sábado, 4 de febrero de 2012

Un lago para la Leyenda, el de Carucedo



'Pensando en su significado simbólico, un lago es la imagen enantiomorfa de la bóveda celeste que se refleja en sus aguas. Es el espejo líquido de lo sagrado; el cielo que se acerca hasta la supeficie de la Tierra y pone su imagen al alcance de los mortales.

El lago es siempre una entidad mágica que conserva el misterio de sus orígenes desde el momento mismo en que nadie podría asegurar siempre y sin temor a equivocarse de dónde surgen las aguas que lo alimentan...' (1).


Si bien todos los caminos conducen a Roma, como asevera ese pozo de sabiduría que es el refranero popular, prefiero hacer justo honor a mi vivencia, situando Carucedo desde la misma puerta del hotel en Villamartín de la Abadía, dejando atrás poblaciones peculiares, como Priaranza del Bierzo -con su severo fratre del Temple, montando eterna guardia en su garita arbórea-, Santalla -con la cruz paté de color blanco, acompañando al rótulo de su farmacia situada a pie de carretera-, pasando por el desvío hacia el castillo de Cornatel, y algunos kilómetros más adelante, los desvíos hacia San Juan de Paluezas -donde en la actualidad, apenas se reconoce el románico original de su parroquial, pero sí se localiza parte de ese culto artístico a los árboles- continuando hacia Borrenes y Orellán, donde se sitúa el que posiblemente sea el más famoso de los miradores de Las Médulas, y circulando algunos metros por el pueblo, girar a la derecha, abandonando esa serpenteante carretera que, unos treinta o cuarenta kilòmetros más adelante, se adentra en la vecina provincia gallega de Ourense.
Dejando también atrás las casas transversales del pueblo, llegaremos a una extensa y apacible explanada donde, algunos metros también más adelante, veremos algunos árboles, contemplativos y en fila que, si damos rienda suelta a la imaginación, nos pueden parecer un pequeño escuadrón de caballeros medievales preparándose para la carga, situados poco menos que en la misma ribera de un horizonte acuoso, cuyo azul varía en función de la luz que incide sobre su inmóvil superficie. Habrá quien llegue hasta allí, sin ser consciente de que el lugar es especial, y quizás tampoco se dé cuenta de un prodigioso detalle: el silencio que impera en el lugar; pero para aquél que sabe de las ancestrales leyendas a él asociadas, el simple detalle de poner los pies sobre la mullida hierba y acercarse hasta la misma orilla del lago, le parecerá, no obstante, una experiencia trascendente. Verá una superficie pulida, hasta el punto de que el viento, suave como el murmullo encandilador de un arpa, apenas rompe una integridad que reproduce, con extraordinaria fidelidad, no sólo el entorno que lo rodea, sino también ese soberbio cielo que está por encima, alguna de cuyas constelaciones se supone que están representadas en la planta de castillos cercanos, como el de Ponferrada y, posiblemente también, en el de Cornatel. Tiempo de ensoñación, pero sobre todo, tiempo de leyenda. Atentos, pues, porque acabamos de traspasar el umbral al mundo fantástico de la Xana Carisia (2), la particular Dama del Lago del Bierzo.




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Atienza, en el libro referenciado, comenta una curiosa leyenda: la del monasterio de Carucedo. De labios de Alarcón (3), personificador como aquél de la perseverancia y el buen hacer, escuché la leyenda de la Xana Carisia, Las Médulas y la ciudad sumergida de Lucerna. En mi opinión, el hecho de que en el lugar se desarrollen tantos detalles, cuando no versiones, corrobora la importancia del mismo, y quizás sea un revulsivo para pensar por qué el bauceant de los templarios -que, por cierto, ondea en uno de los torreones de Cornatel- proliferó -aparte de por el oro de Las Médulas- en numerosos lugares de las cercanías, entre ellos, obviamente, el castillo de Cornatel, sobre uno de cuyos señores -he de pensar, que anterior a su ocupación por el Temple- se basa la primera de las leyendas, que iremos repasando.


Siendo León una tierra de eremitas y monasterios -no en vano, aquí se localiza la famosa Tebaida Berciana, y en cuanto a monasterios, aún contiene numerosos secretos, por ejemplo, aquél dedicado a Santa María, que se localiza en la cercana población de Carracedo- no puedo por menos que preguntarme si, después de todo, la leyenda que sitúa en el fondo del lago el desafortunado monasterio de Carucedo, tiene algún viso de realidad. Probablemene. El caso es que, según la leyenda, había aquí un lugar que la sabiduría y el labora de los monjes, hizo próspero, aprovechando no sólo sus conocimientos, sino también la fertilidad del lugar. Continúa con un niño huérfano, al que acogieron y cuidaron y que, cuando creció, sentía más pasión por las cosas terrenales que por las celestiales. Fue correspondido en el amor, pero cuando se las prometía más felices, en su camino se cruzó el señor de Cornatel, haciendo valer sus patentes de corsario carnal; o lo que es lo mismo, su feroz animalidad. El muchacho jura vengarse; el señor, aparece muerto. El muchacho desaparece. Al cabo de los años, y deseando hacer penitencia, ingresa en el monasterio sin ser reconocido. Por méritos, llega a ostentar el cargo de abad. Por su parte, la muchacha, echada su vida a perder, decide hacer penitencia, viviendo como eremita en el dédalo de galerías de las minas de Las Médulas. Se encuentran, se reconocen y, olvidando los votos pronunciados, se aman. Tiembla la tierra y una enorme catarata sepulta el valle y el monasterio.


Algunas fuentes, identifican a la Xana Carisia con una princesa astur. Y aquí es donde surgen mis dudas, y me pregunto si ésta leyenda que, como ya he dicho, se sitúa también por la zona de Leitariegos, no resultará una exportación de cuando las fronteras astures se expandieron, después de los oscuros episodios de Covadonga. Pero no es mi intención romper ningún encanto y mis poderes de mago, desde luego, no son tan fuertes como para deshacer hechizos. Sea como sea, despechada por el amor de un centurión romano, Carisio -que existió en realidad, como bien nos relata Schulten en su libro Cántabros y astures en su lucha contra Roma- unido a los deseos de venganza por la ruina montium provocada por la avidez de los conquistadores en los montes de Las Médulas lloró tanto y tan amargamente, que con sus lágrimas anegó la ciudad en la que vivía: Lucerna. Dice la leyenda que Carisia se aparece en la mañana de San Juan, y que es en ésta fecha mágica cuando se puede ver, en la orilla del lago, el peine de oro que utiliza para peinarse los largos cabellos.


Verdad o ficción -tómese o no a broma, pero hay ocasiones en que una y otra se abrazan tan estrechamente, que es difícil adivinar cuál es una y cuál es otra- lo cierto es que el lugar está impregnada por la antigua magia celta. Y un detalle curioso, sobre el que os propongo meditar: en ambos casos, el Amor siempre está presente. ¿Será que, de alguna manera, éste también representa un pozo sin fondo?.


Cierto que visité el lugar en enero; pero no diría yo que algún día, en vísperas de San Juan, no me deje caer por allí una mañana. Lo que sí aseguro es que hubo momentos, mientras contemplaba las plácidas aguas del lago, en que me sentí observado. La primera vez, la tarde comenzaba a declinar. A la mañana siguiente, una notable helada cubría de blanco la hierba de las orillas. En la rama de un árbol, colgaba un lacillo de color rojo. Reconozco que lo pensé; pero no, no pertenecía a Carisia: formaba parte del sedal de un desafortunado pescador.


Hay otras magias, claro; por eso digo que, a falta de xanas, buenas son brujas.





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(1) Juan García Atienza: 'Leyendas mágicas de España', Editorial EDAF, S.A., 1997, página 75.


(2) En Asturias, recibe el nombre de Caricea e idéntica leyenda, se situaría en el ámbito de Leitariegos.


(3) Para saber más sobre esa magia legendaria que envuelve al Bierzo y su entorno, recomiendo la lectura del libro de Rafael Alarcón Herrera, 'La huella de los templarios, ritos y mitos de la Orden del Temple', Ediciones Robinbook, S.A., 2004, capítulo El Reino de León: la herencia pagana de los godos, páginas 161 a 228.