jueves, 29 de enero de 2015

La Casa Ametller


Hay quien asevera, y yo así también lo creo, que Gaudí fue genuinamente respetuoso cuando remodeló de arriba a abajo la casona que sería el futuro hogar del comerciante Batlló y su familia, para no afectar a éste otro soberbio exponente del Modernismo catalán, obra del prolífico arquitecto Josep Puig i Cadafalch: la Casa Amatller. Encargo del industrial del chocolate Antoni Amatller -la zona ya parecía presentir que habría de convertirse en el bastión de la burguesía acomodada de la época y emblema de la opulencia del futuro-, fue proyectada entre 1898 y 1900. Si en su ejecución, la vecina y alucinante Casa Batlló juega intensamente con la seducción natural, la Casa Amatller recurre a la escultura de diseño y a los viejos mitos para atraer la atención de un mundo todavía inmerso en la herencia inmemorial de los arquetipos. De tal manera, que un vistazo a la fachada, así como a la planta baja -que es la única que se permite visitar-, constituye una especie de introducción al mundo de fantasía cultuística que acompañó al hombre a lo largo de su Historia, desde el mismo momento en el que éste abandonó el oscuro útero de las cavernas.

La entrada, constituida por dos puertas asimétricas o bíforas -recurso ya conocido en el románico, siendo uno de los más relevantes, las puertas bíforas de la portada de Platerías de la catedral de Santiago de Compostela-, muestran como custodio y paladín, a aquél caballero lunar, San Jorge, en lucha sempiterna con el Dragón -obra del escultor Eusebi Arnau-, como pequeña rentrée a un mundo donde la metáfora brota del alma de la piedra, hasta el punto de ocultar significados más profundos, místicos, quizás, cuando no cultuales y alquímicos, en una variada y alucinante gama de personajes cuya mediática idiosincrasia producen diferentes sensaciones en el ánimo del espectador: los animales, convertidos en obreros artesanos, donde sobresale, por ejemplo, esa extraña asociación entre gato y ratón -Yin y Yang- enemigos tradicionales que se complementarizan, quizás para construir castillos de arena o tal vez, alusión al oficio del futuro dueño de la casa, ejecutando el noble arte, importado de las Américas, de la elaboración del chocolate. El goliardo con el oso, remedo de aquéllos sui géneris compadres medievales indiferentes ante la excomulgación de los poderes fácticos. La vieja malhumorada, que parece surgir de las entrañas de la piedra y no muy lejos de ella, la hermosa doncella primaveral: ¿una sutil alusión a la Vieja y la Nueva Religión?. Las Artes escenificadas en el optimista pintor y el pensativo escultor que contempla la cabeza que tiene entre las manos, ¿tal vez emulando al Hamlet que le cuitaba a la calavera de Horacio?. Y entre los escudos, aquélla extraña representación de dos muchachas sujetando uno, en cuyo interior sobresale la figura de un ánfora y a la izquierda, algo más pequeña una jarra: ¿alegoría griálica, recuerdo, quizás, de la famosa hidria de las bodas de Canaán, donde Jesucristo convirtió el agua en vino y de las cuales, la tradición quiere que, aparte de la que se supone que se conserva en Caná, en la Península tengamos otra, la de la iglesia de Santa María de Cambre, en La Coruña?. La serpiente eterna, el Ouroboros, espectacular que figura en el pavimento, una vez en el interior, es otra de las obras que vuelve a dejarnos boquiabiertos. O la forma de pirámide escalonada que corona la parte superior del edificio. Tantos y tantos detalles, que enumerarlos uno por uno conllevaría elaborar, como poco, un pequeño ensayo de arte y simbolismo, cuando menos, bastante más que peculiar.


viernes, 23 de enero de 2015

Arte y Misterio de Barcelona: la Casa Batlló


‘Vamos a huir de las llamadas realidades que no son sino humo, polvo y ceniza, yendo a buscar el ensueño donde quiera que podamos encontrarle’.
[Mario Roso de Luna]

De ensueño, si bien breve que la dicha es efímera y los sueños al fin y al cabo sueños son, como decía nuestro inmortal Calderón, se podría calificar una visita a esa arquitectura mágica, viva y funcional que define la obra y el pensamiento de una de las mentes más brillantes y lúcidas de la Historia: la del genial arquitecto catalán, Don Antoni Gaudí i Cornet. Posiblemente, tanto éste como Mario Roso de Luna –evidentemente, cada uno en su respectivo ámbito de influencia-, entendieran el ensueño –y por el momento, dejaremos a un lado a Castaneda y sus enseñanzas de Don Juan-, como esa hermosa crisálida que permanece oculta dentro de su caparazón, ajena por completo a ese otro espejismo –recurriendo a la filosofía budista- que, considerado como realidad, no dejaría de ser, después de todo, similar al mito de la caverna de Platón, una mera manifestación de Maya o Mundo de la Ilusión. Es por eso, que situado frente a ella, difícil resulta no dejarse llevar por la certera sensación, de que la Casa Batlló o Casa de los Huesos –como la llamaban sus contemporáneos-, sea un ejemplo de esa crisálida a la que se hacía referencia, y que de igual manera que las parábolas que después de todo no dejan de ser mensajes subliminales que subyacen en lo más recóndito de los tradicionales cuentos de hadas, custodia una formidable belleza dormida. Una belleza que yace, sueña y hasta quizás tenga cierto parecido con ese fatigado melancólico con largas horas taciturnas, -como definía Apollinaire al diablo, tal y como lo concebían también los escritores románticos-, que languidece a merced del Dragón Encantat que, paradójicamente, puede parecer el Passeig de Gràcia donde se ubica. Un dragón –entiéndase desde un punto de vista meramente ensoñador-, cuyas imaginarias escamas llevan nombres griálicos de abundancia –Armani, Löewe, Louis Vouitton, Bulgari o Burberry- y más adelante, a la altura de la Plaza de Catalunya y de sus temibles fauces, el tesoro: la Borsa de Barcelona.

Tal vez no sea casualidad, tampoco, que la adición de su número -43- dé como resultado el dígito mágico por excelencia: el 7. Un número que ha marcado los destinos del hombre desde que éste descubrió la sagrada liturgia de contar, haciendo cazoletas en las paredes de las cuevas. Orgánica por excelencia, la Casa Batlló es un Golem artificial que mira con nostalgia hacia el Barrio Gótico y la Sagrada Familia, tal vez preguntándose dónde está ese Creador que dotó al barro de vida, utilizando materiales como la piedra arenisca de Montjuic; el trencadís que obtenía de los desechos de cristales de colores de la vidriera Pelegrí; la cerámica vidriada, realizada con forma de escamas en los Talleres Sebastiá Ribó, los cuales conjuntados en cabeza, torso y extremidades recordaban el oleaje del Mar Mediterráneo o las sinuosas, inigualables formas de la montaña sagrada de Montserrat.



lunes, 5 de enero de 2015

La Catedral del Mar


'En un momento en el que nadie parecía prestarle atención, Bernat levantó la vista hacia el nítido cielo azul...' (1)

...y soñó con un lugar digno de la Señora, -piensa el peregrino, mientras rememora las primeras palabras de la formidable novela de Ildefonso Falcones. Apenas acaba de dejar atrás la mediática belleza de la catedral de Santa Eulalia, incluido su hermoso Jardín de la Oca, y el impresionante misterio asociado a la enigmática calavera del puente de la calle del Bisbe. Atrás quedan, también, la Generalitat y el Ajuntament, con las banderas ondeando al viento caluroso de la tarde, así como una plaza abarrotada de turistas, entre cuyos pies, bandadas de palomas picotean insolentemente las migajas que algunos de ellos les arrojan, quizás pensando que con su gesto honran al emblemático animal de la diosa Isis,l posteriormente adoptado por el Cristianismo para representar al Espíritu Santo. Es verdad que el cielo, posiblemente igual de nítido y azul que aquel otro medieval que calentaba el corazón del viejo Bernat e inspirara a Falcones, apenas ha modificado su estampa en los últimos mil años que han transcurrido desde que los anegados bastaixos o galafetes de la Ribera transportaran indolentemente los pesados sillares, desde una playa que se encuentra aproximadamente, a cuatro o cinco kilómetros del lugar o incluso más lejos todavía: de las canteras de Montjuic. Como en todo barrio gótico que se precie, las calles, estrechas y largas como un imaginario cordón umbilical representan, en la imaginación del peregrino, el símil platónico del viajé simbólico desde el mundo de la Idea al mundo de la Forma, determinado por todo Nacimiento. ¿O habría que decir, mejor, renacimiento?: el peregrino se desliza por unas callejas en perpetua oscuridad, representativas del útero materno, hasta desembocar, al final del túnel, en la gloriosa luz de la catedral. Tiene claro, que al fin y al cabo, todo viaje supone, en el fondo, un renacimiento y una iniciación y sabe, así mismo, que no hay lección, por pequeña que sea, que se dé por bien aprendida.

El peregrino piensa que, como todo conjunto armónico que se precie, esta formidable Catedral del Mar, también se viste con la túnica inmaculada de la Belleza, aunque el esfuerzo exigido para levantar tan soberana obra de Arte conlleve en el haber de su historia, episodios humanos de amor y muerte, que hacen que en su pensamiento, el respeto sea posiblemente tan fuerte como la admiración. Bajo tal circunstancia, se pregunta si el canónigo que tuvo la iniciativa de su construcción, de nombre Bernardo Llull, no sería pariente de aquél carismático Doctor Mirabilis que en su día propuso la fusión de las dos grandes órdenes militares, la del Temple y la del Hospital, intentando convertir a los musulmanes al cristianismo, mediante la fe y la palabra: Ramón Llull. O como siglos más tarde diría el gran poeta Antonio Machado, refiriéndose, no obstante, a otro personaje singular, de nombre Don Guido: aquel trueno, vestido de nazareno.



Sea como fuere, y al contrario que en muchos templos similares, se sabe los nombres de los maestros canteros que llevaron a cabo el inefable proyecto -Berenguer de Montagut y Ramón Despuig-, así como la fecha en la que comenzó su ejecución: 1329. Cierto es, que también se especula con la posibilidad de que tan inconmensurable bosque de columnas que soportan con sorprendente precisión unas bóvedas que parecen haber atrapado en su interior las estrellas del firmamento, se levante sobre un antiguo anfiteatro romano. Sit transit gloria mundi. Más cercano a los propios y humildes orígenes del peregrino, no deja de ser un hecho notable, que tan maravillosa obra fuera sufragada por los feligreses de la zona del puerto y la Ribera: el esfuerzo del pueblo llano por tocar también a Dios. Resulta lógico y justo, en base a ello, que en recompensa, los sufridos bastaixos -dignos representantes de lo que significa ganarse el pan con el sudor de la frente- figuren no sólo gloriosamente representados en la puerta principal, sino a la vez, en la temática de sus capiteles, junto a otros dignos representantes del fabuloso mundo simbólico medieval: el centauro-sagitario disparando contra una arpía las flechas de su arco; los perros y leones o la digna y sabia botica, que primero perteneció al mundo cerrado de los monjes y luego la alcanzó también la cultura popular, adoptando los remedios de la abuela. Es una pena, sin embargo, que el tiempo no haya respetado las pinturas de un tímpano que, aún mostrando a Cristo resucitado y en Maiestas, con la Virgen y el Evangelista arrodillados, levanta, no obstante mostrando las heridas de los clavos en las palmas de las manos, una vieja polémica entre Religión y Ciencia: ¿palmas o muñecas?. Sí parece observarse, de cualquier modo, que las pinturas hacían referencia a algunos episodios de la vida de Cristo, y aun en la parte superior del lado izquierdo, puede observarse, como motivo, la Resurrección; quizás a la derecha, y a la misma altura, piensa el peregrino, al ver las alas del ángel, en ese génesis conceptivo de la Anunciación. De cualquier manera, los mensajes, a pesar de todo, están ahí, repetidos incansablemente por un mundo, el medieval que, curiosamente, no deja de sorprendernos a medida que lo vamos conociendo mejor. También en su interior, ésta catedral del pueblo conserva una notable variedad de la fe mariana de Cataluña, pues si bien, Nuestra Señora del Mar preside, como es lógico, el pedestal mayor de la cabecera, en sus laterales, gratifica encontrar dos figuras también cercanas a la fe popular: la de la Mare de Déu de L'esperança y la de la Mare de Déu dels Desamparats, junto con los santos Aleix y Magí, y por supuesto, la figura de Santa Tecla, que porta en sus manos dos símbolos característicos de Poder: la hoja de Palma y la cruz Tau.


(1) Eduardo Falcones: 'La Catedral del Mar'.