lunes, 28 de diciembre de 2009

El Duende estuvo aquí: el Palacio de Viana

'Habitábamos en Gante, en el Ham, una casa grande y antigua, tan grande que yo estaba convencido de poder extraviarme en ella en el transcurso de mis desobedientes incursiones a los pisos superiores. Hoy existe aún; pero sobre ella pesan el silencio y el polvo del olvido, ya que no hay nadie que quiera habitarla con cariño...'.
[Jean Ray: 'La mano de Goetz von Berlichingen']

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miércoles, 23 de diciembre de 2009

El Duende y la Calleja de las Flores

'Érase de un marinero
que hizo un jardín junto al mar,
y se metió a jardinero.
Estaba el jardín en flor,
y el jardinero se fue
por esos mares de Dios..'.
[Antonio Machado: 'Parábolas']
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lunes, 21 de diciembre de 2009

La Torre de la Calahorra

'Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo'.
[Jorge Luis Borges: 'Ulrica']
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- En preparación


jueves, 17 de diciembre de 2009

El Duende, el Caballero Pelargonium y la Mezquita

'Si yo hubiera sabido lo que era esto, no hubiera permitido que se llegase a lo antiguo, porque facéis lo que hay en otras muchas partes y habéis desfecho lo que era único...'.
[Obispo fray Juan de Toledo]
Como no podía ser menos, mi persecución del Duende comenzó a tomar un cariz implacable la primera vez que visité la Mezquita. No obstante, mi llegada a Córdoba la noche anterior, me tenía aún anonadado, pues ya camino del hotel, pude presentir parte del sortilegio inmemorial que envolvía a ésta ciudad, protegida -según la leyenda- por el mismisimo arcángel Rafael. No en vano, fue uno de los pilares fundamentales de aquél esplendoroso Al-Andalus que sorprendiera al mundo con pensadores de la talla de Averroes; médicos como Maimónides o geniales físicos, como Al-Gafequi y desde 1236 en que fuera conquistada por las tropas cristianas del rey Fernando III el Santo, puntal, también, del denominado Camino Mozárabe de Santiago. Casualmente, el hotel donde me alojaba, llevaba el nombre del genial médico -Maimónides- y entre los ilustres huéspedes que habían pasado por él, estaba el misterioso caballero Pelargonium.
De éste, todo cuanto se pueda decir pertenece, única y exclusivamente, a ese universo, paralelo y envuelto siempre en las brumas inciertas de la leyenda, por el que desfilaron singulares personajes -como Cagliostro y el conde de Saint Germain- que burlaron incluso a la Historia. Al menos, según se rumorea. A mi modo de ver, Pelargonium, como aquéllos, y también como el Duende que ronda Córdoba, pertenece al mundo de la inmortalidad.
[En preparación]

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lunes, 14 de diciembre de 2009

Buscando el Duende de Córdoba



Lo soñé a primeros de diciembre, aprovechando ese incierto momento en el que las ovejitas, por alguna extraña razón que se me escapa, se negaban a salir del redil, haciendo imposible el recuento. Sin cascabeles que atrajeran a los ángeles del sueño, atisbé un momento por la ventana, observando a una coqueta Selene en inolvidable plenitud, completamente llena, satisfecha y dispuesta a seducir a cualquier soñador que se atreviera a posar sus ojos en ella. Sortilegio o no, créanme, me pareció percibir una sombra brujesca deslizándose sigilosamente en su escoba por encima del tejado del bloque de la casa de enfrente, un armatoste de viviendas de protección oficial, dicho sea de paso, de dos pisos y renta antigua, situadas en el punto de mira de especulativos proyectos urbanísticos paralizados momentáneamente por la crisis del ladrillo. No obstante, fue, sin duda, una visión frugal: como la cena, a la que he de mantener al margen de este asunto, de manera que si me apuran en buscar un reo al que inculpar -o humanamente hablando, cargar con el muerto- debería hacerlo, posiblemente, achacándole el delito a ese imaginario y enigmático cuerno de marfil, a través del que los antiguos griegos suponían que los Dioses mandaban a los humanos todo tipo de vivencias e ilusiones, con los que premiarles o castigarles en virtud de sus actos y merecimientos cotidianos.

En mi sueño, recuerdo que llegaba a casa poco más o menos que a la hora de comer. Era un día festivo del mes de octubre, en el que por alguna mediática razón que no acierto a comprender, salvo que recurra a la incertidumbre profética que vaticina un cambio climático terriblemente devastador, el otoño, disfrazado de veranillo de San Martín, se negaba a mostrar su faceta más exhibicionista y procaz, permitiendo que el sol nos engañara, haciéndonos pensar que estábamos inmersos en un estío apararentemente sin fin. A esas alturas de mes, como digo, en mi sueño observaba que las hojas de los árboles, aún a pesar de ir adquiriendo progresivamente los tonos dorados de las burbujas de cava, que parece que nacen y mueren con más ímpetu en Navidad, rechazaban el primigenio honor de hacer de alfombra para las aceras, aunque en los grandes parques de Madrid -como el del Capricho de la marquesa de Osuna- las ardillas, sin duda más cautas y previsoras que las indolentes cigarras, aprovechaban su agilidad para desplazarse a toda velocidad por las autopistas arbóreas, llevando alimentos a su despensa, previendo, es de suponer que por instinto, un largo y difícil invierno.

El teléfono móvil, pues, sonó aún antes de que tuviera tiempo siquiera de quitarme la chaqueta y según incierta costumbre, convertida en pésimo hábito adquirido después de mi gris e intranscendente periodo como soldadito español, la dejara caer como un fardo encima de la cama.

- Hola, Caminante, -dijo una voz familiar, que inmediatamente identifiqué como la de mi amigo Malvís.

Incluso soñando, no pude evitar pensar que cuando Malvís abandona la Fraga, la aventura pinta, cuando menos, en oros.

En efecto, asi era. Cuál tentador Mefistófeles, la voz segura, abogada y ligeramente aventada por ese impetuoso levante que suele cortejar, cuál enamorado trovador, a la coqueta Alcazaba almeriense, me hechizaba con proposiciones fantásticas, evocándome la antigua, incombustible magia de Al-Andalus. Creo que pronunció la palabra Córdoba; y no obstante, por alguna razón inexplicable que no conseguía comprender ni siquiera al despertar, en mi sueño se coló, sigilosa y enigmática como la Esfinge, la palabra Duende.

Curiosamente, también, recuerdo que desperté en el preciso momento en el que Malvís me abrazaba telefónicamente y colgaba a continuación la comunicación. Algún tiempo después, supongo que de una manera paracientífica, cuando no premonitoria, me encontré viajando hacia Córdoba en compañía del Maestro Alkaest y la Señá Polvorilla, aunque bien es cierto, que en mi mente sólo anhelaba una cosa: encontrarme cara a cara con su Duende.

Si lo encontré o no, habréis de juzgarlo vosotros mismos en el futuro.


martes, 1 de diciembre de 2009

Lugares Mágicos de Madrid: la enigmática tumba piramidal de Fray Arsenio



'Sólo recordamos aquello que nunca sucedió...'
[Carlos Ruiz Zafón]

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sábado, 28 de noviembre de 2009

Lugares Mágicos de Madrid: el Templo de Debod


Longevo, no en vano tengo una edad aproximada de 2200 años, he de reconocer que poca o ninguna sorpresa, para ser precisos, me produce ya la estúpida frivolidad humana. Creo, y correjidme si me equivoco, que por mucho agradecimiento que pueda haber entre dos países, no deja de ser un auténtico sacrilegio y una aberrante insensatez, regalar un templo. Tal vez hubiera sido mejor descansar en ese lecho de limo y agua, al que estaba destinado, cuando se construyó la presa de Asuán.

En efecto, allí nací, en el sur de mi Egipto amado, cerca de donde el Nilo corta al Tropico de Cáncer, recibiendo el amparo de los benéficos rayos de Ra, mi adorado dios del Sol, en un pequeño oasis, protegido por las doradas, ondulantes y ardientes dunas del desierto. A Amón y a Isis me consagraron, y en el ínterin de los siglos, mi sagrada estructura fue visitada, entre otros y por diversas razones, por egipcios, nubios, nómadas y romanos. Incluso me visitó, aunque dejara breves reseñas, ese al que os referís como el padre de los jeroglíficos, Jean-François Champollion. Desde luego, eran otros tiempos...

Cuando me desmontaron, mis piedras fueron despositadas en la isla de Elefantina. Posteriormente, me trasladaron al puerto de Alejandría, en cuyas aguas, los submarinistas al mando del arquéologo Frank Goddio continúan buscando los restos del Faro, aquél que en su momento constituyera, con toda justicias, una de las grandes maravillas del Mundo Antiguo. Fue precisamente en Alejandría, donde me embarcaron en la oscura bodega de un buque de carga, llegando al puerto de Valencia a finales de los años sesenta, en un periodo convulso en las relaciones entre España y Gran Bretaña. El motivo, aparte de una rivalidad ancestral que se remonta a los tiempos de Felipe II, el Peñón de Gibraltar. Y es que, ¡resulta tan difícil recuperar aquello que se ha perdido por la insensatez de la guerra!.
Sin demasiado fasto, me colocaron en el lugar en el que me contempláis ahora, muy cerca de la Plaza de España, en lo que antaño fuera el Cuartel de la Montaña. Fui oficialmente inaugurado -¡qué palabra más soez, para referirse a la apertura pública de un templo inmemorial!- el día 20 de julio de 1972, aunque me declararon Bien de Interés Cultural hace poco más de un año, en abril de 2008, dado mi pésimo estado de salud.

Languidezco, pues, en una ciudad que, aunque reconozco la admiración de muchos de sus habitantes, su clima, después de todo, me afecta y me hace estremecer. A veces, cuando la luna se refleja e las tranquilas aguas del estanque, sueño con las antiguas ceremonias -los sacerdotes y sacerdotisas purificándose en el uabet, el pasillo central por el que ahora entra todo el mundo como si nada- mientras se dirigen, entonando cánticos, hacia el mammisi, el lugar más sagrado, donde se produce el renacimiento de la Diosa.

Es evidente que el tiempo pasa; que los imperios, sean estos más grandes o más pequeños, nacen, se desarrollan, envejecen y mueren; que la luna, el sol e incluso las estrellas resultan muy diferentes, dependiendo del lugar desde el que se miren. Pero si algo han aprendido por encima de cualquier otra consideración, éstas, mis ahora tristes y enfermas piedras, es que sólo una permanece para siempre inalterable: el amor.

En el fondo, no dejo de ser cómplice, al fin y al cabo, de éste, pues si bien durante el día recibo a numerosos visitantes, es no obstante, por la noche, cuando al amparo de mi hermética mole, vuelvo a escuchar los viejos susurros, los promesas y los inmortales proyectos de amor.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Lugares Mágicos de Madrid: la estatua del Ángel Caído

'Quomodo cecidisti de caelo, lucifer, fili aurorae?'.

'¡Cómo has cáído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora!'

[Isaías, cap.14, ver. 12-14]


No dejo de ser una estatua, y sin embargo, ¡cuántos misterios conservo!. No os extrañéis, ni penséis que, cuál representación abominable de la Rebelión, lo que os voy a decir son simplemente falacias. Así lo quiso mi padre, de nombre Ricardo Bellver y de profesión, en apariencia, escultor.

Lejos de ver en mí esa bestia abyecta de un Génesis demasiado complicado para ser siquiera intuído -cuando menos comprendido- por vuestras limitadas mentalidades humanas, pensad en mí como en un espíritu libre y mitológico que volvió a nacer en 1877, en una época en la que todavía algunas cosas no se hacían porque sí, y hasta donde una, en apariencia, inocente estatua, ocultaba detalles evidentemente ajenos a la casualidad.

No aludáis al adjetivo de la vanidad para calificarme, si os digo que Bellver, gracias a mi, obtuvo, un año después de mi renacimiento, la primera medalla en la Exposición de Bellas Artes, aunque curiosamente, fuera concebido algunos años antes -en 1874- en esa ciudad eminentemente papista, conformada por la lectura al revés de la simplista palabra amoR. Tampoco penséis que me olvido de mi ilustre padrino, el duque Fernán Núñez, cuyo interés y generosidad hizo posible éste, mi nuevo renacer. He de reconocer, así mismo, que no todo fueron pétalos de rosa durante mis primeros pasos -hubiera sido un indigno desperdicio, ¡válgame la serpiente!, más típico de la guillotinada realeza francesa- pero, en general, el pueblo de Madrid me acogió con un interés ciertamente extraordinario. Supongo que por este motivo, el Museo del Prado, decidió donarme a este pueblo, e instalarme en el monumental Parque del Retiro. Por tanto, aunque mi gestación se realizara en Roma, mis raíces, como podéis comprobar, son bien castizas, como esos callos y ese cocido, que tan merecida fama tienen.

Mi puerta, o la Puerta del Ángel Caído, si preferís, está situada justo enfrente de una cuesta mágica que lleva el nombre de Claudio Moyano, donde acuden a diario todos aquellos soñadores que aún mantienen la fe en la quimera de los sueños y del conocimiento. Por supuesto, sería injusto que mi padrino no gozara, también, de algún privilegio; de manera que, si accedéis por aquí, necesariamente tendréis que pasar por el paseo que lleva su nombre para llegar al lugar donde me ubico, que no es otro, que el que ocupaba la Fábrica de Porcelanas Chinas, destruída en 1813, durante los avatares de la Guerra de la Independencia.

Y ahora, llegados a ésta ínsula literaria, pregunto: ¿os parece casualidad, acaso, de que mi ubicación, precisamente se encuentre situada a 666 metros de altitud sobre el nivel del mar?. Sí, en efecto. El número del Anticristo o de la Bestia, según el Apocalipsis de San Juan. ¿No me creéis?. Dejadme añadir, entonces, que cualquiera puede comprobarlo, pues así aparece registrado en Gerencia de Urbanismo.

Por otra parte, acusadme, si queréis, de vanidad, pero no permitidme manifestar todo mi orgullo, pues puedo decir muy alto que soy la única estatua en el mundo dedicada a la figura del Demonio.


domingo, 22 de noviembre de 2009

Lugares Mágicos de Madrid: la Cuesta de Mollano




'Este lugar es un misterio. Un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. En este lugar los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar a las manos de un nuevo lector, un nuevo espíritu...'.

[Carlos Ruiz Zafón: 'El juego del ángel']


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viernes, 13 de noviembre de 2009

Caprichos de Madrid


Lejos de los Caprichos de Goya, y también de la Leyenda Negra iniciada en tiempos de Felipe II, he aquí unos auténticos Caprichos que, no sin avatares, han sobrevivido a los deseos de privacidad de una duquesa; al tiempo, y sobre todo, a la barbarie de los hombres.

No se precisan más comentarios. Aunque en pequeña parte y de corta duración, han sido reunidos con el único fin de liberar algo del estrés que una ciudad como Madrid puede llegar a generar.

Y de paso, ¿no creéis que de vez en cuando nos podemos dar el Capricho de Soñar?.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Cuento de Otoño 2: Enigmas, Búnkeres y Laberintos


{Él vídeo, y sobre todo el Laberinto que se muestra, se lo dedicó a una persona entrañable: a mi amigo Edouard. La narrativa, cuando los avatares del tiempo y la impaciencia sosieguen mis ideas, estará dedicada a todos mis amigos. Hasta entonces, un fuerte abrazo}



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domingo, 1 de noviembre de 2009

Cuento de Otoño



Hubo un gran físico de origen judío, aunque alemán por derecho de nacimiento y de nacionalidad suiza por circunstancias, que afirmó una vez que la verdad está en la belleza misteriosa. La memoria, frágil en algunas ocasiones; irresoluta y maliciosa, en otras, resulta, sin embargo, una auténtica pendenciera cuando llega a sentirse amenazada por el olvido. Al cabo de los años -más de los que me gustaría confesar, pues la vanidad también es una cualidad humana- poco podía imaginar que cierto lugar, que conocí siendo apenas un adolescente, pudiera abandonar su particular estado de desolación, ruina y asesinato cultural, para recobrar, en la actualidad, parte de esa verdad, asociada, sin duda, a la clase de belleza misteriosa a la que hacía referencia Albert Eintein.
El lugar en cuestión, por cierto, responde al nombre de Capricho, y alude, con inequívoca veracidad, a los deseos trascendenes de la persona que lo mandó construir, en esa etapa de finales del siglo XVIII, donde Ocultismo y nobleza comenzaban a tontear: Doña María Josefa Alonso Pimentel, para más señas, duquesa de Osuna.
Los duques de Osuna, si hemos de hacer caso a esa dama de partidista cinismo que a veces es la Historia, eran los nobles más ricos y considerados de la época, cuando, allá por los idus de marzo de 1783 -similares a los que se llevaron a Julio César acribillado a puñaladas en los escalones del Senatus romano- compraron una casa de recreo con huertas y frutales, situada en la villa de Alameda.
La villa de Alameda -como muchos otros lugares que aún conservaban cierto carisma de aquél milenario Madritum que nos legó, entre otras cosas, dos preciosas vírgenes negras, la de Atocha y la de la Almudena- es, en la actualidad, apenas un recuerdo, engullida irremisiblemente por el parto ú producción contra el orden regular de la naturaleza en que se ha convertido Madrid. Al menos, es así como Ferrer Lerín recoge en su Bestiario una definición de Monstruo, cuyos antecedentes se remontan a un diccionario de 1734. Como a un enorme Monstruo lo veo yo todas las mañanas, cuando acudo puntualmente a cumplir mis obligaciones con ese mal necesario denominado trabajo y aguanto los embites de unas transaminasas monstruosa, ruidosamente aceleradas, que colapsan esa abominación con forma de hígado, que en su día algún fan de Isaac Asimov denominó M40.

domingo, 4 de octubre de 2009

Caminos de Peregrino

El fascinante camino jaqués


Hospes fuiet collegistis me
(Fui huésped y me recibísteis)
Si no en su totalidad, al menos sí en parte, no deja de ser una auténtica experiencia recorrer algunos de los lugares más emblemáticos que forman parte de esta ruta jacobea, que se desarrolla entre Aragón y Navarra. Una ruta en la que el peregrino, sin duda dejándose influir por la magia de los caminos montañeses, alcanza lugares de antiquísima, añeja tradición, en cuyas etapas irá descubriendo retazos de una enseñanza trascendente, cuando no universal, hasta alcanzar su destino final en Compostela.

Seguramente, después de pasar por Jaca, se deje caer por el pueblecito de Santa Cruz de la Serós donde, una vez efectuada la correspondiente visita a la ermita de San Caprasio -humilde, solitaria y de reminiscencias mudéjares- se detenga unos minutos en el pórtico de esa maravillosa obra de arte románica, que es la iglesia que sobrevive a lo que en tiempos constituyera un importante cenobio femenino: Santa María.

Allí leerá atentamente la inscripción que se recoge en el crismón -Yo soy la Puerta fácil, entrad en mi, fieles. Yo soy la Fuente de la Vida, tened sed de mi más que de vinos, todos los que entréis en este templo bienaventurado de la Virgen- y después de orar y meditar, se encaminará despacio hacia la carretera que, aproxidamente media docena de kilómetros más allá, le llevará directamente hasta un lugar místico y mágico, construído al abrigo de la roca: el monasterio de San Juan de la Peña.

En la capilla de la iglesia, antes de visitar el claustro y dejarse llevar por el mensaje de sus capiteles, se arrodillará frente a esa reproducción del Grial, recordando, emocionado, que se encuentra en el que sea, probablemente, uno de los lugares más santos que han pisado sus pies.

Una vez en tierras navarras, no dejará de visitar, bajo ningún concepto, el monasterio de Santa María de Leyre. Antes de acceder a su sagrado recinto y atravesar el pórtico de su Puerta Especiosa, apreciará la inconmensurable belleza del entorno que le rodea; el paisaje shambhálico del atardecer, con sus cielos mostrando una espectacular gama cromática de violetas y rosados que le recordarán los atardeceres de otro mundo; quizás ese otro mundo en el que durmió su sueño el abad Virila o aquellos otros paisajes del Asia Central, donde Nicolás Roerich oyó a los lamas hablar del Rey del Mundo.

Antes de llegar a Puente la Reina, se desviará de la ruta, por ser de obligada visita, y encaminará sus pasos hacia la ermita de Santa María de Eunate, que algunos creen fue de templarios y otros de una cofradía de sepulcristas, y dará las tres vueltas de rigor alrededor de su planta octogonal, deteniéndose algún tiempo a meditar debajo de la estrella de ocho puntas de su bóveda.

En Puente la Reina, etapa obligada, es de rigor y cortesía la visita a la iglesia del Crucifijo, donde el Cristo crucificado sobre un madero con forma de pata de oca le dejará, aparte de maravillado, singularmente intrigado. Conocerá, seguro, la historia que cuenta que fue donado por unos peregrinos alemanes, en agradecimiento a las atenciones recibidas.

Siguiendo la Calle Mayor, y antes de llegar al famoso y emblemático Puente de los Peregrinos -que en su momento cruzará con entusiasmo- se detendrá, también, en la iglesia de Santiago. Allí, aparte de la figura de Santiago Peregrino, se encontrará con una imagen blanca de la Virgen de Soterraña, que le hará recordar la talla original, negra, que se conserva en el monasterio-convento que lleva su nombre, ubicado en la población segoviana de Santa María la Real de Nieva.

Sin duda, se sentirá decepcionado en Estella, al encontrarse la espectacular iglesia de San Pedro de la Rúa en obras y totalmente cubierta de andamios. Pero allí, una vez repuestas las fuerzas con una jugosa comida, podrá resarcirse en el cercano monasterio de Irache, e incluso tendrá ocasión de saborear un agradable y excelente trago de vino de la Fuente del Peregrino, con el que afrontar la última etapa del camino mostrado en el presente vídeo, que termina en la población de Torres del Río.


Sus Griálicas Merindades

Si hay una región en la que con mayor persistencia han sobrevivido numerosos mitos y referencias al Santo Grial, es, sin duda, la zona norte de Burgos, las denominadas Merindades.

Lugares como San Lorenzo de Vallejo, Santa María de Siones, San Pantaleón de Losa, La Cerca o San Pedro de Tejada, entre otros, fueron en el pasado y continúan siendo en el presente, paso obligado de peregrinos, bien procedentes de los puertos cántabros de Santoña o Castro Urdiales, bien procedentes de la árida meseta castellana.

Parte de la culpa de esta fama griálica, la tienen los canteros medievales; precisamente aquéllos que, en Santa María de Siones, dejaron crípticos mensajes en sus capiteles, seguramente sin sospechar que en el futuro, otros hombres interpretarían acertada o equivocadamente tales mensajes.

Camino de Reconquista

No deja de ser peculiar, que en estos caminos del Norte, siempre se tiene la sensación de que cualquier cosa es posible. Montañas, bosques frondosos, nieblas eternas, fuentes y ríos reciben al peregrino cargadas con la idiosincracia de tradiciones de milenaria arraigambre entre las gentes del lugar. No es de extrañar, pues, que con tales paradigmas, el peregrino que recorre esos caminos presienta, con ciertos visos de realidad, la presencia de toda clase de mitos, de claves y de seres fantásticos que, si bien ocultos en apariencia, se muestran con mayor o menor esplendor en las frías superficies, por ejemplo, de las piedras labradas que decoran sus templos más emblemáticos.

Templos que conjugan diferentes periodos históricos y artísticos, fieles a determinadas creencias y tradiciones, pero que, por otra parte, coinciden en cuanto a la conciencia sagrada del lugar, elevándose muchos de ellos en sitios que otros hombres, otras civilizaciones anteriores ya habían sacralizado miles de años antes.

Apolo, Marte, Júpiter, Molock, Beltane, Cernunnos...restos de esa múltiple conciencia divina, universalizada posteriormente en el concepto unitario de Dios, ya preconizado en algunas grandes culturas de la Antigüedad, como la egipcia. Celtas, griegos, romanos, cartagineses, fenicios, visigodos, judíos, árabes...pueblos todos que hollaron estos parajes, dejando numerosas huellas de su presencia.

Por eso, al peregrino no le extraña encontrarse con una estrella de David -también conocida como Sello de Salomón- en templos cristianos como el de Santa María de la Oliva, en Villaviciosa, e incluso creer entrever parte de la clave de su presencia cuando, echando un vistazo más atento, descubra numerosas cruces patadas.

Dos kilómetros más allá de Villaviciosa, en la pequeña población de Amandi, la formidable iglesia de San Juan, tampoco le dejará indiferente, e incluso creerá entrever huellas de esos frates-milites instalados a lo largo y ancho del Camino, en una pequeña pila bautismal situada en los capiteles de la derecha del pórtico principal e incluso en algún canecillo del ábside.

En su caminar hacia el conventín -San Salvador de Valdedios- no dejará pasar la oportunidad de recalar en Lugás -Llugás, como gustan decir los asturianos- y rendir homenaje a Santa María, en la iglesia que lleva su nombre.

jueves, 1 de octubre de 2009

Una curiosidad de las Merindades: la fuente de Villarcayo

Mi conocimiento de Villarcayo, segunda capital en importancia de las Merindades, bien se puede decir que se produjo de una manera netamente nocturna y por supuesto, con alevosía. Recuerdo que, cuál vampiros, recalábamos en Villarcayo cuando la luna comenzaba a desesperezarse, intentando quitarse los legañas. En las noches que la contemplé, creo que no lo consiguió del todo, de manera que a veces supuse que alguna bruja no había hecho su trabajo, ayudándola con la escoba.
Como los vampiros, decía, nos acercábamos a Villarcayo con el estómago aullando y las manos deseando sostener una carta que los ojos leían, posiblemente con la misma avidez con la que un ratón se lanzaría sobre el pedazo de queso. Siempre parábamos en el mismo sitio, un bar restaurante cercano al Ayuntamiento. Y al hacerlo, por supuesto, no dejábamos de pasar por esta curiosa fuente que, a diferencia de la mayoría de fuentes que conozco, los chorros de agua se dirigen de fuera a adentro. Un curioso efecto que, a esas horas en las que Selene rumbea con los sortilegios, no deja de llamar poderosamente la atención.
La fuente, de la que ignoro por completo su historia, tiene su encanto y por supuesto su misterio. Sean las gotas imperceptibles de agua, o los duendes, que tienen la costumbre también de salir de noche a cachondearse de los poetas, no hay foto en la que no aparezcan esos curiosos ovnis que, a falta de nombre mejor se denominan orbes y de los que, curiosamente, se podría escribir mucho sin saber exactamente de lo que estamos hablando.
Otra particularidad que tiene la fuente en cuestión -y si no, que se lo pregunten al bueno del amigo Fende- es que tiene los chorrillos regulados; de tal manera, que a cierta hora de la noche se corta el grifo sin avisar, y algún fotógrafo tardío se queda tal cuál: tardíamente frustrado.
Otros, aprovechan para refrescarse un poco la coronilla -puntos canteriales incluidos- con la disculpa del posado de pareja, y hasta se puede escuchar la voz cizañera de algún que otro Malvís -para el profano, añadiré que un Malvís se recoge en los bestiarios medievales como un mito románico, semejante a la terrible quimera- apelando a la santa Quiteria.
No lejos de la fuente, está la estatua del poeta solitario y cabizbajo, siempre mirando al suelo que, bien mirado, a veces recuerda a un servidor y podría ser la explicación para que todos los demás vieran alguna de las dichosas Perseidas, mientras yo me quedaba con el marcador ocular a cero.
Es lo bueno que tienen los viajes compartidos, que, después de todo, las anécdotas y experiencias se multiplican.
De todas maneras, juro que no tiré ninguna moneda al agua de la fuente, ni pedi ningún deseo. Pero eso sólo fue, simplemente por olvido.

martes, 22 de septiembre de 2009

lunes, 21 de septiembre de 2009

Monasterio de Santa Clara: Museo de Arte Sacro


Se trata de uno de los edificios más antiguos de Medina de Pomar, remontándose su fundación al año 1313, siendo don Sancho Sánchez de Velasco Adelantado Mayor de Castilla bajo el reinado del rey Felipe IV, quien lo cediera a una comunidad de religiosas clarisas. Declarado monumento de Interés Cultural, el monasterio, que en la actualidad alberga un interesantisimo Museo de Arte Sacro, muestra en su estructura diferentes estilos artisticos, como el gótico, el renacentista y el barroco.
Entre las formidables piezas de la colección, caben destacar, por su alto nivel historico y artistico, las siguientes:

- El Cristo románico-gótico.

- El Cristo yacente, espectacular talla atribuída al artista Gregorio Fernández, el Divino que fue expuesta en pasadas ediciones de las Edades del Hombre.

- La denominada Cruz de Lepanto, que participó en la famosa batalla librada contra los turcos.

- El denominado Relicario de los Siete Círculo, una extraña y curiosa obra, probablemente realizada por el famoso platero Oquendo.

- Una talla de la Escuela Flamenca.

- Un cuadro de Hendrick de Clerk (1570-1630).

- La espectacular talla gótica de una curiosa Madonna: la Virgen de la Flor.

Contiguas al convento, se localizan las ruinas del Hospital de la Vera Cruz, fundado en 1438 por don Pedro Fernández de Velasco, Conde de Haro, siendo uno de los edificios más señoriale de su época, actualmente en estado de consolidación para facilitar el acceso a las visitas.

viernes, 11 de septiembre de 2009

martes, 8 de septiembre de 2009

Ríos de las Merindades: el Trueba a su paso por Medina de Pomar

El Trueba, uno de los pocos ríos donde todavía se pueden ver ejemplares de cangrejos autóctonos, que la fortuna quiso que escapasen del genocidio promovido hace muchos años por ICONA, cuando introdujo el voraz cangrejo americano en los ríos españoles.
A su paso por Medina de Pomar, la multitud de bichitos conocidos como pulgas de agua que se ven evolucionando graciosamente en la superficie, son un claro indicativo -según se dice- de la calidad del agua.
Pero no quiero hablar de la calidad de las aguas; ni de los fantásticos meandros que el Trueba forma a su paso por ésta importante capital merindense, que recuerdan -comparativamente hablando- a esas dunas misteriosas de los desiertos de Arabia donde las tradiciones de los tuareg sitúan el lugar de residencia de los djinns, los genios de las arenas. Ni tan siquiera pretendo hablar de los cangrejos, sean o no autóctonos. Ni de las pulgas de agua, que me traen a la memoria aquéllas otras que conocí en las cristalinas aguas de los ríos asturianos, en cuyas riberas pasé inolvidables momentos en la niñez. No. En ésta ocasión -y creo que nunca es tarde, si la dicha es buena- quiero hablar de la fascinación que ejerce el agua sobre las personas. ¿Y qué mejor persona, como tuve ocasión de comprobar, que el amigo Pedro?.
Porque Pedro, aparte de ser un amigo, como he dicho, es también una persona fascinante. Una persona que aún conserva -¿cómo lo diría?- intacto ese envidiable poder de fascinación que, en mi opinión, puede caracterizar tanto a un niño como a un espíritu inquieto. ¿O sería mejor, definirlo como poseedor de ese poder de ensoñación que describiera Carlos Castaneda, en un intento por acercar esas oscuras tradiciones chamánicas al racionalismo occidental?. No sé, pero creo que en realidad, en Pedro se da la curiosa circunstancia de ser uno de esos felices adultos que han tenido la fortuna de conservar la esencia de los tres; es decir, la curiosidad, unida a la inquietud de espíritu, elevada a la ensoñación.
Dada su fascinación por todo lo relativo a la humedad, al agua, cualquiera diría que en Pedro se basaron las leyendas relativas al hombre-pez de Liérganes, en la lejana Cantabria; o que en él basó Jean-Jacques Annaud a su personaje protagonista de 'El Gran Azul'. Y es que Pedro, es escuchar la caída de una gota de agua y saltar como un resorte. Después de todo, y habiendo compartido tan buenos momentos en las Merindades, he pensado que sería injusto subir un vídeo de uno de los principales ríos por los que anduvimos, y no dedicárselo a él.
A fin de cuentas, observándole, uno no deja de preguntarse: ¿y si fue Ulises en una vida pasada, y donde hay agua, siente inevitablemente, la llamada de las sirenas ?.
Como dirían en los ruedos: ¡va por ti, Maestro!.


viernes, 4 de septiembre de 2009

Una joya de las Merindades: Puentedey

Puentedey, conocido desde antiguo como Puente de Dios. Y debe de ser cierto, a juzgar por su inconmensurable belleza, que una mano divina moldeó, hace miles, millones de años ese puente natural sobre el que se asienta.
Situado sobre el cauce del río Nela, como uno de los principales municipios pertenecientes a la Merindad de Valdeporres, multitud de fósiles son carta de presentación más que suficiente, para sugerir una historia cuyos pormenores se pierden en los abismos insondables del tiempo.
Menos insondables, desde luego, pero arcanos en su estilo son, sin duda, los orígenes de su iglesia de San Pelayo, en la que destaca la imaginería, tosca pero genuinamente descriptiva del tímpano románico de su portada, en la que se representa a un guerrero enfrentándose con su espada a una descomunal serpiente. Dicho de otro modo, y bajo mi punto de vista, una representación temprana que alude al tradicional enfrentamiento del Bien y del Mal; el arcángel San Miguel doblegando al Diablo, o San Jorge combatiendo al Dragón, mitificación de las virtudes del ideal caballeresco durante la Edad Media.


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domingo, 30 de agosto de 2009

sábado, 22 de agosto de 2009

Don Benardino: el Último Custodio

'Lo importante no es conocer todas las respuestas, sino conocer y comprender bien las preguntas'
[Rafael Alarcón Herrera]

Decía el escritor norteamericano Ambrose Bierce, que la letra a es la primera letra de todo alfabeto construido como es debido. Dejando toda ironía al margen, no puedo por menos que comenzar como es debido ésta pequeña crónica, haciéndolo precisamente con ésta letra, la a, precursora de la palabra agradecimiento, con la cuál pretendo honrar la figura de un párroco, cuya extraordinaria disposición y amabilidad, me impactaron profundamente durante mi visita a las Merindades burgalesas: Don Bernardino.

Debo no obstante, aclarar, antes de proseguir, que mi acceso a ésta notable persona, a este celoso Custodio de varios de los templos más emblemáticos de la Merindad del Valle de Mena –como Santa María de Siones, San Lorenzo de Vallejo o San Pedro Apóstol, de El Vigo- no hubiera sido posible sin la planificación de otra persona, a la que me honro en considerar amiga y cuya experiencia, sabiduría y buenos consejos, son siempre un referente a seguir: Manuel Gila.

Ahora sí; considerando que he comenzado la crónica como debía y como seguramente le hubiera gustado al señor Bierce, continuaré diciendo que pasaban, y mucho, de las tres de la tarde, cuando terminamos de comer opíparamente en el restaurante de la gasolinera del pueblo de Bercedo. Referente a ello, creo que no estaría de más añadir, por si a alguien le interesa el dato, que uno de los inconvenientes con los que generalmente se enfrenta el viajero, es encontrar un lugar en el que comer bien por un precio justo. Como dirían en Galicia, refiriéndose a las bruxas, estos lugares habélos haylos, sólo hace falta dejarse llevar por el olfato y probar suerte en aquellos sitios donde la afluencia de camiones resulta más que notable.

De manera que, con el estómago lleno, ufanos y pletóricos de fuerzas para continuar nuestro periplo románico, comenzado a primeras horas de la mañana, con nuestra visita a Escanduso, Escaño y Puentedey –en ésta última población, Rafael Alarcón Herrera me hizo el honor de firmarme un ejemplar de su excelente libro ‘A la sombra de los templarios’- rondaban las cuatro de la tarde, cuando llegamos a Vallejo de Mena. Junto al ábside de la iglesia de San Lorenzo, nos esperaba una figura vestida con traje negro, aspecto fornido, frente despejada y pelo de un color níveo semejante a esas nieblas que se veían cubriendo las cimas de los montes de alrededor, a las que dotaban, dicho sea de paso, de un aspecto cuando menos misterioso. Reafirmándome desde el punto de vista de que uno nunca termina de imaginarse realmente a una persona que no conoce, don Bernardino estaba a punto de dejar de ser un misterio.

Recuerdo, con especial emotividad, el fraternal abrazo entre él y Manuel Gila, detalle éste que me hizo recordar esa creencia que he tenido siempre a la hora de considerar el abrazo como algo muy especial. Por eso, cuando se da o cuando se envía, hemos de creer que estamos diciendo a la persona en cuestión, que es especial y también que valoramos su amistad por encima de todo.
Reconozco, pues, que aún antes de conocerle, don Bernardino ya me caía simpático. He de reconocer, también, que apenas hice caso de los comentarios de Manuel Gila durante el viaje, cuando me hablaba del interés de éste por los templarios. Me parecía algo tan inusual, tan atípico en un sacerdote –no olvidemos que, rehabilitados o no, en referencia al documento de absolución sacado no hace mucho a la luz por el Vaticano, la Historia los sigue juzgando como herejes- que durante un tiempo me sentí como santo Tomás, el apóstol descreído, aquél que necesitaba ver para creer. Y vi, ya lo creo que vi. Vi detalles que me llegaron al alma y que nunca olvidaré.
Aconteció poco después de la presentación y de que don Bernardino, a instancias de Manuel Gila, nos fuera estrechando la mano a todos. Como hicieron los antiguos pioneros en las inmensas praderas del lejano oeste americano, nos fuimos desperdigando por el interior de una iglesia cuya construcción, a caballo entre los siglos XII y XIII y por las razones que fueran, no llegó a catedral, como estaba previsto, además de que, en mi caso, constituía un territorio totalmente nuevo que explorar y descubrir. Me encontraba, pues, con tantas maravillas, con tantas cosas desconocidas frente al objetivo de mi modesta cámara de fotos, que –créase o no- no sabía por dónde comenzar a inmortalizar detalles que pudieran servir de certera referencia para la presente crónica.

Creo que fue en ese momento, más o menos, cuando Manuel Gila nos reunió a Rafael Alarcón y a mi, señalándonos a don Bernardino como especialistas en el Temple. En honor a la verdad –y que nadie lo considere como falsa modestia, sino, más bien como justa objetividad de una persona que aceptará gustosamente laureles el día que realmente se los merezca- tal calificativo le venía como un guante a Rafael, no a mi que, sin embargo, y por más que me pese, sólo puedo aspirar de momento a considerarme como un simple aficionado. De manera Manuel que, aunque agradezco y me enorgullece el detalle, suum cuique, estimado amigo, a cada uno lo suyo.

Créase o no, don Bernardino aparecía radiante por aquél entonces, entusiasmado, comentando temas y detalles con unos y otros, mientras en su sonrisa octogenaria se adivinaba la sonrisa de inocencia de ese niño que a todos nos acompaña y que suele manifestarse, inesperada, espontáneamente, en un determinado momento de felicidad. Y es que don Bernardino estaba feliz. Sí, feliz y orgulloso de poder mostrar unos templos bajo su responsabilidad cuya importancia -además de la derivada de estar situados en el Camino de las Estrellas- radicaba, también, tanto en su belleza, como en los numerosos enigmas históricos que aguardaban pacientemente a través de los siglos.

Recuerdo, con especial emoción, las veces que don Bernardino se me acercó para preguntarme si ésta o aquélla cruz, eran templarias. Una, en particular, era aquella que lucía en el escudo un guerrero esculpido en un capitel situado, aproximadamente, a la altura del coro:
- ¿No crees que puede tratarse de una tau?, -me preguntó en una de las ocasiones.

Desde luego, desde nuestra posición en el suelo de la nave, bien pudiera parecerlo. Pero don Bernardino me desconcertó a continuación, cuando añadió:
-Porque la tau era otra de las cruces que utilizaban los templarios, ¿no?.
-Efectivamente –contesté-, aunque era más propia de los antonianos, una poco conocida agrupación religiosa creada por San Antón, un santo, en mi opinión, tan enigmático como San Roque e incluso, si me apuran, como el mismo Apóstol Santiago.
Pero, por desgracia, no se trataba de ninguna tau. Un vistazo de cerca, realizado desde el coro, reveló que se trataba de una cruz latina, una cruz normal y corriente que se extendía a todo lo largo y ancho del escudo del guerrero.
No obstante, lo mejor estaba todavía por llegar: Santa María de Siones. Y aquí es donde entra nuestra querida Baruk. Mejor dicho, nuestra querida Laura Alberich, artista e infatigable estudiosa del románico que, junto con Manuel Gila, iban a hacerle partícipe a don Bernardino de un descubrimiento, en mi opinión, revolucionario que, no me cabe duda alguna, dará mucho que hablar y posiblemente genere más de una polémica: el posible error histórico del nombre Siones.
Decir que don Bernardino estaba con la mosca detrás de la oreja, sería faltar a la verdad; o al menos, contar una verdad a medias. Ya se había encargado Manuel Gila de hacerle un jugoso anticipo antes de emprender viaje. Pero de lo que sí estoy completamente seguro, es de que nuestro buen párroco, nuestro insustituible custodio, no se esperaba la sorpresa que le tenían reservada.

Situada, aproximadamente, a un kilómetro y medio –a lo sumo, dos kilómetros- de Vallejo de Mena, la pequeña población merindense de Siones guarda la que, en mi opinión –y dándola, me gustaría constatar que no pretendo, en absoluto, desmerecer- es la joya indiscutible de este imaginario triángulo románico situado en el Valle de Mena: la iglesia de Santa María.
A diferencia de la iglesia de San Lorenzo, aunque de proporciones menores, los cimientos de la iglesia de Santa María de Siones, hunden sus raíces en un pequeño prado que, salvando el detalle de encontrarse situado al pie de la carretera, resultaría magnífico si no se viera afectado por los postes del tendido eléctrico. Evidentemente, nada es perfecto, y aún así, resulta un detalle insignificante, si tenemos en cuenta que –como dice esa publicidad que posiblemente conozcamos todos- la primera impresión es la que cuenta.
En efecto, románicamente coqueta, perfecta en línea, medida y dimensión, la iglesia de Santa María es un arca receptora de multitud de mensajes; una pequeña enciclopedia pétrea, cuyos labrados capítulos encienden la imaginación del observador hasta niveles insospechados. Don Bernardino lo sabe. Y como Custodio, su dedicación, estoy seguro, compagina a la perfección sus deseos de preservación con aquellos otros -posiblemente mucho más humanos- de llegar a comprender algún día el verdadero mensaje del artista medieval.
No yerra en absoluto Manuel Gila, cuando argumenta que lo poco o mucho que pueda aportar cada persona, es siempre un generoso diezmo que enriquece a los demás.
Arañar un secreto a un templo de las características de Santa María, no es tarea fácil y mucho menos banal -de ahí que insista en ésta apreciación- como tampoco resulta fácil sorprender a un sacerdote, cuando se trata de temas relacionados con su vocación.
En el caso que nos ocupa, la pista en cuestión, se encuentra en la advocación, asociada a la figura mariana de la Virgen, del nombre del pueblo: Siones.
No cabe duda, y la Historia así lo demuestra, que numerosos descubrimientos se han realizado en base a esa oscura y poco definida paradoja que todos conocemos como casualidad. De ésta manera, por casualidad -según ellos mismos reconocen- seleccionando una serie de pinturas románicas para una exposición, encontraron una curiosa imagen del siglo XII, que representaba a Santa María y al apóstol Juan.
Dicha imagen, por otra parte, pertenece a los frescos de la iglesia de San Miquel de la Seu D'Urgell.
A partir de este primer y casual descubrimiento, Laura Alberich y Manuel Gila comprendieron que, si bien la casualidad les había tendido una mano generosa, el resto debían de ponerlo ellos. Siendo conscientes de que para consolidar su teoría y no dejarla morir en el mundo de lo anecdótico, necesitaban indagar más; buscar otros referentes que constituyeran los pilares principales para consolidarla.
El nexo, no se hizo esperar. Estaba en otro fresco románico de la iglesia leridana de Surp. Un fresco, contemporáneo del anterior, que representaba al apóstol Juan. Mejor dicho, reflejaba su acepción latina por encima de la figura del evangelista: Sioanes.
Tan importante dato, unido a otro dato no menos importante, como la presencia de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén en este ramal secundario del Camino de Santiago, había conseguido que dieran con la clave de un enigma histórico: el nombre de Santa María de Siones correspondería, en realidad, con el nombre de Santa María de San Juan.
Con tales antecedentes, no es de extrañar que don Bernardino nos esperara entusiasmado. Tan entusiasmado, que para atendernos y concedernos parte de su valioso tiempo, había tenido que abandonar el cuidado de una hermana impedida y llamar a otro hermano, residente en Bilbao, para que acudiera a hacerse cargo. Frente a tamaño sacrificio, cualquier palabra se queda corta.
No obstante, nos dimos por satisfechos cuando, una vez en el interior del templo, pudimos comprobar el rubor de don Bernardino, cuando Rafael Alarcón Herrera, le hizo entrega del primero de los presentes que le reservábamos esa tarde: un ejemplar de su libro La estirpe de Lucifer: los santos templarios y el Grial.
Satisfecho por un regalo que, desde luego, no esperaba, la apoteosis para don Bernardino llegó a continuación, cuando Laura Alberich y Manuel Gila, ante la expectante mirada de todos, le hicieron entrega de un taco de folletos recién salidos de imprenta –Santa María…¿de Siones?. Fundamentos de un equívoco- y un cuadro, realizado a mano por nuestra artista románica –Laura Alberich-, espléndido, cuidando hasta el más mínimo detalle, que representaba a Santa María y al Evangelista y que don Bernardino, ruborizado y sin perder un ápice de esa sonrisa infantil a que hacía referencia al comienzo de la presente crónica, colocó en el lugar de honor por excelencia: detrás del altar, debajo justo de la imagen románico-gótica de Nª Sª de Santa María.
Asevera un refrán, que no hay mal que mil años dure; pero debería de añadir, en mi opinión, que momento de felicidad, tampoco. Como el famoso sueño del abad Virila, después del refrigerio y unos inolvidables momentos de desenfado en Villasuso, cuando nos despedimos de don Bernardino, dejándole otra vez en Vallejo de Mena, parecía que hubiéramos dejado un mundo que, camino de Medina de Pomar, se nos antojaba, al menos en mi caso, más gris y desconocido. Sobre todo, sabiendo, como sabíamos, que nuestro querido Custodio –ese hombre apasionado y generoso, que hay que conocer antes de faltarle al respeto, como me consta que ha sucedido, porque, por desgracia, hay personas egoístas y necias que todavía no comprenden que todo tiene su momento y su lugar- está enfermo. Muy enfermo. Y porque, sabiendo eso, sabemos que la Merindad del Valle de Mena, no tendrá nunca mejor custodio de sus tesoros que en la figura de don Bernardino.
Por ello, y también porque su interés y generosidad, repito, me desbordaron, quiero creer que la presencia de don Bernardino nos hace a todos mucha falta y que él, sabiendo esto, va a esmerarse todavía mucho más en su cuidado. Y termino, simplemente añadiendo que, siendo su interés en el Temple otro motivo de hermanamiento, no se me ocurre nada mejor, don Bernardino, que decirle que si la vida es un pañuelo, el Temple se hace camino al andar.
Muchas gracias por todo y espero que hasta muy pronto.

sábado, 1 de agosto de 2009

Valle de Boides: Monasterio Cisterciense de Santa María

No me preguntéis por qué, pero siempre que pongo los pies en un antiguo, milenario monasterio cisterciense, siento un extraña sensación. Una sensación que me induce a pensar que no estoy solo, y que otros pasos se funden con mis pasos y una sombra, alargada, misteriosa, pero en modo alguno siniestra, se pega a mi sombra de similar manera a como lo hace la lapa sobre las rocas de la playa o en las dársenas de los puertos.
La sombra a la que me refiero, de antiguo linaje y fantásticas referencias, se remonta al año 1118, cuando menos, y los pasos de los caballeros que nacieron para la Historia en aquélla fecha y sorprendieron al mundo en los siglos posteriores, aún resuenan en los edificios que un día los albergaron. Me refiero, como habréis podido suponer, a los Pauperes Frater Milites Salomonis Templi o pobres caballeros del Templo de Salomón.
Lejos de considerarlos una obsesión, comienzo a pensar en ellos como en un ardid con el que me sorprende el destino, sin importar el lugar en el que me encuentre y qué sea, en realidad, lo que esté buscando.
Juro que en mi pensamiento no sobresalía recuerdo alguno del Temple cuando decidí emprender este segundo viaje a Asturias y recalar en la belleza y las maravillas de la tierra de Villaviciosa. O, mejor dicho, para situarnos en ambiente: de la Comarca de la Sidra. Es más, de haberlo sabido, hubiera incluido entre las guías que viajaban conmigo en la bolsa, al lado de los equipos fotográficos y el cuaderno de notas, el libro de un gran amigo y especialista en la materia -Xavier Musquera- que seguramente hubiera variado, y mucho, mis andanzas por tan inolvidables lugares: 'La espada y la Cruz'; o lo que es lo mismo, respetando la reedición que tengo en casa, 'La aventura de los templarios en España'.
Pero sin adelantar acontecimientos, y en un intento de situarnos, no puedo por menos que decir que un lugar de tanta belleza y de sacrosanta esencia, como es el Valle de Boides, que se encuentra apenas situado a ocho kilómetros de distancia del casco urbano de Villaviciosa, en una ruta histórico-cultural que recomiendo encarecidamente, pues aquellos que se decidan a seguirla, podrán deleitarse, entre otras maravillas, con auténticas joyas prerrománicas, románicas y románico-góticas, como pueden ser, por ejemplo, Santa María de la Oliva, San Juan de Amandi, Santa María de Lugás, San Andrés de Valdebárcena, y por supuesto, junto al monasterio cisterciense de Santa María, con el que comparte valle y prado, San Salvador de Valdediós, conocido popularmente como el Conventín.
Cistercienses y Templarios, dos órdenes hermanas y un nexo común: San Bernardo de Claraval. No resulta estraño, pues, encontrar en el monasterio numerosas referencias a la vida, obra y milagros de éste.


miércoles, 29 de julio de 2009

lunes, 27 de julio de 2009

domingo, 26 de julio de 2009

Foráneos del Cantábrico: Tazones

De referirme a Tazones como a otra perla del Cantábrico, seguramente muchos piensen que estoy exagerando, pero no es así. De hecho, este pueblecito marinero, situado a unos diez kilómetros, aproximadamente, del casco urbano de Villaviciosa, cautiva, y mucho, por su belleza.
Apenas pasan unos minutos de las nueve de la mañana, cuando llego al aparcamiento situado al comienzo del pueblo. No tan pronunciada como en el caso de Cudillero, los habitantes de Tazones aún duermen el sueño de los justos, al cobijo de una ensenada que proteje, también, su pequeño puerto pesquero.
Diríase, pues, que hablo de un pueblo fantasma a esas horas de la mañana, si no fuera por el barrendero, que desciende la cuesta unos metros por delante de mi, empujando su carrito, donde los palos de varias escobas parecen simular, quizás, los mástiles recogidos de velas de ese pequeño balandro blanco que se balancea dulcemente en un bálsamo de aguas de color verde esmeralda, que parecen reflejar la exhuberante vegetación de los farallones que circundan la ensenada; o por la pareja de guardias civiles que, no muy lejos del balandro, enfrente de la Lonja, para ser exactos, platican animadamente, compartiendo un cigarrillo. Pero, posiblemente, lo que mejor defina la verdadera idiosincracia de un pueblecito costero como Tazones, sea ver esas barquitas que faenan no demasiado lejos de la costa, meciéndose suavemente en un mar, el Cantábrico, que a diferencia de ayer en Cudillero, hoy se ha levantado tranquilo y sereno, como dice la canción.

El vuelo de las gaviotas acechando en la bahía, algunas posadas en tierra, picoteando y excarvando la dorada arena y otras manteniendo un perfecto equilibrio en los mástiles sedientos de mar de algunas barquichuelas, con nombre de mujer, varadas puerto adentro, al comienzo de las calles. No muy lejos de éstas, destacando junto a la panadería, que sirve, a la vez, como tienda donde forrar la maleta de recuerdos artesanos envueltos en papel de periódico, una casita -la de les Conches- llama poderosamente la atención, siendo el foco de atracción principal del marinerito barrio de San Roque.
Conchas y caracoles de todos los tipos y tamaños, que lanzan destellos de colores al ser alcanzadas por los primeros rayos del sol de la mañana, revisten sus muros y columnas, meintras que algo más allá, y al principio de la cuesta, un hórreo centenario trae a la memoria las señas de identidad de una arquitectura autóctona y popular, que se ha mantenido vigente a lo largo de los siglos.
Suena el eco de cencerros y campanas en la distancia, e intuyo que el ganado, despierto hace rato, espera con ansiedad el momento de ser liberado de su encierro, para lamer el rocío plateado que corona las puntas de hierba de los cercanos prados.
Después de la resaca de la noche, el personal de los lugares de restauración va abriendo lentamente las puertas, armados de escobas y fregonas; en cuestión de horas, el ataque turístico volverá a la carga y la ligera brisa que lame la espuma de las olas llevará consigo, también, una pequeña babel idiomática, cuyo denominador común será, no me cabe duda, una mediática alegría estival.Tazones, un pueblecito marinero en la costa del Cantábrico y una estrella de ocho puntas en la ría de Villaviciosa.

viernes, 24 de julio de 2009

Foráneos del Cantábrico: Cudillero

Cudillero - Cuillero

Situado en plena costa cantábrica, a unos 40 kilómetros de Oviedo, y a 50 kilómetros, aproximadamente de una ciudad marinera de particular encanto también, como es Luarca, es durante estos meses estivales cuando a Cudillero se le podría definir como ese pequeño Caribe asturiano, que atrae en vacaciones a cientos de visitantes, llegados de diferentes puntos de España y también del extranjero. Quizás por este detalle, y porque han hecho del turismo su principal fuente de ingresos, aparte de la pesca, en su paseo marítimo ondean visiblemente, mecidas por el viento, las banderas de todas las comunidades autónomas.


Posiblemente debido a ese turismo, invasor y caprichoso, que todos los años multiplica su población por tres, los lugares de estacionamiento de vehículos han ido restándole sitio, en el puerto, a terrenos donde antaño se refugiaban docenas de pequeñas embarcaciones marineras, cuyos alegres colores, en muchas ocasiones alejan de la realidad lo que en definitiva son las alegrías y tristezas de una raza marinera cuya fama dio la vuelta al mundo en el pasado, pero cuyo orgullo continúa intacto en el presente.



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Peregrino en Asturies

Existe todo un mundo ahí fuera: ¡ve y descúbrelo!, escribía Rudyar Kipling en una de sus novelas más conocidas y entrañables: Kim, de la India. Estábamos todavía en los albores de un siglo, el XIX, en el que aventura y exotismo enmascaraban, de algún modo, grandes vergüenzas de la Humanidad, como el imperialismo y la esclavitud. Un siglo donde el hombre, quizás más que en ningún otro, y seguramente lejos de motivos altruistas, sintió la necesidad de explorar y conocer el mundo que le rodeaba. De esa manera, surgieron numerosas asociaciones de carácter más o menos científico -como la National Geographic Society norteamericana- que enviaban especialistas y expediciones a todo lo largo y ancho de la geografía mundial creando, de alguna forma, los pilares de lo que en el futuro se convertiría en todo un fenómeno de masas: el turismo.
Lejos de considerarme un turista, propiamente hablando, me considero mejor un aventurero; alguien que, lejos de pretender alcanzar los efímeros laureles de una fama que no sirve, si no, para alimentar vanidades de las que el ser humano, por su condición, va ampliamente sobrado, siente una especial atracción por conocer su país y llegar algún día a vislumbrar parte de una Historia rica en matices y acontecimientos que, intencionadamente o no, se nos ocultan en esas frías, aburridas escuelas donde tradicionalmente se nos pretende formar como hombres de provecho.
Por eso, porque tengo tantas preguntas y tan pocas respuestas, soy inquieto. Y esa inquietud me induce, por ejemplo, como en este caso, a dejar atrás los campos de Castilla y penetrar en otro mundo; un mundo en el que hasta las nieblas que coronan sus valles y montañas; sus pequeñas aldeas, sus riachuelos, su arte antiquisimo o la belleza de sus costas, te hacen pensar en la Magia. Y que ésta, lejos de la entrañable fantasía, digamos, por ejemplo, de Walt Disney, existe. Porque yo entiendo por Magia, todo aquello capaz de sorprenderme.
Dejadme, pues, que os muestre la Magia de mi última peregrinación por Asturias; un pequeño viaje mágico con el que espero que disfrutéis tanto como lo hice yo. Y quién sabe: a lo mejor, hasta también vosotros os sorprendéis y llegáis a sentir parte de esa Magia de la que nunca me canso de hablar.

martes, 21 de julio de 2009

Navarra

Etapa III
Segunda Parte

Estella


La capital del románico navarro, en opinión del historiador Julio Caro Baroja, y, paradójicamente, la ciudad donde el románico se nos negó, al estar en obras y totalmente cubierta de lonas y andamios, su joya principal: la iglesia de San Pedro de la Rúa.

Una ciudad que, a continuación de Puente la Reina -una continuación de apenas 20 kilómetros- constituye otro de los puntos fuertes en el Camino de Santiago, y paso obligado, por tanto, de los peregrinos que se dirigen hacia Santiago de Compostela.

Monasterio de Irache y Fuente de lo Peregrinos

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Fuente de los Peregrinos

Después de comer opíparamente en Estella, recalamos en el monasterio de Irache, situado en las cercanías, antes de continuar ruta hacia Torres del Río, desde donde tenemos previsto regresar a Madrid, atravesando tierras de Logroño y Soria. Son las tres y media de la tarde y el antiguo monasterio está cerrado a cal y canto. Hemos de esperar, pues, hasta las cuatro, y mientras tanto, echamos un vistazo alrededor.

La marca vitivinícola Irache, posee un pequeño establecimiento situado enfrente del monasterio; pero, al igual que éste -y a pesar de las tres y media, hora de apertura que figura en un cartelito adosado a la puerta- hemos de esperar también hasta las cuatro para curiosear en su interior.

Entre éste y el monasterio, un sendero conduce, tal y como indica el cartel situado al comienzo del mismo, a la Fuente de Vino. Posiblemente más conocida como Fuente de los Peregrinos, se encuentra adosada a la parte de atrás del establecimiento y, aparte de algunas peculiaridades, posee dos grifos: uno de vino y otro de agua, debidamente especificados.

Destacan, principalmente, dos carteles situados a ambos lados de la fuente, en los que se puede leer lo siguiente:

¡Peregrino!

Si quieres llegar a Santiago

con fuerza y vitalidad,

de este gran vino echa un trago

y brinda por la Felicidad.

Fuente de Irache

Fuente del Vino

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Normas de Uso

A beber sin abusar

te invitamos con agrado,

para poderlo llevar

el vino ha de ser comprado.

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Torres del Río: iglesia del Santo Sepulcro

La última etapa de nuestra ruta por el Camino Jacobeo de las Estrellas, y sin embargo, todo un compendio de sabiduría, arte, hermetismo y misterio hacen de ésta iglesia del Santo Sepulcro uno de los templos más enigmáticos de todos cuantos existen en nuestro país.

Como en el caso de Santa María de Eunate, los investigadores ven la presencia del Temple entre sus muros, aunque, a diferencia de ésta, la verdadera función de tan desconcertante iglesia, trae de cabeza a cuantos investigadores se han adentrado en ella, hasta el punto de que incluso los historiadores más ortodoxos presienten en su pequeña planta circular, un lugar más propio para ceremonias de índole desconocida, que como templo consagrado exclusivamente a la oración y a los fieles.

Para aquellos que aceptan la teoría de que este tipo de construcciones de planta octogonal definen un modelo de construcción de índole netamente templaria, la iglesia del Santo Sepulcro es, junto con la de Santa María de Eunate y la Vera Cruz de Segovia, la tríada netamente templaria más destacable de la Península Ibérica.

sábado, 18 de julio de 2009

Navarra

Etapa III
Primera Parte

Santa María de Eunate


Magia, leyenda y misterio. Sobre todo, mucho misterio en cuanto a los orígenes y la función de ésta hermética ermita navarra que, situada fuera del Camino Jacobeo de Santiago, propiamente hablando, constituye, sin embargo, un punto neurálgico que hace que los peregrinos se desvíen ex-profeso de la ruta, para encomendarse a Santa María, realizar las tres vueltas simbólicas alrededor del cubículo octogonal -como manda el ritual- e intentar encontrar respuesta a sus preguntas en los crípticos mensajes de sus capiteles.

En Eunate, la Magia se convierte en Tradición, y no falta quien intuye en ella -aparte de la sombra chinesca de los freires milites o caballeros templarios- un compendio de enseñanzas astronómicas de primera magnitud, en un intento, quizás revolucionario, de interpretar la hermética subyacente en los capiteles a los que hacía referencia en el párrafo anterior.

Situada junto al pueblo de Eneriz y a escasos kilómetros de un punto estratégico de reunión de peregrinos, como es Puente la Reina, el desolado entorno donde, por algún motivo desde luego especial, se decidió su construcción, no tiene, tampoco, desperdicio alguno: el Campo de la Estrella y el Monte del Perdón.

El tema de la estrella, sobre todo, tiene aquí una vital importancia. No sólo por las numerosas advocaciones virginales que la llevan en el nombre y cuya leyenda -basada en el milagro de su descubrimiento- está asociada a una misteriosa estrella; o como la propia fundación de la cercana localidad de Estella (estrella), sino porque también, como aquélla otra que guió a los Magos, una estrella fue el Alfa o el Principio del Camino de Santiago, cuando señaló el lugar preciso donde se hallaban los restos del Apóstol, aunque algunos investigadores barajen la hipótesis de que dichos restos pertenecieran, en realidad, al hereje Prisciliano.

No obstante, centrando otra vez nuestra atención en Eunate (Onate o Puerta, como sería en realidad su nombre), caben numerosos interrogantes, entre los cuales, desde luego, está la cuestión de su auténtica función: ¿iglesia funeraria o enclave de poder, y por lo tanto, de iniciación?. Personalmente, creo que de todo un poco.

Puente la Reina

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Puente de los Peregrinos

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viernes, 17 de julio de 2009

Jaca-Navarra II

Etapa II
Segunda Parte
Monasterio de San Juan de la Peña

Enclavado en un cobijo rocoso de la Sierra de San Juan, desde el que se domina una increíble panorámica del Valle de Atarés, el milenario monasterio de San Juan de la Peña es todo un referente en el largo y tortuoso camino que todo peregrino ha de recorrer en su viaje hacia Compostela y la tumba del Apóstol.

De hecho, y sirva como anécdota, después de nuestra visita a tan emblemático lugar, tuvimos el grato placer de acercar a una peregrina francesa de cierta edad -detalle que no deja de tener su mérito-, hasta el cercano pueblecito de Santa Cruz de la Serós. A la magia subyacente a un lugar cuyos prolegómenos históricos se pierden en la noche de los tiempos, anteriores y posteriores a la conquista musulmana de la Península, se une, también, ese genuino espiritu de solidaridad, que consigue que, a fin de cuentas, los destinos de peregrinos y visitantes se conviertan en algo cuya trascendencia sea capaz de permanecer para siempre en el recuerdo de unos y otros, y que podría considerarse, peyorativamente hablando, como uno de los auténticos milagros del Camino.

Posiblemente ahí radique el verdadero sentido, la idiosincrática finalidad de un lugar maravillosamente varado en los muelles imperceptibles del tiempo, como es el legendario monasterio de San Juan de la Peña.

No existe una certeza absoluta acerca de los orígenes del monasterio; aunque sí se sabe que tanto el lugar de su emplazamiento, como las inmediaciones del mismo, fueron hogar, en tiempos, de eremitas -un fenómeno que se expandió como un reguero de pólvora por numerosos lugares de la Península, sobre todo a partir de ese funesto siglo VIII, con la invasión musulmana y la debacle del reinado visigodo- así como refugio de las gentes que huían de las continuas y mortales razzias musulmanas, en este caso concreto, de aquéllas desarrolladas, sobre todo, por el califa cordobés Abd al-Ramman en el siglo VIII, una vez defenestrado el reino visigodo y tomada y saqueada Toletum o Toledo, la capital.

Otros, sin embargo, ven en San Juan de la Peña y su formidable entorno, un foco de resistencia que, cuál una Covadonga jaquesa, pusieron en jaque -y nunca mejor utilizada dicha expresión- a unos invasores que se pavoneaban sin apenas resistencia por un país en plena descomposición, que en el fondo, se negaba a perder su identidad.

Pero, quizás, independientemente de cuáles fueran estos comienzos y las causas aparentes que los motivaron, una de las personas que mejor supieron definir la magia y el entorno de San Juan de la Peña, fue el escritor Miguel de Unamuno, quien hablaba de tan entrañable cenobio, definiéndolo en estos términos: la boca de un mundo de peñascos espirituales revestidos de un bosque de leyenda, en el que los monjes benedictinos, medio ermitaños, medio guerreros, verían pasar el invierno, mientras pisoteaban la nieve jabalíes de carne y hueso, salidos de los bosques, osos, lobos y otros animales salvajes... (1)

Sin embargo, como hemos dicho, los orígenes del monasterio de San Juan de la Peña se pierden, pues, en las brumas impenetrables, por regla general, de la leyenda; brumas alimentadas, aún más, si cabe, por la escasez de documentación al respecto, así como por la aparente falta de objetividad de la mayor parte de la escasa documentación que milagrosamente ha sobrevivido hasta nuestros días.

(1): Domingo J. Buesa Conde: 'Monasterio de San Juan de la Peña', Editorial Everest, 2ª Edición, Año 2007.

Navarra: Monasterio de Santa María de Leyre

Situado en las inmediaciones de la sierra que lleva su nombre, y franqueado por las aguas del embalse de Yesa, el monasterio navarro de Leyre es un lugar que en modo alguno deja indiferente al visitante. Cuando uno camina sin prisas por sus alrededores, resulta de una facilidad sorprendente creer a pies juntillas, por ejemplo, en la leyenda del sueño de San Virila, que constituye una parte importante de ese corazón de Arte, Historia, Tradición, Naturaleza y Recuerdos, que consolidan la Magia inherente a un lugar que parece haberse detenido para siempre en el tiempo.

Sierra, cielo y embalse, conforman lo elementos esenciales que convierten los atardeceres y los amaneceres de Leyre, en perfectas acuarelas que inmediatamente traen a la memoria los impresionantes paisajes shambhálicos reflejados por Nicolás Roerich cuando, allá por los convulsos años posteriores a la Revolución Rusa, exloraba el Asia Central, enfebrecido por la persistente tradición del Agharta y el Rey del Mundo. Buscando, en definitiva, un lugar de Sabiduría y de Paz.

Y es que, si nos dejamos llevar por el significado subyacente en el vocablo agharta, no nos será difícil llegar a la conclusión de que Leyre es, en el fondo, también un arca -en su sentido de recipiente o contenedor- que alberga un tesoro que, lejos de estar escondido y obedecer a la avaricia del ingenuo materialista, se muestra, con todo su esplendor, a todo aquél que acude con humildad y respeto, tanto por primera como por enésima vez.

Pero antes de hablar de este tesoro exotérico, evidente y visible, que lleva nombres tan sugestivos como la cripta, el túnel de San Virila, Santa María de Leyre o la Puerta Speciosa, considero que sería prudente entrar por unos breves instantes en el mundo de lo anecdótico, y hablar, siquiera de pasada, de algo que suele ser un gran desconocido en el mundo enloquecido en el que vivimos: el Silencio.

No me refiero a ese silencio típico de toda tradición hermética, que los iniciados deben respetar para mantener a salvo unos secretos milenarios; secretos de tal magnitud, si hemos de hacer caso, que podrían cambiar los destinos del mundo. Tampoco me refiero a ese otro silencio que ni siquiera a partir de una hora tardía, como puedan ser las doce de la noche, cuando apagamos las luces de la casa y nos retiramos a descansar, deseamos que alguna vez sea completo. En absoluto; me refiero al silencio global; a ese silencio cosmológico, que te hace sentir que estás en otra dimensión y que, cuanto más te sumerjes en él, más y mejor lo palpas, como una entidad totalmente independiente pero real, que te envuelve y abraza como una madre, si se me permite la metáfora.

A las nueve de la noche -Novenas, si hemos de guiarnos por esa distribución tan eclesiástica de medir el tiempo- en la iglesia, frente a la hierática mirada de Santa María, se celebra una ceremonia que todo amante del románico debería de presenciar, al menos una vez en la vida, para dar cumplido testimonio de la variedad de sensaciones que se producen cuando se alían tres elementos estrella: la Fe, el Arte y la Música.

La curiosidad inicial, pasa a un segundo término, cuando se observa en los primeros bancos a varias personas que arrastran -en determinados casos, de nacimiento- impedimentos físicos y otras enfermedades, que nadie desearía para sí mismo. Llama poderosamente la atención -y estos puede ser un detalle sobre el que meditar- la confianza y la fe que desbordan en sus miradas y semblantes, hasta el punto de que hay un momento en el que se llega a pensar que cualquier cosa, por inalcanzable que parezca, es posible.

Suena el órgano, situado en el coro, allá, en la parte trasera de la iglesia y las notas comienzan a expandirse por un universo diluido, etéreo e invisible, aunque real, cuyo eco parece surgir, directamente, de las asentadas piedras que conforman éste inmemorial, románico recinto.

El efecto, mágico como pocos, se incrementa con el canto armónico que brota, como un suspiro, de las gargantas de seis monjes oficiantes.

Navarra: Castillo e Iglesia de Javier

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