domingo, 7 de septiembre de 2014

Wamba, cuando la Muerte es un Arte


El peregrino se aleja de tierras palentinas, y se adentra en esos misteriosos Montes Torozos, que caracterizan una zona muy singular de la vecina provincia de Valladolid. Sin olvidar los agridulces momentos proporcionados en San Juan de Baños, en su ánimo parece resurgir, quizás con más ímpetu, aún si cabe, ese mundo perdido de los visigodos y se encamina, con el ánimo bien dispuesto, hacia un lugar que, a pesar del tiempo transcurrido, aún conserva en su nombre el recuerdo de uno de sus reyes: Wamba.
 
Wamba es, después de todo, uno de esos lugares privilegiados donde el Misterio parece haberse instalado eternamente, para alertar al peregrino -no olvidemos, que entre sus calles figuran nombres como Foncalada o Platerías-, de que nada es casual y de que todo aquello con lo que se tropieza en su largo camino, no tiene otro fin que el de templar su espíritu, con lecciones más o menos amargas.
 
Por eso he querido que, antes de adentrarnos en los pormenores de su fascinante iglesia de Santa María, echemos un vistazo a su impresionante osario y pensemos por un momento, en esa pertinente compañera cuya sombra llevamos adjunta a la propia desde el mismo momento de nacer. El osario no está, en la actualidad, y a pesar de los pesares, en tan magníficas condiciones a como estuvo antaño. Pero observando las numerosas calaveras que alberga, difícil es no pensar en que, después de todo, cuando llega el momento, a la Parca se la recibe de dos maneras definitivamente contrastadas: con alivio y una sonrisa o con dolor y espanto. Al menos, eso es lo que sugieren los gestos anónimos de sus numerosas calaveras. Ahora bien, que cada uno saque sus propias moralinas.
 
Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini Tua da Gloriam.
 
Wamba, cuando la Muerte es un Arte.