miércoles, 30 de enero de 2013

Peregrinando por Asturias: Villaviciosa y su entorno


 
'No es verdad. El viaje no acaba nunca. Solo los viajeros acaban. E incluso estos pueden prolongarse en memoria, enr ecuerdos, en relatos... Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino...' (1)

La Comarca de la Sidra, la antigua Maliayo, una región especialmente atractiva, cuya mediática idiosincrasia se extiende hacia el interior, sin apartar una sola vez la mirada de esa Ría que la abraza en buena parte de su fértil territorio. Una comarca que, a fuerza de ser recorrida, supone, tanto para turistas como para peregrinos, una aventura inolvidable. Una región, igualmente prolífica en templos que conservan una parte mediática de ese singular Arte Asturiano -al que generalmente, se califica como prerrománico- así como también, un románico cuya calidad no sólo sorprende, sino que, además, induce a pensar en la existencia, en tiempos, de un importante taller, cuya influencia se extendió hacia el interior, dejando insuperables huellas y testimonios.
Posiblemente, para encauzar mejos nuestros pasos por tan sorprendente territorio, debamos situarnos en lo que a todas luces, y no en vano, se puede calificar -sin faltar a la verdad ni dejarse llevar por la gula de la exageración- como el auténtico corazón de Villaviciosa: Valdedios. O, lo que viene a ser lo mismo, haciendo honor a su grandeza, el Valle de Dios.
Aquí, en este fértil valle donde el tiempo parece haberse detenido, nos encontramos con una de las obras más singulares del inmortal Arte Asturiano: la iglesia de San Salvador. O, dicho con términos mucho más cercanos y completamente compartidos con el sentir del pueblo astur: el Conventín. Quizás, dirigido al peregrino, no se me ocurra mejor comparación que describir edificio y lugar, comparándolos con ese hermoso cisne blanco que extiende sus alas al final de un camino en espiral, en cuya última casilla, marcada con el número 64 -el número perfecto, la suma de cuyos dígitos nos remite a la Unidad, a Dios- Sofía aguarda impertérrita a todo aquél que, habiendo superado con éxito los obstáculos del Camino, se acerca al Jardín de Avalon para besar su mano. Junto al Conventín, tan cerca, que incluso dicen que hubo un túnel que los unía como un cordón umbilical, el monasterio cisterciense de Santa María, sobrio pero elegante, habla de puertas para adentro a toda persona que quiera conocer algo más que un cuento histórico con supuestos nombres y apelllidos.
De vuelta a la carretera general, que a partir de este punto, comienza a formar un puerto muy frecuentado por los amantes del ciclismo, se tienen dos opciones, y hablo ahora para el turista, pues es de suponer, que el peregrino recala en Valdedios después de dejar atrás la ruta que pienso proponer. Obviando dirigirse hacia la derecha, hacia esa prolongación del Camino, que en dirección a la catedral ovetense de San Salvador -ya sabes, peregrino: quien va a Santiago y no va a San Salvador, visita al siervo y olvida al Señor- atraviesa los concejos de Siero y Allande, la propuesta es dirigirse hacia la izquierda, tomando la dirección de Villaviciosa capital y visitar los magníficos templos que hay en sus proximidades, e inclusive, aquéllos otros que se localizan, para situarnos, a ambos lados de la Ría.
Uno de los más cercanos, aunque por su aspecto actual no lo parezca, es el templo de San Xulián de Viñón, que aún conserva algún rasgo de ese Arte Asturiano autóctono y fundamental, y como en muchos otros casos, sobre su fachada no ondeó nunca la Bandera de la Paz propuesta por Nicolás Roerich y aceptada por prácticamente todos los miembros de la Sociedad de Naciones, allá por los años veinte, cuando el mundo occidental apenas se había adentrado en el misterioso Tíbet y la fundadora de la Teosofía, Madame Blavatsky apenas comenzaba a digerir la excepcional acogida de su obra La Doctrina Secreta, donde algunos intuían en sus Mahatmas algo parecido a lo que en la Edad Media constituyó el gran mito del Preste Juan. Comento esto, porque la Bandera de la Paz y el conocido como Pacto Roerich, tenían como fin la protección de todos aquellos edificios y todas aquellas obras de Arte consideradas como Patrimonio de la Humanidad. Evidente y lastimosamente, tal Pacto no se respetó nunca. En este sentido, oportuno es precisar que la Guerra Civil, sobre todo para este tipo de arquitectura, fue particularmente virulenta en Asturias. Uno de los muchos templos que sufrieron las consecuencias, fue precisamente éste de San Xulián de Viñón.


Más fortuna tuvo el templo de San Juan, románico del siglo XIII, situado a dos kilómetros escasos del casco urbano de Villaviciosa, en Amandi, pueblo cuyo nombre -independientemente de otros varios (2)- levanta suspicacias entre aquellos que opinan, y posiblemente con razón, que aparte de griegos, fenicios y romanos -por citar sólo algunos- hubo también navegantes egipcios que arribaron a estas costas en una época indeterminada de la Historia. Indeterminada, así mismo, aunque previsiblemente después del descubrimiento de la Inventio y la instauración del Camino Jacobeo a instancias del rey Alfonso II, es la llegada de esas misteriosas cofradías de canteros, de origen normando, que dejaron su particular huella en las aves tan peculiares que decoran su portada principal; aves que, dicho sea de paso, se vuelven a encontrar en otros lugares del término de Villaviciosa e incluso en concejos del interior, nada desconocidos para el peregrino.
Uno de tales lugares, cercano a Amandi, es Lugás -Llugás, respetando, siquiera por una vez, esa singular lengua autóctona que es el bable- donde el peregrino bien conoce el Santuario de Santa María, en la fachada de cuya casa parroquial, unos artesanales azulejos le dan la bienvenida a la Casa de su Madre. También en las inmediaciones de Lugás y protegido por zonas de férica vegetación, merece la pena desviarse hasta el pueblecito de Valdebárcena y dejarse llevar por el gran reto que supone ese curioso híbrido entre prerrománico y románico, que es el templo de San Andrés, donde el peregrino, al observar la gran cantidad de cruces patadas que conforman mucho de los modelos decorativos de las metopas que se localizan a ambos lados del ábside, quizás imagine que hubo un tiempo lejano, épico y de caballeresca nobleza -cuando el abad Rodericus fundó la iglesia- en el que unos misteriosos y aguerridos monjes-guerreros velaban con abnegación, haciendo seguros los caminos. Merece la pena visitar el interior y detenerse unos instantes a contemplar los maravillosos arcosolios que circundan su ábside, mientras la antigua madera del piso cruje bajo el peso de los pies.
De regreso a Amandi, pasamos de largo y nos internamos en el casco urbano de Villaviciosa, para visitar una imponente iglesia, cuyo aspecto frontal, puede que nos recuerde a su homónima portuguesa de igual nombre: Santa María de la Oliva. Enigmática, como el extraordinario Sello de Salomón que exhibe en su frontal, así como también por las numerosas cruces paté que se localizan a lo largo y ancho de su planta, la imagen en piedra de Santa María, quizás sea la más vista del lugar, sobre todo porque la iglesia se localiza en esa concurrida encrucijada de caminos que orientan a viajeros y peregrinos hacia Oviedo, hacia la Ría, y al otro lado de ésta, hacia Gijón. Impresionantes, así mismo, son los motivos de los capiteles contenidos en los arcosolios que rodean, por dentro, su ábside. Motivos, en cuya contemplación, el peregrino seguro que encontrará algún guiño mistérico que le oriente en su búsqueda trascendental. Ahora bien, antes de continuar camino, hacia uno y otro lado de la Ría, es recomendable ascender por el casco urbano, en dirección al cementerio, y una vez pasado éste, detenerse y dejarse llevar por la solitaria placidez de Fuentes y su iglesia de San Salvador, pues se trata de otro de esos ancestrales edificios del Arte Asturiano que, a pesar de su aspecto actual, rezuma antigüedad, y hasta cierto punto, nostalgia.
Situados, ahora sí, en la Ría, como si fuésemos hacia ese pinturesco pueblecito marinero que es Tazones -donde arribó el emperador Carlos I de España y V de Alemania, cuando una tormeta alejó el barco en el que viajaba con su séquito, de los puertos cántabros que eran su destino inicial-, y de similar aspecto al templo de Fuentes, Bedriñana, lindo pueblín recogido entre prados y manzanos, nos anima a visitar su iglesia de San Andrés. Conserva ésta, tres celosías originales, laradas en un sólo bloque de piedra arenisca, como solía ser costumbre en la época, que ya por sí mismas, constituyen una pequeña obra de Arte y que, de manera simbólica, también nos encauza hacia el sentido de mensajeras, cuando no representativas del alma -concepto ya utilizado en el Antiguo Egipto-, que tienen las aves; en este caso, mucho más sencillas y lejos de esa influencia normanda ya comentada. Curiosamente, en uno de los contrafuertes de la parte superior, una cruz paté por un lado y otra de seis brazos por el otro, pueden dar qué pensar. Para pensar, ¡qué duda cabe!, tiene el peregrino, apenas media docena de kilómetros más adelante, el pueblo de La Lloraza y su imponente iglesia de Santa Eulalia de Mérida. Una santa que, al igual que San Andrés, goza de buena salud en el Principado, a juzgar por la gran cantidad de iglesias que se mantienen bajo su advocación. Si ya la portada principal, oculta bajo un porche, ya nos recuerda ese peculiar taller que pasó por Narzana y dejó su impronta en la iglesia de Santa María, e incluso, si me apuran, tambiénValdebárcena, donde, si no son imaginaciones mías, creo entrever cierta familiaridad, es el interior del templo, mucho mejor conservado, donde los capiteles que bordean el ábside -que ya por su forma ojival y por su altura, apunta maneras góticas- donde el peregrino debe buscar ese mensaje trascendente al que también hacíamos referencia anteriormente. Magníficamente labrados, nos muestra una iconografía sorprendente, donde no es extraño encontrarse con la figura de San Juan, Apocalipsis en mano, surgiendo de la floresta, como si el cantero, rizando el rizo, hubiera querido transformar al visionario discípulo en el perfecto Caballero del Apocalipsis, anunciando el final y el comienzo de un ciclo. No muy lejos, el Conocimiento, devorador como fiera, debiera resultarle también interesante, pues le indica que éste no se consigue sin esfuerzo y penalidades que, cual llagas -comparativamente hablando- le hagan acreedor a esa condición de discípulo de Sophia.
Media vuelta, peregrino, y ahora, al otro lado de la Ría, en dirección a Gijón y algunos kilómetros más allá de la famosa fábrica de sidra El Gaitero, prescindible sería que detuvieras tus pasos en Selorio y contemplaras -ya que posiblemente te la encuentres cerrada- la bella estampa de la iglesia de Santa Eulalia. Verás, en un capitel de la espadaña, un angelote similar a aquél otro que algún ignorante pintó sobre los frescos del Conventín y te percatarás del daño que el Barroco, después de todo, causó en el románico y en el prerrománico en general. Seguramente, te parezca curioso, e incluso gracioso, el reloj enmarcado en un rosetón de aspecto cisterciense; vibrarás con los motivos representativos de las aguas primordiales de su portada y observarás las mismas bestias afrontadas -¿gemelos místicos?- que tan corrientes son en el románico de dentro y fuera de la región.  Y por último, algunos kilómetros más allá, enfrentarás esos bosques ancestrales que salvaguardan, menos tupidos y féricos que antaño, otro de los grandes logros del Arte Asturiano, cuya hermosa estampa se te quedará para siempre grabada en la retina y que te hará recordar que, de alguna manera, habrás dado un rodeo, pero nunca has abandonado la Ruta de los Salvadores: San Salvador de Priesca.
Buen Camino, peregrino.
 
(1) José Saramago: 'Viaje a Portugal'.
(2) Tineo, Serrapio o incluso ríos, como el Nalón...

sábado, 19 de enero de 2013

Caminos de Asturias: Villaviciosa



Cae la tarde en Villaviciosa y en el aire cálido de principios de septiembre, se entremezclan olores a salitre y campo, a fruta y bosque que se mezclan con el impenitente hedor a carburante quemado que emana de los tubos de escape de los coches que vienen y van alrededor de su histórico casco urbano. Las terrazas todavía están desiertas, cuando el Perquisitore da por concluída su búsqueda, y dejándose llevar por el cansancio de una larga jornada, se sienta en una mesa frente al antiguo Teatro Riera, actualmente reconvertido en Oficina de Información y Turismo. Aparte de una carretera empedrada por la que ocasional y desagradablemente circula algún vehículo, tan sólo un sencillo pero entrañable monumento se interpone entre su visión y las puertas acristaladas de la Oficina de Información y Turismo, que suelen estar más tiempo cerradas que informando al público. En lo más alto del monxoi pedestal, la cerillera mueve con garbo sus caderas marineras sin separarse de su cesta, mientras los gaiteros, algo más abajo, simulan entonar una melodía mágica, especial para espantar cuélebres. Vista así, con la cabeza ligeramente ladeada hacia un cielo que parece añorar la llegada del encabritado Nuberu por la parte del Cantábrico, la violetera parece guiñar un ojo a una luna que no tardará en aparecer. Sus labios parecen simular una sonrisa pícara y quizás piense en el mancebo que conseguirá la flor del agua en la noche de San Juan y la liberará de su hechizo. Pero tendrá que ser dentro de un año. Algo que no significa nada para hechizos y cuentos. En el fondo, piensa el Perquisitore mientras el dorado líquido de la cerveza mitiga su sed, deslizándose con suavidad por la garganta, todo en la vida son recuerdos de hechizo y cuento. Si no fuera así, no permanecerían tan vivos en el corazón, ni habría necesidad, tampoco, de consignarlos en un cuaderno de notas y darlos a conocer.
Algo más abajo, los sillares románicos de la iglesia de Santa María de la Oliva ofrecen un curioso color sanguino, al ser alcanzados por los rayos de un sol que ya comienza a bostezar, perdiéndose lentamente en dirección a la Ría. Por encima de la espadaña, algunas gaviotas de plumaje blanquinegro, cuál ánimas de antiguos monjes-guerreros, evolucionan con elegancia, como si quisieran rendir pleitesía a la imagen pétrea de la Virgen, que corona un pórtico bellamente adornado. Entre ésta y la espadaña, un rosetón apunta maneras góticas en su sencillez cisterciense, y a veces su cristal parpadea como un guiño, al ser acariciado por algún rayo de sol. El Perquisitore saca su cuaderno y su pluma, y comienza a escribir, no sin antes pedir una nueva cerveza. A través de los trazos, recuerda su paseo por el lugar, los balcones adornados con banderas de España y de Asturias en honor a la festividad de la Virgen; los escudos, cuyos símbolos y linajes hablan de Historia y Antigüedad, y donde no es raro encontrarse arquetipos trascendentes como hombres salvajes con corderos atados con cadenas a uno y otro lado de una torre -que cada uno saque sus conclusiones-, calderos celtas, águilas, soles, ajedrezados, lises francas, flores de cinco pétalos, leones portaestandartes...Algún día, continúa anotando, tendrá que hacer un estudio del ancestral simbolismo contenido en la heráldica astur. Recuerda, el eco de sus pasos por el antiguo empedrado. Y la calle del Agua, en una de cuyas casonas, nació, en 1796, Don José Caveda y Nava, íntegro republico y sabio académico. O aquélla otra, de más abajo, actualmente en rehabilitación, donde pernoctó cuatro días, del 19 al 23 de septiembre de 1517, el emperador Carlos I de España y V de Alemania cuando, como muy bien dice el cartel, por primera vez pisó tierra española en Villaviciosa, cuando una tormenta lo hizo desembarcar, precisamente, en el pinturesco pueblecito de Tazones. Incluso apunta en su cuaderno: en esta tienda, el Perquisitore se detuvo a comprar recuerdos, y entre ellos, un disco de Xuaco Amieva, en cuya portada un asturiano con traje tradicional y una vara de avellano se enfrenta al temible Cuélebre. Después, mientras su mente desmenuza la ruta peregrina que le ha llevado de templo en templo de una parte a otra de la Ría, recuerda a un amigo. Cierra el cuaderno de notas y apurando de un trago el resto de la cerveza, marca un número desde su teléfono móvil:
- ¿Por dónde andas, Caminante?. Jolín, ahora mismo estaba pensando en ti...
El Perquisitore/Caminante se explaya. Y lo hace, porque se siente bien, se siente en paz, y esa conexión, esa coincidencia de recuerdos con un amigo, le hace pensar que después de todo, existe una conexión universal que no entiende de distancias ni de fronteras: la de la Amistad.
Cae la noche cuando retorna, a través de la Autovía de Santander a su hotel en Granda, concejo de Siero. Después de ducharse y cenar, retorna a su habitación y antes de acostarse, vuelve a abrir su cuaderno de notas: Peregrinando por Villaviciosa y su entorno. Pero esto es otra historia que verá la luz en breve.


lunes, 14 de enero de 2013

De Lena al Monsacro, por la Ruta de las Reliquias



‘¿A dónde vas romero,
Por la calzada?
Que yo no soy romero,
soy santiaguero.
A Roma van por tierra,
yo miro al cielo.
Va la luna conmigo
descalza. Y sigo’.
[Gerardo Diego]

Actualmente, cuando se están reactivando los mil y un caminos que desde cualquier lugar de España conducen a la tumba del Apóstol, en Santiago de Compostela (1) –reactivándose, de paso, las importantes cuestiones económicas que en el fondo subyacen detrás de la Inventio- muchos peregrinos vuelven su mirada hacia el Camino Primitivo: aquél que, seguido por Alfonso II y su corte desde Oviedo, supuso el comienzo de la gran aventura que, después de todo, es el Camino de las Estrellas. No olvidemos nunca, el dicho ancestral que decía que quien va a Santiago y no al Salvador, visita al siervo y olvida al Señor. Igualmente, muchos son los caminos que los peregrinos recorrían a lo largo y ancho de la geografía asturiana, siendo, quizás, el menos complicado, aquél que recorría la costa, desde puertos cántabros –como Santoña o San Vicente de la Barquera- o ya desde puertos asturianos, siendo el más relevante, quizás, el de Llanes. Mucho más complicados, obviamente, por lo intrincado de la geografía astur, eran aquellos que se adentraban hacia el interior, siendo, probablemente, uno de los principales aquél que, denominado como Ruta de los Salvadores, llegaba hasta Oviedo y su imponente catedral, pasando por una serie determinada de lugares, cuyo nexo en común, eran los templos dedicados precisamente a la figura del Salvador.
La ruta que aquí propongo, no menos dificultosa pero igualmente interesante donde las haya, podríamos considerarla como parte de la llamada Ruta de las Reliquias: precisamente aquélla que, según la tradición y después de Santo Toribio, obispo de Astorga, siguió Don Pelayo con las importantes reliquias que pudo sacar de Toledo, antes de que la antigua capital del reino visigodo fuera conquistada por los invasores árabes.
Una ruta que, partiendo de Pola de Lena y de su inigualable iglesia prerrománica de Santa Cristina –todo un canto a la belleza y un completo enigma, donde los haya-, cambiaría las antiguas calzadas romanas, por carreteras de nueva construcción –las carreteras comarcales AS228 y AS229- que, trazando una imaginaria línea recta, conectarían la Pola de Lena, a través del puerto de la Cobertoria, con Trubia, en un recorrido de, aproximadamente, 50 ó 60 kilómetros, atravesando por varios de los más bellos y peculiares concejos asturianos, como son los de Quirós, Teverga, Proaza y Morcín, hasta alcanzar el Monsacro y la llamada majada de les Capilles, lugar, en la cima, donde se depositaron las referidas reliquias –posteriormente, trasladadas a la catedral ovetense- y donde se levantaron dos misteriosas ermitas: la de la Magdalena y la de Santiago, ésta última de planta hexagonal.
Una ruta, no exenta de atractivos y de misterios; de la presencia no documentada, pero sí tradicional, de templarios y cátaros y, posiblemente antes que éstos, de priscilianistas; de antiguos santuarios que se remontan, cuando menos, al Neolítico; de santuarios, también, de Vírgenes Negras representativas, qué duda cabe, de la no menos ancestral figura de la Gran Diosa Madre; una ruta que, de hecho, fue también frecuentada por misteriosas hermandades de canteros, que dejaron no sólo muestra de la pericia de su oficio, sino además, numerosos enigmas en sus obras, que invitan a especular, cuando menos, por su curiosa simbología. Ruta de misterios y de lugares encantados, donde predomina, aún hoy, los antiguos dioses familiares de la mitología astur; pero, sobre todo, una ruta de espectacular belleza que, una vez alcanzada la cima del Monsacro, sitúa al peregrino a tan sólo ocho insignificantes kilómetros de Oviedo. Una ruta en la que, esquemáticamente hablando, éste puede advertir, entre otras muchas maravillas, las siguientes, una vez pasado el puerto de la Cobertoria, donde no es inusual encontrarse con ganado suelto en sus laderas:

Concejo de Quirós


- Salcedo. Tiene una iglesia dedicada a la figura de San Cristóbal, santo de connotaciones heterodoxas, cuyo gigantismo recuerda las figuras míticas de gentillaks vascos. Desde aquí, se accede al Santuario de la Virgen de Alba, de connotaciones negras, que antiguamente, se veneraba en la iglesia de San Pedro, en Arrojo. La subida al santuario (capilla de los siglos XVII-XVIII) es harto difícil. Se accede con vehículo hasta un área recreativa, pasado el pueblo, y son, aproximadamente, dos kilómetros de ascensión por terreno desigual. La imagen original de la Virgen de Alba, desapareció hace años.
- Arrojo. Iglesia de San Pedro. Románica, del siglo XII, fue desmontada y vuelta a montar, piedra a piedra, en 1940, por Luis Menéndez Pidal. Su iconografía es sumamente interesante, destacando un ouroboros (o serpiente que se muerde la cola), curiosas figuras de los denominados hombres verdes, e incluso una cruz occitana (llamada, también, de Doce Puntas o Diamantes), en su ábside. En el interior, y a la altura de la cabecera, se descubrieron numerosos enterramientos, e inclusive, sus ancestrales cimientos, que demuestran que, en origen, se trató de un templo prerrománico. Tiene pinturas en el ábside. Arrojo dispone de albergue para peregrinos. En Arrojo se localizaba también el castillo de Alba, que algunos suponen que perteneció a los templarios. Sólo queda la roca donde se supone que se alzaba.
- Ricabo: iglesia de San Bartolomé. En este pueblo se reutilizaron muchas de las piedras que conformaban el monasterio de Bueida, pueblo situado a 1,5 kms. de distancia.
- Las Agüeras: aquí se sitúa el pintoresco y moderno embalse de Valdemurio, cuyas aguas, según el párroco (dato no confirmado, por cierto) podían anegar los restos del antiguo castillo.

Concejo de Teverga

- Fresnedo. Entre los abrigos de sus montes peñascosos, se localizan numerosos grabados rupestres, atribuidos a pastores del Neolítico. La mayoría, de forma esquemática, se consideran antiguos ídolos.
- San Salvador. De este pueblo, parte la llamada ruta medieval del castiellu d’Alesga, que la tradición también relaciona con los templarios. Es una ruta en ascensión, de diez kilómetros de recorrido. Los restos del castillo, se localizan a 860 metros de altitud.
- La Plaza: Colegiata de San Pedro. Contiene interesantes elementos prerrománicos y románicos. Cabe destacar, también, el llamado Cristo del Relicario, con un cajoncito en su nuca que contenía arena que, al ser analizada, resultó que procedía de Jerusalén. En su interior, también se conservan las momias de Pedro Analso de Miranda, abad de la Colegiata, obispo de Teruel e inquisidor consejero de Felipe V, así como de su hijo, en cuyo cuello se aprecia todavía el tajo que le mató. Se dice que están malditas. De aquí parte la carretera que se dirige al Puerto Ventana (29 kilómetros) y a Pola de Somiedo y su Parque Natural (32 kilómetros).
- Villanueva de Teverga. Iglesia de Santa María. Fue derruida durante la Guerra Civil, aunque, milagrosamente, sobrevivieron las columnas y capiteles de su interior, que denotan una calidad y una simbología, ciertamente excelentes e intrigantes. Posee una magnífica pila bautismal, prerrománica, así como un Cristo crucificado sobre una cruz de gajos. En las pinturas del ábside, todavía se aprecian los agujeros de los proyectiles. La imagen de la Virgen románica es moderna, puesto que el original se destruyó durante la contienda.

Concejo de Proaza

- Bandujo. Pinturesco pueblecito. Se sospecha que pudo haber templarios en tiempos. Tiene una torre circular, tipo donjon, muy similar a la que hay en Proaza. Virgen de connotaciones negras. Se descubrieron numerosos esqueletos, algunos de peregrinos.
- Proacina. No hay torre circular, como aseveran algunas fuentes, aunque desde aquí, se aprecia la peña donde estuvo enclavado el castillo, algunos dicen que de templarios, en el pico que lleva precisamente su nombre: el Castiellu.
- Proaza. Torreón circular. Muy similar al que existe en el pueblo de Bandujo.

Concejo de Morcín

- Aquí hemos de situar el Monsacro, en cuya cima, en la denominada majada de les Capilles, dos ermitas románicas llaman poderosamente la atención: la de la Magdalena y la de Santiago, ésta última de planta hexagonal y anteriormente bajo la advocación de la Virgen del Monsacro. Imagen de Virgen Negra, desaparecida. En esta ermita se guardaron, tanto las reliquias traídas por Santo Toribio (obispo de Astorga) de Jerusalén, como las sacadas por Don Pelayo de Toledo, antes de la conquista sarracena. También se supone levantada encima de un antiguo dolmen. Cabe destacar la iglesia de Santolaya (Santa Eulalia de Morcín), de orígenes prerrománicos y los numerosos restos de monasterios e iglesias que se localizan en los pueblos de alrededor del Monsacro. 

(1) La víspera de Nochebuena, descubrí otro en Atienza, provincia de Guadalajara, el llamado Camino de la Lana.

miércoles, 9 de enero de 2013

Un hito en el Camino de Madrid: la iglesia de San Ginés



Situada a escasos metros de esa Puerta del Sol -recordemos, que hasta ciudades trogloditas no exentas de encanto, como Tiermes, tuvieron también la suya- y ese poco menos que místico kilómetro cero, en plena calle del Arenal -lo que nos puede dar una idea aproximada de lo que era este lugar cuando después de la conquista agarena, la romana Madritum se convirtiera en la árabe Magerit-, la iglesia de San Ginés conserva, en las masónicas proporciones de su planta, una de las colecciones artísticas más amenas e interesantes, que la convierten, de hecho, en un pequeño y espectacular museo, que bien merece la pena visitarse. Es de este modo, como se puede llegar a la conclusión, de que la historia del lugar, aunque antigua y qué duda cabe, interesante, se reduce, no obstante, a un segundo plano, frente a los detalles de hermosura y heterodoxia que ha de proporcionar, posiblemente, claves discretas, no sólo para el peregrino que un día se acerca a Madrid utilizando los senderos -en su mayor parte, cubiertos de asfalto y paseados sin piedad por miles de automóviles diariamente- de las antiguas Cañadas Reales que convergían en la Villa y Corte, sino también para el buscador de misterios e incluso, para ir más lejos aún si cabe y afrontando el riesgo de excomunión, para todo inconformista que piense que la Historia, y sobre todo la Religión -al menos, desde el punto de vista generalizadamente partidista con el que nos las han contado-, no dejan de ser, después de todo, una irremediable artimaña, que utilizan en provecho propio, un subterfugio de Verdad. Cabe preguntarse, partiendo desde este punto de vista, por qué los grandes artistas, e incluso aquellos menos grandes, pero artistas al fin y al cabo -que todos merecen respeto, sobre todo, porque vivimos y vivieron en un mundo en el que, por desgracia, las oportunidades no son ni fueron iguales para todos-, dejaron gazapillos maliciosos en sus obras con el fin, es de suponer, que alguien, abandonando la postura eminentemente literalista con la que se le ha educado, a través de generaciones, se percatara de ello y sin necesidad de poner el grito en el cielo ni colgarse el sambenito de hereje en el pecho, se hiciera cuantas más preguntas, mejor.


Acuden éstas, las preguntas, cual si se tratase de una erupción cutánea al contacto con ortigas, apenas uno se va habituando a la serena calma chicha del templo y comienza a deambular por las capillas anexas a los lados de la Epístola y del Evangelio, integrándose, anónimamente, en espacios donde sombra y luz conforman un curioso efecto de marea que viene y va. Quizá también, motivado por ese ambiente, cause mayor impresión ese extraño cuadro de José Jiménez Donoso que, denominándose Cristo crucificado en ambiente nocturno, recuerda más el sacrificio ritual del hombre-dios de los Antiguos Misterios -léase Osiris, Dioniso, Baco o Mitra- que a la versión judeo-cristiana de la Pasión y Muerte de Jesús. Es más, ese Cristo intacto, sin mácula de martirio, sin horribles chorreones de sangre motivados por los lacerantes latigazos, sin herida de lanza en el costado, recuerdan más a aquél Cristo al que le cantaba Antonio Machado, que no era otro sino aquél que anduvo sobre la mar. No menos espectacular, quizás por su rareza, es observar, por encima de ese busto de San Jerónimo -que recuerda la devoción templaria por las cabezas, como de hecho se recuerdan los colores del Bauceant del Temple en el ajedrezado del suelo de la capilla del Santísimo Cristo de la Redención- ese magnífico cuadro que muestra a la Sagrada Familia...y uno más: ¿acaso San Juan Bautista Niño, motivo que, obviando la figura de San José, representó también un magistral Leonardo Da Vinci en una obra no exenta de polémica, como es aquella que lleva por título la Virgen de las Rocas?. Eso, por no mencionar la presencia de varias importantes representaciones de Vírgenes Negras, como son la de la Cabeza, situada por encima de una magnífica escultura de Nicola Fuma titulada Cristo caído -la túnica de éste, recuerda el color del vino, la bebida sagrada o soma con la que Noé, según la tradición se embriagó- la de la Barca, de Muxía y por supuesto, una de las más milagreras que existen en la Península: la riojana de Valvanera. Además de aquélla versión de la Virgen de Guadalupe que se venera en Úbeda, Jaén.
La vieira, que luce el pequeño ventanal que se levanta sobre otra genuina escultura de la escuela madrileña que representa a Cristo resucitado, símbolo ansiado de todo peregrino, pata de oca encubierta y a la vez marco insuperable en el que se basó Bottichelli para su Nacimiento de Venus. O la rareza de aquél otro óleo de Gerard Seghers, titulado El Buen Pastor con dos niños pastores, de iconografía poco común, que muestra a Jesús llevando a hombros su destino y símbolo de sacrificio: el Cordero de Dios. El número de estrellas que conforman el halo beatífico de varios lienzos de la Inmaculada Concepción -como aquél de José Antolínez o ese otro, anónimo, de la Escuela sevillana del siglo XVIII, basado en la te´cnica de Murillo-: doce estrellas, doce apóstoles, doce planetas, doce signos del Zodíaco, doce trabajos de Hércules. O incluso la paloma, presente en numerosas representaciones como símbolo del Espíritu Santo, pero que, en realidad, ya estaba, en el Antiguo Egipto, asociada por la Diosa Isis. Tantos símbolos, tantos enigmas..
Por eso, peregrino que llegas a Madrid y visitas San Ginés, pon atención y no lo hagas nunca con prisas. Y cuando vuelvas a salir por la puerta de este templo, donde todavía se conservan las partidas de nacimiento de notables del Siglo de Oro español, como Quevedo y Lope de Vega, medita sobre lo que has visto y no dejes de hacerte preguntas. Porque tal vez, digo sólo tal vez, puedas hallar la respuesta a alguna clave que el Camino te plantea.

 

miércoles, 2 de enero de 2013

Om Mani Padme Um: magia oriental en el corazón de Madrid



Dice Joaquín Sabina, en una de sus canciones más conocidas, que él también se apea en Atocha. Como casi todos los visitantes, sin importar origen y condición, que un día recalan en esta ciudad que, aún a pesar de los pesares, tiene la rara cualidad de recibir a todo el que llega, si no con un caluroso abrazo, sí al menos con un guiño de ojos que el otro interpreta inmediatamente como una cita: te espero en el kilómetro 0. Debe de ser así, porque si no, no se explicaría que todo el que llega, vuelvo a repetir, sin importar origen, credo o color, tarde o temprano, termina paseando por la Puerta del Sol y sus alrededores. Tampoco importa la época, aunque el invierno, con esa invitación al canabalismo consumista que apadrina con el eslogan de Blanca Navidad, parece ser la estación más idónea -supongo que porque en mayor medida, a todos nos embarga esa morriña solidaria que olvidamos con la última campanada cada 31 de diciembre- para que ese Mundo de la Ilusión en que vivimos -Maya, lo llaman en Oriente, y algo de verdad debe de haber, si tenemos en cuenta que siempre se ha dicho que toda la Luz viene precisamente de allí- explote, como una traca valenciana, y de sus chispas, germine, a través del asfalto y el hormigón, un mundo difícil de imaginar para todo aquél que no leyera, ni siquiera en su adolescencia, esa pequeña joya matemática, que es Alicia en el País de las Maravillas.
Matemática es, por otra parte, la presencia de personajes impuntuales, sacados de otros universos más realistas -con permiso de los señores Dickens, Dumas y Hugo-, que brotan como las flores en primavera, para hacernos recordar siempre que la vida es una trampa mortal y el destino, la madrastra perversa de los cuentos de hadas. Sobre todo, cuando entre la mendicidad que pulula por las esquinas, ves lo que queda del rostro de alguien que una vez fue mujer, y el corazón se te queda más helado que los mocos de escarcha que el viento que viene de la Sierra te deja como recuerdo entre los pelos del bigote. Más mundanos, lo cual viene a significar, más apegados a introducirse de rondón en las ignotas intimidades de los bolsillos ajenos, las bandas de carteristas -en todos los sentidos, al margen de la Ley, porque no hay Ley que los aguante más de 24 horas- desarrollan con espantosa habilidad el arte del birlibirloque y las carteras solicitan piedad en vano, mientras la municipalidad se ocupa de que nadie violente el inefable romance entre dos autóctonos poco menos que extinguidos de lo que fue la ancestral Madritum: la Osa y el Madroño. Por supuesto, -mentiría, si dijera que en Madrid, como en cualquier otro sitio, hay buenas y malas lenguas- habrá quien diga que eso es una tontería, y que en realidad, su presencia obedece al temor que tiene el primo tendero del político que se esnifa polvo de oro en el hemiciclo de las Cortes, a que los movimientos sociales vuelvan a plantar claveles frente a la puerta de su tienda.
Sueños de oro, como las meigas en Galicia, habélos hailos algunos metros más abajo, allá donde las loteras ambulantes tienden sus tenderetes, tentando al prójimo con el oasis de la Fortuna. Pero, qué diablos, ¿a quién le importan dos euros de recargo, a cambio de comprar una felicidad que, después de todo, nunca termina de dar el dinero?. Pero, joder si ayuda, dicen por ahí, mientras el que siempre ha tenido los bolsillos pelados se encoge de hombros, guardándose el billete en la entrepierna, por si acaso, y continúa su aventura, enfilando hacia la calle Arenal, pensando en su glotón estómago y cómo agradecería un chocolate con churros enfrente de San Ginés. La glotonería y el agradecimiento, solidariamente unidos, quizás hayan convertido a nuestro universal Spiderman en el estómago más conocido de Madrid, aunque en la actualidad, y supongo que de manera provisional, haya decidido cambiar su rincón de la Plaza Mayor -muy cerca de donde Kitty y Bob Esponja terminaron una frustrada relación a base de diálogo de puños- por una de las esquinas de Cortilandia. O mejor dicho -padres del mundo, protestad- de ese remedo de la gloriosa Cortilandia, que empalidece de brillantez pasada frente al insulto del presente. Pero qué le vamos a hacer, muy mal tiene que estar la cosa para que El Corte Inglés escupa los demonios de la crisis en plena cara del engañado consumidor.
Y no obstante, qué duda cabe, que siempre hay un roto para un descosido. O mejor dicho, una sorpresa de magia oriental, que te atrae desde el sitio más insospechado. Todavía me pregunto, una semana después, qué diantres pretendía demostrar el Swami John Doe, en la puerta del Joy Slava,  la discoteca donde tradicionalmente los pijos del mundo brindan con champán, felizmente sumidos en su mundo de irrelevante estupidez. En fin, no sé qué pasaría realmente si Buda levantara la cabeza. Oh tú, flor en el loto....

Om Mani Padme Um