miércoles, 19 de noviembre de 2014

Astorga: el Palacio Episcopal o Palacio de Gaudí o Museo de los Caminos


Piensa el peregrino, mientras se aleja despacio de la catedral y sus tesoros artísticos, en esos hombres, extraordinarios, sensibles, superdotados intelectualmente y definitivamente visionarios también que, por alguna curiosa razón que se le escapa, suelen nacer antes de tiempo y sufren, en mayor o en menor medida pero sufren al fin y al cabo, la incomprensión de una sociedad que todavía dista mucho de tener la suficiente madurez para comprenderles y aceptar la genialidad de sus obras, de sus ideas y de su particular visión del mundo. Y mientras piensa, siente que esas oscuras golondrinas que revolotean ocasionalmente por sus pensamientos, ponen en sus labios un nombre y un apellido, por los que siente una especial devoción: Antoni Gaudí. Si una de las figuras más asombrosas del Renacimiento italiano fue Leonardo Da Vinci, Antonio Gaudí fue -al peregrino no le cabe duda alguna-, el máximo exponente de una renacimiento espirito-intelectual, que despertando en esa Barcelona progresista de finales del siglo XIX y principios del XX -la Reinaixença-, devolvió la luz a un país que todavía se debatía entre las eternas sombras del barroco, herederas pertinaces de las inquisitoriales umbrías del felipismo escurialense. Era la época en la que el Santo Grial se había transformado en revolución industrial y Gaudí, a su vez, en ese Parsifal, que afortunadamente sí se hacía preguntas, hasta el punto de sentirse capaz de sanar la herida del Progreso -en su vertiente de copa amarga o sacrificio, pues no olvidemos que todo tiene su precio- estaba comenzando a levantar en ese peyorativo rey Anfortas, que no era, si no, la propia Naturaleza.
 
Dicen -piensa a continuación el peregrino, aunque ignora realmente si son buenas o malas las lenguas que así lo llevan, lo traen, me dicen, te digo y os cuento-, que en la inconmensurable joya arquitectónica que tiene enfrente, se inspiró otro genio moderno del dibujo, de nombre Walt Disney, para crear el castillo de su Bella Durmiente; una Bella -reflexiona el peregrino-, que no parece, sino una alegoría a ese lado femenino y aparentemente dormido -o silenciado por la berreá del macho-, que ya inspirados poetas, como Goethe, lo definían como el eterno femenino que conduce al cielo. Hacia el cielo, como brazos hambrientos de gloria, se extienden las torres de este edificio, encargado por Joan Baptista Grau i Valles, sacerdote y amigo -natural también de Reus, como el Maestro-, hacia 1886, cuando fue nombrado obispo de Astorga, como siglos antes lo fuera aquél otro y precursor Toribio, elevado a la máxima santidad y depositario en el monte Monsacro asturiano de una arca repleta de reliquias que previamente había traído de Jerusalén y que hoy reposan en la Cámara Santa de la catedral de Oviedo. Cuenta la historia, que no la leyenda, que en aquellos momentos Gaudí se encontraba prácticamente absorbido en los proyectos relativos al Palacio Güell -donde algo decididamente templario debió de despertarse en su alma, pues incluso diseñó un templo de planta octogonal, incluida rotonda exterior, muy parecido al que los templarios tuvieron como Casa Madre en la Ciudad Santa, que se demolió a principios del siglo XX- y por supuesto, en su obra cumbre: la Sagrada Familia. Tal vez la muerte repentina de su amigo y protector, el obispo Grau, en 1893, supusiera que la Academia de Bellas Artes de San Fernando -órgano de control de edificios públicos y artísticos-, se mostrara incisivamente contraria a muchas soluciones de carácter neogóticos y típicas gaudinianas -como dirían algunos expertos, años después-, consiguiendo que Gaudí abandonara un proyecto que fue completado, entre 1907 y 1914, por el arquitecto Ricardo García Garreta, aunque, según se comenta, con modificaciones radicales, referidas, sobre todo, a su parte superior.
 
No obstante esas alteraciones del proyecto original, el peregrino piensa que hay suficiente esencia de Gaudí, como para no sentirse inmediatamente cautivado por su críptica belleza y la magia de esa geometría sagrada, cuyos símbolos fundamentales estuvieron presentes en todas y cada una de las obras que tan humilde pero Gran Maestro, realizó a lo largo de su vida. Y también, junto a la magia de ese mundo encantado de formas, medidas y dimensiones, el peregrino no deja de maravillarse de las obras artísticas que alberga -no en vano, por algo fue declarado también Museo de los Caminos-, y observándolas con atención, por unos minutos piensa estar en el Nirvana del aprendiz. Pero eso, claro está, forma parte de otra historia, cuyo recuerdo, procurará contar en breve.
 
Cae la noche cuando se dirige hacia el hotel, Avenida de Ponferrada adelante. En su mente, sin embargo, surge una pregunta: ¿qué hubiera pasado, de haberse colocado en lo más alto, la imagen de un ángel, como pretendía Gaudí, de cinco metros de altura?. ¿Y cómo sería ese ángel, sin alas, como los que custodian la Sagrada Familia?. ¡Qué rival para el espíritu maragato que vigila la ciudad desde la cúpula más alta de la catedral!.