sábado, 22 de agosto de 2009

Don Benardino: el Último Custodio

'Lo importante no es conocer todas las respuestas, sino conocer y comprender bien las preguntas'
[Rafael Alarcón Herrera]

Decía el escritor norteamericano Ambrose Bierce, que la letra a es la primera letra de todo alfabeto construido como es debido. Dejando toda ironía al margen, no puedo por menos que comenzar como es debido ésta pequeña crónica, haciéndolo precisamente con ésta letra, la a, precursora de la palabra agradecimiento, con la cuál pretendo honrar la figura de un párroco, cuya extraordinaria disposición y amabilidad, me impactaron profundamente durante mi visita a las Merindades burgalesas: Don Bernardino.

Debo no obstante, aclarar, antes de proseguir, que mi acceso a ésta notable persona, a este celoso Custodio de varios de los templos más emblemáticos de la Merindad del Valle de Mena –como Santa María de Siones, San Lorenzo de Vallejo o San Pedro Apóstol, de El Vigo- no hubiera sido posible sin la planificación de otra persona, a la que me honro en considerar amiga y cuya experiencia, sabiduría y buenos consejos, son siempre un referente a seguir: Manuel Gila.

Ahora sí; considerando que he comenzado la crónica como debía y como seguramente le hubiera gustado al señor Bierce, continuaré diciendo que pasaban, y mucho, de las tres de la tarde, cuando terminamos de comer opíparamente en el restaurante de la gasolinera del pueblo de Bercedo. Referente a ello, creo que no estaría de más añadir, por si a alguien le interesa el dato, que uno de los inconvenientes con los que generalmente se enfrenta el viajero, es encontrar un lugar en el que comer bien por un precio justo. Como dirían en Galicia, refiriéndose a las bruxas, estos lugares habélos haylos, sólo hace falta dejarse llevar por el olfato y probar suerte en aquellos sitios donde la afluencia de camiones resulta más que notable.

De manera que, con el estómago lleno, ufanos y pletóricos de fuerzas para continuar nuestro periplo románico, comenzado a primeras horas de la mañana, con nuestra visita a Escanduso, Escaño y Puentedey –en ésta última población, Rafael Alarcón Herrera me hizo el honor de firmarme un ejemplar de su excelente libro ‘A la sombra de los templarios’- rondaban las cuatro de la tarde, cuando llegamos a Vallejo de Mena. Junto al ábside de la iglesia de San Lorenzo, nos esperaba una figura vestida con traje negro, aspecto fornido, frente despejada y pelo de un color níveo semejante a esas nieblas que se veían cubriendo las cimas de los montes de alrededor, a las que dotaban, dicho sea de paso, de un aspecto cuando menos misterioso. Reafirmándome desde el punto de vista de que uno nunca termina de imaginarse realmente a una persona que no conoce, don Bernardino estaba a punto de dejar de ser un misterio.

Recuerdo, con especial emotividad, el fraternal abrazo entre él y Manuel Gila, detalle éste que me hizo recordar esa creencia que he tenido siempre a la hora de considerar el abrazo como algo muy especial. Por eso, cuando se da o cuando se envía, hemos de creer que estamos diciendo a la persona en cuestión, que es especial y también que valoramos su amistad por encima de todo.
Reconozco, pues, que aún antes de conocerle, don Bernardino ya me caía simpático. He de reconocer, también, que apenas hice caso de los comentarios de Manuel Gila durante el viaje, cuando me hablaba del interés de éste por los templarios. Me parecía algo tan inusual, tan atípico en un sacerdote –no olvidemos que, rehabilitados o no, en referencia al documento de absolución sacado no hace mucho a la luz por el Vaticano, la Historia los sigue juzgando como herejes- que durante un tiempo me sentí como santo Tomás, el apóstol descreído, aquél que necesitaba ver para creer. Y vi, ya lo creo que vi. Vi detalles que me llegaron al alma y que nunca olvidaré.
Aconteció poco después de la presentación y de que don Bernardino, a instancias de Manuel Gila, nos fuera estrechando la mano a todos. Como hicieron los antiguos pioneros en las inmensas praderas del lejano oeste americano, nos fuimos desperdigando por el interior de una iglesia cuya construcción, a caballo entre los siglos XII y XIII y por las razones que fueran, no llegó a catedral, como estaba previsto, además de que, en mi caso, constituía un territorio totalmente nuevo que explorar y descubrir. Me encontraba, pues, con tantas maravillas, con tantas cosas desconocidas frente al objetivo de mi modesta cámara de fotos, que –créase o no- no sabía por dónde comenzar a inmortalizar detalles que pudieran servir de certera referencia para la presente crónica.

Creo que fue en ese momento, más o menos, cuando Manuel Gila nos reunió a Rafael Alarcón y a mi, señalándonos a don Bernardino como especialistas en el Temple. En honor a la verdad –y que nadie lo considere como falsa modestia, sino, más bien como justa objetividad de una persona que aceptará gustosamente laureles el día que realmente se los merezca- tal calificativo le venía como un guante a Rafael, no a mi que, sin embargo, y por más que me pese, sólo puedo aspirar de momento a considerarme como un simple aficionado. De manera Manuel que, aunque agradezco y me enorgullece el detalle, suum cuique, estimado amigo, a cada uno lo suyo.

Créase o no, don Bernardino aparecía radiante por aquél entonces, entusiasmado, comentando temas y detalles con unos y otros, mientras en su sonrisa octogenaria se adivinaba la sonrisa de inocencia de ese niño que a todos nos acompaña y que suele manifestarse, inesperada, espontáneamente, en un determinado momento de felicidad. Y es que don Bernardino estaba feliz. Sí, feliz y orgulloso de poder mostrar unos templos bajo su responsabilidad cuya importancia -además de la derivada de estar situados en el Camino de las Estrellas- radicaba, también, tanto en su belleza, como en los numerosos enigmas históricos que aguardaban pacientemente a través de los siglos.

Recuerdo, con especial emoción, las veces que don Bernardino se me acercó para preguntarme si ésta o aquélla cruz, eran templarias. Una, en particular, era aquella que lucía en el escudo un guerrero esculpido en un capitel situado, aproximadamente, a la altura del coro:
- ¿No crees que puede tratarse de una tau?, -me preguntó en una de las ocasiones.

Desde luego, desde nuestra posición en el suelo de la nave, bien pudiera parecerlo. Pero don Bernardino me desconcertó a continuación, cuando añadió:
-Porque la tau era otra de las cruces que utilizaban los templarios, ¿no?.
-Efectivamente –contesté-, aunque era más propia de los antonianos, una poco conocida agrupación religiosa creada por San Antón, un santo, en mi opinión, tan enigmático como San Roque e incluso, si me apuran, como el mismo Apóstol Santiago.
Pero, por desgracia, no se trataba de ninguna tau. Un vistazo de cerca, realizado desde el coro, reveló que se trataba de una cruz latina, una cruz normal y corriente que se extendía a todo lo largo y ancho del escudo del guerrero.
No obstante, lo mejor estaba todavía por llegar: Santa María de Siones. Y aquí es donde entra nuestra querida Baruk. Mejor dicho, nuestra querida Laura Alberich, artista e infatigable estudiosa del románico que, junto con Manuel Gila, iban a hacerle partícipe a don Bernardino de un descubrimiento, en mi opinión, revolucionario que, no me cabe duda alguna, dará mucho que hablar y posiblemente genere más de una polémica: el posible error histórico del nombre Siones.
Decir que don Bernardino estaba con la mosca detrás de la oreja, sería faltar a la verdad; o al menos, contar una verdad a medias. Ya se había encargado Manuel Gila de hacerle un jugoso anticipo antes de emprender viaje. Pero de lo que sí estoy completamente seguro, es de que nuestro buen párroco, nuestro insustituible custodio, no se esperaba la sorpresa que le tenían reservada.

Situada, aproximadamente, a un kilómetro y medio –a lo sumo, dos kilómetros- de Vallejo de Mena, la pequeña población merindense de Siones guarda la que, en mi opinión –y dándola, me gustaría constatar que no pretendo, en absoluto, desmerecer- es la joya indiscutible de este imaginario triángulo románico situado en el Valle de Mena: la iglesia de Santa María.
A diferencia de la iglesia de San Lorenzo, aunque de proporciones menores, los cimientos de la iglesia de Santa María de Siones, hunden sus raíces en un pequeño prado que, salvando el detalle de encontrarse situado al pie de la carretera, resultaría magnífico si no se viera afectado por los postes del tendido eléctrico. Evidentemente, nada es perfecto, y aún así, resulta un detalle insignificante, si tenemos en cuenta que –como dice esa publicidad que posiblemente conozcamos todos- la primera impresión es la que cuenta.
En efecto, románicamente coqueta, perfecta en línea, medida y dimensión, la iglesia de Santa María es un arca receptora de multitud de mensajes; una pequeña enciclopedia pétrea, cuyos labrados capítulos encienden la imaginación del observador hasta niveles insospechados. Don Bernardino lo sabe. Y como Custodio, su dedicación, estoy seguro, compagina a la perfección sus deseos de preservación con aquellos otros -posiblemente mucho más humanos- de llegar a comprender algún día el verdadero mensaje del artista medieval.
No yerra en absoluto Manuel Gila, cuando argumenta que lo poco o mucho que pueda aportar cada persona, es siempre un generoso diezmo que enriquece a los demás.
Arañar un secreto a un templo de las características de Santa María, no es tarea fácil y mucho menos banal -de ahí que insista en ésta apreciación- como tampoco resulta fácil sorprender a un sacerdote, cuando se trata de temas relacionados con su vocación.
En el caso que nos ocupa, la pista en cuestión, se encuentra en la advocación, asociada a la figura mariana de la Virgen, del nombre del pueblo: Siones.
No cabe duda, y la Historia así lo demuestra, que numerosos descubrimientos se han realizado en base a esa oscura y poco definida paradoja que todos conocemos como casualidad. De ésta manera, por casualidad -según ellos mismos reconocen- seleccionando una serie de pinturas románicas para una exposición, encontraron una curiosa imagen del siglo XII, que representaba a Santa María y al apóstol Juan.
Dicha imagen, por otra parte, pertenece a los frescos de la iglesia de San Miquel de la Seu D'Urgell.
A partir de este primer y casual descubrimiento, Laura Alberich y Manuel Gila comprendieron que, si bien la casualidad les había tendido una mano generosa, el resto debían de ponerlo ellos. Siendo conscientes de que para consolidar su teoría y no dejarla morir en el mundo de lo anecdótico, necesitaban indagar más; buscar otros referentes que constituyeran los pilares principales para consolidarla.
El nexo, no se hizo esperar. Estaba en otro fresco románico de la iglesia leridana de Surp. Un fresco, contemporáneo del anterior, que representaba al apóstol Juan. Mejor dicho, reflejaba su acepción latina por encima de la figura del evangelista: Sioanes.
Tan importante dato, unido a otro dato no menos importante, como la presencia de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén en este ramal secundario del Camino de Santiago, había conseguido que dieran con la clave de un enigma histórico: el nombre de Santa María de Siones correspondería, en realidad, con el nombre de Santa María de San Juan.
Con tales antecedentes, no es de extrañar que don Bernardino nos esperara entusiasmado. Tan entusiasmado, que para atendernos y concedernos parte de su valioso tiempo, había tenido que abandonar el cuidado de una hermana impedida y llamar a otro hermano, residente en Bilbao, para que acudiera a hacerse cargo. Frente a tamaño sacrificio, cualquier palabra se queda corta.
No obstante, nos dimos por satisfechos cuando, una vez en el interior del templo, pudimos comprobar el rubor de don Bernardino, cuando Rafael Alarcón Herrera, le hizo entrega del primero de los presentes que le reservábamos esa tarde: un ejemplar de su libro La estirpe de Lucifer: los santos templarios y el Grial.
Satisfecho por un regalo que, desde luego, no esperaba, la apoteosis para don Bernardino llegó a continuación, cuando Laura Alberich y Manuel Gila, ante la expectante mirada de todos, le hicieron entrega de un taco de folletos recién salidos de imprenta –Santa María…¿de Siones?. Fundamentos de un equívoco- y un cuadro, realizado a mano por nuestra artista románica –Laura Alberich-, espléndido, cuidando hasta el más mínimo detalle, que representaba a Santa María y al Evangelista y que don Bernardino, ruborizado y sin perder un ápice de esa sonrisa infantil a que hacía referencia al comienzo de la presente crónica, colocó en el lugar de honor por excelencia: detrás del altar, debajo justo de la imagen románico-gótica de Nª Sª de Santa María.
Asevera un refrán, que no hay mal que mil años dure; pero debería de añadir, en mi opinión, que momento de felicidad, tampoco. Como el famoso sueño del abad Virila, después del refrigerio y unos inolvidables momentos de desenfado en Villasuso, cuando nos despedimos de don Bernardino, dejándole otra vez en Vallejo de Mena, parecía que hubiéramos dejado un mundo que, camino de Medina de Pomar, se nos antojaba, al menos en mi caso, más gris y desconocido. Sobre todo, sabiendo, como sabíamos, que nuestro querido Custodio –ese hombre apasionado y generoso, que hay que conocer antes de faltarle al respeto, como me consta que ha sucedido, porque, por desgracia, hay personas egoístas y necias que todavía no comprenden que todo tiene su momento y su lugar- está enfermo. Muy enfermo. Y porque, sabiendo eso, sabemos que la Merindad del Valle de Mena, no tendrá nunca mejor custodio de sus tesoros que en la figura de don Bernardino.
Por ello, y también porque su interés y generosidad, repito, me desbordaron, quiero creer que la presencia de don Bernardino nos hace a todos mucha falta y que él, sabiendo esto, va a esmerarse todavía mucho más en su cuidado. Y termino, simplemente añadiendo que, siendo su interés en el Temple otro motivo de hermanamiento, no se me ocurre nada mejor, don Bernardino, que decirle que si la vida es un pañuelo, el Temple se hace camino al andar.
Muchas gracias por todo y espero que hasta muy pronto.

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