lunes, 15 de diciembre de 2014

Catedral de Barcelona: el Jardín de la Oca


Piensa el peregrino, que quizás, por un golpe afortunado, ha jugado con paciencia y sabiduría, habiéndole acompañado la Diosa Fortuna en las tiradas de sus dados y al fin, recompensado, ha alcanzado la mágica Casilla 64: aquélla que, sumados sus dígitos, dan como resultado la Unidad. Pero es consciente, abre los ojos, aun entusiasmado por tanta belleza, sólo para descubrir que, aunque en realidad se encuentra frente a un hermoso y posiblemente único jardín de ocas, que hace mucho más atractiva aún, si cabe, la inconmensurable idiosincrasia de la catedral de Barcelona, no es ese Jardín, concepto de Paradisum y destino de buscadores de Sophia, que sueña con alcanzar todo neófito que recorre con abnegación y confianza ese infinito Ouroboros que, después de todo, es el Tablero del Juego de la Oca, el juego simbólico al que se presta todo peregrino.

Dicen que el número de ocas es inmutable en este jardín y que dicho número, trece, representa el número, de heridas sufridas en el martirio por la Patrona de la Ciudad Condal: Santa Eulalia. No la de Mérida, que, curiosamente, tiene una notable importancia cultuística, por ejemplo, en la brumosa Asturias, con especial relevancia, podría decirse, en una zona muy determinada, como es la del sacrosanto Monsacro, sino la de Barcelona; aquélla que, como contrapartida femenina, porta la misma cruz que San Andrés: con forma de equis o aspa. Marca que, además, algunos canteros medievales empleaban para advertir a sus compañeros -que cada uno imagine por qué-, de la existencia de peligros en el lugar.

El peregrino sueña contemplando las ocas y su perfección; animales sorprendentes, cuyas características les hacen de lo más completo, hasta el punto de llegar a dominar tres medios esenciales: la tierra, el agua y el aire. Y viéndolas, aprende también: si el románico ya le enseñó su danza de apareamiento, entrecruzando los cuellos, con los que forman ese inconfundible símbolo representativo del infinito  -como verá todo peregrino que pase, por ejemplo, por la portada principal de la iglesia templaria del Crucifijo, en Puente la Reina-, y ahora sabe, así mismo, cómo duermen: a la pata coja, como los excitantes juegos infantiles de toda la vida, que los niños de hoy en día apenas conocen, obsesionados por la maldición de las consolas y la tecnología.

Como todo Jardín que se precie, también en éste hay una hermosa Fuente, que aun en su sencillez, resume en su constitución parte de la antigua sabiduría aplicada al noble arte de la arquitectura. Es de planta octogonal y de la boca de los caños encajados en los rostros de los seres elementales, representativos de los antiguos cultos, el agua, cristalina, corre a borbotones.

En definitiva: un pequeño rincón paradisíaco, que complementa un claustro, en el que, por poco que nos pongamos a mirar, no dejaremos de sorprendernos con la magia de los antiguos canteros.

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