martes, 29 de septiembre de 2015

Santa Gadea del Cid: ermita de la Virgen de las Eras



Es Santa Gadea del Cid, una curiosa población, que dista, aproximadamente, una veintena de kilómetros de Pancorbo y su significativo desfiladero. No siempre se llamó así; y tampoco hay que confundirla con la otra famosa población burgalesa, donde el Campeador –aquél indómito caballero que según la tradición, veló armas en la iglesia zamorana y extramuros de Santiago-, protagonizó la prueba del laberinto –metafóricamente hablando-, que traería como consecuencia su odisea personal, sus viajes de ida y vuelta por los numerosos rincones de la España cristiana y musulmana, la consecución de un mito que le elevaría a los altares del heroísmo nacional y la inefable melancolía del eterno retorno: la Jura. De hecho, a este lugar, como bien sabían los peregrinos de antaño –tantos y tantos pies, que fueron asentando el polvo de la tierra en los caminos-, se le conocía con el curioso nombre de Término. Con este nombre, fue una importante plaza de armas en la Edad Media y con este mismo nombre, D. Lope Díaz de Haro, quinto Señor de Vizcaya, le otorgó uno de los fueros más privilegiados del momento: el de Logroño. De hecho, el peregrino que recala en la actual Santa Gadea, observará, posiblemente herido de nostalgia, parte de la grandeza del antiguo Término, en los restos de la muralla que la circundaba; en el aspecto castellano medieval de las casas cercanas a la plaza –que poco a poco, van sucumbiendo también al empuje del mortero a granel y el ladrillo moderno-, y en una imponente iglesia gótica, de aspecto sólido, fortificado y de sobrestimada pecunia, en cuya portada principal, no obstante y sin embargo, encontrará, para su deleite, parte de los viejos mitos de siempre, si bien disimulados con nuevos hábitos, que le harán pensar, pudiera darse el caso, en esa ley inmutable que afirma que nada se crea ni se destruye, sino que tan sólo se transforma.

Ahora bien, si el tiempo y el cansancio no se lo impiden y cruza la carretera general que se pierde hacia el monasterio de la Santa Espina, y eleva la mirada por encima del viejo y deteriorado crucero del siglo XVI –al que se refieren en el pueblo como Crucero de Encima la Villa-, apreciará, solitaria, melancólica pero henchida de antiguo orgullo bizantino y con la espadaña oteando hacia los campos de labor, una vieja ermita. Precisamente dedicada a la Virgen de las Eras, puede que el peregrino, suspicaz, piense, al observar los campos de trigo en lontananza, no en esas gotas de sangre de Cristo –como piensan o pensaban antiguamente los campesinos de la Europa oriental refiriéndose al preciado cereal, según Mircea Eliade-, pero sí, quizás, en esas simbólicas menstruaciones con las que las antiguas divinidades femeninas, como Ceres, gratificaban el esfuerzo y el sudor de los antiguos y fieles campesinos que les rendían culto. Por otra parte la iglesia, cuya solera hemos de situar a lomos de los siglos XII y XIII, aún con signos evidentes de deterioro en algunos lugares y con añadidos posteriores, muestra una variada ornamentación, cuyos motivos seguramente le resulten interesantes, porque observará, en esos rostros inmutables -cuya mirada, más que ausente parece eternamente dormida, como esas otras alusiones a la Diosa que son, al fin y al cabo, las figuras de la Bella Durmiente y Blancanieves -, encantados modelos que una vez fueron de carne y hueso y que siglos ha, formaron parte de una sociedad cuyo pensamiento se debatía entre la nostalgia del ayer y los imprevisibles nubarrones del futuro: reyes, sacerdotes, soldados, campesinos, doncellas abrasándose en el fuego de la carne, enredados en los sarmientos del espíritu, ahogados en las charcas de la fe. Metáforas y alusiones aparte, puede incluso que la perspicacia del peregrino le llevé a observar, además y a ambos lados de las jambas de una portada que muestra un curioso arco lobulado, mudéjar tal vez, esos triples recintos en cuyo centro destaca una pequeña cruz paté, que le recuerden la antigua vigilancia de los custodios del camino; aquéllos, en cuyas iglesias, ermitas y encomiendas solían poner en práctica los signos de reconocimiento sugeridos por el Maestro Roncellín.

Santa Gadea del Cid, antiguo Término y su ermita de la Virgen de las Eras quedan atrás, pero el Camino continúa. Como los colonos americanos en las infinitas praderas, go west: siempre al Oeste.

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