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La catedral de Ávila o Alicia a través del Espejo

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Escapar de un dragón de piedra, como es la Sierra de Guadarrama, deja plena libertad para disfrutar sin sobresaltos de la perpendicularidad de la Meseta. Aunque claro, nunca se sabe lo que realmente te puedes encontrar en esas ecuaciones de exponenciales paradojas, que forman la equis de los caminos y la i griega del destino. Lo pensé después de salir de casa: ¿quién tuvo la culpa, el conejo blanco o el conejo negro?. Frente a semejante integral y sintiéndome como Alicia, sólo puedo decir que atribulado ante tan exponencial incógnita, el rastro del conejo blanco se truncó misteriosamente con la huella del conejo negro. Lo crean o no, cuando dejé atrás las murallas de Ávila y penetré en la catedral, ésta se convirtió en un Espejo, a través del cual, me sentí transportado a otro mundo muy diferente del que había dejado atrás, unos minutos antes de sacar el ticket y rechazar amablemente el auxilio de las audio-guías. Es cierto, no obstante, que en el silencio de la nave y acongojado por s...

El arcoiris y la catedral

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Si hay edificios, cuya madre es la Tradición y cuyo padre es el Misterio, no me cabe la menor duda, de que son las grandes catedrales medievales. Las catedrales medievales, además de ser una respuesta a las obsolescencias de los precedentes templos bizantinos o románicos, son también lugares que vuelven a reivindicar el antiguo pacto que hizo Dios con los hombres, después del Diluvio Universal. Por ello, no sólo no es extraña la presencia, metafóricamente hablando, de los arcoíris –el símbolo por antonomasia de tal pacto- sino que además, constituyen un motivo de deleite para los sentidos, que no tardan en claudicar frente al inconmensurable poder de lo hermoso. Los culpables de tan extraordinario fenómeno, fueron aquellos mismos que buscando a Dios en las alturas, urdieron esas paletas solares, la vidrieras, por cuya mediación, ese genio expresivo que es el sol, se convertía en el heraldo divino, haciendo filigranas, cuyo mimetismo cromático se materializaba en magnéticos colores, cap...

Ávila: la peregrina iglesia de Santiago

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A orillas del río Piedra me senté y lloré …Así comienza una obra entrañable de esa extraña, cuando no stevensoniana personalidad entre peregrino, escritor, poeta, místico y novelista que caracteriza a ese soñador de caminos –quizás los mismos que antes que él, perturbaran la brújula de poetas expertos en barquitos de papel y mundos concebidos dentro de pompas de jabón, como Machado-, llamado Paulo Coelho. Mentiría si dijera que la última vez que estuve en Ávila –un domingo de febrero, de un año que poco importa porque apenas ha comenzado a dar sus primeros bostezos y aun puede presumir de barbilampiña sonrisa e infantil poderío sabiendo todavía lejos la tradicional Misa del Gallo , preludio al anuncio de su próximo Getsemaní -, me senté a orillas del río Adaja y lloré. Pero sí es cierto, que no por más teresiana que se precie o con más halo de mística medievalidad con la que se engalane de cara a presentar las credenciales de su inherente protagonismo en el bien llamado Siglo d...