martes, 12 de julio de 2016

Santa María de Muxía


'Para el caminante, para el peregrino de la Vida, la dicha y el gozo renacen cuando se descubre un nuevo horizonte que alcanzar' (1)

De Santa María de Fisterra a Santa María de Muxía y tiro porque me toca. En realidad, el santuario que destaca en esta hermosa villa marinera, es el de la Virxen da Barca. Aun quedan lágrimas negras de chapapote en algunos lugares de la costa, y sobre todo, encallecidos en ese viejo hatillo que, a fin de cuentas, es el hábito benito del recuerdo. Después del Prestige, la desgracia -por algo será que nunca vienen solas, como dice el sabio refranero popular-, se abatió también sobre este memorable santuario. Mortalmente herido por un rayo, el peregrino pasa de largo y recala en una pequeña iglesia románica que, desde lo más alto y encajada entre singulares peñas vigila con nostálgica parsimonia esa mar impredecible, de la que nunca se sabe con qué te puede sorprender. Sobre uno de los Agnus Dei que coronan su tejaroz, una gaviota observa impasible el horizonte. El peregrino la observa y procura no alterar su aparente estado de nirvana contemplativo mientras apunta y dispara con la cámara. Con cada click producido por el botón disparador de ésta, el peregrino se siente como un dios, capaz de consignar para siempre un recuerdo. Sabe que cuando abandone el lugar, muchos recuerdos caminarán de regreso con él. Pero en el fondo, también sabe que el único recuerdo que verdaderamente importa es lo que se lleva consigo en su corazón: esa nube pasajera que se aleja, el rumor de la ola deshaciéndose dócilmente en espuma allá abajo, en el malecón, el sol, que dora las tejas de una iglesuca marinera, cuyas piedras, cubiertas en muchas partes de musguillo todavía recuerdan, enhiestas y orgullosas, otra de las finalidades para las que fueron diseñadas; perdurar.

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(1) Grian: 'El peregrino loco', Ediciones Obelisco, S,L., Barcelona, 2006