miércoles, 4 de mayo de 2011

Roncesvalles: la Canción de Roldán

'Muy altos son los montes, tenebrosos y grandes,

los valles son profundos y violentas las aguas.

Resuenan los clarines por detrás, por delante,

todos al olifante responden con su son...'

[La Canción de Roldán, CXXXVIII]


Si me despojara de esa racionalidad fría que cierra como una losa de granito las profundidades del sepulcro donde yace el alma, no podría dar rienda suelta a la ensoñación, ni tampoco permitir a mi mano escribir obediente al dictado de la imaginación, una vez situada ésta en una pequeña colina del puerto de Ibañeta, solitaria y constamente batida por esos Hijos de Horus de la mitología egipcia, que no serían otra cosa, a mi modo de entender, que unos vientos de distinta procedencia que por alguna curiosa razón, deciden encontrarse precisamente aquí, en el lugar en el que la Tradición -bendito tesoro- sitúa uno de los grandes mitos del Medievo: el combate de Roldán y el gigante Ferragut.

Buena prueba de la fidelidad del hombre medieval por sus mitos, héroes y villanos, la encontramos en este épico episodio, cuyo recuerdo se ha perpetuado mucho más allá de la influencia carolingia y un purisimo estilo Ille de France, que caracteriza la zona, para asentarse como uno de los grandes motivos de un arte románico, cuyos canteros, siglos después de la hazaña, e itinerantes a través de unos teritorios que comenzaban a ser reconquistados al invasor musulmán, alcanzan a fijar la mirada en los modelos de una fuente cultural de relevante calidad llamada Silos.

Sobreviviendo a unos tiempos y a unos cronistas nacidos siglos después, el mito renace, no obstante, en la piedra, siendo recordado, entre otros lugares de particular relevancia, en el Palacio de los Reyes de Navarra, en Estella, situado enfrente de otra gloria románica no menos relevante, como es la iglesia de San Pedro de la Rúa.





Ensoñadoramente quisiera pensar, por otra parte, situado de nuevo en la cima de la colina, que el alma -dormida, aunque sonámbula, después de todo- retorna, si no a todos, sí al menos a aquellos lugares que por alguna razón, fueron especiales en una existencia anterior. Y no es que un exceso de imaginación sea el vehículo que impulse ningún tipo de pretensión a considerarme la rencarnación -suponiendo que creyera en ella- de Roldán o de Oliveros -cuyas osamentas se pensó haber descubierto en 1934, durante el transcurso de unas excavaciones arqueológicas realizadas en la ermita de San Salvador, situada algunos metros por debajo- pero por alguna desconcertante razón, que no acierto a definir, sí es verdad que sentí una curiosa sensación de familiaridad; una repentina, aunque pasajera experiencia de déja-vû; una irrepetible sensación de retorno a un lugar del que no sabía que hubiera partido alguna vez.

Dado que el hombre no es sólo una animal de costumbres, sino también de comparaciones, no estaría de más añadir que el lugar me pareció genuinamente similar -imagino que aparte de por la forma, también por la blanda y lechosa textura de la tierra- a esos misteriosos mounds o montículos funerarios característicos de algunas civilizaciones mesoamericanas asentadas en regiones de cierta pluvialidad, como Louisiana; montículos que, recordé, aparte de estar asociados, cual piedra de brujas, a un sin fin de leyendas, han sido utilizados por grandes maestros del género de terror, como H.P. Lovecraft, como entrada a alucinantes reinos subterráneos.

Y no obstante aquí, de cara a unos Pirineos inconmensurables, lo alucinante comienza cuando la caricia balsámica de los vientos se desparrama por unas sienes en las que, cual caldero de brujas, bullen un sin fin de ideas y sensaciones. Las armas, que a partir de 1967 consagraban el obelisco como un recuerdo del buen combate entre dos caballeros -¿o habría que pensar sólo en Ferragut, por su inocencia infantil al descubrir al otro su único punto débil, cual talón de Aquiles?- ya no están. Cualquiera que llega por primera vez, pensaría que nunca existieron, si no fuera por el detalle de los clavos que las unían a la carne inmortal del obelisco. Pero en el fondo, aunque molesto, es un detalle que no trasciende; y no trasciende, porque después de todo, el hombre tiene el dón de la ensoñación, y aunque no vea las armas qjue conmemoraban el épico enfrentamiengto, en su imaginación vislumbra el duelo de los dos contendientes, e incluso, más allá en el tiempo, el grito de guerra de los belicosos vascones, el sonido aterrador del olifante de un moribundo Roldán y el llanto amargo de un poderoso rey: Carlomagno.