martes, 7 de junio de 2011

Estella (Lizarra)

'Tras ascender una empinada colina llegaréis a Lorca y, desde allí, salvando un magnífico puente de piedra, alcanzaréis Villatuerta, a la salida de la cual, en la bifurcación de caminos, tomaréis por la derecha, hacia Estella, la monumental y hermosa Estella que parte en dos el río Ega...'.

[Matilde Asensi (1)]

Al dejar atrás Cirauqui, no pasamos por Lorca. Sí lo hicimos por Villatuerta, pero eso fue al regreso de nuestra provechosa excursión por la Sierra de Urbasa, ese hábitat natural de los enigmáticos y legendarios jentilak, cuyos pueblecitos, amén de guardar interesantes secretos, ya tenían preparado el tradicional mayo. Con Estella se puede decir, o mejor dicho, parafrasear a Paulo Coelho (2), y afirmar que de alguna manera, tenía que volver, porque, en el fondo, creo que forma parte de mi Historia Personal. Una historia que comenzó un soleado día de julio de 2009, después de haber dejado atrás la magia de Leire y la increíble historia del Abad Virila; haber visitado, allá donde todos los caminos se hacen uno, al Cristo renano de la iglesia del Crucifijo, a Santiago Beltza, en la iglesia que lleva su nombre, haber subido al cielo y bajado a la tierra por su puente románico con forma de lomo de asno, preparando un retorno a Madrid no querido, pero por desgracia, irremediable.

Por aquél entonces, la iglesia de San Pedro de la Rúa permanecía oculta por un sin fin de lonas y de andamios, cerrada a cal y canto para someterse a una laboriosa operación de estética. Tan laboriosa, que ahora, dos años después, aun padecía los rigores de un post-operatorio que, manteniéndola inactiva, obligaba a dar media vuelta a turistas y peregrinos. Tampoco tuve oportunidad, ésta vez, de presentarle mis respetos a Nª Sª de Rocamador; y no obstante, aunque breve, de mi estancia en Estella pienso que saqué, cuando menos, algunas inolvidables impresiones que nutren esa Historia Personal que cada uno vamos escribiendo en las páginas doradas de nuestra Vida. Me gustaría pensar, que precisamente a esas páginas pertenecen, por ejemplo, las confidencias hechas al amigo; unas confidencias, cuyo secreto se llevó aguas abajo un río, de aguas esmeraldinas y nombre Ega, que separa la ciudad en dos partes.

El Palacio de los Reyes de Navarra, con sus mensarios capitelinos donde se nos vuelve a recordar el mito heróico de la lucha entre Roldán y Ferragut; capiteles donde no faltan arpías, ni tampoco referencias a esos siglos oscuros, anteriores a la batalla de las Navas de Tolosa, donde todavía en el escudo de Navarra no figuraban las cadenas que el propio Sancho VII, el Fuerte, arrancó de la tienda del miramamolin almohade. Iglesias que dominan la parte alta, amurallada, enfrente de un peñasco que recuerda un pequeño Gibraltar, donde San Miguel alancea sin piedad a un diablo con forma de serpiente; donde San José, ajeno como en las representaciones del Maestro de Agüero, asiste a la adoración de los Magos; donde las Tres Marias recuerdan a las Tres Matres Celtas y donde uno vuelve a encontrarse con un curioso símbolo, que a falta de mejor nombre, denominaré como graffiti-crismón, que algunos consideran templario y que se localiza en algunos templos de la provincia, como en el de la Asunción de Villatuerta y, por supuesto, en ese enigma sagrado que es Santa María de Eunate.

Pero, sin duda, volver a caminar por un casco histórico cuyas calles, estrechas y entreveradas horizontal y verticalmente como un singular alquerque medieval, no deja de ser, en el fondo, una experiencia sensorial, en la que el viajero puede imaginarse inmerso en un laberinto en el que confluyen leyes relativas que complementan, en un limbo imaginario, pervivencias de pasado, de presente y de futuro. Unas y otras conviven, apuntaladas, a escasos metros: el pasado, representado en esa tienda de licores y vinos finos que acumula el moho de años de cierre y abandono; el presente, algunos metros más arriba, en esa tienda de oportuna creación, que seduce a la nostalgia del turista, vendiéndole recordatorios con el nombre de souvenirs; y por supuesto, el futuro, representado en ese viejo edificio en remodelación cuyo uso final, de momento, se ignora.

Y por último, una sorpresa quizás insignificante, pero emotiva, que puso una nota de humor al colofón de una comida en un restaurante chino y dejó perplejo a nuestro más querido sibarita: junto al anís las Cadenas, una botella de anís del Mono. Posiblemente, una de las pocas que se puedan encontrar en el Reino de Navarra.




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(1) Matilde Asensi: 'Peregrinatio', Editorial Planeta, S.A., primera edición en Colección Booket, septiembre de 2006, página 45.


(2) Paulo Coelho: 'El Alquimista', licencia editorial para Círculo de Lectores, 1996, página 108.


(3) De origen templario y denominada, en un principio, de Santa María dels Orzs, de los Huertos.


(4) Beltza: negro.