viernes, 18 de marzo de 2011

In illia tempore: San Miguel de Lillo

'En el octavo libro de la Odisea se lee que los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar...'.
[Jorge Luis Borges, 'Del culto a los libros']

No lo puedo evitar: cada vez que pienso en este hermoso conjunto prerrománico de San Miguel de Lillo -o Liño, como lo denominan algunas fuentes, atendiendo a su nombre antiguo- recuerdo un episodio de la película Merlín (1), en el que el rey Vortigern -un hombre tirano y sin escrúpulos- manda ejecutar a varios maestros constructores, que ven impotentes cómo se desmoronan cuantos intentos realizan por levantar un castillo en un lugar a todas vistas inconveniente. Es un símil válido, bajo mi punto de vista, que define a la perfección las funestas consecuencias que pueden derivarse del enfrentamiento entre capricho y lógica. Al menos, una parte de la historia de San Miguel de Lillo, tiene ese lado épico, odiséico y desgraciado que, no obstante y quizás por milagro, aún se puede contar.

Es posible que las nuevas generaciones, olvidando las reflexiones de Homero, no aúnen su voz para cantarle a un lugar de las características de San Miguel de Lillo y tengamos que encarnar el papel de poetas algunos nostálgicos, que vemos, incluso en una mala elección del terreno, un derroche de sabiduría en el que el tiempo -flecha que apunta siempre en una misma dirección- nos ha birlado una parte esencial del conjunto. Aún así, cuando se salvan los escasos trescientos metros que separan ambas iglesias ramirenses, no ha de sorprendernos, si lo que primero nos asalta los sentidos, es el espejismo de la estética. No es para menos: un pequeño prado, de hierba de un color verde intenso, como las esmeraldas, flanqueado de árboles -últimos vestigios, probablamente de un ancestral y tupido bosque- sobre el que se asienta un templo en el que, quizás por efecto de la perspectiva, prevalece la altura sobre la anchura, dándole, metafóricamente hablando, el aspecto de un menhir enhiesto apuntando hacia el lugar de donde cabe suponer que desciende la Divinidad para alojarse en el sancta-santorum de su interior. A unos metros de distancia, las aguas de un pequeño manantial se deslizan ladera abajo, como gotas de rocío que resbalan sobre la aterciopelada superficie de los pétalos de una flor, dejando un suave susurro a su paso.

Posiblemente sea este manantial, o mejor dicho, esa fuente subterránea de la que procede, la responsable de que se terminaran hundiendo las dos terceras partes de su fábrica original. Ocurría esto en el siglo XI, y no obstante, lo que ha llegado hasta nosotros, diez siglos después, no deja de ser, sencillamente, espectacular. Tan espectacular, que no puedo evitar preguntarme cómo sería en los felices momentos de su concepción y posterior nacimiento.

Como en el caso de la iglesia de Santa Cristina de Lena, en el interior de esta iglesia de San Miguel, volvemos a encontrarnos con un elemento común: la tribuna regia. Un lugar de privilegio desde el que el soberano asistía a la celebración de los oficios en un mundo interior gobernado alternativamente por luz y sombra. Un universo cuya dualidad, probablemente, se viera desequilibrada siglos después, a favor de la primera, con la introducción de un estilo revolucionario que rompió los moldes de la época: el gótico.

Por otra parte, no deja de conllevar cierta emoción, permanecer unos minutos en el interior de un lugar donde se tiene la impresión de que incluso las partículas de polvo que evolucionan en un ambiente de marcadas bambalinas, lo hacen atrapadas aún en las corrientes de unos ríos históricos, siendo el devenir de sus olas un desbarajuste en las playas del olvido, aunque no de la memoria. Por desgracia, de esas pinturas descubiertas por José Amador de los Ríos en 1877, apenas queda rastro; pero incluso ese leve rastro tan dificultoso de apreciar en la actualidad, reafirma la impresión de que en el fondo, muchos de estos templos constituían, en sí mismos, pequeñas capillas sixtinas, de las que quizás la más sobresaliente, por haber corrido mejor suerte sus pinturas, sea la de San Julián de los Prados.

Hundidas en el exterior, las jambas del interior recuerdan, sin embargo, motivos romanos; como los danzarines circenses, o Daniel con los leones, en clara referencia a la persecución y el martirio que sufrieron los primeros cristianos, una referencia que la Iglesia olvidaría en siglos posteriores, en su cruzada contra los cátaros, por ejemplo, o con las actividades del Santo Oficio.

San Miguel de Lillo, dormido en un sueño eterno del que quizás despierte un día para terminar de contarnos todo aquello cuanto todavía calla.

(1) 'Merlín', dirigida por Steve Barron; interpretada por Sam Neill, Helena Bonham Carter, John Gielgud, Rutger Hauer, Miranda Richardson, Isabella Rosselini y Martin Short. RHI Entertainment Inc. 1998


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