martes, 25 de noviembre de 2014

Astorga: la cripta del Museo de los Caminos


Cripta es sinónimo de misterio, de agua pasada estancada en las palas de los molinos de la Historia, de ecos que resuenan huecos en matrices de peremne oscuridad. Tal vez por eso, cuando se tiene la oportunidad de acceder a una, el subconsciente, dudoso traficante de endorfinas y siempre terriblemente inquieto cuando no suspicaz, se prepara para afrontar aventuras con una cierta disposición a la incertidumbre. Como puerta simbólica hacia ese temido más allá -al vez a ello, ayude el adoctrinamiento de las viejas películas góticas- el ambiente en una cripta suele liberar, cuando menos en la imaginación, esencias fantasmales, presencias inadvertidas que se diluyen como polvo entre las sombras. La asociación entre el mundo de la materia y el mundo del espíritu, puede ser perfecta pero a la vez, inquieta. Panteón de recuerdos, también esta cripta del Palacio de Gaudí, actual Museo de los Caminos, vela, ajena al tiempo y a las leyes del espacio, salvaguardan con fidelidad infinidad de secretos. Es, por añadidura, receptora de viejas glorias, que atesora, si bien breves, algunos retazos del viejo mundo medieval. Un mundo y unos retazos que, en cuanto a sepulcros se refiere, nada tiene que envidiar a las magníficas glorias de la escuela palentina, cuyos talleres hicieron época en la gloriosa Carrión de tiempos ha. Antiguamente, se decía, parafraseando al mitológico semi-dios Hermes Trismegisto, que como es arriba así es abajo y hay quien sostiene la teoría de que los principales monumentos de la Antigüedad -entre ellos, las pirámides de Egipto e incluso el mismísimo Templo de Salomón- tenían esa ambivalencia subterránea. Quién sabe, entonces, si así fuera, los secretos que puedan ocultarse bajo unas losas que sostienen unos hercúleos sepulcros y que apenas besa ese tibio rayo de sol que se cuela a mediodía a través de los estrechos ventanales, coincidiendo en su centro geométrico. Un centro, donde sobresale el magnífico sepulcro de un caballero, quizás uno de esos fieles demandantes del Santo Grial que recorrieron en su momento, incansables, las rutas sagradas peninsulares, buscando su mágico Monsalvat.

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Pero no simplemente en ese triste derroche creado para tributo del incorruptible Caronte que en definitiva es el Ángel Negro, se pueden encontrar singularidades de vana ilusión, postrer homenaje a la opulencia del poderoso finado, en escenas bien reconocidas de las viejas escuelas románicas, donde los modelos a seguir parecían ser, generalmente, los viejos mitos de la Adoración de los Magos, la figura celestial y superior del Cristo en Maiestas imbuido de Gloria en el interior de esa misma mandorla con la que los pintores góticos le representaban siendo apenas un recién nacido, o expresivas representaciones de caza, con todo lujo de detalles, en las que subyace un simbolismo sagrado que probablemente se remonte a esas primeras edades del hombre, cuando a través del espíritu de la víctima inmolada, el cazador se acercaba también a Dios. Escenas éstas que, curiosa y singularmente, parecen calcadas de las que se pueden encontrar, yendo, aproximadamente doscientos kilómetros más adelante, en la iglesia de San Francisco de Betanzos, bien representadas como secuencias en la parte superior de los laterales de la iglesia o, algo más cercanas al suelo, en el magnífico sepulcro de Fernán Pérez de Andrade, O Boo. La que aquí se custodia, según reza un pequeño cartel, formaba parte de un fragmento de retablo procedente de la iglesia de San Martín de Tours, en Molezuelas de Carballeda, provincia de Zamora. O lo que es lo mismo: procede de esa Ruta hermana, caminera y bastante concurrida, que es la llamada Vía de la Plata. Más cercanas, pero no menos singulares, serían la pila bautismal, así como algunos canecillos e interesantes capiteles, que en su día lucieron orgullosos en la iglesia o monasterio de San Juan de Montealegre, en la población leonesa de San Martín de Montes y cuya visión, además de producir una profunda tristeza en el vidente -entiéndase, simple y llanamente, en su acepción de ver, no de ver más acá y más allá-, hace que también se haga una idea, siquiera fragmentaria, de a dónde a ido a parar ese magnífico románico que un día, como la lluvia según Borges, aconteció en el pasado del Reino de León. 

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lunes, 24 de noviembre de 2014

Astorga: el Arte del Museo de los Caminos


El peregrino está impresionado por la magnificencia del edificio en el que se encuentra, así como por las destacadas piezas que alberga. Parado frente a la imagen de un Cristo, sacrificado –o convertido en voluntario cordero de Dios, comparativamente hablando- una vez aceptado el Cáliz Amargo ofrecido por el ángel en el Huerto de los Olivos. Es una talla anónima, del siglo XIII –una, no obstante, de las varias que hay-, aunque al parecer, procedente de Lagunas de Somoza. La cruz, de las denominadas de gajos, con probable forma de Tau, sobre la que permanece crucificado, así como la factura y algunos otros detalles -como el rostro, la sangre desparramándose por el antebrazo en forma de ramas o alegóricos árboles de la vida, el plexo solar remarcado en forma de cruz, la posición de los pies e incluso el fajín, independientemente del color- le resultan interesantemente familiares. Ha visto numerosos Cristos similares y recuerda, no sin interés, que detrás de algunos de ellos, se extiende la leyenda, cuando no una persistente tradición, de que fueron  o pertenecieron a los templarios. No sabe nada de éste, es cierto, pero sí sabe, no obstante, que aquéllos mantuvieron una estrecha relación con el Reino de León y no puede evitar preguntarse cuántas, de todas estas maravillas que le rodean –incluida una excelente colección de cruces procesionales-, y que de alguna manera se podría decir que completan una segunda y monumental colección de Arte Sacro en este impresionante Palacio de Gaudí, no provendrían de sus fortalezas, iglesias, granjas y demás posesiones. No muy lejos de él, en una pequeña sala, que alberga, sin embargo, otro gran tesoro mariano complementario del que se custodia en la cercana catedral, la visión de algunas imágenes no puede, si no, inducir en su mente el espíritu cabalístico de la suposición. Sobre todo, cuando una de ellas en particular, anónima, por supuesto, del siglo XIII también y procedente de Villameca, le atrae con un particular magnetismo en vista de su diseño y de su curiosa advocación: Virgen de las Nieves.

Observa, además, el peregrino, que se trata de una imagen curiosa; una imagen que, a pesar de ser, probablemente, de los siglos XII o XIII, no sólo ha perdido el sedentarismo o el trono isíaco típico de este tipo de imágenes marianas por antonomasia que entraron en Occidente a través de la puerta bizantina, sino que, además, tiene un detalle muy notable que, unido a su curiosa advocación, sugiere relevantes aunque hipotéticas interpretaciones: es completamente ajena a la figura del Niño. Sus manos están entrelazadas formando un hueco circular, que sugiere, no obstante, que la imagen puede estar incompleta y que en ese hueco pudo haber tenido un objeto muy singular, característica de la figura de la Gran Diosa Madre, como es la bola. Así mismo, considera el peregrino, que de las Nieves, es una advocación que le recuerda no sólo a la figura de la Gran Madre u otras deidades locales derivadas de ella, sino también, ciertas ermitas aisladas y solitarias que se localizan en puntos muy determinados y tradicionales, no ajenas a la cercanía de robledales cuyas ramas alojan ese parásito sagrado que los antiguos druidas cortaban con hoces de oro para hacer sus fantásticas pócimas, las cuales inducían, entre otros efectos, también visiones divinas, sustituyendo la ingestión de ciertas setas, como la amanita muscaria, precisamente conocida como el alimento de los dioses: el muérdago. Al menos, recuerda con particular nostalgia, uno de tales lugares, que se localizaría en la Sierra de la Demanda burgalesa, en un pueblo llamado Barbadillo del Pez, próximo a otro Barbadillo más relevante, el del Mercado, donde todavía se recuerda la figura de Doña Lambra, famosa en su papel de madrastra y ejecutora del triste destino de los legendarios Siete Infantes de Lara. Y recuerda, así mismo, atando cabos, que uno de sus descendientes, otro Lara, de nombre Ginés -¿djinn, jina?- fue el último templario del monasterio soriano de San Polo, si hemos de creer -y el peregrino, no ve por qué no- lo que cuenta el gran teósofo español, Mario Roso de Luna.


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Tal vez tratadas con más decoro que en la catedral, si bien el resto de imágenes marianas son anónimas, salvo alguna excepción, no deja de ser un consuelo, en opinión del peregrino, que en casi todas se haya conservado, cuando menos, la procedencia, detalle por el que en su mente se desarrolla la idea de imitar el catálogo que Ambrosio de Morales realizó por encargo del rey Felipe II, quien, como se sabe, hizo del Escorial el mayor relicario del mundo, tal vez, como así afirman algunas fuentes, para contrarrestar los efectos de ese supuesto pozo o boca del infierno, sobre el que se encuentra ubicado.
Moderna, aunque no obstante hermosa -negra o no, hijas de Jerusalén- en su faceta de madre y reina, el peregrino contempla, así mismo, la impresionante talla realizada por Enrique Marín e Higuero, que responde, como no podía ser de otra manera, al popular nombre de Virgen de la Sede. Y nunca mejor dicho, puesto que se trata de una lograda Sede Sapientiae, que observa al visitante con ese conmiserativo hieratismo propio, como pensaba al principio, de las reinas-madres de otro mundo.
Completan la colección, algunas tablas de pintura gótica, entre las que destaca, anónima y del siglo XV, la vida y muerte de San Martín de Tours, el de la capa, como suelen conocerle en algunos pueblos.

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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Astorga: el Palacio Episcopal o Palacio de Gaudí o Museo de los Caminos


Piensa el peregrino, mientras se aleja despacio de la catedral y sus tesoros artísticos, en esos hombres, extraordinarios, sensibles, superdotados intelectualmente y definitivamente visionarios también que, por alguna curiosa razón que se le escapa, suelen nacer antes de tiempo y sufren, en mayor o en menor medida pero sufren al fin y al cabo, la incomprensión de una sociedad que todavía dista mucho de tener la suficiente madurez para comprenderles y aceptar la genialidad de sus obras, de sus ideas y de su particular visión del mundo. Y mientras piensa, siente que esas oscuras golondrinas que revolotean ocasionalmente por sus pensamientos, ponen en sus labios un nombre y un apellido, por los que siente una especial devoción: Antoni Gaudí. Si una de las figuras más asombrosas del Renacimiento italiano fue Leonardo Da Vinci, Antonio Gaudí fue -al peregrino no le cabe duda alguna-, el máximo exponente de una renacimiento espirito-intelectual, que despertando en esa Barcelona progresista de finales del siglo XIX y principios del XX -la Reinaixença-, devolvió la luz a un país que todavía se debatía entre las eternas sombras del barroco, herederas pertinaces de las inquisitoriales umbrías del felipismo escurialense. Era la época en la que el Santo Grial se había transformado en revolución industrial y Gaudí, a su vez, en ese Parsifal, que afortunadamente sí se hacía preguntas, hasta el punto de sentirse capaz de sanar la herida del Progreso -en su vertiente de copa amarga o sacrificio, pues no olvidemos que todo tiene su precio- estaba comenzando a levantar en ese peyorativo rey Anfortas, que no era, si no, la propia Naturaleza.
 
Dicen -piensa a continuación el peregrino, aunque ignora realmente si son buenas o malas las lenguas que así lo llevan, lo traen, me dicen, te digo y os cuento-, que en la inconmensurable joya arquitectónica que tiene enfrente, se inspiró otro genio moderno del dibujo, de nombre Walt Disney, para crear el castillo de su Bella Durmiente; una Bella -reflexiona el peregrino-, que no parece, sino una alegoría a ese lado femenino y aparentemente dormido -o silenciado por la berreá del macho-, que ya inspirados poetas, como Goethe, lo definían como el eterno femenino que conduce al cielo. Hacia el cielo, como brazos hambrientos de gloria, se extienden las torres de este edificio, encargado por Joan Baptista Grau i Valles, sacerdote y amigo -natural también de Reus, como el Maestro-, hacia 1886, cuando fue nombrado obispo de Astorga, como siglos antes lo fuera aquél otro y precursor Toribio, elevado a la máxima santidad y depositario en el monte Monsacro asturiano de una arca repleta de reliquias que previamente había traído de Jerusalén y que hoy reposan en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo. Cuenta la historia, que no la leyenda, que en aquellos momentos Gaudí se encontraba prácticamente absorbido en los proyectos relativos al Palacio Güell -donde algo decididamente templario debió de despertarse en su alma, pues incluso diseñó un templo de planta octogonal, incluida rotonda exterior, muy parecido al que los templarios tuvieron como Casa Madre en la Ciudad Santa, que se demolió a principios del siglo XX- y por supuesto, en su obra cumbre: la Sagrada Familia. Tal vez la muerte repentina de su amigo y protector, el obispo Grau, en 1893, supusiera que la Academia de Bellas Artes de San Fernando -órgano de control de edificios públicos y artísticos-, se mostrara incisivamente contraria a muchas soluciones de carácter neogóticos y típicas gaudinianas -como dirían algunos expertos, años después-, consiguiendo que Gaudí abandonara un proyecto que fue completado, entre 1907 y 1914, por el arquitecto Ricardo García Garreta, aunque, según se comenta, con modificaciones radicales, referidas, sobre todo, a su parte superior.
 
No obstante esas alteraciones del proyecto original, el peregrino piensa que hay suficiente esencia de Gaudí, como para no sentirse inmediatamente cautivado por su críptica belleza y la magia de esa geometría sagrada, cuyos símbolos fundamentales estuvieron presentes en todas y cada una de las obras que tan humilde pero Gran Maestro, realizó a lo largo de su vida. Y también, junto a la magia de ese mundo encantado de formas, medidas y dimensiones, el peregrino no deja de maravillarse de las obras artísticas que alberga -no en vano, por algo fue declarado también Museo de los Caminos-, y observándolas con atención, por unos minutos piensa estar en el Nirvana del aprendiz. Pero eso, claro está, forma parte de otra historia, cuyo recuerdo, procurará contar en breve.
 
Cae la noche cuando se dirige hacia el hotel, Avenida de Ponferrada adelante. En su mente, sin embargo, surge una pregunta: ¿qué hubiera pasado, de haberse colocado en lo más alto, la imagen de un ángel, como pretendía Gaudí, de cinco metros de altura?. ¿Y cómo sería ese ángel, sin alas, como los que custodian la Sagrada Familia?. ¡Qué rival para el espíritu maragato que vigila la ciudad desde la cúpula más alta de la catedral!.

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miércoles, 12 de noviembre de 2014

La Magia Gótica del Museo Catedralicio de Astorga



Después de observar con genuino interés esa cruz procesional o Lignum Crucis que, según se dice, perteneció a los caballeros templarios de Ponferrada, y dejarse llevar por el subyugante magnetismo de las formidables imágenes marianas que se localizan principalmente en la planta baja del museo, el peregrino centra ahora su atención, en el hechizo de los magníficos retablos góticos, que constituyen, qué duda cabe, otra de las glorias inherentes al lugar. Anónimos, aunque pertenecientes a reconocidas escuelas europeas, ofrecen una idea de ese tráfico cultural que, amparado en las vías de comunicación afines a los Caminos de Santiago, fue creciendo y evolucionando también, a medida que el estilo argótico –como lo definía ese gran enigma moderno que fue Fulcanelli- iba sembrando de maravillosos bosques de piedra –las catedrales- las principales ciudades de Occidente. Sus detalles y sus temáticas, no obstante, inducen en el pensamiento del peregrino ideas, preguntas y dudas, en algún caso tendenciosas, como tendenciosos son, supone, con cierto grado de causa, aquellos temas que bien podrían encuadrarse dentro de los misterios del Cristianismo.
La temática del primero de los retablos, que lleva el genuino título de La invención de la cruz, hace que su imaginación vuele lejos, a aquellos primeros tiempos del Cristianismo y a la figura, secundaria en este caso, de un emperador, Constantino, que fue el primero o de los primeros, según dicen, en utilizar los beneficios de la Religión como arma política de Estado, una vez asegurado el poder, después de los relevantes acontecimientos ocurridos supuestamente antes, durante y después de la batalla de Puente Milvio y la derrota definitiva de su rival, Magencio. En el retablo no aparece Constantino, pero sí Helena, su madre, aquélla que, después de peregrinar a los Santos Lugares se hizo, según la tradición, con la auténtica Vera Cruz, la cruz donde Cristo fue crucificado, el talismán sagrado que marchaba siempre al frente de los ejércitos cruzados cuando iban a entrar en batalla y que se perdió irremisiblemente en 1271 en la batalla de los Cuernos de Hattin, que fue el comienzo del fin del Reino Cristiano de Jerusalén y también, una vez perdida definitivamente Tierra Santa, parte del principio del fin de la más carismática de las órdenes religioso-militares de la época: la Orden del Temple.

Óleo sobre tabla, del siglo XV, al peregrino le resultan curiosos algunos de los detalles en los que, piensa, la imaginación del artista anónimo recreó un paisaje idílico, europeo, impropio de la aridez de un lugar como Jerusalén y sin duda muy alejado de la -en teoría- siniestra constitución de un monte, el Gólgota -reposo, presumiblemente también, de Adán- donde supuestamente el santo madero quedó enterrado y olvidado. A Santa Helena la acompaña un número muy específico de damas, tres, y el peregrino, si no meticuloso al menos sí suspicaz, se pregunta si tal vez en la mente del desconocido ejecutor flotara el heterodoxo tufillo alusivo a la Triple Diosa, ego las Tres Madres Celtas, ego las Tres Marías.

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Más curioso le resulta aun si cabe, otro óleo ejecutado sobre tabla y con técnica similar al anterior, igualmente del siglo XV, que llevando por título Aparición de Cristo resucitado a los apóstoles, muestra al racional e incrédulo Tomás -que no el Dídimo- introduciendo los dedos en la llaga producida en el costado por la lanza de Longinos, y se pregunta, intrigado, por qué a Tomás se le permite ese tocamiento –ver para creer, que no creer para ver- y la reacción, supuestamente ante el primer testigo de la Resurrección, María Magdalena, constituya todo un rechazo, bajo la fórmula de las palabras noli me tangere, es decir, no me toques, que suelen acompañar siempre esa otra representación.
Se pregunta a continuación el peregrino, observando las sobrenaturales escenas que acompañan la Vida, tentaciones, tormentos y muerte de San Antonio Abad -algo más modernas que las anteriores, pues pertenecen, según los especialistas, al primer cuarto del siglo XVI- si quizás el anónimo maestro también se inspiró en las grotescas concepciones del Infierno de Dante a la hora de representar a esos enojosos y eternos anarquistas de la tentación y la tortura beatífica, presentes en la vida de todo eremita, que son los demonios. Hay, no obstante, reflexiona el peregrino, algo decididamente familiar en ese tirar la casa por la ventana, que siglos después de muerto San Antón, se puso de moda en la Hesperia abatida y humillada del siglo VII y que originó hermosas leyendas, dignas de la más pura nobleza baturra, en la carismática vida de santos crepusculares, como San Frutos y San Saturio.
Más real, sin embargo, le parece la presencia del Ángel Negro, el Ángel de la Muerte, posiblemente mantenido a raya por ese Ángel de la Guarda, que en ocasiones no es tan buen pastor, pero que cuando está presente no permite que el otro haga trampas -como en las psicostasis románicas- con el reloj vital del humano -santo o no- elegido.
Posiblemente, más extraña e incluso una probable rareza, sea, por último, la representación de San Francisco -santo que firmaba, precisamente con la Tau que distinguía al bueno de San Antón-, y no por las señales de los estigmas de la Pasión -que ya hubo precedentes modernos que también dieron el campanazo, como los hermanos Bongiovanni- sino por la extraña representación de un Cristo dotado de alas, quizás representando a ese simbólico pelícano que se abre el pecho para alimentar a sus hijos, pero que, a la vez, y a través del dolor, también ofrece parte de ese Cáliz Amargo que otro ángel, a su vez, le presentó en el Huerto de los Olivos, antes de que el gallo cantara tres veces, Pedro le negara otras tantas y el madero esperara su carne y su sangre.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Nuestras Señoras de León


Proceden de santuarios, ermitas e iglesias de pequeñas parroquias que se extienden por infinitos montes, valles y llanuras. Algunas, quizás las menos, piensa el peregrino entristecido, aún conservan su antigua advocación. Pero la mayoría, ese grueso general que rompe y rasga con su sola presencia los velos isíacos del misterio y la tradición, son anónimas. Tampoco todas están en las mismas condiciones de conservación, pero en su mayoría, en especial aquellas que pertenecen a los siglos XII y XIII, conservan, cuando menos, un detalle en común: su excepcional hieratismo. Sus atributos, también salvo excepciones, portan un objeto que, al fin y al cabo, sonríe el peregrino, ofrece una singular pista sobre su milenario origen: la bola. La bola o esfera que define la esencia y a la vez la presencia, nunca eliminada del todo, de los primigenios cultos matriarcales a la figura de la Gran Diosa Madre. O a la Triple Diosa, posteriormente camuflada bajo la forma de las Tres Madres Celtas o las Tres Marías Cristianas, cuyos santuarios se encontraban cercanos entre sí, formando un signo púbico perfecto: el triángulo con el vértice invertido. Aquél símbolo primordial, al que en tiempos de Salomón se añadió otro triángulo superpuesto, con el vértice hacia arriba, que simbolizaba el falo fecundador del Padre. O lo que hubiera sido un equilibrio perfecto, como perfecto fue el equilibrio entre los dioses y diosas griegos del Olimpo, antes de que el iracundo Zeus diera un golpe de estado, haciéndose con el mando supremo y el poder. Revolución divina, que posteriormente ocurrió con el Yahvé de los judíos y el Dios de los cristianos. Alguna de ellas, simplemente con su advocación, por ejemplo, de la Blanca, hacen que el peregrino piense en esos Montes Albos o esos Montes Albanes, tan abundantes en los caminos y en cuyas inmediaciones, casual o causalmente, solía establecer posiciones una orden religioso-militar, que sentía una más que ferviente devoción por aquélla figura, Nuestra Señora, cuyo término ya comenzara a acuñar San Bernardo, su padrino espiritual: los templarios. En otras, anónimas, salvo una escueta numeración que al peregrino se le antoja una completa burla, se vislumbran símbolos de heterodoxa trascendencia, como las serpientes -o esas wouivres celtas, que a la vez definían las cualidades telúricas del lugar- dibujadas en el manto, que a la vez explicaría el por qué de la tenacidad legendaria de algunas imágenes a ser trasladadas del lugar donde, generalmente de forma milagrosa, fueron encontradas. Tal vez, incluso, la florida tradición atribuya al propio San Lucas la creación de alguna de ellas, o incluso al propio Santiago, que tan poco éxito, según la Leyenda Dorada, tuvo en sus primeras peregrinaciones a esta Hesperia donde el propio Hércules, milenios antes, triunfó en algunos de sus trabajos.

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jueves, 6 de noviembre de 2014

La catedral de Astorga



La Maragatería. Y su capital, la Asturica Augusta romana: la moderna Astorga, siempre fiel al espíritu del Camino. De detrás de sus murallas, levantadas por la Legio X Gémina, aquélla que participara en las cruentas guerras cántabras, partió Santo Toribio, que fue su obispo, hacia las cumbres misteriosas del sagrado Monsacro asturiano para depositar el arca con las reliquias que había traído de Jerusalén, hoy día custodiadas en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, evitando que cayeran en manos agarenas. Es, pues, parte del ancestral espíritu de cientos, miles de años de Historia el que se deja sentir por una ciudad que, aunque rendida a las inevitables circunstancias del barbarismo moderno, todavía mantiene el florido sabor de las tradiciones. El peregrino lo sabe, y tal vez por ser consciente de ello, siente una emoción muy particular cuando recorre la Avenida de Ponferrada –puerta del Bierzo y corazón templario de León-, en dirección al casco antiguo, donde se levantan dos auténticas joyas del Camino, que ha venido exprofeso a visitar: la Catedral y el Palacio Episcopal, ésta última obra sublime del inimitable Maestro Antoni Gaudí que, reconvertido en Museo de los Caminos, bien que se nutre de ellos, para solaz de viajeros y peregrinos. Apenas faltan unos días para que el bifaz Jano deje abierta de par en par la puerta de la Jauna Coeli, aquélla que, por San Juan, libera toda la magia del solsticio de verano, y quizás motivado por ello, en el aire le parezca sentir efluvios con sabor a madera de roble sacrificada en las hogueras.
Hace calor, y si el sofoco no causa mella dejando perlas de salitre en la frente del peregrino, quizás se deba, así mismo, a la caricia salvaje de ese viento que levanta toldos y banderolas españolas, antes de retornar mohíno a su encierro en las mágicas cumbres del Teleno. El Teleno, el monte sagrado por excelencia, que todo leonés lleva en su corazón y hacia el que mira siempre sin importar lo cerca o lejos que se encuentre. Pronto, en su camino, el peregrino divisa, tras la custodia inmutable de unas murallas que son gemelas de las de la vecina ciudad de Lugo, unas estructuras de fantasía que elevan torres y agujas hacia la inmensidad del infinito. En su mente, finita y prisionera, no obstante, de los límites de las tres dimensiones, la comparación, recurso pobre pero inevitable, al fin y al cabo, hace que piense en ellas como en auténticos árboles de la vida que, simbólicamente hablando, conectan la tierra con el cielo. Curiosa, cuando menos como la misma Astorga, la hercúlea figura del maragato –que en tiempos sufrió el mal del rechazo, como el agote navarro o el vaqueiro de alzada asturiano-, corona una de las torres de la catedral, semejando un sobrenatural San Miguel que le indica al peregrino la dirección hacia el Oeste: aquélla que, indivisiblemente, han de seguir sus pasos hacia el Campus Stellae y aún más allá, todavía, hacia el imaginario Jardín de la Oca, que impera sobre ese extraordinario y simbólico lugar, también, donde reposa eternamente el espíritu de los antepasados, que es Occidente y su Finis Terrae. Como decía Antonio Machado: Caminante no hay camino, sino estelas en la mar.


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Frente a la fachada occidental, obra de los arquitectos Francisco y Manuel de la Lastra, padre e hijo, respectivamente, el peregrino no puede evitar un intenso estremecimiento ante la idea de que está a punto de comenzar un pequeño viaje en el tiempo. Se asegura que aquí, donde se levanta este imponente bosque de piedra, hubo antes una iglesia prerrománica, tal vez visigoda, y otra románica, de la que al parecer se conserva, como testimonio, el año de su consagración: 1069. La catedral, aunque tardía, aplica, no obstante, esos milenarios conceptos con los que Bernardo de Claraval definía a Dios: ‘altura y anchura y profundidad y amplitud’. En su construcción, desde los comienzos de los trabajos, pocos años antes de la definitiva toma de Granada por los Reyes Católicos, hasta su finalización en el siglo XVIII, varios son los estilos artísticos que la definen; pero independientemente de ello, el peregrino tiene la certeza –como va comprobando a medida que profundiza en su visita-, de que los antiguos misterios están presentes. Posiblemente, uno de los más relevantes se localice en el cuerpo central de ésta magnífica portada occidental, frente a la que está detenido, y en el tema que trata: el descendimiento. Una obra sobresaliente en detalles, entre los que destacan el curioso recipiente que sostiene en sus manos, aparentemente, la de Magdala. Pero observando a la ingente multitud que se agolpa al pie de la cruz, al peregrino, recordando las posteriores historias del Grial, le viene a la mente la pregunta del millón: ¿José de Arimatea o Nicodemo?. Singular, así mismo, le parece la escena, en uno de los laterales, de la curación del ciego de Betsaida. No tendría, quizás, esa singularidad, si no fuera por el detalle de que el ciego, arrodillado ante Cristo, mantiene sujeto por una cordel a un perro. ¿Un precedente de San Roque -se pregunta el peregrino-, el santo más caminero, cuya presencia no es difícil encontrar en cualquier iglesia; una alusión a las hermandades canteriles o, por el contrario, una referencia a los perros de Roma, como así denominaban a la Iglesia algunos colectivos considerados heréticos, como los cátaros?.
Pero las sorpresas, como puede constatar el peregrino, continúan de puertas para adentro. Renacentistas o barrocos, todos los antiguos paradigmas están presentes en algunos de los arcosolios de unas capillas cuyas verjas, niegan el acceso: el hombre verde, el perro, el león apenas a unos centímetros del agnus dei, el racimo de uvas, símbolo representativo de esas antiguas deidades como Dionisos o Baco-Soter (Salvador), cuyas vidas tienen tanto paralelismo con la del propio Cristo. Su Retablo Mayor, obra del escultor Gaspar Becerra, considerado en algunas fuentes como la obra cumbre del romanismo español que, sin embargo, parece una pequeña calcomanía en comparación con la inconmensurable belleza de unas bóvedas estrelladas, que rozan la perfección.

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Aunque la parte gótica se atribuye a Gil de Hontañón, observando las bóvedas estrelladas, el peregrino no puede evitar preguntarse si quizás fueran obra y no simple vinculación, de los arquitectos Juan y Simón de Colonia, cuya catedral alberga las supuestas reliquias de los Reyes Magos, y mirando, se congratula de que los efectos del terrible terremoto de Lisboa, de 1755, fueran mejor reparados que en otras obras cumbre del Camino, como la no excesivamente lejana iglesia de Santa María la Blanca, en Villalcázar de Sirga, provincia de Palencia.
 
Un hermoso juego de luz y sombras que se filtra por las vidrieras -lejos están, desde luego, de las originales que todavía luce la catedral de León-, despiden al peregrino, que no puede evitar, al salir, volver la mirada hacia el trascoro para echar un postrer vistazo a dos figuras que, no obstante impertérritas, parecen tener personalidad propia: Santo Toribio de Astorga y aquélla imagen mariana, por debajo, que todo el mundo conoce como La Milagrosa. Y de esto tratará la segunda parte de su visita: de Nuestras Señoras de León.