lunes, 23 de noviembre de 2009

Lugares Mágicos de Madrid: la estatua del Ángel Caído

'Quomodo cecidisti de caelo, lucifer, fili aurorae?'.

'¡Cómo has cáído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora!'

[Isaías, cap.14, ver. 12-14]


No dejo de ser una estatua, y sin embargo, ¡cuántos misterios conservo!. No os extrañéis, ni penséis que, cuál representación abominable de la Rebelión, lo que os voy a decir son simplemente falacias. Así lo quiso mi padre, de nombre Ricardo Bellver y de profesión, en apariencia, escultor.

Lejos de ver en mí esa bestia abyecta de un Génesis demasiado complicado para ser siquiera intuído -cuando menos comprendido- por vuestras limitadas mentalidades humanas, pensad en mí como en un espíritu libre y mitológico que volvió a nacer en 1877, en una época en la que todavía algunas cosas no se hacían porque sí, y hasta donde una, en apariencia, inocente estatua, ocultaba detalles evidentemente ajenos a la casualidad.

No aludáis al adjetivo de la vanidad para calificarme, si os digo que Bellver, gracias a mi, obtuvo, un año después de mi renacimiento, la primera medalla en la Exposición de Bellas Artes, aunque curiosamente, fuera concebido algunos años antes -en 1874- en esa ciudad eminentemente papista, conformada por la lectura al revés de la simplista palabra amoR. Tampoco penséis que me olvido de mi ilustre padrino, el duque Fernán Núñez, cuyo interés y generosidad hizo posible éste, mi nuevo renacer. He de reconocer, así mismo, que no todo fueron pétalos de rosa durante mis primeros pasos -hubiera sido un indigno desperdicio, ¡válgame la serpiente!, más típico de la guillotinada realeza francesa- pero, en general, el pueblo de Madrid me acogió con un interés ciertamente extraordinario. Supongo que por este motivo, el Museo del Prado, decidió donarme a este pueblo, e instalarme en el monumental Parque del Retiro. Por tanto, aunque mi gestación se realizara en Roma, mis raíces, como podéis comprobar, son bien castizas, como esos callos y ese cocido, que tan merecida fama tienen.

Mi puerta, o la Puerta del Ángel Caído, si preferís, está situada justo enfrente de una cuesta mágica que lleva el nombre de Claudio Moyano, donde acuden a diario todos aquellos soñadores que aún mantienen la fe en la quimera de los sueños y del conocimiento. Por supuesto, sería injusto que mi padrino no gozara, también, de algún privilegio; de manera que, si accedéis por aquí, necesariamente tendréis que pasar por el paseo que lleva su nombre para llegar al lugar donde me ubico, que no es otro, que el que ocupaba la Fábrica de Porcelanas Chinas, destruída en 1813, durante los avatares de la Guerra de la Independencia.

Y ahora, llegados a ésta ínsula literaria, pregunto: ¿os parece casualidad, acaso, de que mi ubicación, precisamente se encuentre situada a 666 metros de altitud sobre el nivel del mar?. Sí, en efecto. El número del Anticristo o de la Bestia, según el Apocalipsis de San Juan. ¿No me creéis?. Dejadme añadir, entonces, que cualquiera puede comprobarlo, pues así aparece registrado en Gerencia de Urbanismo.

Por otra parte, acusadme, si queréis, de vanidad, pero no permitidme manifestar todo mi orgullo, pues puedo decir muy alto que soy la única estatua en el mundo dedicada a la figura del Demonio.