jueves, 4 de mayo de 2017

Hinojosa: la enigmática ermita de Santa Catalina


El Camino se torna más críptico y misterioso, a medida que nos vamos adentrando en una región, que aun teniendo muchas cosas que decir, parece enmudecer irremisiblemente, herido su corazón por la pérdida de ese nevero fantástico a donde se supone que fueron a parar la mayor parte de sus nieves de antaño, si por tales –y admito que no es la primera vez, ni será la última que parafraseo a François Villon-, entendemos una riqueza patrimonial, que en muchos casos –demasiados, bajo mi punto de vista-, se ha perdido en esos comparativos campos de Flandes que históricamente se tragaron la mayor parte de esa enorme riqueza que supuestamente saturaba las bodegas de los galeones que arribaban al puerto de Sevilla procedentes del Nuevo Mundo. Un Nuevo Mundo del que, si bien los historiadores modernos van admitiendo, siquiera a regañadientes la presencia, más allá de las costas de Labrador, de los aguerridos marinos escandinavos siglos antes de que Colón tropezara misteriosamente con sus mapas, se niegan a admitir –se siente, no ha lugar-, que tal hazaña pudieran haberla repetido los marinos de una orden de monjes guerreros, cuya flota, allá por los siglos XIII y XIV, formaba una pequeña potencia marítima: los caballeros templarios. Decía Antonio Herrera Casado, en su libro El románico de Guadalajara, publicado por Aache Ediciones, que la ermita de Santa Catalina en Hinojosa es, sin duda, uno de esos edificios más sorprendentes de todo el románico provincial de Guadalajara, y dejará en el visitante una evocación permanente de luz, de paz y de silencio. Es cierto. Pero aún hay más, si, parafraseando, no a Villon sino a otro inconmensurable poeta y dramaturgo, William Shakespeare, nos hacemos eco de las palabras que el triste Hamlet dedicara a su amigo Horacio, cuando meditabundo, allá en la torre de su castillo de Kronborg, le dice aquello de: hay más cosas en el cielo y en la tierra, de las que se pueden ver a simple vista. Y es que, aparte de la luz, de la paz y del silencio, como nos previene Herrera Casado, hay también numerosas claves. Claves que, si nos dejamos llevar por el fascinante poder de la intuición –condición indispensable, que todo peregrino debe de tener siempre en cuenta-, tal vez nos deparen alguna inesperada sorpresa, con o sin el beneplácito de una garantía documental.

Situada en las inmediaciones de dos interesantes poblaciones, Labros e Hinojosa, y parcialmente oculta por un pequeño bosque de sabinas por el que transcurre, como un feo tajo, la carretera que se dirige hacia Milmarcos, la ermita de Santa Catalina -¿deriva tal palabra de hermético y por lo tanto de Hermes, tal y como se dejaba caer Fernando Sánchez Dragó en su Gárgoris y Habidis?-, sorprende, en primer lugar, por su aceptable estado de conservación. Sin diferir de los edificios de su estilo, consta de un ábside o cabecera semicircular y nave rectangular, a las que imprime carácter y a la vez belleza una galería porticada que protege el lateral sur y por defecto, la portada principal de acceso al templo. La mano bernarda, austera pero sutil y ajena, por tanto, a los terribles bestiarios medievales parece estar presente, tendiendo la mano hacia universos foliáceos dirigidos al ideal de inmortal jardín, como demuestran los motivos de los capiteles de la galería, así como aquellos otros contenidos en la portada. Ajenos, así mismo al conjunto, y hasta es posible que sirviendo de argamasa de barros anteriores, dos piezas, empotradas en el muro, cerca de la portada, llaman poderosamente la atención: un león, de aspecto visigodo con la cabeza vuelta hacia la cola y una especie de rueda o disco solar, coronada y con motivos cristianos o cristianizantes en su interior, entre ellos las iniciales del nombre IHESUS, probablemente una referencia a la peculiar santa titular. Al otro extremo, prácticamente donde comienza la galería, una pequeña hornacina contiene una minúscula imagen, probablemente representativa también de la santa, que recuerda los antiguos altares mozárabes, tal y como se puede apreciar, por ejemplo, en una de las salas interiores del torreón de Fernán González, en Covarrubias. 

Menos pragmáticas en su dulce austeridad, las representaciones esculturales de los canecillos del ábside recobran ese aspecto mundo, en ocasiones desvergonzado pero generalmente no ajeno al mundo abstracto del simbolismo, que caracteriza a las edificaciones románicas: motivos geométricos, rollos de pergamino, rostros humanos, animales fantásticos, actitudes eróticas y destacando de todo el conjunto, un fenomenal ouroboros enroscado sobre sí mismo. Conviene reflexionar, en que ésta ermita de Santa Catalina formaba parte de un pueblo cuya existencia se remonta a la Edad Media, cuyo nombre, Torralbilla –por encima de la ermita, pueden verse algunos restos de edificios, aunque posiblemente sean muy posteriores-, sugiere interesantes connotaciones, dentro de las cuales, podría suponerse, en tal momento histórico y de repoblación, la presencia de aquellos que no en vano fueron considerados como los custodios del Camino, como sabía y agradecía el peregrino medieval, y cuyos asentamientos, en muchos casos, solían responder a ciertas nomenclaturas que también en muchos casos, no eran ajenas a sus consideraciones, intenciones y funciones: los templarios. Torre y alba o blanca –nombre, además, de interesantes santuarios marianos enclavados generalmente en lugares de difícil acceso, como el de Nª Sª del Alba, en las montañas asturianas del Concejo de Quirós-, suelen figurar entre ellos. He aquí un dato para meditar. Y no hay mejor sitio, dejándose llevar por la luz, la paz y el silencio que caracterizan a este fantástico lugar.

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jueves, 20 de abril de 2017

Buscando dragones por la Alcarria


La Alcarria y sus enigmas. Probablemente, uno de los lugares que todavía conserva un resto muy significativo de esos misterios que en forma de bestia apocalíptica aterrorizaban al hombre medieval, se localice en ésta escondida población de Valdeavellano, y más concretamente, en su iglesia dedicada a una figura que, por las encendidas polémicas levantadas a lo largo de los siglos, bien podría ser considerada, al menos metafóricamente hablando, como Nuestra Señora de las Tormentas: María Magdalena. En efecto, la iglesia a ella dedicada, si bien bastante reformada, hasta el punto, por ejemplo, de no hallar rastro alguno de los capiteles originales, que presumiblemente tuvo que tener su galería porticada, conserva, no obstante, esa dulce rusticidad, que se aprecia, sobre todo, en su ábside o cabecera, así como una interesante portada principal, que hemos de situar en el lado sur de la nave, donde se advierten, en algunos de sus elementos, como los nudos de la segunda arquivolta –que igualmente, se vuelven a encontrar en la pila románica, con forma de copa y gajos, del interior-, una visión retrospectiva que puede inducir la sugerencia de una más que probable influencia del románico burgalés, o en todo caso, de ese románico del norte que se fue asentando progresivamente a medida que se iban reconquistando territorios. Situado en una zona relativamente cercana a la capital, y sin embargo con las flechas de las veletas de sus tejados apuntando celosas hacia la vecina provincia de Cuenca y otras poblaciones teresianas de más envergadura, como la monumental Pastrana –que muestra con orgullo los conventos fundados por la mística de Ávila y el palacio donde pasó sus últimos días la princesa de Éboli- o Auñón, con esa espectacular iglesia gótica dedicada a la figura de San Juan Bautista y sus leyendas de templarios, Valdeavellano conserva también, testimoniando así una cierta relevancia en el pasado, el rollo jurisdiccional o picota, desde el cual los validos de los reyes, o en su defecto los grandes señores del lugar ejecutaban sentencias ejemplares, generalmente en el nombre de una diosa, la Justicia, que no en vano suele representarse, además de portadora de la balanza y de la espada –como muchas representaciones de ese Anubis cristiano, conocido como San Miguel-, con los ojos teóricamente cubiertos por la venda de la imparcialidad.

Pero volviendo de nuevo al tema que nos ocupa, este templo que debió de conocer en tiempos el paso de numerosos peregrinos, caminantes, viajeros y destripamontes y cuyo honroso bizantinismo podríamos situar perfectamente en un siglo XIII cuyos pormenores se desarrollaban en esa impecable partida de ajedrez que fue la Reconquista, contiene ciertos elementos interesantes en su interior, cuya singularidad, desde luego merece la pena conocerse. De ellos, podríamos comenzar haciendo alusión a la Virgen gótica y el Cristo, probablemente gótico también, que llaman notablemente la atención, situados en un lateral de la nave la primera y poco más o menos que en el centro, aunque algo por detrás del altar, el segundo. Con respecto a la talla mariana y de manera anecdótica, referiré que cierto parroquiano que se encontraba en la iglesia cuando llegué –faltaban algunos minutos para que diera comienzo la misa-, al preguntarle sobre la advocación de esa preciosa talla, me contestó, con toda la obsequiosidad del mundo, que era Santa María Magdalena. Es evidente, que el buen hombre se equivocó con la advocación de la iglesia, porque encontrarte con una talla mariana, Teothokos o Trono de Dios, hierática y con el Niño sobre sus rodillas con tal advocación, sería tanto como descubrir la tumba de Almanzor, que dicen las antiguas leyendas que está oculta todavía en una tercera colina –por desgracia, no especifica dirección- cercana a esa Medinet al Salim o Ciudad del Cielo o Ciudad de Salomón soriana, que es Medinaceli. Detalle que no obvia, sin embargo, tener presentes esos antiguos, apócrifos lodos que ven en ésta misteriosa figura –que ha pasado a ser universalmente conocida como la hermosa llorona- la esposa de Jesucristo y la cepa de su sagrada descendencia. Controversias aparte, aunque no hipótesis, hipotéticas –reincido aposta en la redundancia-, son las especulaciones relativas a las representaciones pictóricas del travesaño principal, que a modo de sólido atlante, soporta con parsimoniosa indiferencia el peso principal del coro, mostrando una pavorosa escena, en la que una terrible bestia apocalíptica –como se dejaba entrever al comienzo de la presente entrada-, causa el espanto entre una serie de personajes, terminando, alguno de ellos, en su estómago como una simulación terrestre de aquélla singular ballena –precedente bíblico del que seguramente echó mano Herman Melville para crear su fantástica Moby Dick-, que se tragó a Jonás. Parte de la singularidad de la bestia, reside en que se trata de una hidra de siete cabezas, si bien, representada de una manera, podría decirse que muy particular, donde se aprecia una cabeza principal y seis cabezas secundarias, éstas últimas situadas en la cola.

Ahora bien, dejando aparte o mejor aún, para otra ocasión más propicia –que como se suele decir, siempre las pintan calvas-, el por qué este tipo de representaciones parecen abundar tanto a ésta parte de esa espina dorsal, testigo de un mundo perdido y surgida en mitad de la Meseta, que es la sierra de Guadarrama –no en vano por ello, denominada en época medieval como la sierra del Dragón-, el madero –por su fortaleza, quizás fuera en tiempos el corazón de un hermoso y milenario roble que hubiera servido de precedente como tabernáculo de ritos druídicos, si se me permite la licencia literaria-, llama la atención por estar colocado al revés; es decir, que las figuras aparecen como si hubieran perdido la gravedad de un espacio invisible, dando la sensación de precipitarse hacia una tierra, que ya tuviera como precedente la más famosa de todas las caídas; una caída, que no fue otra –citando otra fuente literaria aparte de la Biblia, como es el Paraíso perdido, de Milton-, que la de Lucifer. Ésta inesperada disposición, hace que los investigadores barajen, entre otras, dos hipótesis, principalmente: la primera, que fuera fruto de una torpeza laboral, en alguna de sus antiguas remodelaciones y la segunda, posiblemente más acertada, es que, en base a las posibles referencias heterodoxas del tema tratado, se hubiera colocado así desde un principio, como una especie de castigo o penitencia, de similar manera a como antiguamente en los estamentos castrenses se castigaba, por ejemplo, garitas o armas que se hubieran visto envueltas en casos de accidentes mortales o de suicidios, como me consta, por haberlo vivido.

Sea como sea, y dejando aparte las verdades ocultas asociadas con tan excelente obra de arte, que por desgracia –y sirva como aviso para el estudio de una oportuna restauración-, está perdiendo ese soberbio colorido original, que debió de ser, cuando menos, impactante y quién sabe, si tal vez, aviso para aquellos navegantes que dirigían sus pasos hacia Compostela, siguiendo las indicaciones de aquél farol colgado en el cielo, que es la Osa Mayor.

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miércoles, 29 de marzo de 2017

De la Alcarria peregrina: el monasterio de Monsalud


Aunque parezca increíble, en vista de su aspecto actual, el monasterio de Monsalud fue el más antiguo y a la vez, el más poderoso de los cuatro monasterios fundados por la Orden del Císter en la provincia de Guadalajara. De los otros tres, el monasterio de Bonabal, situado en las proximidades de Retiendas, corrió pareja suerte, y hoy día apenas es una ruina irreconocible donde Mater Gaia, progresivamente, va recuperando lo que en buena ley le pertenece. Otro tipo de suerte bien distinta, sin embargo, corrieron los monasterios de Óvila y de Buenafuente del Sistal. Mientras que éste último continúa albergando una comunidad de monjas del Císter y alentando retiros espirituales entre los conversos, el monasterio de Óvila –situado en las proximidades de lo que siempre se han conocido como las Tetas de Diana-, fue trasladado, piedra a piedra a los Estados Unidos, a la mansión de Randolph Hearst, el que fuera uno de los más grandes magnates del mundo del periodismo, cuya vida fue magistralmente llevada a las pantallas cinematográficas e interpretada por el genial Orson Welles.

Recientemente recuperado por la Junta de Castilla-La Mancha, como fósil románico destinado a la curiosidad de un turismo cada día más exigente y cultural –además de celebrarse conciertos y actividades afines en su interior- la mayor parte de la historia legítima del monasterio de Monsalud, permanece vedada detrás del impenetrable Velo de Isis de una historia que, lejos de ser Musa bienintencionada, abusa de la picaresca para enredar la estoicidad de un mundo demasiado dependiente del academicismo, y por lo tanto, demasiado enganchado a la por desgracia tan popular way of life tomasiana, es decir, al ver para creer de lo estrictamente documentado. A este respecto, no es mucho lo que se sabe, en cuanto a su fundación, aunque parece ser que ésta fue muy anterior al año 1167, fecha en la que un documento considerado como fiable, menciona el legado, por parte del Arcediano de Huete, de nombre Juan de Treves, de la aldea de Córcoles con todos sus bienes. Legado que posteriormente, en 1169, sería ratificado por el rey Alfonso VIII, conocido como el rey de las Navas de Tolosa y rey, además, que celebrara sus desposorios en Soria con la princesa Leonor de Plantagenet, hija de la que quizás fuera la mujer más fascinante del Medievo; aquélla intrépida fémina que, según la leyenda, alentó a los cruzados en Tierra Santa con el pecho descubierto y su larga cabellera pelirroja en bandolera, inundando su corte con los mejores trovadores de la época, entre los que se encontraba el propio Chrétien de Troyes, a quien, según se piensa, y este es un dato interesante, alentó su famoso Cuento del Grial: Leonor de Aquitania.

Paradójicamente, se sabe el nombre y la procedencia de su primer abad: Fortún Donato, siendo su casa, el no menos misterioso monasterio de Scala Dei, situado en los Pirineos franceses. De allí procedían, también, algunos otros abades que fueron ocupando progresivamente el cargo. A partir de 1174, y ante la amenaza almohade, este mismo rey cedió extensos territorios a las órdenes militares; de ahí que, posiblemente, proceda la importante presencia de la Orden de Calatrava –recuérdese, heredera también de los templarios y según algunos autores, como Juan Eslava Galán, continuadores de algunas empresas secretas de éstos, como sería, por ejemplo, la búsqueda por tierras jienenses de la famosa Mesa o Tabla de Salomón-, en Monsalud y en la vecina Zorita de los Canes.

Independientemente de las modernas asociaciones templarias, como la O.S.M.T.H. (Ordine dei Cavalliere del Templo di Hierusalem), que celebran allí parte de sus rituales y ceremonias, habiendo declarado el monasterio como Sitio Templario, de la presencia de la histórica Orden del Temple en el lugar, nos quedan, ajena, por supuesto, a la documentación escrita, las manifestaciones populares, que fueron recogidas oportunamente, a comienzos de los años ochenta, por el escritor y más famoso viajero que haya pasado alguna vez por la Alcarria: Camino José Cela.

En efecto, publicado en 1986, su Nuevo viaje a la Alcarria, menciona tan interesante dato, olvidado treinta y nueve años antes, cuando, de su mano excepcional, el mundo comenzaba a soñar con esta zona tan particular de Guadalajara, después de la lectura de su Viaje a la Alcarria. De tal manera, que en éste nuevo periplo trotamundos, Don Camilo, que por entonces viajaba en un formidable Jaguar a cuyo volante se sentaba impertérrita una belleza de ébano a la que cariñosamente llamaba Oteliña, ya se hacía eco de esos misteriosos y legendarios orígenes cuando, en la página 167 de la edición publicada por la Editorial Plaza & Janés, S.A., no hacía la siguiente revelación: ‘…Estas piedras del monasterio de Monsalud vienen del siglo XII y, cuando se alzaban con mayor fundamento y armonía, fueron del orden o religión del Temple; después pasaron a los benedictinos y luego al Císter y alojaron entre sus muros mucha ciencia y no poca historia’.

Con razón o sin ella, lo cierto es que, si bien mucho de ese fundamento de armonía, ciencia e historia se han perdido irremediablemente, todavía quedan algunos detalles que, si bien no demuestran nada por sí mismos, sí deberían provocar, cuando menos, el atrevimiento a la especulación, puesto que no dejan de ser significativos. Sólo por citar algunos, no deja de ser un detalle interesante la base de planta octogonal sobre la que se asienta la pequeña fuente, en el centro geométrico del claustro. Un claustro que, aunque mal herido, todavía conserva, prácticamente intacta, una de las más armónicas y a la vez hermosas salas capitulares que se hayan contemplado jamás. Una sala capitular que, además, tiene, como curiosidad añadida, la forma de cerradura de su pequeño ventanal principal. Una forma, que quizá esté en consonancia con la opinión de algunos autores, como el fallecido Juan García Atienza, quien en más de una de sus obras, ya llamaba la atención sobre la planta en forma de llave que, en su opinión, tenían muchos de los edificios atribuidos con o sin fundamento a la Orden del Temple. Pero aún, hay otro detalle mucho más curioso e intrigante todavía: ese hueco, situado en el lado derecho de la cabecera, muy cerca de donde en tiempos debió de estar situado el altar –hoy día desaparecido-, que deja entrever algunos motivos cabalísticos en su interior, semejantes a aquellos otros que se localizan en otras zonas más septentrionales de la provincia, como pueden ser Campisábalos –óculo de la Capilla del Caballero San Galindo- o en las mismísimas geometrías mágicas del formidable ábside de la iglesia de Santa Coloma de Albendiego, apenas a unos escasos kilómetros de distancia de la anterior.

En fin, sea como sea, el hecho es que, se acepte o no, es difícil no dejarse llevar por la especulación cuando de la Orden del Temple se trata y uno intenta desenvolverse en un lugar, a la postre tan enigmático y misterioso como este malherido monasterio de Monsalud, en cuya historia, no cabe duda, figuran también el auxilio y el cobijo brindado a través de los siglos, a los cientos, tal vez miles de peregrinos que se encaminaban hacia el Oeste a través de los innumerables caminos de peregrinación.

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jueves, 23 de marzo de 2017

Cuenca: el Seminario de Villalba de la Sierra, el Ventano del Diablo y la Ciudad Encantada


Villalba de la Sierra, es un pueblo que se sitúa, aproximadamente, a una veintena de kilómetros de la capital conquense, pudiéndose añadir que su paso es poco menos que obligado para todos aquellos que tengan la intención de dirigirse hacia esos dos grandes hitos de magia natural, que son la Ciudad Encantada y el nacimiento del río Cuervo. De hecho, es precisamente a partir de aquí, cuando el paisaje deja de ser soberanamente solano, un tanto monótono y por defecto lineal, para transformarse en extravagancia gótica, donde dos inigualables canteros –la erosión y un río poblado de multitud de leyendas sobre ninfas y dianas, el Júcar-, se pusieron de acuerdo, hace milenios, para elaborar en silencio, sin prisa pero sin pausa –como requiere toda buena artesanía-, un mundo fantástico en el que quebradas, farallones y singulares desfiladeros semejan, metafórica y comparativamente hablando, templos y catedrales naturales, donde todavía se respira, a poco que se ponga en guardia el olfato, la embriagadora fragancia de infinidad de inciensos que se desparraman por el ambiente en honor a Mater Gaia. Es también, a la salida de Villalba, donde uno se topa, inesperadamente, con un espejismo románico, cuyo aspecto de niña con la carita recién lavá –como diría el cantar, no desde luego el de los cantares de Salomón, pues a la niña de éste ya quedó suficientemente claro que la había tostado el sol, como a nuestra morenina y entrañable rianxeira galega, por citar uno de los múltiples ejemplos de la España anterior a-, le hace dudar sobre una paternidad o denominación de origen medieval, añadas del siglo XII ó XIII y elaborada con las mejores artes de la geometría sagrada de la época; a saber, entre otras muchas: sobriedad, templanza y equilibrio. Difícil resulta, además, dejar atrás el lugar y preguntarse si detrás del nombre –Villa Blanca o Villa Alba- no rondará el fantasma milagroso de alguna ancestral Señora Albina, muchos de cuyos antiguos santuarios se situaban en lugares agrestes pero hermosos y de difícil acceso, como aquél famoso santuario asturiano situado en las montañas de Quirós –de los Quirós, referencias están esas máximas que dicen, a grosso modo, que antes que Dios, los Quirós o aquélla antigua canción de Víctor Manuel, titulada precisamente así, el Quirosanu, con el que la moza de turno no quería bailar, por temor a que con sus madreñes la pudiera mancar-, por caminos donde ya los pastores del Neolítico danzaban al son de los tambores por riscos y desfiladeros de vértigo. Un vértigo parecido, podemos encontrar apenas un kilómetro más adelante, en el mirador conocido como Ventano del Diablo –si bien, el ventano diabólico al que hace referencia, queda alojado en lo más profundo de la depresión y tiene una forma parecida a las curiosas formaciones que han hecho famosa la playa lucense de las Catedrales-, desde donde se puede disfrutar de una hermosa panorámica, si bien el Júcar apenas parece una culebra que deja entrever la plata de sus escamas entre las densas agujas de los pinos.

Invariable, en su magnífica agresividad, el camino continúa en ascenso, salvaguardando montes y quebradas por curvas que en algunos tramos –algo de exageración viene y también va, seamos serios-, semejan cerrarse sobre sí mismas, formando ese ouroboros o cero perfecto con el que en la Edad Media se representaba a Dios. Que haya sido precisamente la mano de Dios o de la Diosa quien modelara la arcilla primigenia de estos pagos imbuidos del fecundo sueño de un fenómeno conocido como paraidolia, realmente importa poco. Importa, eso sí, el efecto –o mejor, el impacto, súbito o prolongado- que tales formas produzcan en cada uno, pues no sería descabellado suponer que el espíritu, o el alma o quizás –manzanazo de Newton en la cabeza, enciéndase la luz- esos doce gramos que el médico echa de menos cuando se produce la muerte cerebral y le confirma el pistoletazo de salida para firmar el certificado de defunción, fuera como un camaleón que en lugar de absorber los colores para camuflarse con el medio, absorbiera las formas y las procesara de una manera totalmente personal que pudiera o no coincidir con las apreciaciones oficiales que tanto gustan desarrollar los guías en los circuitos concertados.

En base a ello, podría decir –y de paso, recomendar la experiencia en solitario-, que lo que más me impresionó de esa Ciudad Encantada, no fueron esos supuestos amantes de Teruel –a los que hay que buscar y rebuscar la perspectiva adecuada para encontrar algo similar a dos labios abarcándose mutuamente para ofrecerse la ternura de un beso, aunque fuera, como diría el Sinuhé el egipcio de Mika Waltari, para que dos solitarios se calentaran en una noche fría por amistad-; o esos navíos anclados en una pradera, cuya popa recuerda aquél otro bajel desde el que el capitán Garfio dirigía las actividades de su tripulación pirata, mientras de reojo atisbaba por la ventanilla buscando señales del terrible cocodrilo que le perseguía como una sombra, amenazando con devorarle entero; o incluso esas curiosas formaciones, semejantes a un huevo eclosionado de esa impresionante criatura extraterrestre que tan mal rato la hiciera pasar a la chica de las braguitas blancas –Sigourny Weaber-, en la película Alien, el octavo pasajero. No, lo que más me impresionó, fue ese impresionante e inesperada formación calcárea a la que se denomina mar de piedra. Y lo hizo, hasta el punto de que todavía hoy, continúo preguntándome qué gigante laboró allí; ¿cómo eran las sandalias del pescador que tiró en él sus redes?.

En fin, esas cosas que se encuentra uno en el Camino.

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martes, 14 de marzo de 2017

Cuenca: San Pantaleón o las nieves de antaño


Se pregunta el peregrino, observando con tristeza los tristes muñones de lo que, allá por el siglo XII, fuera la ermita de San Juan Bautista, posteriormente conocida como de San Pantaleón, si quizás los custodios del Camino, ese Temple anegado en polvo y sudor que fue bautizado en el martirio al amparo de los Santos Lugares, y del que dicen los olvidados cuentos de la abuela que rendían pleitesía aquí al santo Jano cristiano del equinoccio de verano y también al santo médico –el milagro de la licuefacción de cuya sangre, maravillaba originalmente a los peregrinos medievales que se adentraban por el norte de Burgos, y más concretamente, por su Merindad de Losa-, huyeron un día de otoño hacia aquél otro santuario inaccesible, pero quizás más seguro, después de todo, donde el poeta Villon situaba –yo sigo opinando, que dejándose aconsejar por una adolecida Musa de la Melancolía-, las nieves de antaño. El lugar, situado a escasos metros de la catedral, semeja un desgarro de forma rectangular, anclado a la vera de una hilera de edificios que se arriman entre sí, quizás con la misma imperiosa necesidad de protección instintiva que se supone que ponían en práctica los hombres primitivos en la angustiosa oscuridad de las cavernas. Cuesta creer, no obstante, observándolo, lo paradójico de su destino; porque, si por una parte, su carácter histórico y patrimonial no fue garantía suficiente para salvarlo de la voracidad y la ruina, sí parece haberlo convertido, cuando menos, en santuario arrebatado al voraz e indecente apetito del gigante inmobiliario. De tal manera que ahora, a pesar de que su nave se haya convertido en ocasional terraza de Club social y de paso, en mausoleo de inmortalidad para el ushebti a tamaño natural de un celebrado poeta local –Federico Muelas, autor de un Soneto a Cuenca que glosaba, entre otros, aquél entrañable verso que decía: Alzada en bella sinrazón altiva/-pedestal de crepúsculos soñados-,/¿subes orgullos, bajas derrocados/Sueños de un dios en celestial deriva?...-, conserva, no obstante, el recuerdo -como así parece confirmarlo la tinta de antiguos legajos-,  de una servil actividad hospitalaria –eso sí, a partir de 1355 y bajo la supervisión de la Orden de San Juan de Jerusalén, heredera de no pocos bienes del Temple-, que en tiempos debió de agradecer el peregrino, viéndose aliviado de las llagas, de las espinas  y del sufrimiento del Camino.

Dicen los observadores, y en cierto modo, puedo imaginármelo, que ésta hogaño caries en la mandíbula recompuesta del patrimonio conquense, tenía antaño un aspecto similar, entre alguna otra, sui generis, a la iglesia alcarreña –buena ocasión para releer los caminos polvorientos de Cela-, de San Felipe de Brihuega. De San Felipe de Brihuega destaca, sobre todo, ese fantástico óculo que, situado en lo alto de su portada oeste, mostraba uno de los símbolos más mágicos y atractivos de la Tradición hermética: el Sello de Salomón. Símbolo que, además, servía en no pocos templos templarios como indicio de un conocimiento esotérico y también, de paso, como uno de esos signos de reconocimiento a los que aludía el Maestro Roncellín, redactor –o cuando menos, uno de ellos, pues hay fuentes que señalan directamente al propio San Bernardo-, cuando, en los supuestos Estatutos Secretos de la Orden, decía aquello de: y no olvidéis poner los signos de reconocimiento en los lugares en los que habitéis.

No desprecia, pues, el peregrino, ese irreconocible recuerdo y piensa, más bien, que después de todo, el tiempo y su relatividad, bien pudieran conservar todavía, un recuerdo allende el espacio que, como otro Avalón fantástico, constituya un nevero donde se conserven esas nieves de antaño que tantos suspiros levantaron en el alma de Villon.

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jueves, 9 de marzo de 2017

Cuenca: la catedral de Santa María de Gracia


Algo parece seguro: y es que cierzos ventosos hicieron que las ocas de Huelves levantaran el vuelo, llegaran a Cuenca y después del cruento asedio a que fue sometida la guarnición mora y en el que destacó el arrojo de ciertos monjes-guerreros, custodios, por otra parte, del Camino, dejaran una apreciable dosis de su arcana sabiduría, no sólo en los escudos heráldicos –algunos, malheridos por esa rémora que acompaña siempre al tiempo y que se llama erosión-, en las viejas arcadas con las que de cuesta en cuesta se va uno tropezando mientras recorre la espiral de callejas en ascenso de la parte antigua, sino que también, y sobre todo, en esa espléndida joya gótica en la que, como se aventuraba en la entrada anterior, no sólo pintan Copas y Espadas, sino que además, por desgracia, sufrió los embites demoledores del mazo de Bastos en una partida contemporánea, perdiendo parte de su estructura original, detalle por el que puede infundir la sensación de parecer una torre de Babel inacabada. Y aun así, con ese aspecto de doncella despeinada, la catedral, váyase en la época en la que se vaya, parece siempre una isla misteriosa que, cual la legendaria de San Brandán y con idéntico celo a como los antiguos dragones empeñaban a la hora de proteger a las doncellas que presumiblemente raptaban, salvaguarda un relevante tesoro en su interior. Todavía conserva –detalle ciertamente curioso-, sus macizas puertas de madera originales; unas puertas que, por poca atención que se preste, sugieren, en vista de esos feroces Green-man u Hombres Verdes creados en el fuego de la tradición directamente de la forja del viejo y cojo Hefesto, la posibilidad de acceder a ese remedo de bosque original, en cuyas fuentes enigmáticas livianas Dianas provocaban, con sus bellezas plenitudinarias, febriles devociones. Poco importa si en la época medieval, se cambiaron los juramentos que los druidas realizaban alrededor de las calderas y a la luz de la Luna, por el Dei Gratia Plena con el que el mensajero Gabriel anunciaba a una púber, temblorosa y desconcertada María el papel de nueva Mater que habría de realizar para las generaciones futuras, puesto que Deus lo Vult: Dios lo quiere. Piensa el peregrino, franqueando el umbral y con el espinoso mensaje de la estatuaria de las portadas en mente, si, como Parsifal moderno, se atreverá a realizar la pregunta adecuada, capaz de liberar de su antiguo sortilegio este templo del Grial: la copa; la estrella de ocho puntas; la cruz patada formada por los formidables basamentos que a la manera de san Cristóbal, soportan sobre sus hombros las divinas nervaduras que se comban bajo la magnitud de un cielo abovedado; la muerte, Musa del martirio, el Apóstol número trece o matrona que mantiene el equilibrio en la familia numerosa de la Madre; la rotonda, deambulatorio u ouroboros donde el pasado, el presente y el futuro son sinónimos de infinito, el alfa y el omega que se cierne sobre el sepulcro, augurando esa unión indisoluble entre principio y fin, como ese mensaje universal, que bajo el símbolo de la Cruz de la Vida forman las tracerías del triforio, que nos ayuda a meditar sobre la indivisibilidad de lo creado.

¿A quién sirve el Grial?, -se preguntó el peregrino, mientras abandonaba ese metafórico bosque que, en alguna de cuyas umbrías soledades, la luz del sol de mediodía esculpía diminutos mundos de color en la fría superficie de muros y columnas.

Estuvo a punto de contestarse a sí mismo: al que ha dejado de ser piedra muerta para convertirse en piedra viva. Pero calló y continuó andando calle arriba, en dirección a aquélla nieve de antaño que fue un día, la arruinada ermita de San Pantaleón.

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martes, 7 de marzo de 2017

El Camino de las Ocas pasa por Huelves


No vi rastro de la Nave Blanca de Lord Dunsany, cuyas huellas creí vislumbrar en Ávila, extramuros y a orillas del río Adaja; pero en ese frenesí que es la vida, en definitiva ese sueño esa ilusión, sí percibí –o así al menos me lo pareció-, un lugar de anidaje de una misteriosa y anónima bandada de ocas itinerantes, que es de suponer que dejándose llevar por los intrépidos avatares de la Reconquista, recalaron poco menos que a la vera de una ciudad que lleva por nombre el apellido de un cardenal que, como Constantino, también vio ese invictus et in hoc signo vinces en el cielo: Tarancón. Huelves se llama el lugar en cuestión y hemos de situarlo –tiro de piedra va, tiro de piedra viene- a unos setenta kilómetros de una capital, la conquense, en cuya catedral pintan no sólo Copas, sino también Espadas templadas en el bautismo del martirio y a juzgar por lo perdido, también algún que otro Basto, cuyo golpe devolvió los husos de sus pináculos al cesto de la Parca.

De este conciliábulo medieval de ocas hermanadas por el noble arte del mazo y el cincel, deja buena constancia –demérito u olvido imperdonable tendría no mencionarlo-, ese río, tímido y asustadizo a su paso por el término municipal, cuyo nombre –Riansares-, no sólo nos recuerda a esa graciosa y morenica Virgen de las ondiñas veñen ondiñas veñen ondiñas veñen e van, sino también a las mencionadas aves, ánsares u ocas, bajo el símbolo de cuya pata hermandades canteriles fueron levantando los principales cenobios que jalonan los diferentes puntos estratégicos de los mil y un caminos de Santiago. Imposible precisar, no obstante, qué hermandad itinerante se instaló aquí en tiempos alfonsinos y por qué la ermita de la Virgen de la Cuesta, que se levanta, cual estrella solitaria en lo más alto del pueblo, tiene esa curiosa forma elipsoide, con tres pequeños ábsides en su cabecera, que trae a la memoria aquél ouroboros o círculo perfecto –ya que los tres ábsides que tiene también, se ocultan en su incomprensiblemente en su interior-, que caracteriza a una de las iglesias más desconcertantes, intrigantes y misteriosas de esa monumental capital castellana, de cuya catedral –refiriéndose preferiblemente a la vieja- decía Unamuno aquello de las piedras doradas por soles de siglos: la iglesia salmantina de San Marcos.

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La ermita de San Segundo de Ávila


El Camino –fatiga, espinas, expectativas o desesperaciones aparte-, es también un espléndido carburante para activar el motor de los sueños. No importa cómo se haga, ni tampoco los lugares a donde uno decida ir, bien sea por voluntad propia o dejándose llevar en volandas por ese Papá Ganso que es Mesir Destino, experto piloto que en ocasiones navega a favor de la corriente y otras, sin embargo, bracea sin timón y encomendado a Dios en aguas turbulentas. Hablando de aguas, de corrientes y de turbulencias, todavía me pregunto si la última vez que mis pies hoyaron esa tierra arévaca tauromaquizada con la sangre de los bueyes de Gerión –en cuyo cartel mitológico figura ese gran diestro que fue Hércules, quien posteriormente se convirtió en el encargado de sacar a hombros al Niño en las plazas monumentales de iglesias y catedrales-, y que en el fondo puede llegar a imaginarse que es Ávila, no se me adelantó, por poco, la Nave Blanca de aquél gran soñador -ignoro si también fue peregrino o cuando menos caminante, aunque bien es cierto, que no en pocas ocasiones unos y otros se saludan educadamente en las encrucijadas de los caminos-, que fue Lord Dunsany, dejando, cual la babilla rociera de un gigante caracol, huella de su paso extramurallas, así como también en las riberas desoladas por el invierno, amamantadas por un río Adaja, en el que quizás –especula, especulorum-, allá por los idus indeterminados del siglo XII, las lágrimas de canteros y peregrinos –como jura y perjura Coelho que ocurre en el río Piedra- dejaran para aviso de navegantes del futuro, ese paño de Verónica que es, metafóricamente hablando, la ermita de San Segundo.

No creo, por otra parte, que fueran los elfos desplazados –tripulación pirata o cuando menos encantada, de la nave de Dunsany-, quienes iniciaran el abordaje, cambiando alfanjes y cuchillos por sólidas mazas dumienses –que algún derecho tendrían, al verse desplazados de sus hábitats cultuales in Nomine Deo-, quienes acometieran el asalto a una ermita, en la que después de todo –santíguome, Sancho y llévome la mano a la cabeza para tocar madera-, todavía se aprecia, que no es poco, alguna huella de su denominación de origen original: bizantina, que de romanos, Holmes, ya tenemos suficiente con los cuentos de esa abuela, en ocasiones desmemoriada, que se apellida Historia. Lejos de ser historiados, los canecillos de ábside y absidiolos –epistolar y evangélico, tanto monta monta tanto-, me dieron la impresión de una orfandad, cuya historia se dejara pendiente en el centro de acogida que es la imaginación de cada uno; aunque si no fuera por su abuso alusivo al pecado, la vanidad y el orgullo, me hubieran resultado incluso divertidos esos leones, grifos y arpías que el tiempo erosionaba, labrando hoces en sus lomos. Aunque si mal no recuerdo, en el caso de las arpías y en vista de la forma de eme de sus alas plegadas a la espalda, tuve la incierta sensación de imaginarme un graffiti en el que se leyera –que Goethe me perdone, allá, en el círculo dantesco donde se halle, amenizando con su escritura a ángeles o a demonios-: Mefistófeles estuvo aquí. Dúdese de esto si se quiere, pero a juzgar por los Sellos de Salomón que se aprecian en la fachada, algún espíritu cabalístico, posiblemente devoto de la antigua levadura, sí que estuvo aquí, aunque no pusiera fecha.

Yo tampoco quiero poner fecha para la despedida, de manera que sólo añadiré que abandoné la ermita de San Segundo y ribera del Adaja arriba, continué mi camino, haciéndome cábalas sobre cuál sería el siguiente puerto al que arribaría la Nave Blanca.

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miércoles, 22 de febrero de 2017

Ávila: la peregrina iglesia de Santiago


A orillas del río Piedra me senté y lloré…Así comienza una obra entrañable de esa extraña, cuando no stevensoniana personalidad entre peregrino, escritor, poeta, místico y novelista que caracteriza a ese soñador de caminos –quizás los mismos que antes que él, perturbaran la brújula de poetas expertos en barquitos de papel y mundos concebidos dentro de pompas de jabón, como Machado-, llamado Paulo Coelho. Mentiría si dijera que la última vez que estuve en Ávila –un domingo de febrero, de un año que poco importa porque apenas ha comenzado a dar sus primeros bostezos y aun puede presumir de barbilampiña sonrisa e infantil poderío sabiendo todavía lejos la tradicional Misa del Gallo, preludio al anuncio de su próximo Getsemaní-, me senté a orillas del río Adaja y lloré. Pero sí es cierto, que no por más teresiana que se precie o con más halo de mística medievalidad con la que se engalane de cara a presentar las credenciales de su inherente protagonismo en el bien llamado Siglo de Oro español, deja de ser Ávila popularmente jacobea hasta la médula de sus inalterables murallas; e incluso apurando lo inapurable –que para eso la razón no conoce límites, aunque produzca monstruos, como afirmaba Goya-, y resulta interesante hasta las vetas de berroque que rezuman las piedras de sus canteras de arrabal, seguramente teñidas con el ocre ferruginoso de la sangre de los toros y de los verracos degollados en inmemoriales sacrificios en honor de dioses, infinidad de siglos ha, olvidados. No me senté, pues, a la orilla del río Adaja –cuyas aguas, por cierto, se habían rebelado a convertirse en espejo de hielo donde la luna conjurara sus encantos-, pero sí la recorrí en parte, paseando entre laberínticas pasarelas buscando una apartada ermita, la de San Segundo, cuya sencilla espadaña parecía el remake moderno del cuento del patito feo en comparación con las torres de las vecinas iglesias de Santa María de la Cabeza y de San Martín. Tampoco lloré, al menos fustigado por una imperiosa necesidad de liberar mis cuitas –aunque motivos no me faltaban, pues con cuánta razón dice el refrán popular que vivimos en un mundo de lágrimas, donde el arriero viene y va, como también en la mesa del poeta tiene asiento todo aquél que quiera beber con él, no obstante, arriesgándose a compartir su alegría pero también su tristeza-, pero sí se escapó alguna lágrima cuando el viento arrastró una brizna de ceniza que se alojó en una de mis pupilas, como la espina en la planta del pie –que no pocas veces esculpieron los canteros en la ornamentación de los templos, para aviso de caminantes, en alusión a los daños colaterales del camino-, similar, en el fondo, a aquélla otra que fuera el preludio de una gran amistad entre el león –quien piense que no los hay en Ávila, que se dé un paseo por la catedral y los verá en abundancia-, y el santo Jerónimo, henchido de decepción, que le dio la espalda al mundo para estar gloriosamente a solas consigo mismo y su divina circunstancia.

Conmigo mismo, y por defecto con mi circunstancia, tiempo después de echar un vistazo a la ermita de San Segundo, me hallaba yo sentado en la terraza de Las Bodeguillas de San Segundo -taberna situada junto a la que fuera iglesia de San Martín y hoy en día taquilla para los turistas que quieran corretear por las murallas-, de cara al sol –pero sin ser falangista, ni llevando tampoco puesta una camisa nueva-, dejándome seducir por ese dulce sosiego que acompaña, generalmente, el paladear un vino –el primero, siempre, a ser posible, de la tierra- al compás de la melodía del dolce far niente que, a fin de cuentas, es lo más parecido a un estado de paz espiritual a la que puede aspirar hoy en día un ser humano, urbanita por desgracia de nacimiento y lobotomizado, mosca en esa compleja red de araña, que es el mundo de Maya o de la Ilusión, de internet. La calle de San Segundo –si mis datos son correctos-, desemboca por un lado en la basílica de San Vicente; deja a la derecha la catedral y a la izquierda ese convento de las Concepcionistas que se tragó, tal cual hacían los ogros con los niños en los cuentos del pasado, a la antigua iglesia de la Magdalena, de la que tan sólo sobrevive –al menos exteriormente, interiormente el convento es territorio comanche, completamente vedado al laico, si bien es probable que la iglesia se abra puntualmente para la celebración de la misa y en ese ángelus, tal vez el mismo que inspiró a Millet, el que llegue a tiempo pueda echar un vistazo por si hubiera algún resto de interés en el interior-, una portada bizantina, que perdió también el motivo de su tímpano original –ya me hubiera gustado haber visto los detalles y el mensaje que éste pudiera haber mostrado al peregrino medieval-, sustituido por una imagen supuestamente de la santa, demasiado simple, para mi gusto, situada en su centro. A la altura más o menos de este convento, la calle, que corre en paralelo a las murallas, se convierte en la Bajada del Peregrino; y también a la izquierda, apenas pasada la curva de ballesta –como diría Antonio Machado, refiriéndose al Duero y a la ermita de San Saturio-, el convento de Nª Sª de Gracia, de las madres agustinas, donde Santa Teresa se recuperó de una grave enfermedad y en cuya portada –rea por una fea reja, es de suponer que en previsión a la abundancia de los amigos de lo ajeno, probables descendientes de aquéllos vikingos que asolaban las costas gallegas, arrasándolo todo a su paso, como las langostas- una magnífica imagen mariana, Teothokos, gótica y probablemente de la titular (1). Una imagen interesante, no obstante, coronada, cuya mano derecha mantiene agarrada una bola rematada por una cruz. Una cruz que, bien observada, está ladeada precisamente hacia el lado donde la señala una de las manos del Jesús Niño –de aspecto ario, por el color del trigo dorado por el sol de sus cabellos-, que parece recordar el ofrecimiento de la cruz y el cáliz amargo, que le hizo el ángel al Jesús Hombre en el Huerto de los Olivos. La iglesia de Santiago queda cerca ya. Basta echar un vistazo hacia delante y tomar como referencia una hermosa torre, estilizada y de forma graciosamente hexagonal, que se alza, con orgullo de veleta, por encima de los tejados de las casas colindantes. Situada en la perpendicular de la calle de Nª Sª de Sonsoles, que a su vez, discurre paralela a la Bajada del Peregrino, la iglesia de Santiago, de un gótico tardío, recuerda, por la forma de su cabecera, la extraña Capilla de Mosén Rubí. De hecho, bien visto, podría decirse que es un calco dejado como huella personal por unos canteros cuyo escudo, la maza y el compás, comparte protagonismo con el apellido Bracamonte; un apellido interesante –tómese buena nota-, que al parecer, no sólo tuvo mucho que decir en Ávila, sino que también su eco, lejano y misterioso, se localiza en otro lugar tan peregrino como Mondoñedo. La portada principal, si bien escueta, siguiendo ese sotacaballorey clasicista e impersonal, trampa de ordinarias consecuencias en la que desembocó el Arte en épocas posteriores, no puede negar su advocación jacobea, como lo demuestran la profusión de vieiras y bordones con la que se adorna. En ese mismo lateral, y aislada por una pequeña cerca de hierro, una cruz de piedra –tal vez perteneciente a una antigua tumba-, muestra un Crucificado de tosco aspecto, donde quizás destaque, para enmascarar la ordinariez de los rasgos, el hábil beso de la naturaleza en forma de musguillo que la recubre en parte. En el lateral opuesto, apenas sobresale una sencilla portada gótica, con un graffiti representando una cruz monxoi, conocida compañera de caminantes y peregrinos y algunos sepulcros de piedra, de diferentes épocas. 

Posiblemente, fuera ésta la última iglesia que visitaran éstos, antes de continuar camino y desembocar, cinco kilómetros aproximadamente más allá, en el Santuario de Nuestra Señora de Sonsoles. Son soles…como LA manzanilla dicen que es el verdadero sol de Andalucía. Una Señora y una imagen que, a juzgar por la representación en azulejos que de ella hay en un antiguo colegio, con ese manto de forma triangular, recuerda mucho las antiguas Tanith mediterráneas.

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(1) Es de reseñar que ésta advocación, de Gracia, es muy característica en Castilla-La Mancha, siendo la Patrona de pueblos como Puertollano, en Ciudad Real, así como la titular de la catedral de Cuenca.

martes, 17 de enero de 2017

Omeñaca y la leyenda de los siete infantes de Lara


Afirmaba Álvaro Cunqueiro, ese amerlinado soñador nacido en pleno corazón mindoniense –cuya arteria principal es San Martiño, considerada como la primera catedral gallega-, que Villon llamaba nieves a las bellezas del pasado (1), por lo que resulta completamente justificada su contagiosa melancolía, cuando en uno de sus famosos versos se preguntaba o echaba en cara al mundo, aquello de: ¿dónde van las nieves de antaño?. Pregunta o no del millón, es posible que exista un lugar –como el Cementerio de los Libros Olvidados, de Carlos Ruiz Zafón o el Cementerio de los Barcos Perdidos, que Charles Berlitz supone o suponía en ese imaginario Triángulo de las Bermudas-, depositario de esas nieves, testigos enmudecidas por la mácula del olvido, de cualquier tiempo pasado, fuera éste o no, mejor. Soria no es marinera, si bien por las beneméritas aguas de ese paternal río Duero, que deja atrás la ermita de San Saturno –perdón, quise decir, San Saturio-, haciendo un pluscuamperfecto arco de ballesta camino de su exilio portugués, hayan navegado muchos barquitos, emulando, posiblemente, aquél inolvidable prototipo, de papel, como Dios manda, con el que rendía tributo a su niñez otro inmortal poeta, al que cabría presentar con aquélla máxima orteguiana, aunque referida a él, a Soria y naturalmente a su circunstancia, que fue Don Antonio Machado. Soria no es marinera, como decía, pero sí es una venerable nodriza, de arrugas en la frente, negro sayal, callos en los pies y encías desdentadas –que la inmortalidad, créanlo o no, también tiene su precio-, de cuyos agostados pechos han mamado, cuando menos, personajes singulares, como Ezra Pound, a quien en Medinaceli todavía le recuerdan cuando oyen cantar a los gallos de madrugada –que bien que le xodieron el sueño, cuando hincaba rodillas en los pajares, adormecido dulcemente por el néctar de ribera-, o incluso alegres buscavidas, como Aleister Crowley –antes de seguir los pasos de Fausto, hacer de tu voluntad la Ley, inaugurar la abadía, o mejor dicho, la contra abadía de Thelema y convertirse en la Gran Bestia 666-, camino del sol de Andalucía, aunque de su presencia, dudo mucho que a estas alturas se acuerden de él en El Burgo de Osma, donde dicen que paró, como todavía hay quien jura y perjura que Ahasvero, el Judío Errante, lo hizo en la catedral de Santiago, vaya usted a saber con qué fin o motivado por qué oscuras intenciones o circunstancias.

Rancia y con restricciones, hay gotas de leche maternas, que si bien son menos divinas que aquéllas otras que mamó directamente San Bernardo de la fuente universal de la Mater, proporcionan, no obstante, parte de ese agradecido y suculento maná para el peregrino –que no olvidemos que caminos a Santiago, habélos haylos y muchas veces pasan por donde menos te lo imaginas- compuesto de grasa, lactosa y proteínas; o lo que, metafórica y comparativamente hablando, podríamos llamar arquetipos, mitos y ritos con los que alimentar, si bien no hasta la saciedad –porque aunque glotones, o cuando menos sedientos, no hemos de olvidar nunca el melancólico problema que nos plantearán, per secula seculorum, aquellas nieves de Villon-, esa inquieta bestezuela en la que a veces se convierte el espíritu. De raíces netamente celtíberas, y aparentemente anclado en esa calma chicha que antiguamente aterrorizaba a los marinos tiempo antes de que el vapor actuara de cuchillo carnicero para la vela, pensaríase –si no fuera por cuatro chapas de uralita, el tractor made in USA y el tremendo bofetón sufrido en los mismísimos cangilones románicos de la iglesia de la Asunción-, que Omeñaca y ese marine semper fidelis que es el Tiempo, firmaron un pacto de no agresión en algún momento indeterminado de la Historia, para después tirar cada cual por su camino. Olvidémonos del camino tomado por el Tiempo, que al fin y al cabo, él es quien nos busca y siempre termina alcanzándonos y en llegándonos a Omeñaca –como diría el bueno de Sancho Panza, motivado, quizás, por alcanzar su deseada  y prometida ínsula-, abrevemos nuestra sed de mitos y leyendas, si no en la fuente coronada por esa bafomética testa celtíbera –que para eso los lacayos de Sanidad en nómina de las multinacionales del agua embotellada nos recomiendan encarecidamente no beber, como también lo hacen en la fuente del rey Recesvinto, en San Juan de Baños, cuyas aguas siempre habían merecido justa fama de ser, cuando menos eficazmente terapéuticas y en todas aquellas de las que el pueblo llano se ha beneficiado toda la vida-, sí en esa arca bizantina, que algunos metros más adelante ve la vida pasar con agónica parsimonia, pero de la que hemos de aceptar como buena la aseveración de Ibo Alfaro (2), cuando decía aquello de que la tradición es la lengua de los monumentos antiguos y los monumentos antiguos son el documento de la tradición. El documento de la tradición, en el caso que nos ocupa, tiene que ver con un tiempo y una familia, que ya comenzaran a estar predestinados para formar parte de la leyenda desde aquél brumoso lugar de las merindades burgalesas, llamado Taranco –ojo al dato, amigo Watson, que Omeñaca pertenece al municipio de Arancón y esa similitud fonética podría ponerte los vellos del cuerpo como escarpias-, donde dicen las malas lenguas o las buenas lenguas o dejémoslo simplemente en tablas con la lengua de las mariposas, que se acuñó por primera vez el nombre de Castilla. La familia en cuestión, son los Lara; precisamente aquellos que andaban generalmente a la gresca por las tutelas reales, siendo conocida la que mantuvieron con los Castro por la tutela del rey Alfonso VIII, rey que debe mucho a aquellos celtíberos bien plantados de la Soria medieval que lo acogieron, lo ocultaron y lo protegieron y al que también vieron contraer sagrado matrimonio con la princesa Leonor de Inglaterra –dicen los fechistas, que tal suceso acaeció en el año 1170-, en esa otra joya bizantina de la que se enorgullecen lo suficiente, al menos como para sacar pecho cuando la muestran al foráneo, que es la iglesia de Santo Domingo, llamada, no obstante por aquellos idus alfonsinos, de Santo Tomé: ¡ver para creer!.

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Dedicada a la Asunción –figura muy socorrida, cuando se bebe el bálsamo del olvido, o en su defecto, líbranos Señor, cuando la antigua advocación libera azufres de esa vieja levadura de la que Goethe nos advirtiera, poniéndola en boca de aquél nieto de la serpiente, que fue Mefistófeles-, cuenta la leyenda, que los siete arcos de su galería porticada se abrieron milagrosamente para ofrecer refugio y santuario a los siete infantes de Lara, que fueron sorprendidos por los árabes –seguramente a instancias de una ofendida Doña Lambra, su madrastra, como parece ser que cuenta el romance paladino y bien que se lo recuerdan al forastero en Barbadillo del Mercado, pueblo burgalés del que fue regente-, mientras almorzaban en una sierra cercana, desolada, recuenco de vientos del espíritu y restos megalíticos, que desde entonces pasó a denominarse del Almuerzo.

A estos Lara, preciso es añadir de paso, perteneció Ginés o Ginesito de Lara -como familiarmente le llamaba Fernando Sánchez Dragó en su Gárgoris y Habidis-, hijo de don Nuño de Lara y de doña Mencía de Montalbán -¿no les recuerda cierta fortaleza toledana, desde donde los templarios y otras huestes partieron hacia la crucial y decisiva batalla de las Navas de Tolosa?-, quien, además, según dejara escrito el mago de Logrosán (3) en sus Cuentos de las Hespérides, fuera el último templario de Santo Polo. En las proximidades de Omeñaca y de hecho, en la vecindad de esta sierra del Almuerzo, está otra sierra, que cuenta, además, con la antigua presencia templaria, en unas irreconocibles ruinas, llamadas de San Adrián: la del Madero. Denominación que nos recuerda, no aquélla espinita a la que le cantaba Albert Hammond en aquellos felices años setenta, sino a ese otro millonésimo fragmento de la Cruz por excelencia: la Vera Cruz. Y de aquí, a la mistérica sierra de la Demanda –por supuesto, del Santo Grial-, un paso. O dos, o tres, o quizás algunos más. Pero siempre, como ya se ha dicho, alimento para el peregrino. Porque no olvidemos, que aunque ahora no lo parezca, antiguamente, también por aquí pasaba ese Camino de las Estrellas, donde el peregrino –hatillo en hombro, bordón y vieiras tintineando como campanillas-, iba de oca en oca; de mito en mito o de arquetipo en arquetipo.

La última vez que el que suscribe estuvo en Omeñaca, fue el día de esa Tanith diminuta, siempre anclada a ese barco de piedra, que en el fondo no deja de ser la columna. Y lo hizo, en compañía de un gran Maestro: el Magister Alkaest. Y es que, como dice el refrán: el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.

(1) Álvaro Cunqueiro: 'Los otros caminos' (selección de César Antonio Molina), Tusquets Editores, S.A., 2ª edición, Barcelona, julio de 2004, página 37.
(2) Extracto sacado de la introducción a la biografía de Ibo Alfaro. Bravo Vega, Julián (editor), 2001, Manuel Ibo Alfaro. Cuentos tradicionales y fantásticos. Universidad de La Rioja. Servicio de Publicaciones. ISBN 84-953d-5.
(3) Mario Roso de Luna.