sábado, 6 de abril de 2013

Algo más que Historia: la iglesia de Santiago de los Caballeros


'Del mundo, pues, es la llamada "realidad concreta" o visible, al invisible mundo abstracto y superior del Símbolo, pasamos constantemente, sin que de ello nos demos cuenta en todos los momentos de nuestra vida...' (1).

Durante la mañana, el son ha mantenido una lucha constante con unas nubes pertinaces, que amenazan con cubrir el mundo de sombras. La primera visión del viejo puente medieval, bajo cuyos ojos de cíclope el anciano Padre Duero discurre con lánguida parsimonia -como diría un nostálgico Verlaine-, no difiere mucho de aquéllas viejas postales en blanco y negro que, quizás por un exceso de aditivos químicos en el proceso de revelado, parecen adquirir, definitivamente, el tono abrumador de la tierra consumida por la sequía. En su pensamiento, además de hermosa, como todas las riberas, ésta que hoyan sus pies por primera vez y que antaño se drenó con la sangre de miles de guerreros que levantaban la espada bajo el símbolo de la cruz y de la media luna, produce en su ánimo cierto regusto de melancolía. Melancolía que desaparece, algunos minutos después de comer, cuando las nubes contumaces desaparecen y el sol tiñe de oro las viejas piedras talladas en las olvidadas canteras medievales. En las aguas, plateadas hasta entonces, se adivinan ahora tonos de un azul marino que contrastan con la blanca palidez de los juncos mecidos por el viento. Un viento, suave, que también mece las copas de los árboles, el susurro de cuyas hojas, todavía heridas por el abrazo mortal del invierno, semeja en los oídos el dulce sonido de címbalos y campanillas, que parece reclamar a conciliábulo a los supervivientes del Viejo Pueblo, alguno de los cuales bautizó Shakespeare con los nombres de Oberón y Titania en aquél, su sueño de una noche de verano.
Hay aves que levantan el vuelo inquietas y otras que observan al Caminante posicionadas en los lugares más inverosímiles, a excepción de una soberbia cigüeña, que evoluciona, elegante, planeando en círculos por encima del puente, como si fuera un helicóptero controlando un tráfico que en algunos momentos se vuelve verdaderamente intenso. Después de todo -pienso el Caminante- España continúa siendo ese inconsumible país de arrieros y marchantes: diferentes carros para ir y venir, en definitiva, a todas y a ninguna parte.
A la altura de los viejas aceñas del obispo y pasada la arcana iglesia de San Claudio de Olivares -en cuyo interior, sendas imágenes de San Lázaro y San Antón llaman a reflexión e inducen al Caminante a pensar que está en la senda del misterio que todo buen peregrino pretende conocer algún día- la familiar forma semiesférica del ábside de una no menos arcana iglesuela románica: la de Santiago de los Caballeros.
Santiago de los Caballeros, es un enigma que atrae, aparentemente, por su deliciosa rusticidad exterior, no puede por menos que pensar el Caminante, mientras observa que, si bien la práctica totalidad de la nave se levantó a base de piedras y lajas, en el ábside de aplicaron sillares de excelente calidad. También, de manera aparente, llama la atención esa mudez exterior, carente de simbología que, no obstante las apariencias, contrasta con la riqueza y expresividad de los capiteles interiores cercanos al ábside. En éste, y frente al altar, la losa sepulcral de un caballero le recuerda que, a pesar de su sencillez, este templo era lugar donde se consagraban caballeros. El más carismático de ellos, fue el archiconocido Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, armado aquí caballero por el rey de León y Castilla, Fernando I, en presencia de su hermana Doña Urraca, y de cuyas andanzas por Zamora todavía se conserva la casa donde se alojó, situada junto a la catedral de San Salvador. Algún tiempo después, en la última noche que éste durmió en Castilla -según refiere su juglar (2)-: el Arcángel Gabriel se le apareció en visión y le dijo: "Cabalgad, oh buen Cid Campeador, que nunca con tanta suerte cabalgó ningún varón; mientras vivas en la tierra os protegerá el Señor". Precisamente el Arcángel Gabriel, aquél al que se menciona poco, pero que estuvo presente en acontecimientos capitales, como la Anunciación.
Si bien presenta influencias del prerrománico asturiano, se sospecha que este templo de Santiago fue edificado sobre un templo anterior. De manera que, contemplando ese pequeño mundo de luz y sombra, el Caminante se pregunta qué sensaciones no tendrían los caballeros que allí velaban armas, viéndose rodeados de un simbolismo tentador, aterrador en su llamado capitel del Infierno, donde tanto pecadores como bestias dan rienda suelta a sus más indecorosas pasiones, mientras no lejos de ellos, Adán y Eva permanecen representados junto a un Árbol de la Vida custodiado por leones. Leones, a su vez, custodian los árboles de la vida representados en el monasterio de San Juan de Duero, con la diferencia de que los llamados primeros padres no aparecen por parte alguna y sí un animal considerado impuro por la Ley judaica y posteriormente también por el Islam: el cerdo. Entre unos y otros, llaman la atención unos curiosos graffitis que muestran cruces y personajes bailando, cuya edad indefinida, sugieren cualquier posibilidad en la mente del Caminante.
Aunque el sol todavía luce en una tarde agradable, mucho más que la mañana, las sombras envuelven con su abrazo de mortaja, el espacio más sagrado del lugar. El Caminante recoge su carnet de identidad -en las breves horas que lleva en Zamora, ha tenido ocasión de comprobar que éste resulta imprescindible si se quiere llevar un recuerdo de los templos del lugar- y sale al exterior. Encendiendo un cigarrillo, expulsa el humo y mira al frente: una torre románica y un cimborrio bizantino dorándose al sol, le invitan a continuar su excursión. Y es que, al fin y al cabo, hay tantas y tantas cosas que ver en Zamora, aunque sea dejando el carnet de identidad...


(1) Mario Roso de Luna: 'Simbolismo de las Religiones', Editorial Eyras, Colección Hespérides, 2ª edición española, 1977, página 10.
(2) 'Poema de Mío Cid', Salvat Editores, S.A., Biblioteca Básica Salvat, 1972, página 36.