viernes, 14 de febrero de 2014

Carrión de los Condes: iglesia de Santiago



El siguiente punto de parada en Carrión de los Condes, imprescindible, sobre todo si el peregrino o el visitante son amantes del arte románico de calidad, dejándose llevar a la vez por el buen gusto, es la iglesia de Santiago. Santiago, como muchos otros monumentos de su época, es un templo herido mortalmente, pero en cuya portada, no obstante, se muestra todavía, con buena parte de su original esplendor, el orgullo, la maestría y el buen hacer de unos canteros que en la ejecución de su trabajo, rozaron la perfección. Reconvertido en Museo de Arte Sacro en la actualidad, constituye este detalle, a la vez, un aliciente, cuando menos antropológico y añadido, que nadie debería dejar pasar por alto; sobre todo, si realmente desea que su paso por esta longeva e histórica ciudad, sirva de impregnación cultural de referencias de inequívoco valor simbólico, donde la sorpresa, referida en particular a algún elemento determinado, como veremos en el futuro, les ha de resultar verdaderamente fascinante.

Por otra parte, no es cuestión de valorar en esta entrada las coincidencias no sólo temáticas sino también estilistas que la conectan con otro singular templo situado en la no excesiva lejana población de Moarves de Ojeda, -el de San Juan Bautista-, ni tampoco especular si el taller o los talleres que intervinieron en su elaboración, lo hicieron bajo mandato de los freires del Temple, pues sospechas existen, de que alguno de ellos pudo haber pertenecido a tal Orden monástico medieval. Pero tal vez, sí sería interesante y a la vez conveniente, señalar, para quien tenga la oportunidad de comprobarlo algún día, la semejanza estilística que ambos templos palentinos tienen con un elemento similar, y poco menos que único de su primitiva factura románica, que se localiza en una de las portadas de acceso a la catedral de Lugo, donde también se cree entrever la influencia de un extraordinario maestro cantero, o por defecto, de su escuela, como fue el inmortal Maestro Mateo, que según la leyenda se representó a sí mismo en la catedral de Santiago, en la figura conocida como el Santo dos Croques, en las que los peregrinos, siguiendo la ancestral tradición, golpean sus frentes, soñando, quizás, con adquirir, mediante el acto mágico de la transmisión de pensamiento, parte de la sabiduría del Maestro.
Pero, sin duda, uno de los mejores métodos de ilustración para acceder al Palacio de Sophia, resida en la propia observación. Porque mediante ella, veremos, quizás, parte de esos fascinantes capítulos históricos de conquista, reconquista, repoblaciones y fueros donde los diferentes gremios artesanos jugaron un papel fundamental en el establecimiento y la prosperidad de las ciudades, como nos recordaron los canteros al representarlos, no sin causa aquí, precisamente como temática secundaria, inmediatamente debajo del Pantocrátor y su Apostolado, sin olvidar esas referencias a antiguos mitos y creencias, como consta en los capiteles y sus exotéricas alusiones al pecado, siempre de manifiesto en los templos románicos.
Sea como sea, y a la vista de tan maravillosa portada, quizás no esté de más aludir aquí, como punto final a la presente reflexión, aquello de: Christo Imperat.



domingo, 9 de febrero de 2014

El Santo Cristo del Amparo de Carrión de los Condes


Apenas conocido, y por lo tanto, menos dado a las pláticas y comentarios que su homónimo de la iglesia del Crucifijo de Puente la Reina, el Cristo renano, también de los siglos XIV-XV y conocido como Santo Cristo del Amparo que se conserva en el interior de la emblemática y fabulosa iglesia de Santa María del Camino, en Carrión de los Condes, repite, dentro de la concepción legendaria que le rodea, la persistencia de otro mito, tomado por veraz dentro de los numerosos mitos y leyendas que conforman esa parte maravillosa del Camino, cuyo conocimiento el peregrino va recogiendo en las innumerables escalas que va haciendo, en dirección al Oeste, hasta recalar en Compostela e incluso más allá, en el Finis Terrae.
En una capilla lateral, situada enfrente de donde se encuentra la talla gótica, entronizada y de mirada hierática y sideral de la Virgen del Camino, esta fantástica talla renana, de las conocidas como 'Cristos dolorosos', conlleva asociada similar leyenda a la que circula por la antigua iglesia templaria de Santa María dels Orts, o de los Huertos, más conocida actualmente, y precisamente por este motivo, como del Crucifijo. En ambas, se cuenta que fueron unos peregrinos alemanes, que en señal de agradecimiento por haber realizado con bien el Camino, lo dejaron en depósito. Como aquél, esta maravillosa talla, también tenía originalmente como elemento de martirio, una cruz en forma de pata de oca. O lo que es lo mismo, una cruz con forma de runa de la vida, similar, después de todo, al árbol Yggdrasil sobre el que permaneció crucificado el propio Odín, y donde le fue revelado el misterio de las runas. Si bien, la cruz no es la original, hay motivos razonables para pensar que era idéntica a la del Cristo de Puente la Reina. Hace algunos años, las autoridades eclesiásticas la cambiaron por una cruz tradicional, alegando las malas condiciones de la original. Pero, y aquí he de romper una lanza en favor del pueblo, ante los repetitivos actos de protesta, volvieron a clavar la talla sobre una pata de oca, tal y como se muestra en la actualidad a todo aquel que accede al templo. Y aunque la original se perdió para siempre, la intencionalidad y peculiaridad, no obstante, permanecen, como permanece la imagen, igualmente representada en una de las vidrieras, cuya visión debería de alertar a peregrinos y visitantes, pues es bien visible desde fuera, de que, después de todo, se encuentra ante una iglesia por la que nunca debe pasar indiferente.
Y una cosa más: en cuanto a Cristos peculiares, Carrión de los Condes esconde algunas desconcertantes sorpresas. 

miércoles, 5 de febrero de 2014

Carrión de los Condes: iglesia de Santa María del Camino


'Pateant aures misericordie tue, quesumus, domine, precibus supplicantium beati Iacobi peregrinorum et ut petentibus...'
[Codex Calistino, oración por los peregrinos]

Para acercarse a una ciudad de tan antigua y rancia solera, como Carrión de los Condes, es necesario acudir, por lo pronto, a la opinión de Aymeric Picaud, y como aquél, intentar remontarse al siglo XII y concluir, cuando menos, que estamos a punto de entrar en una villa próspera y excelente, abundante en pan, vino, carne y todo tipo de productos. Si bien, de aquélla excelente villa que conociera Picaud -la romanizada Lacóbriga-, no han resistido, al menos en el estado original a como él los visitó, los principales monumentos que sus pies hollaron (1), no deja de ser cierto, y además todo un consuelo, al fin y al cabo, que la abundancia de pan, vino, carne y todo tipo de productos, hacen que el peregrino no sólo reponga fuerzas de la agotadora marcha seguida hasta entonces, sino también, que emprenda la persecución de las viejas glorias de Carrión con el ánimo reconfortado y la ilusión de vislumbrar, cuando menos, parte del mejor románico peninsular -sin menosprecio de dicho arte en el resto de las provincias- mientras se deja envolver por la magia de sus fascinantes leyendas medievales -como la de la mora Zuleima y sus desventurados amoríos con el rey Alfonso VII, o la determinación de la Venerable Madre María Luisa de la Ascensión, más conocida como la monja de Carrión, de quien la tradición dice que dominó al demonio que había entrado en el convento, es de suponer, que el de Santa Clara-, o quizás, yendo aún más lejos en la ensoñación y aguzando hasta el infinito el oído, se deje sorprender por los ecos de la antiquísima magia cabalística que brota hacia la medianoche del ladrillo cocido de las paredes de los oscuros callejones de lo que en tiempos fuera la importante aljama judía por la que anduvieron personajes como el Rabí Don Sem Tob (2), Sem Tob de Carrión o Sem Tob ibn Ardutiel. e incluso cristianos de rancio abolengo, como el Marqués de Santillana y piense, además, que el río que ahora lleva el mismo nombre que la ciudad, se llamaba, allá por los lejanos idus del siglo X, Nubis, prácticamente igual que el nombre de aquél oscuro y ctónico dios egipcio de cabeza de chacal que, como haría posteriormente el arcángel paladín de los cristianos, San Miguel, además de sojuzgar al Diablo, juzgaba y pesaba en el otro mundo los corazones de los difuntos.
Así es Carrión, y no obstante, sea como sea y habite de motu propio la magia particular en el corazón y en el pensamiento de cada uno, no deja de ser significativo y además parte responsable también que induce que tanto el peregrino como el visitante sientan deseos de profundizar más en el Arte, la Historia, las Tradiciones y el Misterio de Carrión, que el primer lugar memorable con el que se encuentran y en el que se detienen sin remisión, sea precisamente esta iglesia de Santa María del Camino. O de las Victorias, porque también aquí, como en Clavijo, tanto la iglesia como la hermosa talla gótica de la Virgen titular tan venerada por los peregrinos y llamada también de las Victorias, forman parte de un mito histórico, que al parecer, nunca sucedió en realidad, pero cuya persistencia en la memoria obliga a mencionar: el Tributo de las Cien Doncellas.
Parte de ese mito, que deja por los suelos la reputación del infortunado rey Mauregato, quizá esté contenido -al menos, en lo que se refiere a los toros enviados milagrosamente por la Virgen- en la fenomenal pero a la vez bastante deteriorada portada principal de una iglesia que se levantó a comienzos del siglo XII y en cuya ejecución y planta, comparables a Frómista y Jaca, según los expertos, se observan influencias escultóricas de origen hispano-languedociano. Si esto fuera cierto, no habría de sorprendernos en demasía la presencia, en un lateral, de un Caballero del Apocalipsis o Caballero Cygnatus, precursor de una revelación o cambio, que en el caso del Languedoc, tuvo como consecuencia la puesta en práctica de una espantosa cruzada entre cristianos.
Pero volviendo a la leyenda, siquiera sea a grosso modo y en relación a tan vergonzoso trato atribuido a un rey, Mauregato, que pasó sin pena ni gloria por los epopéyicos anales regios hispanos, correspondía a la ciudad de Carrión, la entrega de cuatro doncellas para el harém del Miramamolín musulmán; número significativo, al menos simbólicamente hablando, que vuelve a repetirse con el milagro de la Virgen y los cuatro toros que desarbolaron y pusieron en fuga a los supersticiosos moros cuando llegaron tan confiados a cobrarse el infame tributo. De hecho, en la portada principal -y aquí el romanticismo, parece olvidarse de la tremenda importancia de este animal, siempre presente en las más remotas tradiciones de las culturas del Norte- figuran, al menos, las cabezas de dos ellos, por debajo de un friso de excelente factura, donde, aparte de una más que meritoria representación de la Adoración de los Magos, los canteros recurrieron, así mismo, a la familiar temática de homenajear a los oficios, temática donde como referentes de calidad, se pueden citar, cuando menos, la portada de la cercana iglesia de Santiago o aquélla otra, maravillosa también, del templo existente en Revilla de Santullán y dedicado a las figuras de los gemelos -volvemos otra vez al simbolismo-, Cornelio y Cipriano.
Si bien es cierto, que el templo de Santa María se encuentra muy modificado, no es menos cierto, a su vez, que los objetos de culto que se custodian en su interior, no sólo han de sorprender por su simbolismo, sino también por su calidad. Entre ellos, y aparte de la magnífica talla de Santa María del Camino o de las Victorias, cabe mencionar el excelente Retablo Mayor, obra de 1684, atribuida a Santiago Carnicero, con esculturas de Juan de Ávila; el magnífico sepulcro del noble y licenciado Juan de Paz, que por su estatura y semblante recuerda a aquéllos imponente jueces castellanos y la pieza fundamental, que no mucha gente conoce y que entronca con otro lugar fascinante del Camino de Santiago, como es Puente la Reina: su Cristo renano del siglo XIV, crucificado sobre una pata de oca. Pero éste, bien vale por sí mismo una próxima entrada.


 
(1) Esto se hace más evidente, sobre todo en lo que respecta al que una vez fuera uno de los principales monasterios de la Península, el de San Zoilo, creado, junto con el de San Facundo, de Sahagún, mediante la política europeísta del rey Alfonso VI.
(2) Parte de su obra, la rememora Mario Roso de Luna en el relato esotérico que lleva por título 'La demanda del Santo Grial', relato que forma parte de la recopilación editada en 1923 en Madrid, por la Editorial Pueyo, titulada 'El Árbol de las Hespérides', cuando, al comienzo de la Segunda Parte y hablando de don Ginés de Lara, el último templario del monasterio soriano de Santo Polo, refiere parte del poema titulado Consejos et documentos al rey Don Pedro I de Castilla: 'Señor-rey, noble y alto, / oyd este sermón / que vos dice Dom Santo, judío de Carrión: / Non val el azar menos / por nascer en vil nido / nin los exiemplos buenos /por los desir judío...