domingo, 19 de diciembre de 2010

Breve crónica de una visita a Carranque

'Sombras alargadas

ante mí se extienden,

bajo la inabarcable

bóveda celeste...' (1)

Cronológica y oficialmente, se sitúa a Carranque en las postrimerías del siglo IV d. de C., considerándolo como uno de los conjuntos más monumentales de la Hispania romana. No obstante, caminando por este lado de la ribera del río Guadarrama, donde se ubican sus milenarios restos, resulta imposible no dejarse llevar por los caprichos del espíritu y permitir que éste, una vez liberado de la rígida ortodoxia con la que se ha pretendido presentarnos una Historia más desconocida de lo que se supone, vague a su antojo por unos páramos donde, al cobijo de los chopos, los pinos y los pequeños bosques, campean a sus anchas la liebre y la perdiz.
Si bien hasta el momento el complejo sólo mantiene al descubierto el Palatium, el Mausoleo -hasta hace poco, se le denominaba Ninfeo- y la Casa de Materno, entre sus elementos bien pudiérase uno dejarse perder en las oscuras pero a la vez maravillosas historias tolkenianas de la Tierra Media, poblada de un amplio espectro de seres fantásticos, que acompañaron siempre los sueños más íntimos de los hombres. Por ello, no debemos extrañarnos que entre los más refinados patricios romanos, convivieran contínuas alusiones a unos seres cuyos atributos y superioridad determinaban la vida de los hombres.
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Tal es el caso del terrible jabalí enviado por una diosa despechada para acabar con la vida del joven y apuesto Adonis; o el rapto de Hylas por las ninfas; o mejor aún, la espectacular representación de un Neptuno dotado de cuernos y pequeñas antenas, cuya melena e infinitas barbas formadas por olas marinas, recogen el mito alquímico del agua como origen de la vida...
Y sin embargo, tan espectaculares como los mosaicos y su rica simbología, no deja de ser una gran verdad el súbito sentimiento de dêja-vú que el espectador, maravillado aunque pasivo, experimenta en el preciso instante en el que comienza a conocer y dejarse impresionar por los pequeños detalles: unos canteros que, de forma inusual, inmortalizaron su nombre en medio de tan genuinas maravillas. O unas tuberías de plomo, que han continuado utilizándose a lo largo de milenios, siendo relativamente reciente su sustitución por un producto, el plástico, que constituye una verdadera afrenta al medio ambiente.
Y por si esto aún no fuera suficiente para convencernos de que, a la postre, parece que no hay nada nuevo bajo el sol, hay quien entrevé, alargada y escurridiza, la sombra de unos caballeros medievales cuya historia, como la historia misma de Carranque, está todavía envuelta en la más impenetrable de las leyendas: los templarios.
Elementos más que suficientes para hacer que un paseo por Carranque, constituya, ya de por sí, una auténtica aventura.
(1) John Ronald Reuen Tolkien: 'La última canción de Bilbo', ilustrado por Pauline Baynes, Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, octubre de 2010.
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