jueves, 1 de octubre de 2009

Una curiosidad de las Merindades: la fuente de Villarcayo

Mi conocimiento de Villarcayo, segunda capital en importancia de las Merindades, bien se puede decir que se produjo de una manera netamente nocturna y por supuesto, con alevosía. Recuerdo que, cuál vampiros, recalábamos en Villarcayo cuando la luna comenzaba a desesperezarse, intentando quitarse los legañas. En las noches que la contemplé, creo que no lo consiguió del todo, de manera que a veces supuse que alguna bruja no había hecho su trabajo, ayudándola con la escoba.
Como los vampiros, decía, nos acercábamos a Villarcayo con el estómago aullando y las manos deseando sostener una carta que los ojos leían, posiblemente con la misma avidez con la que un ratón se lanzaría sobre el pedazo de queso. Siempre parábamos en el mismo sitio, un bar restaurante cercano al Ayuntamiento. Y al hacerlo, por supuesto, no dejábamos de pasar por esta curiosa fuente que, a diferencia de la mayoría de fuentes que conozco, los chorros de agua se dirigen de fuera a adentro. Un curioso efecto que, a esas horas en las que Selene rumbea con los sortilegios, no deja de llamar poderosamente la atención.
La fuente, de la que ignoro por completo su historia, tiene su encanto y por supuesto su misterio. Sean las gotas imperceptibles de agua, o los duendes, que tienen la costumbre también de salir de noche a cachondearse de los poetas, no hay foto en la que no aparezcan esos curiosos ovnis que, a falta de nombre mejor se denominan orbes y de los que, curiosamente, se podría escribir mucho sin saber exactamente de lo que estamos hablando.
Otra particularidad que tiene la fuente en cuestión -y si no, que se lo pregunten al bueno del amigo Fende- es que tiene los chorrillos regulados; de tal manera, que a cierta hora de la noche se corta el grifo sin avisar, y algún fotógrafo tardío se queda tal cuál: tardíamente frustrado.
Otros, aprovechan para refrescarse un poco la coronilla -puntos canteriales incluidos- con la disculpa del posado de pareja, y hasta se puede escuchar la voz cizañera de algún que otro Malvís -para el profano, añadiré que un Malvís se recoge en los bestiarios medievales como un mito románico, semejante a la terrible quimera- apelando a la santa Quiteria.
No lejos de la fuente, está la estatua del poeta solitario y cabizbajo, siempre mirando al suelo que, bien mirado, a veces recuerda a un servidor y podría ser la explicación para que todos los demás vieran alguna de las dichosas Perseidas, mientras yo me quedaba con el marcador ocular a cero.
Es lo bueno que tienen los viajes compartidos, que, después de todo, las anécdotas y experiencias se multiplican.
De todas maneras, juro que no tiré ninguna moneda al agua de la fuente, ni pedi ningún deseo. Pero eso sólo fue, simplemente por olvido.