viernes, 13 de septiembre de 2013

El Alto de San Roque


Un intrincado laberinto de dunas graníticas se hace infinito ante la vista del peregrino que, dejando atrás las últimas casitas de Liñares y su iglesia dedicada a la figura de San Esteban, alcanza los 1270 metros de altitud de este Alto que, como se veía en la entrada anterior, lleva el nombre de un santo misterioso y caminero, compañero cuando no guardián inseparable, generalmente, de Vírgenes Negras: San Roque.
Evidentemente, la historia ha cambiado lo suficiente como para que, situado a escasos metros de la carretera general LU-633, el peregrino, aún mareada su visión con la contemplación de este interminable mar pétreo que conforman esta parte de los denominados montes de Galicia, no pierda el rumbo y pueda continuar su camino sin errar la ruta hasta el siguiente tranco. Pero para el peregrino medieval, ésta visión debía de constituir una formidable muralla que atravesar, para continuar recogiendo claves en su camino de trascendencia personal. Ignoro, lo reconozco, lo que éste podría encontrarse una vez llegado a este punto, o sí quizás nunca ha existido otra clave más clara y solitaria que la que indica su propio nombre. Sé, únicamente, lo que mis ojos han visto recientemente, e ignoro si mis apreciaciones serán compartidas por aquellos peregrinos, turistas o simplemente curiosos, que se detienen unos minutos en el lugar y contemplan una base circular, similar a los milenarios complejos funerarios denominados tumuli o túmulos, incluida su galería central, en cuyo centro -y pido perdón por la redundancia- una gigantesca figura de San Roque otea el horizonte; un horizonte que, invariablemente, siempre marcado por la posición de la Osa Mayor en el firmamento, señala hacia el Oeste, hacia Compostela, y aún más allá, hacia el Finis Terrae, lugar donde el sol muere cada atardecer para volver a renacer al día siguiente, continuando su eterno ciclo. Sea como sea, y tal vez continuando una costumbre ancestral para atraerse el favor de los manes de los caminos, también a los pies del Santo Roque, se pueden ver los piedras -en este caso, no demasiado grandes- depositadas como prebenda. Curiosamente, la figura está incompleta, pues le falta su eterno compañero, el perro, aquél que porta el alimento en su boca. Pudiera ser, también, que no se trate de San Roque y represente, en realidad, una figura de homenaje al Peregrino universal. No obstante, sea cual sea la impresión de cada uno, o la intención de los promotores del monumento, lo cierto es que merece la pena detenerse unos minutos en el lugar, descansar, meditar en las experiencias que el Camino ha ido aportando hasta el momento, y sobre todo, dejarse llevar por la magia implícita en el hermoso panorama que se tiene desde allí. 

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