miércoles, 22 de septiembre de 2010

Historias mágicas: la Queimada




No hay mejor historia mágica, que aquella que se asienta en las páginas insustanciales de ese libro maravilloso cuyas páginas se escriben de recuerdos. De la presente historia, recuerdo un día repleto de acontecimientos. Un día intenso, que comenzó, inusualmente, sin ese paseíllo vespertino por los alrededores de Néstar. La mañana anterior, sin embargo, los antiguos y desterrados lares, nos habían sorprendido con algunos detalles de magia natural, que sólo se advierten cuando la noche y el día, siguiendo un ritual tan antiguo como el mundo, se hacen el relevo, mientras en el intervalo que separa el bostezo de una y el escrupuloso atusamiento de legañas del otro, pequeños universos encantados eclosionan y finalmente desaparecen.

Mundos contenidos, por ejemplo, en diminutas gotas de rocío que lavan la cara de los campos, y también en telarañas plateadas, que asentándose entre las plantas sin distinguir la belleza o condición de éstas, sirven de jergón improvisado para hadas y duendes, y aún se alcanzan a ver después del sueño de una noche de verano, tímidamente doradas por los primeros rayos del sol.

Pero para poder continuar con esta historia, es preciso hacer que las agujas del reloj corran hacia atrás lo más deprisa posible, y se detengan, pongamos por caso, dos noches antes: precisamente después de una opípara cena, en ese momento en el que las conversaciones se encienden de misterio y las promesas flotan en un cálido ambiente, preludio de la liberación de fantasmas con la última campanada de la medianoche.




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Fuera de la casa, y seguramente hechizado por la luna, un gato maullaba lastimeramente, siendo contestado en la distancia, por el ladrido de un perro casero, que quizás hubiera olfateado el paso nervioso y rápido de un ratón por el alféizar de la ventana. Podría añadir, que escuché también el canto profundo y áspero de una lechuza, pero no sería verdad. Aunque sí me pareció escuchar las campanillas de las vacas que pasaban la noche al raso en un campo cercano al Puente Perdiz, ese estupendo puente romano que formaba parte, en tiempos, de la calzada que unía Pisoracum con Portus Blendium.


Quizás fuera por el aguardiente de miel, pero yo tiendo a pensar que fue, más bien, por esos deseos ejemplares de agradar al huésped, hasta el punto de hacer que éste, en lugar de saberse en un hostal rural, pensara definitivamente estar pasando unos días de vacaciones en casa de unos parientes. He aquí, pues, cómo se gestó la queimada y cómo, de una forma que hace sospechar en la cómplice intencionalidad de los hados, quisieron éstos que nuestro último día lo pasáramos allende las fronteras nestorianas palentinas, en una tierra que, si no fuera por ese terruño querido que es siempre mi Asturias Patria querida, estaría continuamente dándose la mano con esa Galicia ancestral, cuna de innumerables tradiciones y leyendas: Cantabria.





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Las agujas del reloj, inexorables, como su Patrón, el Tiempo, son de naturaleza inquieta y por tanto, difíciles de sujetar. Tan difíciles de sujetar, que aunque podían haber esperado un poco más en ese cercano pasado, han obviado los deseos de este soñador, y a su antojo y discreción, han vuelto al principio de este anecdótico recuerdo. Posiblemente por eso, y obligado, me encuentre en este momento recordando una colegiata, Cervatos y un tantrismo canecístico más propio de esos tiempos de mouchos, coruxas, sapos e bruxas, que de un estilo monástico que siempre se ha caracterizado por la observancia más estricta.


Más acordes, quizás, con la tradición, esos montes cercanos a los Corrales de Buelna, preludiaban, con su impenetrable misterio, el hogar último de demos, trasgos e diaños; y más allá, en Castañeda y los alrededores de su colegiata, espritos das nevoadas veigas, corvos, píntigas e meigas, conjurados para acompañarnos en el viaje de regreso.


Yo no voy a juzgar el resultado -que bien o mal, se puede ver en los vídeos-, pero desde luego, y siguiendo la tradición, no todos los vasos que dejamos en la mesa en recuerdo de los amigos que no estaban, permanecieron tal cual al día siguiente.


De manera que me complace pensar que quizás éstos, al igual que los Reyes en la noche más mágica del año para los niños, hicieron también los honores a nuestra queimada.