado, supongo, por la época estival. Y aunque estuve tentado -al ver las agujas góticas de esa 'rosa de piedra' que constituye su catedral- de posponer el viaje unos minutos para solazarme en su interior, continué mi camino, animado por un vivo deseo de liberarme de tanta rotonda, semáforos y coches que, sin duda alguna, ponían una nota gris en mi gran aventura nórdica.
Poco después de dejar atrás la autovía de circunvalación -similar, por poner un ejemplo, a las madrileñas M30 o M40- la tranquilidad y la belleza del paisaje, volvieron a dotar de ilusión y confianza a mi estado de ánimo. Yendo solo, sería imposible ir anotando los nombres de todos los pueblos y lugares por los que pasé, a excepción de ir parando en cada uno de ellos, lo cuál hubiera eternizado mi viaje más de lo deseado. No obstante, paré a la salida de uno de ellos, cuya carretera, por cierto, estaba en obras: Huergas de Bordón.
¿Cómo no hacerlo, al ver esa hermosa iglesia enclavada en un prado, circundada de fresca hierba, árboles frutales y arropada en la distancia por montañas cuyos picos parecían poder obrar el milagro de atravesar las nubes en cualquier momento?.
Se trataba de algo más que una simple iglesia. Era un Santuario, cuyas puertas, abiertas de par en par, invitaban a entrar a todo aquél que quisiera hacerlo. Sin guardianes; sin tener que sacar una entrada; sin carteles que prohibieran tirar fotos en su interior o limitaran en todo momento los movimientos del visitante.
El Santuario estaba en penumbras, a excepción de la luz solar que se colaba perezosa por la puerta y los cristales de las ventanas, y no había nadie en el interior. Junto a la puerta, en una pequeña mesita, alguien -es posible que el párroco- había dejado algunas postales de la Virgen del Buen Suceso, así como algunos panfletos relativos al Año Mariano y las actividades de la parroquia. El canastín de mimbre destinado a las dádivas, permanecía incólume encima de uno de los bancos.
Detrás del altar, en un retablo que a primera vista parecía de índole barroco o neoclásico -como las características arquitectónicas del propio Santuario- y protegida por una verja de hierro, la Virgen del Buen Suceso miraba al frente con ojos bondadosos y una tierna sonrisa en los labios. A diferencia de la capa verde ribeteada de estrellas con la que aparecía en las postales, su vestimenta, blanca, resplandecía en la oscuridad, como si de un aura purísima se tratara. Se agradecía la paz y el silencio del interior, que contrastaban, a veces, con el ruido del tráfico que circulaba en ambos sentidos en el exterior, bastante denso, en mi opinión, pues no en vano se trataba de un día de diario.
Dejando a un lado este mundanal detalle, reconozco que se estaba bien allí. No obstante, había que continuar viaje; de manera que, después de echar un breve vistazo al panfleto que sostenía curioso entre las manos, una frase me llamó poderosamente la atención. Camino, otra vez, del Puerto de Pajares, no dejaba de repetirme a mi mismo:
'Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro caminar'.