jueves, 12 de septiembre de 2013

Liñares y su iglesia de San Esteban


El siguiente tranco de este tramo de la Ruta Sagrada, como diría Juan García Atienza, se localiza a poco menos de cinco o seis kilómetros de O Cebreiro. De hecho, como afirmaba Don Elías Valiña en su Guía del peregrino a Compostela (1), Liñares fue pertenencia de O Cebreiro, quien disponía allí de plantaciones de lino para subvenir las necesidades del monasterio y del hospital. Si antaño tuvo alguna relevancia, como también deja entrever el fallecido párroco de O Cebreiro, en cuanto a mesones y hospederías, apenas constituye hoy en día un pequeño poblado, enclavado prácticamente a la vera misma de la carretera general que se dirige hacia Triacastela. Pero cuenta al menos, con dos lugares interesantes que reseñar: la iglesia de San Esteban y un restaurante situado a la salida del pueblo, entre éste y el cercano Alto de San Roque.
De estilo rural, que recuerda por su planta y forma esa clase especial de templos montañeses que siguen como modelo base la iglesia de Santa María la Real (de O Cebreiro), el templo de Liñares, dedicado, como hemos dicho, a la figura de San Esteban -de cuya lapidación, el peregrino posiblemente conozca un estupendo resto románico que se localiza en una casa cercana a la iglesia homóloga de la vecina población berciana de Corullón- también presenta, después de todo, algunos detalles que merecen la pena tenerse en cuenta. El primero de ellos radica, posiblemente, en esa muerte y resurrección simbólicas, que representan este tipo de iglesias y que el peregrino ha tenido ya la oportunidad de experimentar en la iglesia de Santa María la Real, en cuyo recinto ha penetrado por el oeste, para acceder a la cabecera, situada al este. O lo que es lo mismo, simbólicamente hablando: accede de las sombras de la muerte, a la luz del renacimiento, de igual manera que hace cada día ese sol invictus, que desaparece cada noche en ese mar tenebrorum situado en el Finis Terrae, destino que muchos de ellos llevan como última meta. Como en Santa María la Real, la entrada queda situada justamente debajo de la torre-campanario, cuya parte superior queda rematada por un pequeño templete, cuya forma recuerda, de alguna manera, a esas mandálicas construcciones orientales conocidas stupas.
Otro de los detalles -que en el fondo, no deja de ser un pequeño enigma-, y una vez dentro del templo, queda constituido por la presencia de dos magníficas pilas románicas, sin labra aparente pero perfectamente pulidas, que reciben a fieles, peregrinos y visitantes con su característica forma de copa o grial, detalle que vuelve a recordarnos el milagro eucarístico y por qué la presencia del Santo Cáliz sea el motivo principal del escudo de la provincia de Lugo. Cabe preguntarse, entonces, cuál de las dos pilas era la originaria del templo de San Esteban y a qué iglesia -es de suponer, que desaparecida- pertenecía la otra. Intrigantes, también, son los restos de pintura que todavía se observan en el muro lateral izquierdo, al lado de donde se encuentra una de las mencionadas pilas. Un leve rastro pictórico, que muestra la forma de sillares de un edificio, de probable realización moderna -siglos XVI ó XVII en adelante-, pero que inducen la idea de preguntarse, si quizás éstas se realizaron sobre otras más antiguas -recordemos que la mayoría de las iglesias románicas, eran pequeñas Capillas Sixtinas en potencia- y si así fuera, qué mensaje no se encontraría el peregrino románico, que marchaba de oca a oca -o de pista en pista- buscando la Trascendencia y el Conocimiento en su largo caminar hacia el Oeste. Son modernas, así mismo, prácticamente todas las figuras que permanecen inalterables tanto en el Retablo Principal -de cuyo barroquismo, columnas retorcidas y uvas son el mayor exponente, recordando el modelo base de los pilares del Templo de Salomón y la bebida noélica y sagrada por excelencia, el vino- como los retablos laterales. La parte central del Retablo Mayor, está ocupada por una figura del mártir Esteban, con el Libro en una mano y la palma de la santidad en la otra. A un lado, una Virgen con Niño, perdido ya el antiguo sedentarismo románico, y al otro, San Francisco, con su hábito característico y el Niño en brazos, remedando el antiguo protagonismo del gigante San Cristóbal.
La pista para el peregrino, posiblemente se localice en el retablo lateral derecho, donde vestido también como tal, otro santo caminero, gemelo de San Roque, no sólo llama la atención por anunciar la presencia de un hospital o una leprosería cercanos -probablemente el de da Condesa-, sino que, a la vez, nos recuerda el remedio del alimento espiritual, en forma de hogaza de pan que el perro que le acompaña lleva en la boca, y la presencia cercana de una Virgen Negra -Santa María la Real de O Cebreiro-, Reina y Señora principal de este duro tramo del Camino: San Lázaro.
Y desde luego, como para recordar su prácticamente inalterable presencia cerca siempre de una Virgen Negra, la figura de San Roque no tardará en serle recordada también al peregrino, en las inmediaciones de Liñares, precisamente en uno de los puntos más costosos, pero más bellos: el Alto que lleva su nombre, en el cual nos detendremos un instante en el próximo tranco.
Como dato complementario decir que existe, desde tiempo inmemorial, un camino denominado de Liñares, que desemboca en Lugo, concretamente al lado de la antigua nacional VI; es decir, la carretera nacional que se ha llamado de toda la vida de La Coruña.

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(1) Elías Valiña: 'El Camino de Santiago: Guía del peregrino a Compostela', Editorial Galaxia, Vigo, 1992, página 213.