miércoles, 21 de octubre de 2015

Ruinas de la iglesia avulense de San Isidoro


En un principio, estaba bajo la advocación de un santo, cuyo nombre, peculiar donde los haya, Pelayo –pelasgo, pelagio-, ya debería de ponernos en antecedentes sobre la sacralización de lugares de culto anteriores, que había en esa parte de la capital avulense pegada al río Adaja, donde se encontraba su emplazamiento original. Parece que fue a partir del año 1062 –posiblemente aprovechando los cambios en los itinerarios originales del Camino de Santiago, y el amplio tráfico de peregrinos que recibía la capital leonesa y en concreto, la espléndida institución isidoriana, previamente allí establecida-, cuando pasó a denominarse, también, de San Isidoro. Más que una simple ermita –como parece que se consideró hasta su defenestración final-, parece que, a juzgar por los restos, debió de ser, en tiempos, un hermoso templo, bien conocido por los peregrinos que visitaban la capital e incluso también, en épocas posteriores, por aquellos otros que aprovechaban la escala para rendir culto a una de las más grandes místicas del Siglo de Oro español: Santa Teresa de Ávila o de Jesús. Precisamente aquélla imponente mujer que fue fundando conventos e instituciones por buena parte de la meseta castellana –incluida la histórica Pastrana, lugar de gran riqueza histórica, donde estuvo recluida la princesa de Éboli y en cuya iglesia de Santa María o de la Asunción todavía se conserva un busto-relicario de la Santa-, y que, como en el caso de la soriana Sor María Jesús de Ágreda –la Dama Azul-, su personalidad, carácter y experiencias fueron investigadas por la Santa Inquisición, que no terminó nunca de aceptarlas como las grandes figuras femeninas –posiblemente, ahí radique el problema- y adelantadas a su tiempo, que en realidad fueron.

Con la Desamortización de Mendizábal, la iglesia o ermita de San Isidoro, ya en ruinas, fue adquirida por un particular, de nombre Emilio Rotondo de Nicolau, al precio de dieciocho mil pesetas de la época. Sucedía esto, en el año 1884, fecha en la que, también por su cuenta y mediación, fueron trasladadas al Museo Arqueológico Nacional, en cuyo patio estuvieron hasta marzo de 1896, periodo en el que fueron cedidas al Ayuntamiento de Madrid, procediendo éste, a su vez, a trasladarlas a su actual emplazamiento, en el Parque del Buen Retiro.

Allí, en esa parte de éste emblemático enclave mágico madrileño, y más concretamente en la confluencia de la Avenida de Menéndez Pelayo y la calle de O'Donnell, las ruinas –una portada y parte del ábside o cabecera-, ofrecen un toque exclusivo de romántica nostalgia, dormidas, cuál princesa de cuento, en espera, quizás, de ese príncipe que las libere de la burocracia y las retorne un día a su lugar de origen, si bien, en el pasado, hubo algunos conatos que, por el momento, se podría decir que han quedado en agua de borrajas. O lo que es lo mismo: en puro y duro silencio administrativo.

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martes, 20 de octubre de 2015

Las Damas Negras de Madrid


'La gente que ama lo divino va con un agujero en el corazón, dentro del cual se encuentra el universo...'.
[Peter Kingsley]

Como todas aquellas que todavía se mantienen en los principales santuarios del Occidente cristiano, también éstas Nobles Damas, tan antiguas como el mundo, por muchas modificaciones que hayan sufrido a lo largo del tiempo y de la historia, recuerdan su ancestral soberanía y su invisible presencia. Y también lo hacen, mejor dicho, lo han hecho siempre, en éste Madritum o Magerit o Madrid, que en tiempos fuera, así mismo, un enclave salvaje, pero eminentemente sagrado. Un enclave fértil, propicio, misterioso, de umbríos bosques donde sus animales emblemáticos -aquéllos que habitaban con su Espíritu en lo más profundo de las cavernas, como el oso-, campaban a sus anchas, vivían y morían en su representación.

Hoy, simplemente, me apetecía recordarlas. Y puesto que este es un blog peregrino, creo que todo peregrino que pase por aquí, debería conocerlas.

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martes, 6 de octubre de 2015

La iglesia de los Santos Cosme y Damián, de Encío


También en las inmediaciones de Pancorbo y su desfiladero y no muy lejos, tampoco, del monasterio cisterciense del Espino, así como de ese antiguo Término, en la actualidad conocido como Santa Gadea del Cid, que acabamos de dejar atrás, una visión netamente romántica sorprende a peregrinos y viajeros, haciendo bueno el refrán de que cualquier tiempo pasado fue mejor: la iglesia románica de los Santos Cosme y Damián. Perteneciente a la localidad de Encío, aunque no obstante, alejada por completo de su casco urbano, su situación, solitaria en la cima de una colina y sobre todo, su lamentable estado de conservación -a pesar de que en el año 2005 se hizo una inversión en su restauración-, hacen de este glorioso vestigio del pasado, un lugar sin duda melancólico, cuya amenaza de ruina inminente pone los vellos de punta. Vista así, en la lejanía y anclada cual arca petrea al altozano, su planta trae a la memoria otros interesantes templos, afortunadamente mejor conservados, situados en comunidades vecinas, como podría ser, por parecido razonable, el templo segoviano de Santa María de Riaza. Y algo en común debió de tener, quizás con aquél, pues de similar estructura, como se ha dicho, es de suponer que también debió de mostrar una hermosa galería porticada, en aquellos felices tiempos en que mostraba toda su hermosura y esplendor. Obvia el detalle, de decir, que de ésta no queda el menor rastro. Sí queda rastro, sin embargo, de esos alegres colores cromáticos -en este caso, rojo- en las arquivoltas de su portada principal. Sobreviven, aún a duras penas, dos capiteles en ésta, de los cuatro, al menos, que presumiblemente tuvo que tener en sus orígenes. El de la derecha, representa un motivo foliáceo, mientras que el de la izquierda, bastante más atacado por la erosión y la insensibilidad humana, muestra un motivo antropomorfo. Sobrevive, aunque fatalmente deteriorado, un pequeño ventanal por debajo de la espadaña, habiendo desaparecido tanto las columnas como los capiteles, mostrando la parte superior del arco, un bello motivo ondulado. Lisos los canecillos de los laterales, todavía conserva algo de imaginería en los canecillosde un ábside que, en vista de las resquebrajaduras que muestra, posiblemente no resista mucho más los embistes del tiempo y el abandono. Los motivos de los canecillos del ábside, se dividen entre rostros humanos, rostros monstruosos en algún caso, vegetales en algún otro, como los capiteles, y la cabeza inequívoca de un zorro que mantiene un objeto indeterminado y de forma rectangular entre sus dientes. Cabe mencionar, por su curiosidad, el canecillo que muestra dos rostros unidos, quizás referencia al siempre interesante y simbólico tema de los gemelos -recordemos que los titulares de la iglesia son precisamente eso, santos gemelos-, o quizás, sea una alusión a la conocida deidad romana relacionada con los solsticios: Jano. Además, es de suponer, por los restos óseos que se advertían, la existencia, en tiempos, de un pequeño cementerio junto al ábside. Hay, así mismo, distribuidos algunos metros por debajo de la iglesia, restos de edificaciones, tal vez, algún antiguo hospital de peregrinos. Como colofón y entrando en el mundo de la especulación, es difícil resistirse a la tentación de preguntarse -dada la advocación a los santos gemelos, la dualidad, el aislamiento del lugar, la presencia por los alrededores de antiguos vestigios precristianos, o incluso la cercanía, así mismo, de un monasterio con la peculiaridad de su nombre, del Espino-, si esta romántica ruina, que en tiempos debió de ser un espléndido templo y refugio de peregrinos, no estuvo custodiado, allá en sus orígenes, siglos XII-XIII, por esos abnegados custodios del Camino, que fueron los caballeros templarios.

[Este recuerdo pertenece al año 2012. Es más que posible, que de no haberse tomado las medidas adecuadas, de este templo no queden ya nada más que escombros. Si esto fuera así, espero al menos haber contribuido a su recuerdo, presentándolo tal y como me lo encontré en la primavera, lluviosa a más no poder, por cierto, de dicho año].

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