miércoles, 24 de diciembre de 2008

Jesús, ese gran desconocido

El verdadero respeto
Durante la evangelización en el lejano Japón, un misionero fue hecho prisionero por un grupo de samuráis.
- Si quieres continuar vivo, mañana tendrás que pisar la imagen de Cristo frente a todo el mundo -dijeros los guerreros.
El misionero se fue a dormir sin albergar dudas en su corazón: nunca cometería semejante sacrilegio, y estaba preparado para el martirio.
Despertó en mitad de la noche y, al levantarse de la cama, tropezó con un hombre que estaba durmiendo en el suelo. A punto estuvo de caer de espaldas de la sorpresa: ¡Era Jesucristo en persona!.
- Ahora que ya me has pisado en carne y hueso, ve ahí fuera y pisa mi imagen -dijo Jesús-. Porque luchar por una idea es mucho más importante que la vanidad de un sacrificio.
[Paulo Coelho, publicado en el Magazine Semanal de ABC, 28 de diciembre de 2008]
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lunes, 22 de diciembre de 2008

Trasmoz, el pueblo de las brujas

'...polvo, niebla, viento y sol, y donde hay agua una huerta, al norte los Pirineos, ésta tierra es Aragón...', así define un zaragozano de pura cepa, nacido en 1935, una tierra que, no obstante tan pesimistas adjetivos, es rica en belleza, y por supuesto, en folklore y tradición. En cuanto al artista, me refiero, naturalmente, a José Antonio Labordeta, ese maño trotamundos, buen conocedor del Camino, diputado por la Chunta Aragonesista hasta este recién terminado el año 2008, cuya magia -inagotable- fue capaz de meterse un País en la mochila y de mandar a la mierda en el Congreso -textualmente- a los diputados de un partido rival, empeñados en no dejarle hablar. Y es que hay tanto de que hablar sobre Aragón...
Precisamente de eso se trata, de hablar. Y hablando, pues, sería una tremenda injusticia dirigirse hacia Vera de Moncayo y el monasterio cisterciense de Veruela, y no hablar de algunos pueblos, como Trasmoz, que se encuentran en el camino.
Gustavo Adolfo Bécquer, buen conocedor del lugar y refiriéndose a Trasmoz, legó a la posteridad unos versos que, desde luego, no tienen desperdicio alguno:
'De las brujas de Trasmoz
que de unas a otras se heredan,
y así sostienen su fama,
no habléis mal, porque se vengan'.
'Trasmoz es en Aragón
hasta el año de la fecha,
Zagarramurdi, Aquellarre,
Tolosa y su historia entera...'.
El poema lo dice todo: Trasmoz, el pueblo de las brujas.
De la afinidad entre Bécquer y Trasmoz, ofrece cumplida constancia la estatua del poeta, situada junto al castillo, contemplando eternamente el pueblo, de espaldas al Moncayo.
La historia brujeril de Trasmoz se remonta, en cuanto al mundo de la leyenda se refiere, a ese oscuro siglo XII en el que, si hemos de fiarnos de la historia que ha circulado de boca en boca a lo largo de generaciones, un nigromante, utilizando las pérfidas artes oscuras y en connivencia con el mismisimo Diablo, levantó el castillo en una sola noche.
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miércoles, 17 de diciembre de 2008

Feliz Navidad, Peregrino

'Caminó unos pasos hacia el mirador, con plena atención de cómo lo hacía, atrás habían quedado infinidad de ellos perdidos en el dolor , en el cansancio y en el hastío de todas sus jornadas de marcha.
No era un día cualquiera, ese día tenía un perfume especial , el aire parecía estar cargado de vivificante oxigeno que llenaba su pecho de vida, sintiendo esa indescriptible sensación de plenitud. Sensaciones que fluían en el silencio, degustando con sosiego esos instantes... aromas que le llegaban al alma...'.
[Fragmento del relato corto 'Peregrino', escrito por M.M.]

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Nadie mejor que ella entiende los pormenores del Camino; de la inquietud por saber; del sentido de la vida...y de lo dura y hermosa que puede llegar a ser ésta. El Camino es largo, pero apasionante. Es como ese juego de la Oca, con sus altibajos, sus satisfacciones y también sus penalidades.
No podía dejar pasar la ocasión de haceros presente mis mejores deseos, de desearos una muy Feliz Navidad y un venturoso Camino.
A los que estáis en el Camino; a vosotros, que todavía os estáis decidiendo a poneros en marcha; pero, sobre todo, a aquellos pocos afortunados que habéis llegado hasta el final.
A todos: Una muy Feliz Navidad.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El Antiguo Testamento en piedra: la historia de Job

'En el siglo XIV también parece haber quedado mudo un claustro después después de haberse esculpido sus ménsulas y capiteles. El claustro de Veruela parece haber seguido mudo durante seis siglos ante los ojos de las dos comunidades religiosas, de cistercienses y de jesuitas, que lo frecuentaron. Ninguna referencia hemos encontrado al significado de las no pocas figuras que asoman a la vista en él.
Un comentario: "Son bastantes las ménsulas que están formadas por una combinación de tres cabezas humanas, que arrancan de un busto común. ¿Serán tal vez simbólicas, o bien no pasan de ser un mero capricho decorativo repetido por rutina?", leemos en el único libro que hace, por lo menos, alusión a un 'rasgo de estilo' de la escultura del claustro. Ni el autor de la observación, ni nadie después de él, se dio cuenta de que ahí, precisamente en esos 'caprichos decorativos' a los que alude, estaba la clave de lectura del claustro de Veruela...'.
[Javier Delgado: 'Job en Veruela (Esculturas del claustro gótico del monasterio de Veruela)', Ibercaja, 1996]

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martes, 9 de diciembre de 2008

lunes, 8 de diciembre de 2008

Monasterio Cisterciense de Veruela II

'La difusión de la cultura debe servir, en todo momento y circunstancia, como excusa para hurgar en la interpretación de sus claves'.
[Javier Lambán Montañés]


Segunda Parte
Interiores


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Monasterio Cisterciense de Veruela I


Primera Parte
Entorno y Exteriores

A una distancia aproximada de 79 kilómetros de Zaragoza, se encuentra uno de los monasterios cistercienses más bellos e impresionantes de todos cuantos existen en la geografía española: el Monasterio de Veruela. Su carta de presentación, excelente, ofrece una nota de rancia solera, que se forjó hace más de diez siglos en los sueños de reforma y vuelta a los verdaderos orígenes del cristianismo, de sus tres fundadores conocidos: Roberto de Molesmes, Alberico y Esteban Harding.
El Monasterio de Veruela está considerado como el primer monasterio fundado por el Císter en Aragón, y su enclave -que da nombre al pueblo que lo cobija- no podía estar en un lugar más enigmático y mágico: la vera del Moncayo.
Como en la mayoría de los lugares donde el Císter asentó sus monasterios, un halo de misterio y de leyenda ha acompañado al Monasterio de Veruela, desde sus orígenes hasta nuestros días. En efecto, aún en desacuerdo con la Historia oficial, la fundación del monasterio pervive en la memoria de una hermosa leyenda, tal y como nos relata Alberto Serrano Dolader, en su libro 'El Moncayo, fantástico, legendario y misterioso' (1):
'Don Pedro de Atarés, fatigado de mil batallas peleadas junto a su señor Alfonso I, andaba descansando por estos parajes. Aficionado a la caza, al final de una jornada cinegética de poca fortuna vio una cierva (o un jabalí, dicen otros) e inició su persecución. El animal se refugió en la espesura del bosque, escapando de don Pedro. El ímpetu de la carrera y la frondosidad de la montaña desorientaron al caballero, que no supo encontrar la salida. Para colmo de desgracias se desató una aparatosa tormenta. Sólo quedaba una opción posible: encomendarse a la Virgen. Así lo hizo y con tanta fe que, rodeada de luces, Nuestra Señora se le apareció, indicándole la senda de regreso tras haberle solicitado que allí mismo le edificase lugar de culto. Se cumplió la petición: allí mismo se colocó una cruz (que ahora es conocida como la Cruz de Bécquer) y no muy lejos de ella se iniciaron los trabajos de construcción del monasterio'.
Quizás atraído -no sólo por las características naturales del lugar, recomendables para contrarrestar los efectos de su enfermedad- sino también por la chispa mágica inherente a tan extraordinario entorno, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, acompañado de su hermano Valeriano, pasó una larga temporada en Veruela. Durante su estancia, escribió varias de sus leyendas, así como sus conocidas 'Cartas desde mi celda'. Es posible que la leyenda fundacional del monasterio, le inspirara, en parte, su hermosa leyenda 'La corza blanca'. Esto, por supuesto, es una apreciación personal. Lo que sí es un hecho, es que Bécquer, febril de historias maravillosas, escuchó atentamente a los lugareños del lugar. Y no es para menos, porque esa zona anexa al mítico Moncayo, es una zona prolífica en leyendas e historias fantásticas, que han llegado hasta nosotros, primero de forma oral, y luego abundante y afortunadamente recogidas en libros y recopilaciones al alcance del lector interesado.
Curiosamente, en las cercanías del monasterio se encuentra otro 'foco caliente brujeril', comparable, en importancia y tradición, al de Barahona y Zugarramurdi: Trasmoz y las ruinas de su famoso castillo.
No es ninguna novedad, que el monasterio de Veruela se halle protegido por una muralla, aunque sí puede serlo que, según la tradición, en alguna parte de ella fue enterrado un herrero que participó en su construcción y que se suicidó despechado al no poder conseguir el amor de un hermosa judía, vecina, precisamente, del famoso pueblo de las brujas, de Trasmoz.
Se accede al monasterio, atravesando la puerta del homenaje, construída, según todas las apreciaciones, entre 1268 y 1292, aunque a mi me llamó bastante la atención el cuerpo superior -construído a partir de 1559- la geometría de cuyos ventanales me recordaron, en parte, aquéllos otros de la iglesia de Santa Coloma de Albendiego, con cuya visión me he extasiado en varias ocasiones.
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(1): Albero Serrano Dolader: 'El Moncayo, fantástico, legendario y misterioso', editado por la Diputación de Zaragoza, año 1996.


domingo, 7 de diciembre de 2008

Tras los pasos de Bécquer en Veruela

'- Cuando el Moncayo se cubre de nieve, los lobos, arrojados de sus guaridas, bajan en rebaños por su falda, y más de una vez los hemos oído aullar en horroroso concierto, no sólo en los alrededores de la fuente, sino en las mismas calles del lugar; pero no son los lobos los huéspedes más terribles del Moncayo. En sus profundas simas, en sus cumbres solitarias y ásperas, en su hueco seno, viven unos espíritus diabólicos que durante la noche bajan por sus vertientes como un enjambre, y pueblan el vacío y hormiguean en la llanura, y saltan de roca en roca, juegan entre las aguas o se mecen en las desnudas ramas de los árboles...'.
[Gustavo Adolfo Bécquer: 'El Gnomo']

Nigromantes, brujas, doncellas moras encantadas; aparecidos, trasgos, gnomos, espíritus elementales de la naturaleza; dragones y diablos...elementos todos ellos que constituyen una riqueza folklórica insuperable, y que esconden extrañas claves. No resulta extraño, por tanto, pensar que -no obstante su terrible enfermedad y los extraordinarios esfuerzos de su hermano Valeriano por mantenerle una temporada reposando en el Monasterio de Veruela- Gustavo Adolfó Bécquer terminara encontrándose como en su propia casa, al menos en cuanto a inspiración se refiere. Tal vez mejor, incluso, porque en ese difícil trance, también su mujer le había abandonado.
Abierto siempre a las fuentes inagotables de la imaginación, se conoce la admiración del poeta por la arquitectura sagrada, y más concretamente por ese estilo artístico tan afín a sus ideales fantásticos: el románico. No puedo por menos que exponer tal afirmación, en la admiración que sentía, por ejemplo, por el monasterio soriano de San Juan de Duero -inspirador de su famosa leyenda 'El Monte de las Ánimas'- hasta el punto de que pasó por su imaginación la idea de comprarlo y proceder a su restauración. Paradójicamente, no ocurría así con la cercana ermita de San Saturio, cuyo estilo barroco, 'churrigueresco' -utilizando sus propias palabras-, no le atraía ni un ápice, pero que también, en sus alrededores, situó otra de sus leyendas más conocidas: 'El Rayo de Luna'.
Es difícil acceder al lugar dondé Bécquer situó ésta leyenda a orillas del viejo Duero, pues tanto lo que se mantiene en pie del antiguo monasterio templario de San Polo, como sus alrededores, son hoy día propiedad privada.
No se puede intentar acercarse a Bécquer y la fascinación que sus rimas y leyendas han producido en generaciones de lectores, sin acercarse a esas fuentes primordiales que caracterizaron una época y unas creencias, donde cualquier cosa, por fantástica que fuera, adquiría auténticos visos de realidad: la Edad Media.
Es en esa época, considerada por muchos como oscura y bárbara, donde multitud de creencias y mitos surgen de las cenizas del tiempo -como el ave fénix- para recuperar, si no todo, al menos una considerable parte del esplendor que tuvieron en el mundo antiguo.
Seres fabulosos, como los grifos, los dragones, las arpías o las sirenas, resucitan en los capiteles de los claustros de los monasterios y de las iglesias románicas, como una supernova simbólica que actualmente, y en la mayoría de los casos se nos escapa, pero que por aquél entonces se interpretaba, se aceptaba y lo que es más importante, se comprendía.
El Verbo hecho Piedra. O mejor dicho, la piedra hablando a través de los símbolos cincelados con desigual destreza por los maestros canteros y dedicados a una sociedad analfabeta, que en su mayoría comprendía el mensaje y adquiría -de una manera comparativa, por supuesto- esos estudios básicos que hoy día conformarían, digámoslo así, los estudios básicos o el graduado escolar del pueblo llano.
Fue en ésta época precisamente, realizando los interminables cursos de la denominada entonces 'Educación General Básica' -hoy día la denominan, curiosamente, 'ESO'-, cuando conocí a Gustavo Adolfo Bécquer. Me lo presentó un profesor menudo, de cabello blanquigris cortado al uno, que le hacía una especie de pico sobre la frente y le confería el aspecto de un búho; utilizaba unas gafas de cristal grueso, parecido al culo de las botellas y un audífono sobresalía de su oreja, manteniéndose conectado a su oído derecho. Su nombre: Señor Montes. Su ocupación -una vez vencido y desarmado el ejército rojo- profesor de Lengua y Literatura. Por supuesto, hablo de los años setenta, pues en aquellos otros inmediatos y posteriores a la Guerra, poco podía ejercer el pobre hombre.
Incluyo éste apóstrofe, porque el Señor Montes participó en la Guerra Civil; y fue en el transcurso de ésta, parapetado en una trinchera, donde un obús estuvo a punto de arrancarle la cabeza de cuajo, aunque, como mal menor, se llevó tan sólo la capacidad de audición de ese lado derecho. Hubiera sido una auténtica pena, desde luego, porque si bien a veces conseguía aburrirnos con sus 'batallitas', tenía una sensibilidad especial, sin duda extraordinaria, para interpretar las rimas de Bécquer y narrar sus leyendas. Dicen que la música amansa a las fieras. Y doy fe de que es verdad, porque las fieras que éramos nosotros, enseguida nos embelesábamos cuando el Señor Montes comenzaba a contarnos cualquiera de las leyendas.
Tanto o más que 'El Monte de las Ánimas', recuerdo que nos gustaba aquélla otra titulada 'La Cruz del Diablo' -¿tal vez esa que se encuentra a la entrada del monasterio de Veruela y hoy día se conoce como 'la cruz de Bécquer'?-. Seguramente, no. Pero da igual. Lo importante es que la narración, en labios del Señor Montes, adquiría pronto tal intensidad, que había momentos en los cuales nos estremecíamos, presintiendo la cercanía del fantasma diabólico del Señor del Segre...
No obstante, este tipo de sensaciones se comprenden mejor en la cercanía del Moncayo, en la actualidad semicubierto de nieve y parcialmente arropado por un halo neblinoso que incrementa, aún más, si cabe, ese aura inmemorial de incertidumbre y misterio que siempre la ha caracterizado.
El monasterio de Veruela, desde donde una de cuyas celdas, Bécquer escribió -entre otras obras- sus famosas cartas, contiene, también, los suficientes elementos mistéricos, como para elevar a estados alterados las percepciones sensoriales, no sólo de un literato romántico, como Bécquer, sino también de cualquier amante del Arte en general.
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Lugares legendarios de Aragón: alrededores del Moncayo

'El Moncayo es recio y bravío, aunque de perfiles suaves que se van dibujando en el paisaje en una franja de más de veinte kilómetros de largo. Durante gran parte del año la cima principal está nevada y las nieblas mitifican sus laderas.
Sin duda, el macizo ha sido considerado como mágico. Es creencia popular que las civilizaciones clásicas erigieron en lo más alto un templo dedicado a los dioses, quizá a Júpiter. La Virgen del Moncayo, que nos aguarda en su Santuario ubicado a 1600 metros de altura, fue adorada en la Edad Media con la advocación de Nuestra Señora de la Peña Negra, denominación que refuerza las connotaciones misteriosas de esta Montaña Santa.
Mitos, leyendas, tradiciones fantásticas, lugares enigmáticos...'.
[Alberto Serrano Dolader: 'El Moncayo, fantástico, legendario y misterioso', editado por la Diputación de Zaragoza, 1996]

Sábado de madrugada, comienza la aventura. En ésta ocasión, y aunque mi intención es pasar por Soria, mi destino se encuentra más allá de sus fronteras, en la vecina provincia de Aragón. Al contrario que en ocasiones anteriores, el primer café lo tomo en Medinaceli, donde, según tengo costumbre -y algunos es posible que de tanto decirlo, se aburran de escucharlo- reposto y compro la prensa diaria, a excepción de El Heraldo de Soria, que por alguna razón, hace tiempo que no distribuyen en la gasolinera.

A pesar de ser más corto que en ocasiones anteriores, el puente de la Constitución invita al éxodo sin importar las condiciones meteorológicas, de tal forma, que el tráfico en la autovía, aunque fluído, ha sido mucho más persistente de lo habitual.

Para un romántico empedernido, resulta poco menos que imposible pasar por Soria y no detenerse, aunque sólo sea cuestión de cinco minutos, a saludar al viejo Duero y mirar con respeto y devoción hacia la peña envuelta en brumas -cuál Avalon, como diría mi buen amigo Koborron- donde se levanta la entrañable ermita de San Saturio. Cinco minutos de paz y silencio, a excepción del susurro persistente, adormecido y ligeramente triste, quizás, de las aguas de tan emblemático río, y el viaje continúa, acompañado de una fina llovizna que desaparece misteriosamente algunos kilómetros más adelante.

En realidad, por allí mismo pasa la N-122 en dirección a Zaragoza y Pamplona; carretera que no he de abandonar ya en los 90 ó 100 kilómetros, aproximadamente, que me separan de Tarazona, la ciudad natal de un genial cómico español -Paco Martínez Soria- y de esa catedral cuyas obras de remodelación parecen eternizarse irremisiblemente.

Aunque se trata de un viaje a la aventura, propiamente hablando, no deja de tener su sentido y por supuesto, su mística. El desplazamiento, desde luego, merece la pena, sin importar lo enfurruñado que pueda estar el tiempo. Enfurruñado, pues, espero también encontrarme a ese viejo misterioso y gruñón llamado Moncayo, cuya magia se acrecienta, aún más si cabe, con la magia del monasterio cisterciense de Veruela y el extraordinario folklore recogido a lo largo de los siglos por los pueblos de alrededor, entre los que cabe destacar Trasmoz y Vera de Moncayo. Por supuesto, y como se irá viendo a lo largo de las próximas entradas, también persigo fantasmas. Fantasmas que han ido dejando huella de su existencia, y salvo excepciones, sus nombres parecen haber sido devorados para siempre por la vorágine del tiempo. No es el caso, obviamente, de ese lúcido, romántico y enamoradizo poeta llamado Gustavo Adolfo Bécquer, que hace más de un siglo vivió en aquéllas eternas, inolvidables soledades, y además de escribir una obra maestra -Cartas desde mi celda- también compuso himnos inmortales a los elementales que, aún hoy día, no me cabe duda, vagan por los alrededores del Moncayo, desafiando, a todo aquél que se atreva, a descubrir el secreto de su magia.

Es a medida que uno se acerca, cuando siente -o mejor dicho, presiente- que la magia del Moncayo se ve notablemente beneficiada con la magia de los monasterios cistercienses, como el de Veruela. Y si a esto le sumamos la magia personal de un soñador inmortal de la categoría de Gustavo Adolfo Bécquer, el cocktail, sin duda, será de lo más inolvidable y exquisito al paladar.

Pronto quedan atrás poblaciones conocidas, cuyos misterios, apenas entrevelados, tuve el placer de saborear durante los meses de verano: Tozalmoro y su impresionante iglesia románica de San Juan Bautista; Omeñaca, con su iglesia de Nª Sª de la Concepción y la leyenda de los Siete Infantes de Lara; Aldealpozo, punto de partida de la llamada 'ruta de los torreones'; Matalebrera, de donde parte la carretera que conduce hasta San Pedro Manrique y la espectacular magia de sus hogueras de San Juan...Atrás queda también Ágreda, con los testimonios imborrables de su multiculturalidad, su moreneta Virgen de los Milagros, y por supuesto, el cuerpo incorrupto de una de las místicas más grandes del Siglo de Oro español: Sor Mª Jesús de Ágreda, cuyas espectaculares bilocaciones nadie parece poner en duda.

Poco o nada importa, como digo, si a medida que me acerco a mi destino, el Moncayo -huraño para no perder la costumbre y en ésta época del año con canas formadas por blanca nieve en sus cimas más altas- se alia con el tiempo, negándome un guiño de simpatía.

La Aventura, al fin y al cabo, hace horas que ha comenzado y aún va a depararme muchísimos placeres. Os invito, pues, a compartirla a lo largo de las siguientes entradas, agradeciéndoos vuestra visita y sugerencias.


martes, 2 de diciembre de 2008

Monasterio Cisterciense de Bonaval: Álbum Fotográfico

'No hay ninguna experiencia tan maravillosa como la de salir al aire libre en el campo una noche de primavera. Pero lo mejor es salir cuando la noche está a punto de acabarse, y mejor incluso hacerlo solo. Porque entonces puedes oir las carreras de los animales que pululan en la oscuridad, y las vacas masticando hasta que tropiezas con ellas, y percibir la vida secreta de las hojas, y los tirones de hierba y el mordisqueo y hasta el reflujo de la sangre en tus propias venas. Entonces puedes ver los bultos de los árboles y las colinas, más oscuros que todo lo demás, y las estrellas dando vueltas en sus engrasados surcos, y sólo para ti. Entonces hay una única luz en una casa de campo lejana que indica una enfermedad o un madrugador que parte hacia un misterioso destino...'.[Terence H. White: 'Camelot-El libro de Merlín', Círculo de Lectores, 1993]
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Antes de llegar al pueblo de Retiendas, al comienzo del puente de piedra que se eleva por encima de un pequeño riachuelo y señalando hacia la izquierda, un cartel indica la dirección del monasterio de Bonaval. El primer tramo del camino -de unos quinientos metros, aproximadamente- es de naturaleza desigual, marcado por numerosos baches que hay que ir sorteando con paciencia, para no dañar los amortiguadores del coche más de lo necesario.
Al cabo de éste, marcado por la presencia del pequeño cementerio y otro puente de piedra, pequeño también, cuya carretera conduce -siete kilómetros más adelante, hasta la Presa del Vado-, un caminillo rural serpentea monte abajo, siguiendo el curso del arroyo. Cubierto de nieve y flanqueado de árboles a ambos lados, el camino muestra, en algunos trechos, pequeños desprendimientos de tierra y piedra, que hay que ir sorteando, pisando la nieve con precaución para no meter el pie en un bache inesperado y torcerse un tobillo.
A medida que se avanza, uno se ve sorprendido por sensaciones de variada naturaleza. Cara y manos sienten pronto la caricia gélida del frío, mientras los vahos de la respiración se conjuran con el ambiente para formar pequeños fantasmas de humo y vapor que no tardan en desaparecer.
En ocasiones, el silencio sorprende y sólo se ve roto por el crujido del calzado sobre la nieve; después, apenas cruzada una pequeña curva en el camino, de manera inesperada y repentina, el viento gime lastimero, colándose entre las copas de los árboles, y algunas hojas amarillentas -heróicas, como esos últimos soldados de Filipinas que resistieron hasta el final, guardando su plaza- caen lentamente sobre la nieve, deslizándose en remolinos hacia los lados del camino cuando el viento aumenta en intensidad.
No deja de ser todo un misterio observar las numerosas huellas que hombres y animales han ido dejando sobre la nieve y el frío se ha encargado de conservar. Se confunden unas con otras, señalando en ambas direcciones, indicando un tráfico que podría considerarse, objetivamente hablando, como inusual en este lugar solitario y en ésta época del año.
El paseo, no obstante, resulta agradable. Sobre todo, porque las condiciones atmosféricas no son tan extremas como días atrás, y ese guiño anaranjado que a duras penas intenta abrirse camino a través de unos cúmulos cenicientos, augura momentos de luz y calor.
Una centena de metros después, se llega hasta una bifurcación de caminos; el viajero que acude por primera vez, duda. Pero un instante de observación es suficiente para distinguir -a través de las ramas desnudas de los árboles que flanquean el lugar- un bulto pétreo de color blanquecino-amarillento, que en algunos puntos se va tornando rosado cuando es alcanzado por la luz del sol.
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