viernes, 24 de julio de 2009

Foráneos del Cantábrico: Cudillero

Cudillero - Cuillero

Situado en plena costa cantábrica, a unos 40 kilómetros de Oviedo, y a 50 kilómetros, aproximadamente de una ciudad marinera de particular encanto también, como es Luarca, es durante estos meses estivales cuando a Cudillero se le podría definir como ese pequeño Caribe asturiano, que atrae en vacaciones a cientos de visitantes, llegados de diferentes puntos de España y también del extranjero. Quizás por este detalle, y porque han hecho del turismo su principal fuente de ingresos, aparte de la pesca, en su paseo marítimo ondean visiblemente, mecidas por el viento, las banderas de todas las comunidades autónomas.


Posiblemente debido a ese turismo, invasor y caprichoso, que todos los años multiplica su población por tres, los lugares de estacionamiento de vehículos han ido restándole sitio, en el puerto, a terrenos donde antaño se refugiaban docenas de pequeñas embarcaciones marineras, cuyos alegres colores, en muchas ocasiones alejan de la realidad lo que en definitiva son las alegrías y tristezas de una raza marinera cuya fama dio la vuelta al mundo en el pasado, pero cuyo orgullo continúa intacto en el presente.


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Peregrino en Asturies

Existe todo un mundo ahí fuera: ¡ve y descúbrelo!, escribía Rudyar Kipling en una de sus novelas más conocidas y entrañables: Kim, de la India. Estábamos todavía en los albores de un siglo, el XIX, en el que aventura y exotismo enmascaraban, de algún modo, grandes vergüenzas de la Humanidad, como el imperialismo y la esclavitud. Un siglo donde el hombre, quizás más que en ningún otro, y seguramente lejos de motivos altruistas, sintió la necesidad de explorar y conocer el mundo que le rodeaba. De esa manera, surgieron numerosas asociaciones de carácter más o menos científico -como la National Geographic Society norteamericana- que enviaban especialistas y expediciones a todo lo largo y ancho de la geografía mundial creando, de alguna forma, los pilares de lo que en el futuro se convertiría en todo un fenómeno de masas: el turismo.
Lejos de considerarme un turista, propiamente hablando, me considero mejor un aventurero; alguien que, lejos de pretender alcanzar los efímeros laureles de una fama que no sirve, si no, para alimentar vanidades de las que el ser humano, por su condición, va ampliamente sobrado, siente una especial atracción por conocer su país y llegar algún día a vislumbrar parte de una Historia rica en matices y acontecimientos que, intencionadamente o no, se nos ocultan en esas frías, aburridas escuelas donde tradicionalmente se nos pretende formar como hombres de provecho.
Por eso, porque tengo tantas preguntas y tan pocas respuestas, soy inquieto. Y esa inquietud me induce, por ejemplo, como en este caso, a dejar atrás los campos de Castilla y penetrar en otro mundo; un mundo en el que hasta las nieblas que coronan sus valles y montañas; sus pequeñas aldeas, sus riachuelos, su arte antiquisimo o la belleza de sus costas, te hacen pensar en la Magia. Y que ésta, lejos de la entrañable fantasía, digamos, por ejemplo, de Walt Disney, existe. Porque yo entiendo por Magia, todo aquello capaz de sorprenderme.
Dejadme, pues, que os muestre la Magia de mi última peregrinación por Asturias; un pequeño viaje mágico con el que espero que disfrutéis tanto como lo hice yo. Y quién sabe: a lo mejor, hasta también vosotros os sorprendéis y llegáis a sentir parte de esa Magia de la que nunca me canso de hablar.

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