lunes, 21 de junio de 2010

Castillos del Camino: Olite

La visión de un castillo conlleva siempre el despertar de múltiples arquetipos; el afloramiento de sensaciones condicionadas por una visión preconcebida de un elemento histórico -en épocas, imprescindible- protagonista de mil y una historias de gestas guerreras y caballería. Por regla general, no es, si no, la Literatura, la responsable de buena parte de esa visión fantástica que nos ha condicionado desde la infancia. El castillo ha sido, y probablemente seguirá siendo, el protagonista esencial de un mundo, el medieval, influido por el romanticismo de las leyendas y por el sabor inconfundible de la magia y de la aventura.

España es tierra de historia; y también de castillos. Castillos que fueron germinando a lo largo de los ochocientos años que, aproximadamente, duró ese episodio épico denominado Reconquista, protagonizando todo tipo de hechos, incluidos los fantásticos.

Desde luego, no todos los castillos que jalonan los principales lugares estratégicos de nuestro país, han tenido la suerte de este castillo navarro que, aún sin revestirse de la dignidad oficial que le pudiera conferir el verse alguna vez convertido en Parador Nacional -como algunos otros, que han escapado así a su triste destino de olvido y abandono- conserva, sin duda rehabilitado, buena parte de su antiguo esplendor.

Navarra, sin duda, es una tierra épica; una tierra, donde realidad, tradición, leyenda y magia afianzan estrechos vínculos mediante esa universidad medieval y escuela de soñadores que fue, de hecho, el Camino de las Estrellas o Camino de Santiago.

Universidad, no obstante, que continúa vigente en la actualidad, aunque la mayoría de las claves se hayan olvidado, cuando no perdido definitivamente, pero que, como antaño, atraen a miles de peregrinos que buscan incansablemente el sentido de la vida, el sentido de su propia existencia, buscando arcanos conocimientos transmitidos a través del vehículo de la piedra, revestida con el alma de la matemática y la geometría.

Residencia poco menos que oficial de la realeza navarra, la restauración del castillo de Olite duró, aproximadamente, tres décadas, comenzando los trabajos en un año en el que España -posiblemente para cumplir la tradición que asevera que no hubo generación hispana que no conociera una guerra- se desangraba en una guerra civil: 1937. Es de imaginar el estado en el que se encontraba, después de que el general navarro Espoz y Mina lo incendiara en 1813 para evitar que los franceses pudieran atrincherarse en él.
No obstante, sea como fuere, mediante su sola visión -aconsejable cuando el sol declina y se desparrama en áurea sangría sobre sus muros- es difícfil no dejarse vencer por la tentación, e imaginar la presencia de figuras tan relevantes de la Historia -como Leonor de Trastámara o Blanca de Navarra- vagando todavía entre sus oscuros pasadizos; en la soledad de sus artisticos torreones o en la gótica y misteriosa dimensión de sus mazmorras y subterráneos.


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