jueves, 12 de diciembre de 2013

Feliz Navidad y Feliz Camino


Cielos plomizos, puertos cerrados y caminos duros, en algunos tramos particularmente resbaladizos y peligrosos. Después de una larga vigilia, la tierra duerme bajo una impoluta sábana blanca, que cubre el colchón de hojas legado por el otoño. A punto de abrirse la puerta solsticial, la tierra descansa, seguramente soñando con la próxima primavera. Es tiempo de campanas, de panderetas, de cucharillas rasgando el vidrio de las botellas de anís del Mono y también de ramos de acebo colgados de la puerta de los albergues. Hay peregrinos que acaban de retornar a casa, con su Compostelana en la mochila y una experiencia marcada a fuego en su alma, cuyo recuerdo les acompañará toda la vida. Otros, quizás más temerarios, apenas acaban de comenzar su periplo vital y se enfrentan a los rigores de un Camino especialmente duro en estas fechas. A todos ellos, sea cual sea su situación y se encuentren en el tramo que se encuentren, dedico, como viene siendo tradición, mis mejores deseos de una Feliz Navidad y un Próspero y venturoso Año Nuevo 2014. Y por supuesto, a todos los amigos que asiduamente se dejan caer por aquí, no importa quiénes sean, sus creencias religiosas y lo lejos  o cerca que estén.
 
¡Feliz Navidad y Feliz Camino!.


lunes, 9 de diciembre de 2013

Dos perlas en el Camino: el Crucero de Marrubio y la Capela de San Antón


De oca a oca y tiro porque me toca. El Camino, dentro o fuera de los senderos tradicionales de peregrinación, es infinito y reserva numerosas curiosidades y maravillas, las cuales, como diría el escritor Juan Eslava Galán, merece la pena conocer y visitar, al menos una vez en la vida. Es por ello, que propongo un pequeño desvío, y una vez adentrados en la vecina provincia de Orense, tomar la dirección hacia Montederramo y las estribaciones de la Sierra de San Mamede, para contemplar una pequeña obra de Arte, de las pocas que quedan de su género y características en Galicia: el cruceiro de Marrubio y la anexa Capela de San Antón. La recomendación, obviamente, sería hacerlo sin prisa, dejando vagar al espíritu a su libre albedrío, disfrutando intensamente del entorno y de las sensaciones que nos sugiere, si bien es verdad, que cuando lo visité, a primeros de septiembre, el fuego -ese terrible dragón moderno, por lo general despertado intencionada y criminalmente-, había hecho algunos estragos por la zona.
Siguiendo las antiguas tradiciones, tanto el cruceiro como la capilla, están situados en una confluencia de caminillos rurales. Posiblemente, en el lugar donde se levanta ésta, hubiera una anterior -y en este punto, reconozco que me dejo llevar por mis propias sensaciones.-, oculta por un primitivo bosque de connotaciones sagradas para las culturas celtas, del que apenas queda rastro, tanta ha sido, no obstante, la influencia posterior del hombre sobre el entorno, pero que había que cristianizar. Un entorno que, por sus características y los nombres de lugares y santos que lo definen, sugiere todo un mundo de curiosos, cuando no misteriosos secretos: Montederramo, Outeiro, Nogueira, Castro Caldelas, San Payo, San Antón, San Pelagio, además de contar con la inolvidable cercanía de una zona eminentemente fantástica e insuperable, como es la Ribera Sacra (1).
El cruceiro, datado, según la estimación de los carteles informativos, en el año 1778, forma parte de un curioso conjunto formado por tres elementos singulares: el propio cruceiro y dos petos de ánimas, o huchas de almas, como también se les llama. Posiblemente, su excelente estado de conservación se deba a estar cubierto por un baldaquino, lo que le ha salvado de los rigores del clima, y en él, el artista que lo esculpió, pareció querer dar una significación especial, o aparentar un momento íntimo y místico a la vez, entre las figuras del santo titular, arrodillado a los pies de un Cristo crucificado en una significativa cruz de gajos. En contra de lo habitual, la figura mariana está fuera del ámbito de la escena, y sí aparecen, como señalando hacia los distintos puntos cardinales, unas curiosas cabezas que, figurativamente, podrían representar a los cuatro vientos -conocidos como los Cuatro Hijos de Horus, en el Antiguo Egipto-, a los cuatro evangelistas, las cuatro fases de la luna, los cuatro elementos básicos o, siguiendo incluso antiguas tradiciones, representar a los propios canteros que lo tallaron. Quién sabe. Pero, lejos de cualquier especulación, lo que sí resulta evidente es que, aparte de cristianizar un antiguo lugar de culto pagano, se trata de una pequeña maravilla, que merece la pena conocer. Sobre todo, si antes de la visita se ha tenido la oportunidad de visitar cumplidamente el monasterio de Montederramo y paladear la deliciosa comida del restaurante que está junto a la entrada. Y si la compañía es perfecta, el viaje, sin duda, no resultará sólo interesante, sino también mágico.

 
(1) O mejor aún, Roboyra Sacrata, a juzgar por la antigua nomenclatura descubierta por la que fuera guardiana de Montederramo hasta época reciente: Ana Méndez Trabado.

sábado, 30 de noviembre de 2013

La iglesia de Santiago, en Barbadelo


Otro de los templos relevantes del Antiguo Camino o Camino Francés a su paso por la provincia de Lugo, es el levantado en la población de Barbadelo, a la figura del Apóstol Santiago. Un templo curioso, que por su aspecto, y comparativamente hablando, ofrece ciertas semejanzas con aquél otro dedicado a la figura de San Pedro, que se levanta en A Mezquita, pueblo situado en la vecina provincia de Orense. De este templo, que según el Padre Yepes formó parte de un monasterio que fue anexionado a Samos en el año 874, y a pesar de las sucesivas reformas sufridas a lo largo de los años, se conservan piezas de extraordinario interés, sobre todo referidas a los motivos grabados en el tímpano de su portada principal, orientada al oeste, donde se localiza la misteriosa -y quizás prerrománica- figura del orante, a cuyos lados parecen advertirse dos soles. Por debajo de ella, se aprecia, así mismo, un curioso motivo de aros entrelazados, en cuyo centro se sitúa una extraña figura de rasgos animaloides, que quizás represente una especie de guardián del templo, a modo de demonio Asmodeo que, según la tradición, custodiaba el Templo de Salomón. Los capiteles, a pesar del considerable desgaste, también muestran elementos de interés, entre los que destacan la presencia de aves afrontadas, leones, incluida la tradicional referencia a Daniel, pequeñas cabezas surgiendo de la maleza e incluso una posible Adoración.
A diferencia de muchos otros templos, también el tímpano guarda una sorpresa por su parte interior, donde se localiza una cruz -similar a la Cruz de la Victoria asturiana- en cuyo centro se aprecia una estrella de siete puntas. Completan el diseño, una singular variedad de motivos solares. En uno de los pilares de acceso a la torre, y de cara a la entrada, el peregrino puede apreciar, justamente en el sillar situado por encima de la pequeña pila de agua bendita, una curiosa cruz monxoi -en la que se vislumbran los simbólicos escalones del Templo de Salomón- de brazos patados, de esmerado tamaño y profundamente grabada en el sillar. Los capiteles interiores, muestran gran profusión de motivos foliáceos y una curiosa representación arbórea, donde el tronco del árbol en cuestión, se divide en dos grandes ramas cuyos vértices apuntan a derecha e izquierda, respectivamente. Aún en deplorable estado de conservación, el Retablo Mayor muestra una interesante iconografía. Presidido por una impresionante imagen de Santiago ataviado de peregrino, túnica negra, manto rojo, bordón y libro cerrado en la mano, por encima de localiza una magnífica talla de Cristo gótico. A un lado, una pequeña imagen de una santa -difícil de identificar, puesto que tan sólo se distingue una hoja de palma en su mano-, y al otro, una pequeña talla de Virgen con Niño. Completa la imaginería principal, otra excelente talla de San Juan Evangelista, con la copa o grial en la mano. Este es uno de los templos citados por Aymeric Picaud, aunque refería que aquí, en el pueblo de Barbadelo, al igual que en Triacastela, solían acudir con cierta frecuencia emisarios de los hoteleros compostelanos que embaucaban a los peregrinos con falsas promesas de hospitalidad (cita comentada por el Padre Valiña en su Guía).

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La iglesia de San Salvador de Sarriá


Veintitrés son los kilómetros que separan al peregrino que sale de Portomarín para dirigirse hacia otro de los enclaves obligados en esta parte del Camino de las Estrellas que atraviesa una provincia, Lugo, donde no faltan multitud de referencias de toda índole. Si bien Sarriá ha crecido alrededor de su calle Mayor, sus murallas y sus templos más emblemáticos dedicados a las figuras de Santa Marina -ojo al dato- y San Salvador, respectivamente, de su antiguo esplendor histórico-artístico apenas sobrevive, más o menos entero, éste último, pues de las murallas apenas quedan algunos retazos y la iglesia de Santa Marina ofrece, cuando menos, un aspecto totalmente remozado. También existía el hospital de San Antonio, sobre el que se puede añadir -valiéndonos de la información proporcionada por Don Elías Valiña (1), fallecido párroco de O Cebreiro- que se piensa fue fundado por el propio conde de Lemos, siendo su gran protector el clérigo Leonís de Castro y Portugal, hijo del marqués de Sarria, como se deduce de su testamento de 1588. Este hospital, hoy en día reconvertido en la sede de los Juzgados, ofrecía al peregrino cama, luz y asistencia sanitaria, basándose ésta en la figura de los cirujanos de la época, que cobraban un sueldo fijo por sus servicios, tal y como se ha constatado en otros hospitales situados, por ejemplo, a lo largo de la costa cantábrica.
Volviendo al templo de San Salvador, se puede afirmar que, a pesar de su aparente sencillez, en su vertiente ornamental se localizan detalles y singularidades, sobre las que merece la pena detenerse, siquiera sea para echar un breve, pero interesante vistazo. Uno de los detalles que más ha de llamar la atención de los peregrinos y los visitantes que se sitúan frente a su portada oeste, es un capitel que conlleva una clara alusión al Grial -al menos, en su vertiente cristianizada (2)-, donde se muestra a un ángel con una copa o grial en la mano. Precisamente la figura angélica, que en no pocas representaciones artísticas, tanto de índole románica como posterior, se muestra recogiendo en la copa la sangre que brota de las heridas de un Cristo todavía crucificado. Junto al ángel, en otro capitel, se muestran dos bestias, probablemente leones -símbolo de conocimiento- unidos por la cabeza. Ahora bien, en la serie de capiteles de la derecha, entre diferentes alusiones a la Madre Tierra en su esplendor vegetal, volvemos a encontrarnos con una significativa figura, cuya presencia quedó oportunamente constatada en las visitas a los templos de Vilar de Donas y Portomarín: el controvertido Árbol de Conocimiento; o del Bien y del Mal. O del Demonio, como se opina en Vilar de Donas a sugerencia del párroco, en virtud del número de ramas: seis. Elemento con idéntico número de ramas que no sólo se observa en este lado oeste del templo, sino que también se vuelve a localizar en el tímpano de la portada norte, donde, además, lo hace por partida doble, a ambos lados de otra no menos curiosa y controvertida figura, a la que generalmente se identifica con un orante. Cierran el conjunto -que el mencionado párroco de O Cebreiro describe en su libro como un Pantocrátor- dos pequeñas cruces paté, inmersas en su correspondiente círculo, situadas por encima de ambos árboles. Y como broche, queda llamar la atención sobre los magníficos herrajes, de época y factura idéntica a los que se encuentran también en la iglesia de San Salvador -Ruta de los Salvadores- de Vilar de Donas; unos herrajes, de los que aún se pueden encontrar rastros, no tan bien conservados, seguramente, en lugares tan lejanos como la iglesia de San Juan de Rabanera, en Soria capital, reconstruida con los restos del cercano templo dedicado a la legendaria figura de San Nicolás.

 
(1) Elías Valiña: 'El Camino de Santiago: Guía del peregrino a Compostela', Editorial Galaxia, Vigo, 1992, página 216.
(2)Sería interesantes, recordar aquí la estupenda clasificación que sobre el Grial realizó en su momento Andrew Sinclair, gran especialista en la materia, quien, en su obra 'El descubrimiento del Grial', Editorial Edhasa, 2003, dice lo siguiente: 'Si los bardos celtas optaron por un Grial de sangre y sacrificios, y los trovadores franceses escogieron un Grial de abundancia y amor, los poetas alemanes de la época prefirieron un Grial de caballeros y de piedra'.

viernes, 22 de noviembre de 2013

La iglesia de San Xoan de Portomarín


Portomarín es un espejismo en el Camino de Santiago; una villa reconvertida aún más si cabe en marinera cuando se llevó a cabo la creación del embalse de Belesar, bajo cuyas aguas y en un lecho de limo y olvido, yacen eternamente muchas de las casas del antiguo pueblo. Por eso, poco o nada es lo que parece, pues incluso su monumento histórico-artístico más destacado, la iglesia de San Nicolau o de San Xoán, como es más conocida, tampoco está en su lugar original, sino que fue trasladada piedra a piedra de su emplazamiento a la orilla del río. Y aún así, no obstante, quien visita Portomarín y se detiene a contemplar ésta insigne maravilla que en tiempos formó una de las encomiendas más importantes de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén en la provincia de Lugo, miente si afirma que no le impresionó. Y es que, contemplando la soberbia estructura de templo-fortaleza que tiene esta emblemática joya arquitectónica cuyos orígenes se remontan al siglo XIII, es difícil no pensar en la catedral de Santiago y escuchar, siquiera sea en la imaginación, el sonido maravilloso de esas prodigiosas campanas, reconquistadas a la morisma siglos más tarde de la terrible razzia de Almanzor, que alentaron con su dulce tañido la sublime creación del Maestro Mateo. Porque aquí, en la belleza y la perfecta factura de sus tres pórticos vemos, cuando menos, parte de esas sutilezas anímicas de un Maestro y de una Escuela que, a base perfección y equilibrio, fueron situando estratégicamente diferentes enciclopedias pétreas para maravilla de unas gentes, peregrinos principalmente, que acudían a Compostela sabiendo -o mejor, intuyendo- que en su duro camino se encontrarían con los mensajes de una escuela subliminal, especialmente preparada, cuya gramática, pura y universal, se basaba, principalmente, en la fuerza que conlleva el rey supremo de los arquetipos que subyacen en lo más profundo del alma colectiva de los pueblos: el Símbolo.
Alentado, quizás, por esa música celestial que, desafiando al tiempo y a la imaginación, parecen interpretar los veinticuatro ancianos del Apocalipsis en peremne sinfonía desde el estrado de su portada oeste o principal -recordemos que como en el caso de las iglesias del entorno de O Cebreiro el peregrino entraba, simbólicamente, de la muerte al renacimiento, del ocaso a la luz-, el peregrino sabe que su próximo etapa queda tan sólo al tiro de piedra que suponen los 9 kilómetros que lo separan de Paradela y los veintitrés de Sarriá.

sábado, 9 de noviembre de 2013

La iglesia de San Salvador de Vilar de Donas


Estoy plenamente convencido, de que este templo de San Salvador de Vilar de Donas, es uno de los ejemplos más singulares, simbólicos y misteriosos de cuantos elementos conforman esa maravillosa universidad mistérica que es, después de todo, el Camino de Santiago. Es una pena, así mismo, que la bondadosa locuacidad del respetado párroco de O Cebreiro, don Elías Valiña -que en merecida paz descanse-, no le haya dedicado a este fascinante lugar más que unas breves líneas, que se antojan indiferentes ante la importancia de su dimensión. En ese sentido, causa estremecimiento pensar que incluso el propio lugareño que amablemente abre unas puertas cuyos maravillosos herrajes se remontan, como en la catedral de Lugo, al siglo XIII, posea una locuacidad tan certera, que el visitante experimente verdaderos apuros para seguir la línea de una conversación que se hunde, cuando menos, en esos misteriosos inicios de lo que fuera, allá por el siglo XII, un monasterio fundado por monjes irlandeses. Y tampoco ha de escandalizarse nadie, si el propio lugareño, con aires de entendido, señala, observando de reojo, esos nudos típicamente celtas; esas formas dentadas que recuerdan las olas del mar, quizás esas mismas que separan Galicia de Irlanda; y ese inequívoco símbolo solar, como es el cardo, que recuerdan, a todo aquél que la conozca, esa tradición tan viva todavía en el Monsacro asturiano, donde siguiendo la costumbre de la famosa coplilla, al que lo entrega le sirve de alivio y al que lo recibe le supone un regalo. Después, cuando se percata de que el visitante ha tomado buena nota de su observación, y a bocajarro, le pregunta si quizás ese ajedrezado que se observa también en la portada, es origen lombardo o musulmán. Y este se queda a escuadra, porque, en el fondo, no sabe a ciencia cierta a qué santo o diablo encomendarse, y acudiendo a ese más o menos lleno baúl de los recuerdos, intenta salir del paso, aludiendo que conoce a cierto profesor de lengua, residente en Málaga y de nombre Jesús García Castrillo, que mantiene unos muy interesantes puntos de vista sobre los orígenes armenios del románico. Pero las sorpresas no se quedan, en absoluto, de puertas para afuera, sino que, muy al contrario, cuando se franquea el umbral, aguijoneada el alma para aspirar las desesperantes fragancias del misterio, es cuando realmente uno se da cuenta de que la aventura apenas acaba de comenzar, y de que la Historia, Dama burlona donde las haya, no ha sino de mostrar su descarada voluptuosidad, escupiendo rudamente a la cara detalles de inequívocas referencias, que le hacen preguntarse por qué un lugar, con tan inequívocas referencias mistéricas y heterodoxas, quedaba, aproximadamente, un kilómetro fuera de la ruta oficial que continuaba hacia Melide, en tierras ya pertenecientes a la provincia de A Coruña. Posiblemente, escudriñando esas primorosas y viejas lápidas de caballeros santiaguistas, uno entienda que hacer referencias a esos puñales con las empuñaduras terminadas en forma de pata de oca; esos símbolos de conocimiento y también de reconocimiento que son perros y leones; ese supuesto árbol del Diablo, grabado en la basa de la columna izquierda absidial -en la basa de la derecha, se observan inequívocos símbolos solares-, o ese misterioso baldaquino, coronado por un templete sobre el que predomina un castillo -¿quizás una referencia al cercano castillo de Pambre, el único que no fue conquistado cuando la revuelta irmandiña?- y que, según se cuenta, albergó los restos mortales de un relevante personaje sanjuanista, entienda por qué -es sólo una suposición, de manera que nadie se tire de los pelos, pues mi respeto hacia el buen párroco es certero y sentido- don Elías Valiña, decidió no extenderse más que para añadir una relación con el lugar de dos reyes bien singulares: Alfonso IX y Fernando II. Este último, desde luego fue uno de los introductores -posiblemente aleccionado por el conde de Traba- de los templarios en Galicia. Quizás, como me consta por la información proporcionada por un buen amigo -Rafael Alarcón Herrera- todo se debiera a una simple cuestión de espacio, requerida por el editor. Pero se me hace cuesta arriba creerlo, sobre todo cuando uno se acerca al ábside a contemplar esas maravillosas pinturas góticas, y se encuentra, junto a la figura de Cristo descolgado de la cruz, no sólo curiosas representaciones mandálicas, sino también, y en número de cuatro por lo menos, de esos misteriosos, simbólicos y risueños dioses celtas que, presentes no sólo en las representaciones románicas y góticas, sino de estilo más actuales, se denominan vulgarmente como hombres verdes.
Cuando uno sale del interior del recinto, pensando, a la vez, que la presencia de tanta cruz patada sólo sea una simple y típica forma de consagración de la iglesia, no deja de preguntarse, pesaroso, cómo hubiera sido el lugar en esos siglos oscuros, cuando abundaban los dólmenes alrededor y los dioses de la Antigua Religión campaban alegremente, festejados oportunamente, por la sabia determinación de unos hombres que brillaron por su acopio de Sabiduría y Conocimiento: los Druidas. ¡Lástima que su fuerte, no fuera el pergamino y la escritura!. Ahora que, después de todo, ¡quién sabe!, quizás no todo se haya perdido y en la piedra, cuando volvamos a aprender ese lenguaje de los pájaros con el que fue escrita, nos llevemos la supina sorpresa de volver a encontrárnoslos.

martes, 29 de octubre de 2013

Hay otros mundos, pero están con el otoño


'...tal vez consiguiese entender un día que las personas llegan a la hora exacta al lugar en que se las espera...' (1)


No hay prisa, pues, de manera que estamos en un momento ideal para que el peregrino se relaje y disfrute, siquiera por unos breves instantes, de esa mágica supernova de expresivo colorido con la que el Otoño, puntual siempre a su cita, arbitra las irreconciliables diferencias entre dos estaciones netamente antagónicas, como son el verano y el invierno. Detallista, como de costumbre, las botas pisan sobre esa alfombra de hojas que previamente a desplegado el heraldo del viento norte y que él arrastrará unos metros en su camino; el aire se impregna de humedades y nostalgias y la tierra se convierte en arcilla que moldea amorosamente huellas anónimas que se pierden en la distancia. Se preparan las chimeneas, se rebusca en los armarios y se desempolvan los viejos jerseys. El ganado trashumante regresa a casa y las cigüeñas abandonan sus nidos en las torres y espadañas de las iglesias, rendidas a un silencio que se rompe los domingos a la hora de maitines. En algunas partes, el espíritu celta revive para celebrar el Samhain, mientras los cementerios esperan el tributo en avalancha de unas familias que rinden homenajes a unos seres amados que se fueron, cubriendo las sepulturas de primavera. El acebo está casi a punto y la Navidad, después de todo, espera impaciente detrás de esa esquina en la que un portero, de nombre Jano, espera impertérrito el momento para abrir la puerta del solsticio de invierno.
Hay otros mundos, como dijo el filósofo Paul Elouard, pero ahora están todos con el Otoño. Feliz Otoño, peregrino.

 
(1) Paulo Coelho: 'El peregrino de Compostela. Diario de un Mago', licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Editorial Planeta, S.A., 1998, página 270.

domingo, 27 de octubre de 2013

Bouzas: petroglifo cristianizado


Uno de los detalles más fascinantes de Galicia, al menos en mi opinión es que, sin importar la provincia ni tampoco los motivos que te lleven a pisar su ancestral suelo, el destino parece tener una rara facilidad para tender celadas, haciendo que caigas en las redes del misterio en cualquier recodo del camino. Dejándonos llevar por él, y continuando con los pormenores de ésta auténtica ruta mágica por tierras aurienses, dejada atrás la singular iglesia prerrománica de Santa Eufemia de Ambía -levantada, según todos los indicios, como ya se aventuró en la anterior entrada, sobre un antiguo Ninfeo, donde todavía parece que se conserva como soporte del altar, el exvoto que Aurelio Faos Tamacano, ciudadano del Imperio, dejó en honor de las ninfas, seguramente aliviado y agradecido por la curación de alguna dolencia-, difícil sería continuar camino haciendo caso omiso de una sencilla señal, que apenas dos kilómetros más adelante, en Bouzas, tienta al viajero con una única pero sugestiva palabra: Petroglifo.
No es necesario ser pesimista, ni adentrarse nervioso por la carreterilla que indica la señal; tampoco es necesario ir con el ojo avizor, mirando a un lado y a otro las singularidades del terreno que se va recorriendo, poniendo especial atención a las posibles rocas que, como muelas melladas surgen de la tierra, temiendo dejar atrás el vestigio protohistórico y terminar la búsqueda frustrados. Como indica la señal, a un kilómetro, aproximadamente, el viajero sabrá perfectamente que ha llegado a su destino y que lo que está buscando, está convenientemente señalizado: un crucero y una ermita, así lo indican. Se trata también, como tantos y tantos otros, de un lugar debidamente cristianizado. Ahora bien, que tal detalle no dibuje una nota de nostálgica desilusión en el rostro de nadie, porque después de todo, tal cristianización, si nos dejamos llevar por el simbolismo, quizás nos muestre algún detalle interesante sobre el que polemizar.
En efecto, el petroglifo existe; y como tantos otros de su especie, ya nos plantea un reto. Puede que un reto que conocían, también, los canteros medievales, pues no deja de aparecer en muchas de sus obras: el laberinto. Un laberinto circular, similar a esos otros conocidos como triple recinto celta, que tanto abundan en la cultura megalítica, dentro y fuera de un Occidente, que todavía tiene mucho que escribir en las páginas más tempranas de su abismal Historia. Está en la base central de la roca, y alguien, sin duda pensando en la antigua costumbre celta de depositar monedas en las fuentes, dejó -quién sabe con qué intenciones- una moneda de cinco céntimos de euro, en el punto central. No hay otros símbolos a su alrededor; quizás por eso, su trascendencia, su mensaje olvidado, sea un suspiro más en el ancho mar de lo incógnito, muertos hace milenios, los que podrían haber interpretado la señal.
Por otra parte, no parece que la ermita y el crucero, tengan la edad suficiente como para haber cogido esa venerable pátina con la que el tiempo suele gratificar a los objetos antiguos, más todavía si éstos están expuestos a las caricias de los cuatro vientos. Pero resulta interesante su simbolismo. Antes de ello, sería conveniente observar el soporte sobre el que se levanta el crucero, y ver en su genuino y quizás mágico equilibrio, un paralelismo -a menor escala, desde luego- que ese que hace también famoso otro impresionante lugar megalítico de la provincia de Lugo: las Penas de Rodas, en el concejo de Outeiro de Rei. La representación del crucero, a la postre, puede resultar de lo más corriente, si no se tiene en cuenta que los pies del Cristo martirizado, descansan sobre una calavera. Calavera que nos recuerda, o nos debería recordar, esa vieja historia que cuenta que de la tumba de Adán, brotó un árbol; árbol que, independientemente de la de la complicada historia del de Jesé, sería utilizado en el futuro como el instrumento en el que Cristo sería finalmente ejecutado y crucificado. Vuelve a llamar la atención, y creo que no es muy frecuente verlos en la temática de la mayoría de los cruceros gallegos, la presencia de un ángel arrodillado ante la cruz, con una copa o grial en la mano, recogiendo la sagrada sangre que brotó de las terribles heridas. Un tema que vuelve a traernos a la memoria, las antiguas gestas de los caballeros medievales -entre los que habría que contar a los siempre enigmáticos templarios, y no digo que el crucero y el lugar tengan relación con ellos- y su eterna búsqueda. La Tradición, pues, nos vuelve a golpear la cara, trayéndonos, en el lugar más insospechado, la referencia a uno de las reliquias más misteriosas de la Cristiandad, a pesar del aparentemente poco interés demostrado por la Iglesia hacia él: el Santo Grial.
En fin, cada uno es muy libre de opinar como mejor considere. Pero el hecho es que, una visita al lugar -independientemente de que se pueda encontrar en las inmediaciones a alguna pareja, digamos que descansando en el interior del coche- no deja de resultar, a fin de cuentas, parte de una experiencia mágica que, a fin de cuentas, puede que en Galicia signifique siempre algo más.

martes, 22 de octubre de 2013

Santa Eufemia de Ambía: otro Ninfeo que ya no es


Posiblemente, una vez visto el Ninfeo de Santa Eulalia de Bóveda, no resulte demasiado incómodo, siquiera para el peregrino que no tiene prisa en llegar a Compostela, cambiar momentáneamente de provincia y, aunque de manera breve, darse un interesante paseo por San Esteban de Ambía y detenerse un momento a contemplar esa pequeña iglesia prerrománica, dedicada a la figura de Santa Eufemia que, lejos de exagerar, constituye uno de los pocos templos de su género sobrevivientes en la provincia. De hecho, este lugar forma parte de una interesante ruta mistérica que, arrancando de Allariz, continúa por Xunqueira de Ambía -con su inconmensurable Colegiata de Santa María, cuya iglesia conserva similar factura a la de Santa Mariña de Augas Santas-, Bouzas -donde todavía subsiste un interesante petroglifo con forma de laberinto, convenientemente cristianizado por un crucero y una ermita-, Baños de Molgas -lugar de termas, ya conocidas desde la época romana- y Maceda -con su Castelo, reconvertido en hotel y en cuyos sillares los canteros medievales dejaron buenas pruebas de su paso-, hasta desembocar en la carretera general que, partiendo de Orense capital y llegando, cuando menos a Castro Caldelas, reconduce al viajero hacia la Roboyra Sacrata y lugares de enigmática belleza como San Pedro de Rocas, Santa Cristina de Ribas de Sil, San Estevo de Ribas de Sil o San Paio de Abeleda.
Aún situado a escasos metros de la carretera comarcal que atraviesa el pueblo, dividiéndolo en dos mitades, no es fácil vislumbrar este lugar, puesto que queda detrás de varias casas que, aparte de estar prácticamente pegadas a su ábside, impiden su visión hasta que no se está encima. Lo más destacable de éste son, sin duda, sus típicos ventanales. Cerca de la entrada, bastante reformada, en cuanto a la portada se refiere, hay un grueso monolito pétreo en el que, quién sabe, quizás esas huellas de color rojizo fueran en templos vestigios de arte megalítico o simplemente sedimentos ferrosos. Pero de lo que no cabe duda, y así queda de manifiesto en la pieza que sostiene el altar -o al menos lo sostenía, porque, dado que no pude entrar en el interior del templo, hablo a través de fuentes que me reservo de momento-, es que aquí, antes de que se levantara el templo, existió un ninfario (1), detalle ya de por sí interesante, que no sólo relaciona el lugar con el que acabamos de ver en Santa Eulalia de Bóveda, sino que, además, vuelve a poner de manifiesto un fenómeno que ya se ha comentado en alguna ocasión anterior: que siendo Orense la única de las provincias gallegas que no tiene frontera natural con el mar, los antiguos cultos relacionados con el agua proliferaron tanto o más que en aquéllas.
Así mismo, de la actividad megalítica desarrollada en el lugar, y como se ha aventurado al principio, parte un camino desde Bouzas, pueblo distante, aproximadamente dos kilómetros de aquí que, apenas un kilómetro más adelante y en una explanada desde la que se ve en la distancia una cantera, dato que puede ser interesante, se conserva un petroglifo en forma de laberinto circular, que al igual que este ninfeo de San Esteban, fue en su momento convenientemente cristianizado y que veremos en una próxima entrada.


(1) La antigua ara romana que sostiene o sostenía el altar, conservaba una inscripción, en la que se podían leer las siguientes palabras: AURELIUS / FLAUS / TAMACANU / NYMPHIS / EX VOTO.

domingo, 20 de octubre de 2013

Un lugar mágico a la vera del Camino: Santa Eulalia de Bóveda


Apenas dista una veintena de kilómetros de un lugar que fue un bosque sagrado para los antiguos celtas, que lo habían dedicado a una de sus principales divinidades, Lug y donde los romanos levantaron una ciudad y una empalizada que, a menor escala, desde luego, pero comparativamente hablando, ejercía similares funciones a las del famoso muro de Adriano en la también brumosa Britania, para mantener a raya a los pueblos conquistados: Lugo. Tampoco queda dentro de las lindes del Viejo Camino o Camino Francés, a su paso por la provincia, pero la insignificante distancia que lo separa de éste, apenas tres kilómetros, supone un esfuerzo menor que muchos peregrinos, posiblemente atraídos por los reclamos, más persistentes en la actualidad, se arriesgan a afrontar tan ínfimo desvío, posiblemente sabiendo que van a ver algo verdaderamente especial, que no les dejará en modo alguno indiferentes y que, de hecho, supondrá otra de las múltiples experiencias del Camino, dignas de contar y recordar: el Ninfeo de Santa Eulalia de Bóveda.
En Bóveda, como en muchísimos otros lugares de esta vieja piel de toro que es España, la llegada del Cristianismo supuso una ruptura muy poco convencional con los antiguos cultos, a los que había que eliminar por decreto, aunque eso supusiera reducir a escombros sus principales santuarios. Por alguna extraña razón, aún no desvelada por historiadores y arqueólogos, tal destrucción no se llevó a cabo con este formidable santuario de origen romano. Por lo menos, no al modo convencional, sino que se enterró y encima se levantó una iglesia. Una iglesia que, de hecho, en nada recuerda al templo original y apenas ofrece interés, al menos exteriormente hablando. Este hecho -seguramente motivado por la persistencia con que las gentes, sobre todo las enfermas, acudían al lugar-, trajo, cuando menos, la feliz coincidencia de que el monumento se conservara en un estado excelente. Felicidad que, desde luego, duró muy poco, pues cuando se descubrió, a comienzos del pasado siglo XX, la insensatez, unida a la desidia y la poca habilidad de unos obreros que en absoluto tenían conocimiento del valor intrínseco de aquello que tan chapuceramente estaban manejando,  hizo que el mundo, y también la Historia, perdiera la mayor parte de un monumento único que, como hemos dicho, y por esas curiosas paradojas del destino, había escapado al terrible furor de los primeros misioneros. 

 
Como consecuencia de estas terribles paradojas y burlas del destino, del Ninfeo de Bóveda, ya no queda esa suntuosidad de sus dos pisos, ni tampoco el lustre de los costosos bloques de mármol que recubrían la parte inferior de sus paredes, resaltando las maravillosas pinturas. Unas pinturas, que representan, en sus elementos, una conjunción simbólica entre dos mundos antagónicos como son la Tierra y el Cielo, entre los que se desliza, atrapado en esa invisible escala angélica, el Espíritu del hombre. Un espíritu, que acudía al Santuario de Bóveda, atraído por sus cualidades salutíferas, como así queda todavía constancia, en algunos grabados que, aún a duras penas, sobreviven al embite mortal del tiempo. Grabados -similares a otros muchos que todavía se localizan en diversos lugares, como fragmentos descabalados de un inmenso puzzle monumental (1)- que muestran las danzas rituales en honor de las divinidades; a personajes cojos o inválidos que acudían al santuario en busca de una salud perdida o deteriorada, o a esa figura de una sacerdotisa encinta, celebrando los oficios junto a la figura homónima de un sacerdote, y para más misterio, ya que en Camino de Santiago o mejor dicho, muy cerca de éste estamos, la figura inconfundible de todo un símbolo vital: la oca.
No es cuestión de extenderse, porque el tema daría para escribir auténticos ensayos, pero sí de rendir una sentida pleitesía a un lugar que merece, desde luego, una atención especial y que, aún después de todas las pérdidas, podría ofrecernos una visión más abierta y excepcional de nuestro rico y exuberante pasado.
Apúntalo, peregrino, porque no supondrá un esfuerzo considerable en tu camino y, por el contrario, te dejará una inolvidable sensación.
 
 
(1) Sirva como ejemplo, las piezas reutilizadas como relleno en la iglesia de San Miguel, en la población cacereña de Tejeda de Tiétar, entre las que figura la de un danzante y en cuyos alrededores, se sabe también de cultos a las ninfas de las aguas y aún existe una fuente románica y otra, situada en una finca privada, que lleva el emblemático nombre de Fuente de la Oca.

jueves, 10 de octubre de 2013

O Vello Lugo Agrario: una ruta a la vera del Camino


'Todos, absolutamente todos, somos vagabundos en esta vida. ¿Acaso hay alguien que no esté aquí de paso?...' (1).
 
En ocasiones, vagabundear merece la pena; alejarse de las rutas previamente establecidas, no sólo conlleva una placentera sensación de dulce expectativa, sino que también aporta la oportunidad de descubrir lugares nuevos, sitios fascinantes que muchas ocasiones dejamos a un lado de esa ruta o de ese camino que previamente nos habíamos fijado. Llegamos a nuestro destino, sí, pero muchas veces, al hacerlo, pagamos también un alto precio. Eso ocurre con muchas rutas alternativas que rozan los caminos tradicionales de peregrinación. Una de ellas, anexa al Antiguo Camino o Camino Francés a su paso por la provincia de Lugo, es ésta: la Ruta O Vello Lugo Agrario. Una ruta, no excesivamente larga que, paradójicamente, comienza y termina en uno de los lugares más especiales de la provincia: Bóveda. En Bóveda, se conserva algo realmente extraordinario y digno de ver: el que posiblemente sea el único Ninfeo de la Península. Una maravilla que, aunque lamentablemente destrozada por la ignorancia que ha sacudido a este país durante siglos, todavía es capaz de hacer estremecer la sensibilidad de todo aquel que se atreve a acercarse y contemplarla. Junto a ella, y en una ruta que apenas se separa unos tres kilómetros del Camino original, antiguos molinos, enclavados junto a ríos de aguas calmas, quizás encantadas por el influjo ancestral de las mitológicas donas d'aigua, e iglesias de bella planta románica, con mensajes languideciendo al viento, como la iglesia de San Miguel, en Bacurín. Y por supuesto, la presencia, siempre significativa de esas tradicionales ocas, siempre custodias de los lugares con misterio.
Creo que, una vez dejada atrás Triacastela, es hora de continuar haciendo camino. Y este no resultaría, a fin de cuentas, relevante, si este loco vagabundo no incluyera, siquiera algunos de los lugares -tanto dentro como fuera de las lindes propias del Camino- más especiales con los que se ha topado en su solitario caminar.

 
(1) Griam: 'El Peregrino Loco', Ediciones Obelisco, S.L., 1ª edición, febrero de 2006, página 97.

domingo, 6 de octubre de 2013

Triacastela: iglesia de Santiago


Triacastela, por algún motivo indeterminado, nunca se convirtió en la gran urbe soñada por el rey Alfonso IX; al menos, esa es la opinión de un peregrino que, según él mismo confiesa en uno de sus libros más conocidos, recuperó su Espada en el Camino de Santiago: Paulo Coelho. Son, aproximadamente, veinte los kilómetros que la separan de ese centro inconmensurable de Poder, que es O Cebreiro, y unos diez –kilómetro más, kilómetro menos- los que hay desde esa parada que los peregrinos generalmente obvian, en la que nos quedamos en nuestro último tranco: Temple. Precisamente, tanto Alfonso IX primero, como su hijo Fernando II después, fueron generosos con la Orden del Temple, independientemente de que el primero mantuviera sus más y sus menos con ellos, ordenándoles desmantelar, a instancias de su hermana Doña Urraca, el poblado que éstos habían desarrollado alrededor de su bailía de Faro, lugar en el que se habían instalado, probablemente, por la intercesión del poderoso conde de Traba, de quien se supone que trabó –perdón por el juego de palabras- contacto con ellos cuando estuvo de cruzado por Tierra Santa.
De hecho, algo de verdad debe de haber en ese sueño real fracasado, pues no se puede decir que Triacastela haya supuesto, a lo largo de su historia, un núcleo de población tan importante, como para rivalizar con otras muchas ciudades creadas a la sombra del Camino. Sí dispone, sin embargo, de esa calle central, por la que entraban y salían los peregrinos, y que, aparte de desembocar en la iglesia de Santiago, ofrecía a éstos un número indeterminado de reclamos y establecimientos donde comer y pernoctar. Más explícito, quizás, que con otras ciudades dejadas atrás, el Padre Don Elías Valiña, sí nos cuenta, no obstante, que Triacastela dispuso de un hospital, que se mantuvo activo hasta 1792. En el lugar donde estuvo emplazado, se conserva la casa, que recibe el nombre de Casa Pedreira. Nos cuenta, además, Don Elías, que ésta iglesia de Santiago, a la que se accede también por la portada del oeste, cuenta con una espléndida cruz procesional, del siglo XII y una estatua ecuestre de Santiago. Pero actualmente, ni de la cruz ni de la estatua ecuestre de Santiago hay rastro, al menos visible en el interior de la iglesia. Sí preside el Retablo Mayor, una interesante estatua de Santiago Peregrino, en la que volvemos a encontrarnos, otra vez, con el color verde de su túnica, color que, como ya hemos dicho en otras ocasiones, suele estar asociado a las Vírgenes Negras. También en el Retablo, en uno de los extremos, hay una interesante figura de San Francisco de Asís, con las palmas de sus manos dirigidas al frente, mostrando los estigmas de la Pasión, tema este por el que fue conocido en la Edad Media y que tuvo una repercusión moderna –lo comento a modo de anécdota- en los años noventa, con un caso interesante –y de hecho, muy controvertido también-, en las figuras de dos hermanos italianos, Sergio y Giorgio Bongiovanni, seguidores de una secta conocida como La Fraternidad Cósmica, dirigida por un supuesto contactado con los hermanos del espacio, de nombre Eugenio Siragusa.


Independientemente de una figura moderna de San José con el Niño y otra, muy deteriorada de una santa de época, con un libro abierto en las manos, lo más destacable del Retablo Mayor, reside, quizás, en el aspecto masónico del receptáculo que contiene el sagrario, donde dos ángeles se localizan a ambos lados de una custodia con aspecto de Sol. Destacable, así mismo, es la presencia del Santo Rostro de la Verónica, en uno de los retablos anexos a la nave, donde cabe prestar cierta atención a la corona que se ciñe sobre la frente de Cristo, con ausencia total de espinos y semejando dos serpientes entrelazadas, conformando el signo del infinito. La pila, de una sola pieza, muestra también la conocida forma de copa o grial, y queda situada al fondo de la nave, al pie de las escaleras que suben a la torre.
Indicar, por último, que aunque la iglesia de Santiago conserva en su planta la disposición de las iglesias que caracterizan esta zona en particular de la provincia de Lugo, en su construcción se destinaron materiales más costosos, como demuestran los sillares de su ábside y parte de la nave.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Un lugar llamado Temple


Dejando atrás Hospital da Condesa, y apenas un kilómetro más adelante, un desvío a la derecha señala hacia el lugar donde se ubica Sabugos y un pueblecito denominado Temple. Fuera de la ruta específica del Camino de las Estrellas a su paso por este hermoso pero difícil tramo, los peregrinos, no obstante, se adentran por este desvío pues, a unos cien metros, aproximadamente, su ruta continúa por un sendero rural, paralelo a la carretera general. Este sendero, queda convenientemente señalado por un mojón, en el que alguien, con toda la intención implícita, ha sustituido las típicas flechas y vieiras de señalización, por el esotérico símbolo de la pata de oca; aquélla, precisamente, que llamada Runa de la Vida, el peregrino ya ha tenido ocasión de observar como cruz y símbolo martirial -no olvidemos tampoco, a este respecto, la leyenda nórdica del dios Odín- en dos lugares muy determinados del Camino: la iglesia templaria del Crucifijo, en Puente la Reina y, de haber tenido suerte y habérsela encontrado abierta, la iglesia de Santa María del Camino o de las Victorias, en Carrión de los Condes.
Pero no es el único símbolo que el peregrino puede encontrarse en este mojón; verá, también, una bota, y junto a ella, volverá a encontrarse -y quizás a depositar la propia- con pequeñas agrupaciones de piedras, que continúan esa tradición, arcana y pagana, de comprar el favor de los lares viales o divinidades de los caminos -en la mitología clásica, recordemos esa equivalencia de carácter ctónico, en la moneda que inexcusablemene había que pagar al barquero Caronte para cruzar la laguna Estigia y acceder al Hades o reino de los muertos (1)- y asegurarse una buena y feliz andadura.
La bota, por otra parte, y dejando a un lado la motivación personal del -hemos de suponer- peregrino que la depositó allí, podría hacer digna referencia al esfuerzo y al propio Camino; en definitiva, a la prueba felizmente superada y por consiguiente, al triunfo, convirtiéndose en otro símbolo más. Un símbolo, poco menos que recién adoptado que, por añadidura, los peregrinos más inquietos tendrán ocasión de volverse a encontrar, en forma de monumento de bronce (2), en la costa de ese Finis Terrae, que muchos tienen como última meta. Así mismo, envuelto en un plástico y atado por un cordón a la base superior del mojón, dejado probablemente por el mismo peregrino que legó la bota a los lares viales, un mapa, o quizás unas recomendaciones, esperan a cualquier compañero que las necesite. La solidaridad del Camino, pues, queda una vez más de manifiesto, en éste ignoto lugar de la ruta.
Sabugos queda a un kilómetro y medio de este punto. Antes de llegar al pueblo, y en lo alto de una cerrada cuña que forma la carretera, se localiza una pequeña y desvencijada ermita rural. Dejados atrás el pueblo y la ermita, la carretera desciende casi en picado hasta lo más profundo del valle, en un entorno que alterna lo espectacular de los bosques del norte, con los prados y los campos de labor. De las actividades ganaderas de la zona, ofrecen digno testimonio los rebaños de vacas que pastan apaciblemente en las laderas. Dos kilómetros más adelante, en lo más profundo del valle, un pueblecito de casas blancas, reformadas en su gran mayoría, recuerdan, con el nombre del que forman parte, el probable origen de sus antiguos moradores: templarios. Resulta extraño, que este detalle no lo mencionara en su guía el padre Elías Valiña. De hecho, no hace referencia alguna al lugar. Posiblemente, porque ya apenas tiene nada de interés, salvo el de conformar un apacible y bonito pueblo, que sobrevive de la agricultura y la ganadería, principalmente, y que rebosa paz por los cuatro puntos cardinales. Ni siquiera la iglesia ofrece interés artístico alguno -salvo la nave, que podría haber sido románica en origen- ofreciendo una portada de lo más simple, como cualquiera de las portadas de las modernas iglesias de barrio de cualquier ciudad.
Probablemente, los templarios que, supuestamente, moraron allí en los siglos XII-XIII y dieron su nombre al lugar, dispusieran de alguna granja. O mejor aún, si tenemos en cuenta que desde allí comienza otra ruta, denominada dos muiños -de los molinos- tuvieran éstos sus orígenes en las ocupaciones agrícolas de los freires. Su interés, por tanto, resulta anecdótico. Pero hay un dato interesante, que tal vez merezca tenerse en cuenta, independientemente de lo que cada uno piense sobre esa curiosa circunstancia que se denomina casualidad: existe otro pueblo llamado Temple en Gurrea de Gállegos, provincia de Huesca. Lo descubrí de casualidad -valga la redundancia- pues el GPS no me reconocía este Temple cercano a O Cebreiro y sí el otro. Pues bien, estando en el Temple de O Cebreiro, se me ocurrió poner el Temple de Gurrea de Gállego. La distancia, calculada en kilómetros, me sobresaltó: 666. Dicho esto, que cada uno saque sus propias conclusiones.


(1) Costumbre que se mantuvo en muchos enterramientos de la Edad Media, donde se colocaban dos monedas en los ojos de los difuntos.
(2) Este dato, lo conozco gracias a la foto que me remitió este verano Paz Villén González, una brujita de lo más peregrina y cuyo ojo de halcón me ha señalado numerosos lugares de belleza e interés. Por lo que no puedo por menos, que recomendar su impresionante blog, La Rosa de los Vientos.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Hospital da Condesa


De tranco en tranco, o mejor quizás, de oca en oca, el siguiente punto de interés para el peregrino, en este tramo del Camino de las Estrellas, se encuentra, aproximadamente, a cuatro o cinco kilómetros del Alto de San Roque, que acabamos de dejar atrás. No se trata, tampoco, de una población importante, pero sí cuenta con hostales y algún que otro lugar de restauración, que el peregrino agradece. Como en los anteriores casos de O Cebreiro y Liñares, volvemos a encontrarnos, en su iglesia de San Juan, ese estilo peculiar que caracteriza los templos de la zona y que, aún consistente en esa austera sencillez rural, no dejan de ser, después de todo, construcciones que respetan, al menos de forma básica, las reglas de la Geometría Sagrada, y de las que un buen observador, puede sacar alguna que otra puntilla interesante. De nuevo aquí, en la iglesia de San Juan, el peregrino vuelve a experimentar ese ciclo simbólico de muerte y renacimiento, que le hace penetrar en el templo de oeste a este, simulando, aunque a la inversa, ese mismo ciclo vital que realiza el sol todos los días, hasta desaparecer en el infinito horizonte del Finis Terrae. Pero antes de penetrar en el templo, es posible que se fije en lo más alto de su torre-campanario que, de igual manera que en los casos anteriores, está rematada por un pequeño templete que semeja –vuelvo repetir, comparativamente hablando- las stupas orientales. Y al hacerlo, verá también una cruz de Santiago, cuya punta se hunde en un poyete de piedra, de forma piramidal o monxoi. Siendo consciente de que se encuentra en una zona inequívocamente relacionada con el misterioso Santo Grial, resulta más que posible, que ésta visión le recuerde, por similitud, una de las leyendas más formidables de la Edad Media, inequívocamente relacionada, así mismo, con el tema del Grial, y encuadrada dentro del contexto del apasionante Ciclo Artúrico: la espada en la piedra.
La planta, de forma rectangular y ábside cuadrado –la misma forma, dicho sea de paso, que tiene también la planta de uno de los lugares más enigmáticos de la provincia de Orense, como es la denominada cripta o Forno da Santa, situada en el pueblecito de Santa Mariña de Augas Santas, cercano a Allariz-, recibe al peregrino con el barroquismo recargado y churrigueresco de su retablo principal, así como los retablos laterales, en los cuales, si éste no pierde detalle de todo cuanto se expone a su visión, podrá observar algunas curiosas peculiaridades que, cuando menos, le sorprenderán. Posiblemente, la más desconcertante, sea la figura que ocupa el lugar preeminente y más alto del retablo mayor: un Niño Jesús. Figura que no tendría nada de relevante, si no fuera por el escabroso detalle –único, añadiría, al menos que yo conozca- de estar, si no crucificado, sí al menos unido a la Cruz del martirio. Llama la atención, así mismo, el color de la túnica: azul-verdoso; color que nos vuelve a recordar esa asociación tradicional con las Vírgenes Negras –Santa María la Real de O Cebreiro, por ejemplo y cercanía- que nos volveremos a encontrar más adelante, en la imagen de Santiago que preside la parte central del retablo mayor que se encuentra en Triacastela, en la iglesia que lleva su nombre.
Por debajo, una imagen de época representa a San Antonio portando al Niño, remedando al tradicional gigantón San Cristóbal. Otra vez. Y digo otra vez, porque este santo parece tener cierta relevancia en esta parte de la ruta; ahora bien, la peculiaridad de la imagen, reside en que el Niño, desnudo, está sentado sobre la bola del Mundo. Completan el retablo, las figuras, de aspecto gótico, de la Virgen y el Evangelista, situadas arriba y a ambos lados del Niño Jesús crucificado, y el Sagrado Corazón de María, ésta por debajo, a la altura aunque al lado contrario, de la imagen de San Antonio. En la parte central del retablo, por encima del Sagrario, representado por la figura del Agnus Dei, un pequeño Cristo crucificado también resulta interesante, porque, por la posición de sus brazos, cabría hipotetizar, si originalmente la cruz que lo soporta no tendría la conocida y paradigmática forma de pata de oca.
Adosada a la pared y sobre una pilastra, hay también una pila, con forma de copa y realizada en un solo bloque de piedra. Al lado contrario, y descansando en el suelo, una campana muestra, como diseño principal, una cruz monxoi formada por florecillas de seis pétalos, exactamente iguales a aquéllas otras conocidas tradicionalmente como espantabrujas, que a manera de talismán y protección, solían ponerse en los dinteles de las casas y también en iglesias y monasterios.
El siguiente tranco, fuera de la ruta peregrina, queda un kilómetro más delante de Hospital da Condesa, siguiendo el desvío hacia Sabugos y un lugar llamado Temple.

viernes, 13 de septiembre de 2013

El Alto de San Roque


Un intrincado laberinto de dunas graníticas se hace infinito ante la vista del peregrino que, dejando atrás las últimas casitas de Liñares y su iglesia dedicada a la figura de San Esteban, alcanza los 1270 metros de altitud de este Alto que, como se veía en la entrada anterior, lleva el nombre de un santo misterioso y caminero, compañero cuando no guardián inseparable, generalmente, de Vírgenes Negras: San Roque.
Evidentemente, la historia ha cambiado lo suficiente como para que, situado a escasos metros de la carretera general LU-633, el peregrino, aún mareada su visión con la contemplación de este interminable mar pétreo que conforman esta parte de los denominados montes de Galicia, no pierda el rumbo y pueda continuar su camino sin errar la ruta hasta el siguiente tranco. Pero para el peregrino medieval, ésta visión debía de constituir una formidable muralla que atravesar, para continuar recogiendo claves en su camino de trascendencia personal. Ignoro, lo reconozco, lo que éste podría encontrarse una vez llegado a este punto, o sí quizás nunca ha existido otra clave más clara y solitaria que la que indica su propio nombre. Sé, únicamente, lo que mis ojos han visto recientemente, e ignoro si mis apreciaciones serán compartidas por aquellos peregrinos, turistas o simplemente curiosos, que se detienen unos minutos en el lugar y contemplan una base circular, similar a los milenarios complejos funerarios denominados tumuli o túmulos, incluida su galería central, en cuyo centro -y pido perdón por la redundancia- una gigantesca figura de San Roque otea el horizonte; un horizonte que, invariablemente, siempre marcado por la posición de la Osa Mayor en el firmamento, señala hacia el Oeste, hacia Compostela, y aún más allá, hacia el Finis Terrae, lugar donde el sol muere cada atardecer para volver a renacer al día siguiente, continuando su eterno ciclo. Sea como sea, y tal vez continuando una costumbre ancestral para atraerse el favor de los manes de los caminos, también a los pies del Santo Roque, se pueden ver los piedras -en este caso, no demasiado grandes- depositadas como prebenda. Curiosamente, la figura está incompleta, pues le falta su eterno compañero, el perro, aquél que porta el alimento en su boca. Pudiera ser, también, que no se trate de San Roque y represente, en realidad, una figura de homenaje al Peregrino universal. No obstante, sea cual sea la impresión de cada uno, o la intención de los promotores del monumento, lo cierto es que merece la pena detenerse unos minutos en el lugar, descansar, meditar en las experiencias que el Camino ha ido aportando hasta el momento, y sobre todo, dejarse llevar por la magia implícita en el hermoso panorama que se tiene desde allí. 

jueves, 12 de septiembre de 2013

Liñares y su iglesia de San Esteban


El siguiente tranco de este tramo de la Ruta Sagrada, como diría Juan García Atienza, se localiza a poco menos de cinco o seis kilómetros de O Cebreiro. De hecho, como afirmaba Don Elías Valiña en su Guía del peregrino a Compostela (1), Liñares fue pertenencia de O Cebreiro, quien disponía allí de plantaciones de lino para subvenir las necesidades del monasterio y del hospital. Si antaño tuvo alguna relevancia, como también deja entrever el fallecido párroco de O Cebreiro, en cuanto a mesones y hospederías, apenas constituye hoy en día un pequeño poblado, enclavado prácticamente a la vera misma de la carretera general que se dirige hacia Triacastela. Pero cuenta al menos, con dos lugares interesantes que reseñar: la iglesia de San Esteban y un restaurante situado a la salida del pueblo, entre éste y el cercano Alto de San Roque.
De estilo rural, que recuerda por su planta y forma esa clase especial de templos montañeses que siguen como modelo base la iglesia de Santa María la Real (de O Cebreiro), el templo de Liñares, dedicado, como hemos dicho, a la figura de San Esteban -de cuya lapidación, el peregrino posiblemente conozca un estupendo resto románico que se localiza en una casa cercana a la iglesia homóloga de la vecina población berciana de Corullón- también presenta, después de todo, algunos detalles que merecen la pena tenerse en cuenta. El primero de ellos radica, posiblemente, en esa muerte y resurrección simbólicas, que representan este tipo de iglesias y que el peregrino ha tenido ya la oportunidad de experimentar en la iglesia de Santa María la Real, en cuyo recinto ha penetrado por el oeste, para acceder a la cabecera, situada al este. O lo que es lo mismo, simbólicamente hablando: accede de las sombras de la muerte, a la luz del renacimiento, de igual manera que hace cada día ese sol invictus, que desaparece cada noche en ese mar tenebrorum situado en el Finis Terrae, destino que muchos de ellos llevan como última meta. Como en Santa María la Real, la entrada queda situada justamente debajo de la torre-campanario, cuya parte superior queda rematada por un pequeño templete, cuya forma recuerda, de alguna manera, a esas mandálicas construcciones orientales conocidas stupas.
Otro de los detalles -que en el fondo, no deja de ser un pequeño enigma-, y una vez dentro del templo, queda constituido por la presencia de dos magníficas pilas románicas, sin labra aparente pero perfectamente pulidas, que reciben a fieles, peregrinos y visitantes con su característica forma de copa o grial, detalle que vuelve a recordarnos el milagro eucarístico y por qué la presencia del Santo Cáliz sea el motivo principal del escudo de la provincia de Lugo. Cabe preguntarse, entonces, cuál de las dos pilas era la originaria del templo de San Esteban y a qué iglesia -es de suponer, que desaparecida- pertenecía la otra. Intrigantes, también, son los restos de pintura que todavía se observan en el muro lateral izquierdo, al lado de donde se encuentra una de las mencionadas pilas. Un leve rastro pictórico, que muestra la forma de sillares de un edificio, de probable realización moderna -siglos XVI ó XVII en adelante-, pero que inducen la idea de preguntarse, si quizás éstas se realizaron sobre otras más antiguas -recordemos que la mayoría de las iglesias románicas, eran pequeñas Capillas Sixtinas en potencia- y si así fuera, qué mensaje no se encontraría el peregrino románico, que marchaba de oca a oca -o de pista en pista- buscando la Trascendencia y el Conocimiento en su largo caminar hacia el Oeste. Son modernas, así mismo, prácticamente todas las figuras que permanecen inalterables tanto en el Retablo Principal -de cuyo barroquismo, columnas retorcidas y uvas son el mayor exponente, recordando el modelo base de los pilares del Templo de Salomón y la bebida noélica y sagrada por excelencia, el vino- como los retablos laterales. La parte central del Retablo Mayor, está ocupada por una figura del mártir Esteban, con el Libro en una mano y la palma de la santidad en la otra. A un lado, una Virgen con Niño, perdido ya el antiguo sedentarismo románico, y al otro, San Francisco, con su hábito característico y el Niño en brazos, remedando el antiguo protagonismo del gigante San Cristóbal.
La pista para el peregrino, posiblemente se localice en el retablo lateral derecho, donde vestido también como tal, otro santo caminero, gemelo de San Roque, no sólo llama la atención por anunciar la presencia de un hospital o una leprosería cercanos -probablemente el de da Condesa-, sino que, a la vez, nos recuerda el remedio del alimento espiritual, en forma de hogaza de pan que el perro que le acompaña lleva en la boca, y la presencia cercana de una Virgen Negra -Santa María la Real de O Cebreiro-, Reina y Señora principal de este duro tramo del Camino: San Lázaro.
Y desde luego, como para recordar su prácticamente inalterable presencia cerca siempre de una Virgen Negra, la figura de San Roque no tardará en serle recordada también al peregrino, en las inmediaciones de Liñares, precisamente en uno de los puntos más costosos, pero más bellos: el Alto que lleva su nombre, en el cual nos detendremos un instante en el próximo tranco.
Como dato complementario decir que existe, desde tiempo inmemorial, un camino denominado de Liñares, que desemboca en Lugo, concretamente al lado de la antigua nacional VI; es decir, la carretera nacional que se ha llamado de toda la vida de La Coruña.

 
(1) Elías Valiña: 'El Camino de Santiago: Guía del peregrino a Compostela', Editorial Galaxia, Vigo, 1992, página 213.

jueves, 29 de agosto de 2013

De O Cebreiro a Triacastela: magia en el Camino del Peregrino


- Primero te daré un aviso -dijo el padre Jorge-. La Ruta Jacobea es sólo uno de los cuatro caminos. Es el Camino de la Espada. Puede proporcionarte Poder, pero no es suficiente.
- ¿Cuáles son los otros tres?-
-Conoces por lo menos dos: el Camino de Jerusalén, que es el Camino de Copas o del Grial, te dará la capacidad de hacer milagros; y el Camino de Roma o Camino de Bastos, te permitirá la comunicación con otros mundos.
- Falta el Camino de Oros para completar los cuatro palos de la baraja -dije en tono de humor.
Y el padre Jorge rió.
- Exactamente. Éste es el camino secreto que, si algún día lo realizas, no podrás contarlo a nadie.... (1)
 
El Extraño Camino de Santiago o el Camino de la Espada. Según relata Paulo Coelho, fue precisamente aquí, en O Cebreiro, donde recuperó su espada; una espada que le fue entregada en mano por su Maestre, que le esperaba en el interior de la iglesia de Santa María la Real, levantada hace casi un milenio, por monjes francos procedentes de Aurillac. Una iglesuela, dicho sea con todo el respeto, creada de manera artesanal a base de piedra, lajas y pizarra, materiales que, no obstante, mantienen un equilibrio humilde pero digno, fundiéndose con el entorno. Un modelo que, de hecho, determina la forma y estructura de las construcciones sagradas en este tramo del Camino, siendo los templos más representativos, San Esteban de Liñares, San Juan de Hospital, e incluso a escala mayor, la propia iglesia de Santiago de Triacastela. Un modelo, por añadidura, que a la vez determina y caracteriza el propio entorno de este lugar sacro que es el mítico Cebreiro: duro, generoso en misterio y a la vez, evocadoramente hermoso.
Esto es algo que conoce bien el peregrino, cuando abandona el abrigo y la verticalidad de Piedrafita y emprende la ascensión de un puerto cuya sobrecogedora belleza se ve envuelta, incluso en los meses de verano, por espesas nieblas que parecen surgir del mismo corazón de esos Ancares que conforman parte de los mediáticos accidentes geográficos conocidos como montes de Galicia; unos montes, que en algunos tramos también comparten protagonismo con la vecina provincia de León. Es pues, también, de lo más hondo de estos valles bendecidos por el misterio, de donde surge, con toda la fuerza de la leyenda, otra ruta paralela y entrañablemente significativa: la Ruta Sagrada, bautizada así, por ser aquélla que, partiendo del pueblecito de Barxamaior, recorrió el fiel pastor, en medio de una terrible nevada, para asistir a misa y cuya fe, unida a la poca voluntad del por entonces párroco de Santa María la Real de O Cebreiro, concibió la realización del Milagro del Santo Cáliz. Un Cáliz, y sobre todo una Patera, originales del siglo XII que, expuestos a la vista de todo el mundo, aún conservan, al menos en el caso de ésta última, unas misteriosas huellas de corrosión en su parte central, que indican, cuando menos, que después de todo, algo inusual sucedió. No es de extrañar, por tanto, que en siglos posteriores, grandes Maestros de ese universo vibracional de las esferas que es la Música, como Richard Wagner, concibieran la nada despreciable idea de considerar a este lugar, como el Montsalvat o Monte de la Salvación al que se refería Wolfram von Eschenbach, precisamente en su Parsifal. De hecho, si el castillo del Grial tenía como custodios a los templarios, la presencia de éstos alrededor de este importante núcleo místico no deja de ser, también, algo más que una anécdota casual.


Tampoco parece casual, por otra parte, ese curioso efecto que conforman los rayos del sol a primera hora de la mañana, colándose por los pequeños ventanales, marcando sobre el pavimento las llagas de Cristo -comparativamente hablando- o, cuando menos, si tomamos los puntos de luz como base de unión de los imaginarios maderos, la inequívoca forma de una cruz. Desde luego, no es un fenómeno tan preciso y calculado como el que ilumina el capitel de la Anunciación en San Juan de Ortega, pero su visión, destacada en la penumbra y unida al telurismo propio del lugar, anima y reconforta.
La preciosa imagen de Santa María, románica también y luciendo en su túnica el color verde asociado a las auténticas Vírgenes Negras -otro dato a tener en cuenta, independientemente del no menos heterodoxo detalle de la manzana en la mano del Niño-, continúa, perdido parte de su inmutable hieratismo original, con la cabeza inclinada, fijos sus ojos negros en ese momento atemporal y sagrado en el que las hostias se convirtieron en carne y el vino en sangre.
Es esta ocasión, no pude verlo porque estaban pintando la capilla de la Epístola, pero ahí continúa, muy cerca del lugar de reposo de don Elías Valiña, el que fuera inmortal párroco de O Cebreiro y gran conservador del Camino de Santiago, la pequeña imagen de un Santiago Peregrino, con su túnica, también de color verde, que el peregrino volverá a encontrar, algo más de veinte kilómetros más adelante, en Triacastela y que podría marcar un particularísimo ámbito de influencia de Ésta, sin olvidar los santos que han de acompañarle en las iglesias de este tramo del Camino, así como otro pequeño detalle relacionado, que habrá ocasión de comentar más adelante, cuando los dados que determinan las etapas de este maravilloso Tablero iniciático, nos hagan detenernos, siquiera por unos breves instantes, en Hospital da Condesa y su también humilde iglesia de San Juan.

 
(1) Paulo Coelho: 'El Peregrino de Compostela. Diario de un Mago', licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Editorial Planeta, S.A., 1998, página 60.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Un breve paso atrás hacia el Bierzo, donde el Niño Jesús juega a cartas


Llegados a este punto, el mágico Juego de la Oca nos indica que, para seguir caminando por los lugares más emblemáticos de otra provincia que aún conserva muchas claves que habrán de maravillar al peregrino, es necesario retroceder varias casillas en el Tablero, y detenerse, siquiera sea por unos breves instantes, en ese hechizador Bierzo -tierra incomparable de misterios, guardada incondicionalmente en el pasado por la Orden del Temple-, y en un pequeño pueblecito, que también tiene su homólogo en la provincia que acabamos de abandonar: Cacabelos.
Cacabelos, cercano ya a la frontera lucense, vegeta plácidamente, custodiando con celo un misterio ancestral en su imponente parroquial. Con razón, muchos peregrinos continúan desolados su camino hacia Piedrafita y las cumbres imponente del Cebreiro, pues rara vez tienen ocasión de encontrarse las puertas abiertas y poder acceder al interior del templo donde, colgado de uno de los laterales de los muros, un pequeño retablo del siglo XVI, muestra al Niño Jesús jugando a cartas con un fraile, con un abad, según otros, e incluso, como afirman los más, con el propio San Antonio. A veces, suena la campana -no de la iglesia, pero sí de la casualidad- y el peregrino se encuentra las puertas abiertas. Apenas franqueado el umbral, una guardesa de cierta edad, fregona en mano, le enseña los dientes y le gruñe, diciéndole que el templo está cerrado. Salvador de escollos, y sabiendo que en el fondo, la humildad y el ruego, suelen atraer una cualidad que debería ser espontánea -la piedad-, consigue unos breves minutos para observar tan extraordinaria rareza y continuar su camino, pensando cuántas cosas maravillosas, cuántas claves ocultas no le aguardarán aún, en su inefable aventura en dirección a la tumba del Apóstol.
Resulta decididamente sorprendente, observar el amplio universo simbólico que se esconde detrás de una obra tan pequeña. Como en las viejas historias que se cuentan aún por el monasterio de Leire y también por el de Armenteira -esa prueba einsteniana de la relatividad del universo, que en plena Edad Media, experimentaron San Virila y San Ero, respectivamente- el peregrino cree observar, también, un sueño afortunado en el que el propio Niño Jesús -así lo indica la nube sobre la que se mantiene flotando- se le aparece al fraile en cuestión -tuviera éste, como los otros, categoría de abad o fuera el propio San Antonio- e intercambia con él un naipe muy especial, arrebatándole para sí, aquél otro menos afortunado que, hemos de suponer que por una cuestión de suerte, éste mantiene en su mano, caracterizando, posiblemente, esas bajas pasiones a las que nacemos sujetos por impedimento de la carne. El cuatro de copas, la carta inefable, queda, pues, a buen recaudo en esa Caja de Pandora donde el propio Niño guarda con humildad todas las afecciones que aquejan al mundo, y le regala al estupefacto fraile un símbolo de sabiduría y de conocimiento, indicado por el cinco de oros marcado en la carta que le entrega.
Hubo un gran personaje de la literatura y la teosofía españolas, que allá por finales del siglo XIX y con motivo de cubrir la noticia de un eclipse, cuya visión sería especialmente relevante desde aquí, desde el Bierzo, profundizó en este antiguo misterio, relacionándolo con el Temple y la Rosa-Cruz, símbolo que, según su visión del tema, estaría conformado por ese cinco de oros y ese cuatro de copas. La persona a la que me refiero, no es otro que Mario Roso de Luna, y la experiencia del eclipse, unida a la extraordinaria historia y visión simbólica de este retablo, conforman los primeros capítulos de una obra realmente grandiosa, independientemente de que fuera escrita como novela de índole ocultista, que habrían de llevarle a realizar uno de los viajes más apasionantes por la geografía astur, evento al que él, en buena ley, denominó como un viaje por la Asturias tenebrosa: El tesoro de los lagos de Somiedo (1).
Puestos sobre aviso peregrinos y caminantes, es hora de volver a andar el camino recientemente desandado y afrontar con ojo avizor las múltiples maravillas que todavía aguardan algunos kilómetros más adelante, apenas recién cruzada la frontera con una de los provincias más carismáticas y mágicas de Galicia: Lugo. 

 
(1) Por si alguien está interesado: Mario Roso de Luna, 'El tesoro de los lagos de Somiedo', Editorial Eyras, 1980.

sábado, 10 de agosto de 2013

El románico perdido de Allariz: la iglesia de Santo Estevo


Sería totalmente injusto cambiar de rumbo y destino, dejando atrás una ciudad tan hermosa e interesante como Allariz, sin comentar, siquiera sea brevemente, por aquello de que nobleza obliga, otro de los antiguos elementos histórico-artísticos, que demuestras esa expansión de medios y recursos que hizo de la ciudad un importante centro poblacional durante la Edad Media: la iglesia de Santo Estevo.
De similar manera al trato recibido por la iglesia de San Pedro, las sucesivas modificaciones llevadas a cabo en su estructura a lo largo de los diferentes periodos históricos, hacen que también se pueda integrar este curioso templo de Santo Estevo, dentro de esa imaginaria cuenta de resultados que, peyorativamente hablando, se puede decir que es el románico allarense. Perdida, pues, en gran parte su primitiva factura, aún se pueden apreciar, en su cosmogonía atemporal, algunos elementos interesantes, que invitan, cuando menos, a ejercer ese derecho o ese recurso de cotorras, como prefieran, que en el fondo es toda especulación.
Especulando o cotorreando, sin duda lo primero que llama la atención del nobel visitante, son esos sepulcros encajados hábilmente en el muro sur, que nada dicen de sus anónimos moradores, pero que muestran, al menos en uno de ellos, una curiosa cruz, con forma de espada y travesaño largo acabado en formas florenzadas, que recuerdan esas lises francas que denotan, -sin entrar en otro tipo más profundo de especulaciones-, cuando menos un origen de allende los Pirineos.
Por otra parte, los restos de interés, al menos externamente, que se pueden encontrar, aparte de los sepulcros mencionados, se localizan en la serie de canecillos y por supuesto, en la torre. Los canecillos, como la gran mayoría de ornamentos similares que caracterizan este tipo de construcciones, muestran esa peculiar alternancia entre rostros indiferentes, figuras animales y vegetales, y monstruos sobrenaturales que anidaban, generalmente, en el subconsciente sin duda supersticioso, de unas gentes cuyas mentes aún tendrían que esperar varios siglos a que la Evolución, pausada pero segura, indujera en los genes la idea de la Ilustración. De todos ellos, quizás el más llamativo, no sea otro que aquél que muestra a un animal, parecido a un gato cuyas patas delanteras se alzan sobre un poyete, y que mira al visitante con rostro entre enigmático y burlón. Elemento que quizás, en el fondo, sirviera de musa inspirativa para que Lewis Carroll -introductor, bajo mi punto de vista, de la matemática divertida en un mundo tan aburrido como la sociedad Victoriana- creara la logarítmica figura de su inolvidable gato de Cheshire.
Ahora bien, como colofón y cotorreos aparte, el curioso haría bien en fijarse en la torre, apenas unos centímetros por debajo de la campana, donde observará otro canecillo, que colocado a posta y sabiamente por el cantero, le hará un guiño, pues con su cara vuelta hacia el oeste -bueno sería recordar, que este recurso de los rostros girados oportunamente hacia ciertos puntos cardinales, viene a ser una constante también en lugares como Lugo y Zamora- le indica no sólo la dirección de la iglesia de Santiago, que se encuentra algunos metros más abajo, sino la dirección -al oeste, siempre al oeste- de esa Camino de las Estrellas, que oficialmente termina en Santiago, pero que todo peregrino, por alguna incomprendida razón que posiblemente se lleve en los genes, prosigue hacia esa enorme boca que engulle al sol todos los días: Finisterre.
El Camino, pues, continúa. Tal vez por eso, en el rostro del vigía que el anónimo cantero dejó de guardia, su sonrisa, más que otra cosa, sólo determine un gesto de aliento para aquél que, mochila al hombro y bordón en mano, continúe caminando sin olvidar jamás, que después de todo, recorre los senderos de un mágico tablero en el que cada etapa es una prueba y una iniciación.