lunes, 24 de mayo de 2010

Monasterio de Piedra. Segunda Parte: Magia Natural


Afirmaba Juan Federico Muntadas, que ardua empresa acometo al querer describir la cuenca del río Piedra. Si cuantas personas me han hablado de este sitio convienen en que pertenece al género indescriptible; pero, ¿quién duda que la palabra dará mejor idea que el silencio, de estas abruptas sierras y frondosos valles?. Para quien se pregunte quién era este hombre, diré que, entre otras virtudes de la época que se me escapan, fue doctor en Filosofía y Letras y escritor; que nació en Barcelona en 1826 y falleció en este Monasterio de Piedra en 1912. Pero lo más importante, radica en que fue uno de los primeros en describir, con todo lujo de detalles, los pormenores históricos, artisticos y naturales que envuelven a este extraordinario lugar. Hasta el punto de que su libro, titulado precisamente así -El Monasterio de Piedra (1)- continúa siendo, al cabo de un siglo, poco más o menos, que una excelente guía para todo aquel que desee introducirse en tan sorprendente mundo, reeditándose, una y otra vez, hasta el punto de ocupar, por supuesto, un lugar destacado en las estanterías de las tiendas de recuerdos y souvenirs.

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Desde luego, mucho ha cambiado desde aquél día del mes de mayo de 1194, en el que trece monjes partieron del monasterio de Poblet, llegando a este sorprendente lugar, para establecer los cimientos de lo que posteriormente, y hasta la actualidad, está considerado como el Monasterio de Piedra.
Si un hombre de la formación cultural de Juan Federico Muntadas consideraba ardua, y no sin razón, la labor de acometer una empresa encaminada a describir, lo que en el fondo es indescriptible, ¿cómo podría yo, siquiera, intentar acometer la locura de emularle?. Es cierto que a veces no hay palabras lo suficientemente descriptivas y que a la vez contengan la fuerza necesaria, para hacer llegar al lector algo que sólo se puede ver y medir con los ojos del alma.
Quizás por eso, se haga necesario sugerir, que éste, haciendo alarde de esa imaginación que en mayor o en menor medida todos poseemos, cierre los ojos por un instante e intente imaginarse cómo era, en realidad, este lugar cuando los monjes blancos llegaron a él.

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Una ayuda, podría ser intentar borrar mentalmente, todas aquellas cosas que, percibidas a través de las imágenes que se muestran en los vídeos, denotan la acción humana. Fuera, pues, pasarelas de madera; escalones de piedra cubieros de musgo, estanques, y por supuesto, senderos que, siguiendo las indicaciones de un plano determinado, llevan de un lugar paradísiaco a otro.

Si ya lo habéis hecho, veréis un auténtico vergel; una selva acotada por una falla montañosa, en cuyas oquedades, misteriosas e inaccesibles, viven multitud de rapaces en un entorno fuera de toda duda, privilegiado...

(1) Juan Federico Muntadas: 'El Monasterio de Piedra', Torres & Asociados, S.L., 11ª edición, 2002.

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