lunes, 31 de enero de 2011

Alma de Otoño

No, no lo he olvidado. Siento el aliento gélido de Bóreas, y soy consciente de que estamos en invierno. Incluso recuerdo que no hace mucho, la nieve crujía bajo mis pies. Pero no lo puedo evitar. Tengo el alma de otoño, ¡qué le voy a hacer!. Al fin y al cabo, ¿qué es la vida, si no un contínuo otoño?. Estertores de alegría que mueren en el mismo instante en el que una hoja cambia de color.
Por eso, no olvido nunca los versos de mi más querido y admirado poeta:
Quien quiera beber conmigo,
tiene una copa en mi mesa;
compartirá mi alegría,
pero también mi tristeza.

domingo, 30 de enero de 2011

Con su blanca palidez: retorno a San Juan de Duero


Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar...No erró el poeta, en absoluto, cuando escribió estos versos, probablemente pensando en un lugar tan especial, como no me cabe duda, es éste monasterio soriano de San Juan de Duero. Un lugar en el que, no bien se traspasa el umbral de su milenaria puerta, resulta difícil no experimentar la poco comprendida sensación de encontrarse inmerso en un auténtico dêja-vú; una sensación en la que, por alguna curiosa circunstancia espacio-temporal, se piensa en la posibilidad de haberlo vivido antes. O incluso, también, de haber vivido allí en otra época o en otro lugar.
Caían cabellos de ángel cuando llegamos allí, una vez dejado atrás el puente medieval que se alza sobre el taciturno Duero, y un manto, aterciopelado y blanco se extendía como una inmaculada mortaja por su claustro abierto siempre a las estrellas. Pero ahí estaba, incólume, abrazada a la perfección, misteriosa como la mujer del cuadro, ensimismada con la canción que el viento traía procedente del cercano Monte de las Ánimas. El oscuro cabello de una bruja se ensortijaba como los bucles salvajes de una divinidad pagana, acariciado también por ese viento de gélido aliento, mientras sus ojos, estoy seguro, se complacían contemplando el influjo oriental de unos arcos que nunca se han cansado de ser ventanas al infinito.
Fue una promesa, hecha con la sinceridad de un corazón becqueriano, unida a un deseo de compartir una lágrima de poesía con una persona especial. Ocurrió antes de ayer; y sin embargo, como diría Borges refiriéndose a la lluvia, tengo la sensación de que la nieve ocurre también en el pasado.
Pero de una forma u otra, siempre me consolorá refugiarme en esa alma noble que, a fin de cuentas, supo entender mejor que nadie, que todo pasa y todo queda, porque el destino del hombre es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar.
San Juan de Duero, 28 de Enero de 2011


jueves, 27 de enero de 2011

Nostalgias de Peregrino

Me pregunto por qué hay ocasiones en las que resulta tan difícil hablar de los seres o de los lugares que se aman. Es como si el cerebro, racional a pesar de todo, decidiera por su cuenta convertirse en improvisado carcelero, y sin más razón que un dictatorial capricho, decidiera dar un golpe de estado sobre los sentimientos.
Peregrinos y cansancio, son eternos compañeros; y es después de una dura jornada, cuando ambos, acosados por el entumecimiento y las agujetas, se solidarizan como hermanos y se hacen confidencias.


Hoy me siento cansado, le digo a mis dolores. Ocurre a veces, sobre todo cuando hay muchas cosas de las que hablar; una pasajera soledad para madurarlas; algo de tiempo para escribirlas y un desesperante atasco en las catacumbas del alma para liberarlas y gritarlas a los cuatro vientos.
Ignoro si será nostalgia, o quizás haya sido poseído por ese peligroso demonio que, de nombre Meridiano, inocula sigilosamente el terrible veneno de la acidia. Sólo sé, que cuando llegan estos momentos, no puedo evitar buscar refugio en esa tierra de donde proceden mis raíces, y donde, en parte de mi infancia, fui el niño más feliz del mundo. Siquiera por unos momentos, retorno al hogar, retorno al Norte y a esa mar sabia y bravía, que un día me enseñó que como el vaivén de sus olas, todo en la vida viene y va; excepto la Amistad.
Tal vez haya dicho cosas sin sentido, como dijera una vez Jorge Luis Borges y todos mis recuerdos se los llevara la marea. Pero no importa, porque después de todo, sólo quería relajarme...antes de continuar.

jueves, 6 de enero de 2011

Toledo, retazos de Historia y Magia

'Todavía hoy en los rodaderos de Toledo, entre el puente de Alcántara y el puente de San Martín, después de una fuerte lluvia torrencial en las cárcavas que se forman por el agua aparecen piedras decorativas visigodas y alguna que otra moneda...'.
[Fernando Ruiz de la Puerta (1)]

Tuve el enorme placer de conocer al profesor Fernando Ruiz de la Puerta el pasado 27 de noviembre, durante el transcurso de la II Jornada Ciudad de Toledo de Ciencias Ocultas. De hecho, gracias a su gentil amabilidad, pude asistir a la última de las conferencias de aquél inolvidable sábado que, pronunciada por Miguel Blanco -director del programa radiofónico Espacio en Blanco- pretendía alertarnos de futuros acontecimientos que, basados en una supuesta profecía maya, han de suceder, si la Humanidad no lo remedia, en diciembre de 2010, probablemente coincidiendo con el próximo solsticio de invierno; es decir, a la vuelta de la esquina.
Mi opinión al respecto, formará parte de una entrada que desarrollaré en otro momento, aunque quizás no esté de más, que adelante mi opinión personal sobre el Apocalipsis, ciñéndome a su significado literal de revelación o cambio, que no tiene por qué ser necesariamente traumático -por muy mal que vayan las cosas en el mundo- como tampoco lo fue -salvo para aquellos que se dejaron llevar por la histeria- en el año mil, ni trajo excesivas y desagradables sorpresas con el sonado y temido efecto dos mil.
He elegido a propósito este párrafo del último libro de Fernando porque, simbólicamente hablando, define a la perfección la sensación que se experimenta cuando uno pasea por las calles de ésta emblemática ciudad, que aparte de ser la capital del malogrado reino visigodo, constituyó y continúa constituyendo en la actualidad, un auténtico Axis Mundi por el que una auténtica corriente de ancestral sabiduría que, de la mano de la magia, la leyenda y la tradición, brota, como un chorro jordánico, de las ignotas profundidades de sus subterráneos; se deja sentir en las estrecheces y símbolos de sus calles, y te asalta, como un espectro enfurruñado al final de sus empinados callejones.
Y no obstante, no es necesario esperar la llegada de una fuerte lluvia, ni tampoco husmear con avidez por la ribera sacra del Tajo, entre los puentes de Alcántara y de San Martín, para verificar las afirmaciones de Fernando. Basta tan sólo con pasear tranquilamente por las calles de Toledo, para que retazos de Arte y de Historia te salgan al paso, como los brazos implorantes de docenas, cientos de ánimas que desde el purgatorio del olvido reclaman un minuto de atención; y también, ¿por qué no?, una simple fotografía que ayude a sacarlas de ese olvido en el que moran y hacerlas, simplemente con el recuerdo, protagonistas por un día.
Algunos de los lugares tienen nombre propio: el Palacio del siglo XV de los Señores de Pantoja y Angulo; el Casón de los López de Toledo, hoy día convertido en restaurante, cafetería y bodega; parte del revestimiento exterior de la iglesia de San Bartolomé; la fachada de la mezquita del Cristo de la Luz, que muestra parte de los arcos mudéjares que han hecho únicos los del monasterio soriano de San Juan de Duero, e incluso una de las pequeñas cúpulas del interior, cuya forma de estrella de ocho puntas es comparable a la de San Miguel de Almazán e incluso a la de iglesia ascensional de Torres del Río, en Navarra; el restaurante La Perdiz, situado muy cerca de la imponente iglesia de San Juan de los Reyes, en cuya fachada un escudo nobiliario distribruye conchas de peregrino o vieiras a los cuatro puntos cardinarles...
Otros, sin embargo, enseñan solitarios retazos, demostrando que, en el fondo, nunca llueve a gusto de todos y algunos se mojan más que otros.
Calles, como la de la Mano Cortada o la de la Sierpe y callejones como el del Diablo y el del Infierno, que auspician fantásticas historias, o peñas, como la del Moro, que arrastran no menos fantásticas leyendas.
Esto conforma, pues, el viaje fantástico cuyo recorrido os propongo en las próximas entradas y del que, quién sabe, quizás en una futura visita, consigáis que la Magia de Toledo os envuelva como sin duda me envolvió a mí.
(1) Fernando Ruiz de la Puerta: 'Historia de la Magia en Toledo', Ediciones Covarrubias, 1ª edición, febrero de 2010, página 19.