domingo, 19 de enero de 2014

Entre Frómista y Villalcázar de Sirga, Población de Campos: la ermita de San Miguel


Una vez dejada atrás Frómista,y continuando ruta por la llanura palentina y el viejo Camino Francés, apenas son unos insignificantes kilómetros los que separan al peregrino de un pequeño pueblo, definido por Aymeric Picaud, en su Codex Calistino, como Población. Población de Campos, nombre con el que se define en la actualidad, posee dos iglesias románicas, datadas aproximadamente en el siglo XIII: una muy reformada y principal, la de Nuestra Señora del Socorro, emplazada dentro del casco urbano, y otra más humilde y mejor conservada en aspecto original, dedicada a la figura de San Miguel. Obviando la primera, mi recomendación es la dejarse llevar por el encanto y la paz de ésta última y dejarse llevar unos minutos en plácida contemplación. No en vano, está situada a las afueras del pueblo, al otro lado de la carretera, enfrente del cementerio municipal y al lado de unos campos de labor que parecen extenderse hacia el infinito.
La de San Miguel, es una iglesia de una sola nave, de planta rectangular y una curiosa portada, que en su ejecución, ya apunta maneras de ese arte goético -en palabras de Fulcanelli-, que sembró de magia arquitectónica buena parte de las construcciones sacras de la provincia. La portada principal,orientada al oeste, recuerda las típicas construcciones lucenses de la zona de O Cebreiro, e inciden, probablemente, en ese acto simbólico de dejar el ocaso a la espalda para recibir la luz. Una luz que, a juzgar por lo poco que se puede ver a través del cristal, viene directamente proporcionada por la figura mítica del Arcángel Solar, blandiendo escudo y espada para doblegar al Diablo, ataviado con un traje donde sobresalen dos colores eminentemente simbólicos, como son el rojo y el blanco: el rojo, relacionado con la sangre del martirio, derramada por numerosos integrantes de las órdenes militares que le tenían como Santo Padrino, y el blanco, símbolo distintivo de pureza.
Quizás uno de sus mayores atractivos, reside en su práctica escasez de ornamentación, reduciéndose ésta a dos series de canecillos, repartidos en ambos laterales, que a pesar de su desgaste, muestran sencillos elementos geométricos, incluidos los ajedrezados, generalmente conocidos como de estilo jaqués, y un águila abalanzándose sobre un conejo, que simbolizaría, a grosso modo, la confrontación de dos elementos típicamente antagónicos, como sería lo solar, simbolizado por el águila y lo lunar, simbolizado por el conejo, animal no sólo considerado impuro, sino también terrestre y subterráneo, pues habita en la oscuridad de sus madrigueras.
Una pequeña arboleda, con su correspondiente pradera, aseguran una sombra fresca, que sin duda se agradece en los tórridos meses de verano. Y a juzgar por los restos de roca que se vislumbran, sobre todo en el lado norte, no descartaría la posibilidad de que en tiempos pretéritos, hubiera existido en el lugar algún tipo de santuario de carácter megalítico.

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