domingo, 26 de febrero de 2012

La Magia de O Cebreiro

'O tempo nao se movimenta

o homene que se desloca.

Quando esta ordem se altera

entramos na eternidade.

Giba (1)



Los hombres se van, su destino es retornar al polvo de los caminos y dejarse llevar por el viento, como briznas de ceniza de ese fuego que un día fueron. Pero sus obras permanecen, y junto a ellas, su recuerdo, frente al que no cabe pensar, si no, en un guiño amable que nos lanza la inmortalidad, como premio de consolación. No lo conocí, he de confesarlo a mi pesar, pero a medida que me hablaban de él en aquélla inolvidable jornada de sábado, poco después de dejar atrás Ponferrada y su castillo, continuando nuestra ruta hacia Piedrafita y O Cebreiro, supe, instintivamente, que hubiéramos congeniado. Después, cuando vi todas las muestras de afecto, estuve completamente seguro. Todavía quedan hombres buenos en el mundo; esto es un consuelo. Puedo decir que he conocido a algunos, todos vistiendo un hábito diferente, pero partícipes de un mismo credo: la bondad. De alguna manera, sentía que debía comenzar diciendo esto y haciendo referencia, lógicamente, a Don Elías Valiña Sampedro, el que fuera párroco y Viae Sanct Iacobi Insigni Renovatore de O Cebreiro. ¡Ultreia, Don Elías!. Va por Vd.




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Resulta difícil no tener la sensación que desde esos 1300 metros de altitud del alto de O Cebreiro, dos mundos confluyen en el corazón del peregrino, y también, por qué no, del aspirante a peregrino que un día, por los motivos que sean, llega hasta allí y dispone de unos minutos para meditar. Observa a su alrededor, impresionado por el paisaje que se despliega ante su vista, y siente una infinita tristeza frente al recuerdo del mundo en el que realmente vive, y este otro mundo, más pequeño pero más auténtico y vital, que tiene al alcance de la mano, apenas a trescientos metros a su izquierda. Aún vecino del Bierzo y sus silenciosos valles, el viento, aquí arriba y en enero, sopla con fuerza, y en su gélido aliento, susurra al oído antiguas historias, que empujan a seguir adelante por un camino lleno de prodigios, marcado siempre por la luz de las estrellas: el Camino de la Vía Láctea.
Había algo de nieve en O Cebreiro, cuando dejamos el coche enfrente del viejo crucero de piedra, convertido, como no podía ser menos, en improvisado monxoi de peregrinos, como demostraban las numerosas piedras depositadas en su base escalonada. En el bolsillo de mi anorak, llevaba una pequeña piedra de pizarra -que poco a poco se iba desmenuzando, recordando, de alguna manera, lo efímero de la existencia- que había recogido por la mañana temprano en los alrededores del castillo de Cornatel. Su destino, reservado para el día siguiente, era la Cruz de Ferro de Foncebadón. No estaba preparado. Y no lo estaba, porque posiblemente no terminaba de creerme que pisaría O Cebreiro; por eso, no había llevado conmigo una piedra recogida en otro lugar, según marca la tradición. De manera, que tengo una pequeña deuda que saldar. ¿O son, tan sólo, deseos irreprimibles de regresar?. ¿Inciertas añoranzas espirituales basadas en un partir para volver?.
Pese al aire frío y algunas nubes hacia poniente, el sol iluminaba la piedra de los hogares y los cónicos tejados de las pallozas, húmedos por los restos de nieve que comenzaban a derretirse en brillantina de agua formando charcos en el suelo. El pueblo, he de confesarlo, ofrecía un aspecto moderno, como recién restaurado, que me hizo pensar que, después de todo, ningún lugar está a salvo de ese paradigma de dos caras, cual Jano, llamado progreso. Obvio los albergues con todos los adelantos, incluídas las conexiones wifi para conectarse a internet y las antenas parabólicas para que no falte ningún canal de televisión en las habitaciones, y me quedo con lo genuino del lugar, con esa esencia ancestral, que alimenta el mejor de los recuerdos; con la magia, simple y llanamente, del lugar.
Ahí estaban, junto a la modesta iglesia de la Patrona de la comarca, Santa María la Real, las manifestaciones de cariño hacia la figura y memoria del antiguo párroco; las milenarias piedras, originales y en esencia románicas, aunque ajenas a adornos y boatos que, humildes y guardando un generoso tesoro, me recordaron, en la propia lección de su sencillez, a la ermita soriana de San Baudelio de Berlanga; y por supuesto, el peregrino, mochila al hombro, parado junto a una puerta que no tardaría en abrirse, para mostrar un interior en el que aguardaba, más allá del tiempo y el desapego humano característico de esta época, una fuerza vital, alimento indispensable para el Espíritu, como es su Grial, su genuino Cáliz del Milagro. Su sobrenatural Eucaristía.




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El templo, una vez abierta la puerta por un hermano lego con hábito de franciscano, invita al recogimiento con su silencio; un silencio, amparado en unos sublimes claroscuros, que poco a poco van cediendo protagonismo al empuje irremisible de la luz artificial. Esto conlleva, que la primera impresión que se tenga, sea la visión, por encima del altar, de un Cristo suspendido del Universo e iluminado con un aura particular que, como el famoso Cristo del cuadro de Salvador Dalí, mira piadoso hacia la Tierra. Le sirve de marco la bóveda, en modo alguna perfecta y algo achatada por un lado, del ábside, mientras a la derecha, en la capilla del Evangelio, el Santo Cáliz del Milagro parece brillar con luz propia detrás del cristal que lo ampara y salvaguarda. Hay velas encendidas, cuya llama, avivada por la corriente que se cuela a través de la puerta, bailan a medida que se consumen con la cera los deseos anónimos de quienes, peregrinos o no, las prendieron. En el lateral, sedente en su trono como una reina y con el Niño en su regazo, la imagen románica del siglo XII de Santa María la Real, Patrona de la comarca, mira, conmiserativa, hacia la capilla de la Epístola, en cuyo firme, y custodiada por una imagen peregrina de Santiago, una lápida alberga los restos mortales de don Elías Valiña, Fratris Viatorum Sancti Iacobi.


Se trata, no cabe duda, de un lugar trascendente, en el que incluso los pasos secos de las pisadas de las botas sobre el pavimento, parecen despertar ecos lejanos, atrapados en un pequeño universo donde incluso el tiempo, paradigma inequívoco de la eterna levedad del ser, parece haberse detenido. Cada rincón, cada objeto, es una leccion individual, basada en la esencia primordial del símbolo. Pero no quiero ir más allá; lo trascendente, como cualquier regalo sublime, debe ser recogido y aprendido por cada alma, por cada ser. Y no obstante, dado que la fortuna me procuró la compañía de un maestro, sólo daré una pequeña pista: una Virgen, un Niño en su regazo y una Manzana en la mano de éste.


Hace un mes que vengo preguntándome el por qué del color verde que luce la túnica de la pequeña estatuílla del Apóstol Santiago; no puedo evitar, preguntarme si es casualidad, o quizá -con independencia de su modernismo y su origen francés- guarda algún tipo de relación con el culto a las Vírgenes Negras. Son guantes de desafío que lanzan las apariencias y corresponde a cada uno decidir o no si se recogen. Pero por encima de todas estas consideraciones, nunca dejaré de preguntarme, por qué las lágrimas acudieron a mis ojos cuando salía de la iglesia; por qué no pude reprimirlas y qué fue, en realidad, lo que activo ese resorte oculto en lo más profundo de mi ser que hizo que, por primera vez en muchos años, llorase con la inocencia de un niño.


P/D: Una vez en O Cebreiro, buscar la ESCALISTINA, y cuando la halléis, pensad qué os sugiere.



(1) Texto sacado de un azulejo que forma parte, como añadido moderno, del antiguo crucero de piedra que se localiza a la entrada del pueblo.