jueves, 17 de diciembre de 2015

Feliz Navidad


Hay una leyenda atribuida a los pigmeos africanos, que habla de un niño que encontró en la selva un pájaro que cantaba primorosamente y se lo llevó a su casa. Cuando le pide a su padre que traiga comida para alimentar al pájaro, éste se niega y lo mata. Llegados a este punto, cuenta la leyenda que el hombre mató al pájaro, y con el pájaro, mató el canto y con el canto, se mató a sí mismo. No matemos el Camino.

Feliz Navidad y Feliz Camino


jueves, 10 de diciembre de 2015

San Jerónimo el Real


No sólo parte de la mirada retrospectiva del arte arquitectónico que caracterizó ciertos periodos o modas en los siglos XIX y XX se dirigió a aquél estilo arcaico que los románticos definieron –con mucho acierto, en mi opinión- como bizantino, y que hoy día todo el mundo conoce como románico, sino que también fijaron sus pupilas y su imaginación, en aquél otro arte, más complejo, soberbio e inconmensurable, que procedente, quizás, de las nuevas incorporaciones a Occidente traídas por los cruzados de Tierra Santa –algunos investigadores, no obstante, suponen que su magnificencia y espontaneidad se debió exclusivamente a la necesidad de incorporar nuevas soluciones en los problemas y obsolencias del románico-, deslumbró desde mediados del siglo XIII hasta principios del siglo XVI, siendo sus mejores y más cautivadores exponentes, las grandes catedrales: el gótico. El neogótico o nuevo gótico, pues, también acaparó el interés de una sociedad que comenzaba a sentirse hastiada de los excesos del barroco y las austeras tiralíneas renacentistas, que tanto juntos como por separado, rompieron la armonía de los viejos templos románicos. Una buena prueba de lo que se habla, no sería, sino, éste magnífico templo madrileño de San Jerónimo el Real, conocido popularmente como los Jerónimos. También es cierto que su privilegiado emplazamiento, enfrente del Museo del Prado –al cual se incorporó como parte de la ampliación diseñada por el arquitecto Rafael Moneo, quedando su claustro renacentista como sala de exposición-, hace que tanto directa como indirectamente, sea uno de los edificios cultuales y culturales más visitado de Madrid. Si bien, ya existía como monasterio de jerónimos a finales del siglo XV –de hecho, fue uno de los más importantes de la época-, su estado de deterioro y la mencionada incorporación al Museo del Prado, hicieron que se desmontara y reconstruyera en el mismo lugar, añadiéndose, con probabilidad, algunos elementos, curiosamente heterodoxos, como el polisquel que se vislumbra en el rosetón principal, así como un no menos curioso tímpano, donde se aconseja, igualmente por su sutil heterodoxia, echar un detenido vistazo a esos capítulos del Nacimiento y la Adoración que se reproducen por debajo del Calvario, enmarcados, a modo de cenefa, por la foliacea abundancia de un profundo inconsciente, que podríamos denominar, sencillamente, Madre Natura.

De su interior, sin duda destacables y no exentas de arquetípico simbolismo, cabe destacar obras de relevantes artistas, como el San Jerónimo Penitente, de Alonso Cano, la Virgen con el Niño en un trono de ángeles, de Jerónimo Jacinto Espinosa o la Adoración de los pastores, de Francisco Rizi. Representativo, además, es el retablo lateral izquierdo, junto a la cabecera, que contiene una soberbia representación de la Trinidad cristiana, en la que se aprecia cómo el Padre sostiene al Hijo, crucificado éste en una emblemática cruz Tau. Pero sin duda, por su prodigalidad, se podría decir que uno de los detalles más interesantes de este magnífico templo, es su fijación mariana, siendo las más representativas, de todas las imágenes que se pueden apreciar, las de Covadonga, el Pilar y Guadalupe.


lunes, 7 de diciembre de 2015

La iglesia de San Manuel y San Benito


Menos conocida que la cripta de la catedral de la Almudena, pero siguiendo similares patrones neorrománicos que conformaron parte de los gustos o modas, elíjase lo que se prefiera, que imperaron a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, de los que, como ya se aventuró en la anterior entrada, fue en buena parte responsable el famoso arquitecto y restaurador francés Violet le Duc, la iglesia de San Manuel y de San Benito, es un hermoso compendio arquitectónico, que merece la pena conocer. Situada entre la calle Columela y la concurrida calle de Alcalá –justo enfrente del Parque del Retiro, no muy lejos del lugar donde se conserva parte de la portada y del ábside de la iglesia románica avulense de San Isidoro y algunos metros por encima de la archi-conocida Puerta de Alcalá-, los orígenes de este fascinante templo, hemos de situarlos entre los años 1902 y 1910, siendo los mecenas el empresario catalán Manuel Caviggioli y su esposa Benita Maurici, de cuyos nombres le viene la advocación y cuyos cuerpos reposan en la capilla de la Epístola. 

Residencia e iglesia de los Padres Agustinos –recuérdese, que el fundador, San Agustín, ejerciendo las funciones de evangelizador en la brumosa Bretaña, se le recomendó papalmente destruir los ídolos paganos pero conservar los templos para readaptarlos al culto cristiano-, fue realizada por el arquitecto que también acometió otra notable obra neorrománica –o neo-bizantina, como se prefiera-, como es el Panteón de Hombres Ilustres, situado en la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, cuya imagen, al contrario que la de la Almudena, sí es original y conserva prácticamente intactos sus negros atributos, incluida la manzana: Fernando Arbós y Tremanti. Por su aspecto, recuerda los fastuosos templos bizantinos que dieron fama a Constantinopla, la que fuera la capital indiscutible del Imperio Romano de Oriente, en lo que hoy es la actual Turquía. Tal vez se deba, precisamente a las corrientes mahometanas, el modelo para los minaretes que acompañan a una cúpula que se eleva sobre cuatro pechinas, las cuales, simbólicamente, representan a los cuatro evangelistas. La torre, no obstante y según los expertos, reproduce modelos italianos y aunque de hermosa factura, qué duda cabe, parece restar al conjunto, parte de esa magia oriental que se aprecia mejor cuando la alcanzan los rayos del sol y en cuyos ornamentos no falta la presencia de lejanos arquetipos simbólicos, como el Sello de Salomón.


viernes, 4 de diciembre de 2015

La cripta neorrománica de la catedral de La Almudena


No todos los caminos llevan necesariamente a Roma, ni pasando por Compostela, han de finalizar, per secula seculorum, en el Finis Terrae. Infinito, el Mundo del Espíritu ofrece multitud de puertos y escalas donde detenerse y dejar que las sensaciones afloren. No importa, tampoco, si el lugar en sí es antiguo o de reciente creación; tampoco importa cuán cerca o lejos se encuentre, pues, ya bien sea de origen natural o específicamente diseñado por la mano del hombre, hemos de suponer que contiene, a buen seguro, una parte más o menos considerable de ese lenguaje poético que subyace profundamente enterrado en el inconsciente colectivo del que nos hablaba Jung, cuyo vehículo de expresión –él lo definía estilo- de expresión, no son otra cosa que los arquetipos. Cierto es, así mismo, que si bien el Arte en general se ha valido, desde tiempo inmemorial, de ellos, el románico en particular –bajo mi punto de vista, por supuesto- abusó de tantos, hasta el punto de que el propio Jung –padre, entre otras muchas cosas, de la hipótesis del referido inconsciente colectivo-, llegó a considerar el estudio de los elementos mitológicos, tan destacables y abundantes en este estilo, como si fueran pacientes psicológicamente a tratar.

Por otra parte, conviene reseñar, que hubo un periodo, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en el que la Bellas Artes, y en concreto la Arquitectura, experimentaron una visión retrospectiva y emulando el estilo más característico de la Edad Media –puede que también tuviera algo que ver, el carácter hermético y romántico de las antiguas iglesias y ermitas medievales-, creó una nueva definición: el neorrománico. En ese periodo, y como moda imperante en Europa, algunos autores destacan la enorme influencia ejercida por Violet le Duc, restaurador, entre otras, de la catedral de Notre Dame de París y responsable, en gran medida, de la asociación, no del todo correcta, de la planta octogonal como modelo de arquitectura templaria. De éste periodo, es la pequeña obra de arte que conforma la cripta de la catedral de la Almudena y cuyo acceso se localiza en un lugar con mucha tradición: la Cuesta de la Vega, en cuyas antiguas murallas se encontró la imagen de una Virgen Negra, Nuestra Señora de la Almudena, que en la actualidad es la Patrona de Madrid. La primera piedra se colocó en abril de 1883, siendo terminada por el arquitecto Enrique María Repullés y Vargas y abierta al culto, en 1911. Independientemente de que sirva de panteón de personalidades ilustres, la cripta neorrománica conforma un pequeño compendio sacro, que aúna belleza y simbología. De hecho, algunos de sus capiteles recuerdan los originales de otros lugares, como las cabezas de guerreros con casco asomando entre la maleza, motivo que se puede encontrar en un hermoso templo original de los siglos XII-XIII, como es el de San Pedro ad Vincula, en la localidad segoviana de Perorrubio; los castillos y mitras, aluden, posiblemente, a esa casta de obispos-guerreros –como Rodrigo Ximénez de Rada- que fue tan prolífica durante la Reconquista; el águila con el Libro abierto entre sus garras y la maleza a ambos lados de su cuerpo, como referencia al Apocalipsis y la figura del propio Evangelista que destaca exactamente igual en algunas iglesias del románico asturiano, y un largo etcétera que se puede ir descubriendo tranquilamente. 

Otra de las peculiaridades, y esto le será de agrado al peregrino, es que en su interior, no muy lejos de la magnífica talla del Cristo del Buen Camino -¿casualidad?-, se encuentra la imagen románica de otra auténtica Dama Negra capitalina, menos conocida por el público en general, pero no menos interesante que sus hermanas de la Almudena y de Atocha: la Virgen de la Flor de Lis.