domingo, 8 de mayo de 2011

Roncesvalles: Colegiata de Santa María



'...los dos mundos que permanentemente convergen en Roncesvalles: el carolingio y el jacobeo...' (1)


La primera visión que tiene el peregrino que desciende las estribaciones del puerto de Ibañeta, una vez dejados atrás el obelisco conmemorativo que recuerda la lucha legendaria de Roldán con el gigante Ferragut y la pequeña ermita de San Salvador, son varios edificios, de destacado estilo carolingio, que corresponden a las dependencias de los monjes, archivo, museo y hospedería. Encajonada entre ellos, como dama enrocada celosamente protegida por sus peones, la colegiata recibe a peregrinos y visitantes, mostrándose lozana y deslumbradora, sobre todo de puertas hacia dentro, con uno de los más puros y admirables ejemplos del gótico francés, o Ille de France, como es denominado por los expertos en la materia.

Dejando a un lado las modificaciones realizadas a lo largo de la Historia por diversas y divergentes circunstancias, como, por ejemplo, la portada o el claustro del siglo XVII, en modo alguno sería exagerado poner de manifiesto la genuina sensación que se tiene de volatibilidad, empeñecido el hombre frente a un infinito cielo abovedado que se extiende por encima de una nave en la que destacan, cual aurora boreal desparramándose por su zona absidial, un número determinado de vidrieras, enhiestas como columnas, a cuyo través un alquimista de nombre Helio transmuta en alegría la aparente soledad de unas sombras que se desvanecen en el recuerdo de una edad románica.

En el sancta-santórum de este pequeño big-bang de altura, luz y color, una dama gobierna inmutable a través de las edades del hombre, aunque éste, aprendiz de funcionario, se empeñe en otorgarle una edad aproximada de setecientos años. Entronizada y hierática, mostrando una enigmática sonrisa en los labios, Nª Sª de Roncesvalles recibe a peregrinos y turistas. En su trono, San Miguel alancea al Dragón, mientras el Niño, vuelto el rostro hacia la Madre, avisa a navegantes sosteniendo un pequeño globo terráqueo en su mano.



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No muy lejos de ellos, y antes de la figura del Apóstol Santiago, el Gran Peregrino por antonomasia, una pequeña capilla, cerrada al público por una verja de hierro, muestra una extraordinaria figura Crística que llama la atención sobre la Magia de los Números, mostrando la cantidad de clavos que le unen a la Cruz: cinco.


Si bien no son nuevas las teorías que sostienen la rotura de rodillas, sí son poco corrientes las representaciones que muestran a Cristo con las rodillas unidas al madero por sendos clavos. He aquí, posiblemente, otro de los enigmas de Roncesvalles.


Al fondo de la nave, y a la derecha, muy cerca de la entrada, una tumba en la que destaca la cruz abacial, alberga los restos de tío y sobrino: Juan de Egüés y su sobrino Fernando, priores de Roncesvalles a finales del siglo XV y principios del XVI, respectivamente. Por encima de la sepultura, coronándola, una cruz del tipo utilizada por el Temple llama la atención. Es posterior a la desaparición de la Orden, evidentemente, cuya presencia en Roncesvalles, de todos modos, no debería de sorprendernos si tenemos en cuenta que este es el paso de penetración en la Península más común para todos aquellos asentados en el país vecino.


Aún reserva la colegiata numerosas sorpresas que no estaban accesibles, por desgracia. Entre ellas, la formidable cripta y su decoración pictórica. Un motivo, sin duda, para volver.
(1) Fermín Miranda García y Eloísa Ramírez Vaquero: 'Roncesvalles', Colección Panorama nº27, Gobierno de Navarra, Departamento de Cultura y Turismo - Institución Príncipe de Viana, 2ª edición revisada y ampliada, 2010, página 35.



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