miércoles, 29 de marzo de 2017

De la Alcarria peregrina: el monasterio de Monsalud


Aunque parezca increíble, en vista de su aspecto actual, el monasterio de Monsalud fue el más antiguo y a la vez, el más poderoso de los cuatro monasterios fundados por la Orden del Císter en la provincia de Guadalajara. De los otros tres, el monasterio de Bonabal, situado en las proximidades de Retiendas, corrió pareja suerte, y hoy día apenas es una ruina irreconocible donde Mater Gaia, progresivamente, va recuperando lo que en buena ley le pertenece. Otro tipo de suerte bien distinta, sin embargo, corrieron los monasterios de Óvila y de Buenafuente del Sistal. Mientras que éste último continúa albergando una comunidad de monjas del Císter y alentando retiros espirituales entre los conversos, el monasterio de Óvila –situado en las proximidades de lo que siempre se han conocido como las Tetas de Diana-, fue trasladado, piedra a piedra a los Estados Unidos, a la mansión de Randolph Hearst, el que fuera uno de los más grandes magnates del mundo del periodismo, cuya vida fue magistralmente llevada a las pantallas cinematográficas e interpretada por el genial Orson Welles.

Recientemente recuperado por la Junta de Castilla-La Mancha, como fósil románico destinado a la curiosidad de un turismo cada día más exigente y cultural –además de celebrarse conciertos y actividades afines en su interior- la mayor parte de la historia legítima del monasterio de Monsalud, permanece vedada detrás del impenetrable Velo de Isis de una historia que, lejos de ser Musa bienintencionada, abusa de la picaresca para enredar la estoicidad de un mundo demasiado dependiente del academicismo, y por lo tanto, demasiado enganchado a la por desgracia tan popular way of life tomasiana, es decir, al ver para creer de lo estrictamente documentado. A este respecto, no es mucho lo que se sabe, en cuanto a su fundación, aunque parece ser que ésta fue muy anterior al año 1167, fecha en la que un documento considerado como fiable, menciona el legado, por parte del Arcediano de Huete, de nombre Juan de Treves, de la aldea de Córcoles con todos sus bienes. Legado que posteriormente, en 1169, sería ratificado por el rey Alfonso VIII, conocido como el rey de las Navas de Tolosa y rey, además, que celebrara sus desposorios en Soria con la princesa Leonor de Plantagenet, hija de la que quizás fuera la mujer más fascinante del Medievo; aquélla intrépida fémina que, según la leyenda, alentó a los cruzados en Tierra Santa con el pecho descubierto y su larga cabellera pelirroja en bandolera, inundando su corte con los mejores trovadores de la época, entre los que se encontraba el propio Chrétien de Troyes, a quien, según se piensa, y este es un dato interesante, alentó su famoso Cuento del Grial: Leonor de Aquitania.

Paradójicamente, se sabe el nombre y la procedencia de su primer abad: Fortún Donato, siendo su casa, el no menos misterioso monasterio de Scala Dei, situado en los Pirineos franceses. De allí procedían, también, algunos otros abades que fueron ocupando progresivamente el cargo. A partir de 1174, y ante la amenaza almohade, este mismo rey cedió extensos territorios a las órdenes militares; de ahí que, posiblemente, proceda la importante presencia de la Orden de Calatrava –recuérdese, heredera también de los templarios y según algunos autores, como Juan Eslava Galán, continuadores de algunas empresas secretas de éstos, como sería, por ejemplo, la búsqueda por tierras jienenses de la famosa Mesa o Tabla de Salomón-, en Monsalud y en la vecina Zorita de los Canes.

Independientemente de las modernas asociaciones templarias, como la O.S.M.T.H. (Ordine dei Cavalliere del Templo di Hierusalem), que celebran allí parte de sus rituales y ceremonias, habiendo declarado el monasterio como Sitio Templario, de la presencia de la histórica Orden del Temple en el lugar, nos quedan, ajena, por supuesto, a la documentación escrita, las manifestaciones populares, que fueron recogidas oportunamente, a comienzos de los años ochenta, por el escritor y más famoso viajero que haya pasado alguna vez por la Alcarria: Camino José Cela.

En efecto, publicado en 1986, su Nuevo viaje a la Alcarria, menciona tan interesante dato, olvidado treinta y nueve años antes, cuando, de su mano excepcional, el mundo comenzaba a soñar con esta zona tan particular de Guadalajara, después de la lectura de su Viaje a la Alcarria. De tal manera, que en éste nuevo periplo trotamundos, Don Camilo, que por entonces viajaba en un formidable Jaguar a cuyo volante se sentaba impertérrita una belleza de ébano a la que cariñosamente llamaba Oteliña, ya se hacía eco de esos misteriosos y legendarios orígenes cuando, en la página 167 de la edición publicada por la Editorial Plaza & Janés, S.A., no hacía la siguiente revelación: ‘…Estas piedras del monasterio de Monsalud vienen del siglo XII y, cuando se alzaban con mayor fundamento y armonía, fueron del orden o religión del Temple; después pasaron a los benedictinos y luego al Císter y alojaron entre sus muros mucha ciencia y no poca historia’.

Con razón o sin ella, lo cierto es que, si bien mucho de ese fundamento de armonía, ciencia e historia se han perdido irremediablemente, todavía quedan algunos detalles que, si bien no demuestran nada por sí mismos, sí deberían provocar, cuando menos, el atrevimiento a la especulación, puesto que no dejan de ser significativos. Sólo por citar algunos, no deja de ser un detalle interesante la base de planta octogonal sobre la que se asienta la pequeña fuente, en el centro geométrico del claustro. Un claustro que, aunque mal herido, todavía conserva, prácticamente intacta, una de las más armónicas y a la vez hermosas salas capitulares que se hayan contemplado jamás. Una sala capitular que, además, tiene, como curiosidad añadida, la forma de cerradura de su pequeño ventanal principal. Una forma, que quizá esté en consonancia con la opinión de algunos autores, como el fallecido Juan García Atienza, quien en más de una de sus obras, ya llamaba la atención sobre la planta en forma de llave que, en su opinión, tenían muchos de los edificios atribuidos con o sin fundamento a la Orden del Temple. Pero aún, hay otro detalle mucho más curioso e intrigante todavía: ese hueco, situado en el lado derecho de la cabecera, muy cerca de donde en tiempos debió de estar situado el altar –hoy día desaparecido-, que deja entrever algunos motivos cabalísticos en su interior, semejantes a aquellos otros que se localizan en otras zonas más septentrionales de la provincia, como pueden ser Campisábalos –óculo de la Capilla del Caballero San Galindo- o en las mismísimas geometrías mágicas del formidable ábside de la iglesia de Santa Coloma de Albendiego, apenas a unos escasos kilómetros de distancia de la anterior.

En fin, sea como sea, el hecho es que, se acepte o no, es difícil no dejarse llevar por la especulación cuando de la Orden del Temple se trata y uno intenta desenvolverse en un lugar, a la postre tan enigmático y misterioso como este malherido monasterio de Monsalud, en cuya historia, no cabe duda, figuran también el auxilio y el cobijo brindado a través de los siglos, a los cientos, tal vez miles de peregrinos que se encaminaban hacia el Oeste a través de los innumerables caminos de peregrinación.

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jueves, 23 de marzo de 2017

Cuenca: el Seminario de Villalba de la Sierra, el Ventano del Diablo y la Ciudad Encantada


Villalba de la Sierra, es un pueblo que se sitúa, aproximadamente, a una veintena de kilómetros de la capital conquense, pudiéndose añadir que su paso es poco menos que obligado para todos aquellos que tengan la intención de dirigirse hacia esos dos grandes hitos de magia natural, que son la Ciudad Encantada y el nacimiento del río Cuervo. De hecho, es precisamente a partir de aquí, cuando el paisaje deja de ser soberanamente solano, un tanto monótono y por defecto lineal, para transformarse en extravagancia gótica, donde dos inigualables canteros –la erosión y un río poblado de multitud de leyendas sobre ninfas y dianas, el Júcar-, se pusieron de acuerdo, hace milenios, para elaborar en silencio, sin prisa pero sin pausa –como requiere toda buena artesanía-, un mundo fantástico en el que quebradas, farallones y singulares desfiladeros semejan, metafórica y comparativamente hablando, templos y catedrales naturales, donde todavía se respira, a poco que se ponga en guardia el olfato, la embriagadora fragancia de infinidad de inciensos que se desparraman por el ambiente en honor a Mater Gaia. Es también, a la salida de Villalba, donde uno se topa, inesperadamente, con un espejismo románico, cuyo aspecto de niña con la carita recién lavá –como diría el cantar, no desde luego el de los cantares de Salomón, pues a la niña de éste ya quedó suficientemente claro que la había tostado el sol, como a nuestra morenina y entrañable rianxeira galega, por citar uno de los múltiples ejemplos de la España anterior a-, le hace dudar sobre una paternidad o denominación de origen medieval, añadas del siglo XII ó XIII y elaborada con las mejores artes de la geometría sagrada de la época; a saber, entre otras muchas: sobriedad, templanza y equilibrio. Difícil resulta, además, dejar atrás el lugar y preguntarse si detrás del nombre –Villa Blanca o Villa Alba- no rondará el fantasma milagroso de alguna ancestral Señora Albina, muchos de cuyos antiguos santuarios se situaban en lugares agrestes pero hermosos y de difícil acceso, como aquél famoso santuario asturiano situado en las montañas de Quirós –de los Quirós, referencias están esas máximas que dicen, a grosso modo, que antes que Dios, los Quirós o aquélla antigua canción de Víctor Manuel, titulada precisamente así, el Quirosanu, con el que la moza de turno no quería bailar, por temor a que con sus madreñes la pudiera mancar-, por caminos donde ya los pastores del Neolítico danzaban al son de los tambores por riscos y desfiladeros de vértigo. Un vértigo parecido, podemos encontrar apenas un kilómetro más adelante, en el mirador conocido como Ventano del Diablo –si bien, el ventano diabólico al que hace referencia, queda alojado en lo más profundo de la depresión y tiene una forma parecida a las curiosas formaciones que han hecho famosa la playa lucense de las Catedrales-, desde donde se puede disfrutar de una hermosa panorámica, si bien el Júcar apenas parece una culebra que deja entrever la plata de sus escamas entre las densas agujas de los pinos.

Invariable, en su magnífica agresividad, el camino continúa en ascenso, salvaguardando montes y quebradas por curvas que en algunos tramos –algo de exageración viene y también va, seamos serios-, semejan cerrarse sobre sí mismas, formando ese ouroboros o cero perfecto con el que en la Edad Media se representaba a Dios. Que haya sido precisamente la mano de Dios o de la Diosa quien modelara la arcilla primigenia de estos pagos imbuidos del fecundo sueño de un fenómeno conocido como paraidolia, realmente importa poco. Importa, eso sí, el efecto –o mejor, el impacto, súbito o prolongado- que tales formas produzcan en cada uno, pues no sería descabellado suponer que el espíritu, o el alma o quizás –manzanazo de Newton en la cabeza, enciéndase la luz- esos doce gramos que el médico echa de menos cuando se produce la muerte cerebral y le confirma el pistoletazo de salida para firmar el certificado de defunción, fuera como un camaleón que en lugar de absorber los colores para camuflarse con el medio, absorbiera las formas y las procesara de una manera totalmente personal que pudiera o no coincidir con las apreciaciones oficiales que tanto gustan desarrollar los guías en los circuitos concertados.

En base a ello, podría decir –y de paso, recomendar la experiencia en solitario-, que lo que más me impresionó de esa Ciudad Encantada, no fueron esos supuestos amantes de Teruel –a los que hay que buscar y rebuscar la perspectiva adecuada para encontrar algo similar a dos labios abarcándose mutuamente para ofrecerse la ternura de un beso, aunque fuera, como diría el Sinuhé el egipcio de Mika Waltari, para que dos solitarios se calentaran en una noche fría por amistad-; o esos navíos anclados en una pradera, cuya popa recuerda aquél otro bajel desde el que el capitán Garfio dirigía las actividades de su tripulación pirata, mientras de reojo atisbaba por la ventanilla buscando señales del terrible cocodrilo que le perseguía como una sombra, amenazando con devorarle entero; o incluso esas curiosas formaciones, semejantes a un huevo eclosionado de esa impresionante criatura extraterrestre que tan mal rato la hiciera pasar a la chica de las braguitas blancas –Sigourny Weaber-, en la película Alien, el octavo pasajero. No, lo que más me impresionó, fue ese impresionante e inesperada formación calcárea a la que se denomina mar de piedra. Y lo hizo, hasta el punto de que todavía hoy, continúo preguntándome qué gigante laboró allí; ¿cómo eran las sandalias del pescador que tiró en él sus redes?.

En fin, esas cosas que se encuentra uno en el Camino.

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martes, 14 de marzo de 2017

Cuenca: San Pantaleón o las nieves de antaño


Se pregunta el peregrino, observando con tristeza los tristes muñones de lo que, allá por el siglo XII, fuera la ermita de San Juan Bautista, posteriormente conocida como de San Pantaleón, si quizás los custodios del Camino, ese Temple anegado en polvo y sudor que fue bautizado en el martirio al amparo de los Santos Lugares, y del que dicen los olvidados cuentos de la abuela que rendían pleitesía aquí al santo Jano cristiano del equinoccio de verano y también al santo médico –el milagro de la licuefacción de cuya sangre, maravillaba originalmente a los peregrinos medievales que se adentraban por el norte de Burgos, y más concretamente, por su Merindad de Losa-, huyeron un día de otoño hacia aquél otro santuario inaccesible, pero quizás más seguro, después de todo, donde el poeta Villon situaba –yo sigo opinando, que dejándose aconsejar por una adolecida Musa de la Melancolía-, las nieves de antaño. El lugar, situado a escasos metros de la catedral, semeja un desgarro de forma rectangular, anclado a la vera de una hilera de edificios que se arriman entre sí, quizás con la misma imperiosa necesidad de protección instintiva que se supone que ponían en práctica los hombres primitivos en la angustiosa oscuridad de las cavernas. Cuesta creer, no obstante, observándolo, lo paradójico de su destino; porque, si por una parte, su carácter histórico y patrimonial no fue garantía suficiente para salvarlo de la voracidad y la ruina, sí parece haberlo convertido, cuando menos, en santuario arrebatado al voraz e indecente apetito del gigante inmobiliario. De tal manera que ahora, a pesar de que su nave se haya convertido en ocasional terraza de Club social y de paso, en mausoleo de inmortalidad para el ushebti a tamaño natural de un celebrado poeta local –Federico Muelas, autor de un Soneto a Cuenca que glosaba, entre otros, aquél entrañable verso que decía: Alzada en bella sinrazón altiva/-pedestal de crepúsculos soñados-,/¿subes orgullos, bajas derrocados/Sueños de un dios en celestial deriva?...-, conserva, no obstante, el recuerdo -como así parece confirmarlo la tinta de antiguos legajos-,  de una servil actividad hospitalaria –eso sí, a partir de 1355 y bajo la supervisión de la Orden de San Juan de Jerusalén, heredera de no pocos bienes del Temple-, que en tiempos debió de agradecer el peregrino, viéndose aliviado de las llagas, de las espinas  y del sufrimiento del Camino.

Dicen los observadores, y en cierto modo, puedo imaginármelo, que ésta hogaño caries en la mandíbula recompuesta del patrimonio conquense, tenía antaño un aspecto similar, entre alguna otra, sui generis, a la iglesia alcarreña –buena ocasión para releer los caminos polvorientos de Cela-, de San Felipe de Brihuega. De San Felipe de Brihuega destaca, sobre todo, ese fantástico óculo que, situado en lo alto de su portada oeste, mostraba uno de los símbolos más mágicos y atractivos de la Tradición hermética: el Sello de Salomón. Símbolo que, además, servía en no pocos templos templarios como indicio de un conocimiento esotérico y también, de paso, como uno de esos signos de reconocimiento a los que aludía el Maestro Roncellín, redactor –o cuando menos, uno de ellos, pues hay fuentes que señalan directamente al propio San Bernardo-, cuando, en los supuestos Estatutos Secretos de la Orden, decía aquello de: y no olvidéis poner los signos de reconocimiento en los lugares en los que habitéis.

No desprecia, pues, el peregrino, ese irreconocible recuerdo y piensa, más bien, que después de todo, el tiempo y su relatividad, bien pudieran conservar todavía, un recuerdo allende el espacio que, como otro Avalón fantástico, constituya un nevero donde se conserven esas nieves de antaño que tantos suspiros levantaron en el alma de Villon.

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jueves, 9 de marzo de 2017

Cuenca: la catedral de Santa María de Gracia


Algo parece seguro: y es que cierzos ventosos hicieron que las ocas de Huelves levantaran el vuelo, llegaran a Cuenca y después del cruento asedio a que fue sometida la guarnición mora y en el que destacó el arrojo de ciertos monjes-guerreros, custodios, por otra parte, del Camino, dejaran una apreciable dosis de su arcana sabiduría, no sólo en los escudos heráldicos –algunos, malheridos por esa rémora que acompaña siempre al tiempo y que se llama erosión-, en las viejas arcadas con las que de cuesta en cuesta se va uno tropezando mientras recorre la espiral de callejas en ascenso de la parte antigua, sino que también, y sobre todo, en esa espléndida joya gótica en la que, como se aventuraba en la entrada anterior, no sólo pintan Copas y Espadas, sino que además, por desgracia, sufrió los embites demoledores del mazo de Bastos en una partida contemporánea, perdiendo parte de su estructura original, detalle por el que puede infundir la sensación de parecer una torre de Babel inacabada. Y aun así, con ese aspecto de doncella despeinada, la catedral, váyase en la época en la que se vaya, parece siempre una isla misteriosa que, cual la legendaria de San Brandán y con idéntico celo a como los antiguos dragones empeñaban a la hora de proteger a las doncellas que presumiblemente raptaban, salvaguarda un relevante tesoro en su interior. Todavía conserva –detalle ciertamente curioso-, sus macizas puertas de madera originales; unas puertas que, por poca atención que se preste, sugieren, en vista de esos feroces Green-man u Hombres Verdes creados en el fuego de la tradición directamente de la forja del viejo y cojo Hefesto, la posibilidad de acceder a ese remedo de bosque original, en cuyas fuentes enigmáticas livianas Dianas provocaban, con sus bellezas plenitudinarias, febriles devociones. Poco importa si en la época medieval, se cambiaron los juramentos que los druidas realizaban alrededor de las calderas y a la luz de la Luna, por el Dei Gratia Plena con el que el mensajero Gabriel anunciaba a una púber, temblorosa y desconcertada María el papel de nueva Mater que habría de realizar para las generaciones futuras, puesto que Deus lo Vult: Dios lo quiere. Piensa el peregrino, franqueando el umbral y con el espinoso mensaje de la estatuaria de las portadas en mente, si, como Parsifal moderno, se atreverá a realizar la pregunta adecuada, capaz de liberar de su antiguo sortilegio este templo del Grial: la copa; la estrella de ocho puntas; la cruz patada formada por los formidables basamentos que a la manera de san Cristóbal, soportan sobre sus hombros las divinas nervaduras que se comban bajo la magnitud de un cielo abovedado; la muerte, Musa del martirio, el Apóstol número trece o matrona que mantiene el equilibrio en la familia numerosa de la Madre; la rotonda, deambulatorio u ouroboros donde el pasado, el presente y el futuro son sinónimos de infinito, el alfa y el omega que se cierne sobre el sepulcro, augurando esa unión indisoluble entre principio y fin, como ese mensaje universal, que bajo el símbolo de la Cruz de la Vida forman las tracerías del triforio, que nos ayuda a meditar sobre la indivisibilidad de lo creado.

¿A quién sirve el Grial?, -se preguntó el peregrino, mientras abandonaba ese metafórico bosque que, en alguna de cuyas umbrías soledades, la luz del sol de mediodía esculpía diminutos mundos de color en la fría superficie de muros y columnas.

Estuvo a punto de contestarse a sí mismo: al que ha dejado de ser piedra muerta para convertirse en piedra viva. Pero calló y continuó andando calle arriba, en dirección a aquélla nieve de antaño que fue un día, la arruinada ermita de San Pantaleón.

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martes, 7 de marzo de 2017

El Camino de las Ocas pasa por Huelves


No vi rastro de la Nave Blanca de Lord Dunsany, cuyas huellas creí vislumbrar en Ávila, extramuros y a orillas del río Adaja; pero en ese frenesí que es la vida, en definitiva ese sueño esa ilusión, sí percibí –o así al menos me lo pareció-, un lugar de anidaje de una misteriosa y anónima bandada de ocas itinerantes, que es de suponer que dejándose llevar por los intrépidos avatares de la Reconquista, recalaron poco menos que a la vera de una ciudad que lleva por nombre el apellido de un cardenal que, como Constantino, también vio ese invictus et in hoc signo vinces en el cielo: Tarancón. Huelves se llama el lugar en cuestión y hemos de situarlo –tiro de piedra va, tiro de piedra viene- a unos setenta kilómetros de una capital, la conquense, en cuya catedral pintan no sólo Copas, sino también Espadas templadas en el bautismo del martirio y a juzgar por lo perdido, también algún que otro Basto, cuyo golpe devolvió los husos de sus pináculos al cesto de la Parca.

De este conciliábulo medieval de ocas hermanadas por el noble arte del mazo y el cincel, deja buena constancia –demérito u olvido imperdonable tendría no mencionarlo-, ese río, tímido y asustadizo a su paso por el término municipal, cuyo nombre –Riansares-, no sólo nos recuerda a esa graciosa y morenica Virgen de las ondiñas veñen ondiñas veñen ondiñas veñen e van, sino también a las mencionadas aves, ánsares u ocas, bajo el símbolo de cuya pata hermandades canteriles fueron levantando los principales cenobios que jalonan los diferentes puntos estratégicos de los mil y un caminos de Santiago. Imposible precisar, no obstante, qué hermandad itinerante se instaló aquí en tiempos alfonsinos y por qué la ermita de la Virgen de la Cuesta, que se levanta, cual estrella solitaria en lo más alto del pueblo, tiene esa curiosa forma elipsoide, con tres pequeños ábsides en su cabecera, que trae a la memoria aquél ouroboros o círculo perfecto –ya que los tres ábsides que tiene también, se ocultan en su incomprensiblemente en su interior-, que caracteriza a una de las iglesias más desconcertantes, intrigantes y misteriosas de esa monumental capital castellana, de cuya catedral –refiriéndose preferiblemente a la vieja- decía Unamuno aquello de las piedras doradas por soles de siglos: la iglesia salmantina de San Marcos.

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La ermita de San Segundo de Ávila


El Camino –fatiga, espinas, expectativas o desesperaciones aparte-, es también un espléndido carburante para activar el motor de los sueños. No importa cómo se haga, ni tampoco los lugares a donde uno decida ir, bien sea por voluntad propia o dejándose llevar en volandas por ese Papá Ganso que es Mesir Destino, experto piloto que en ocasiones navega a favor de la corriente y otras, sin embargo, bracea sin timón y encomendado a Dios en aguas turbulentas. Hablando de aguas, de corrientes y de turbulencias, todavía me pregunto si la última vez que mis pies hoyaron esa tierra arévaca tauromaquizada con la sangre de los bueyes de Gerión –en cuyo cartel mitológico figura ese gran diestro que fue Hércules, quien posteriormente se convirtió en el encargado de sacar a hombros al Niño en las plazas monumentales de iglesias y catedrales-, y que en el fondo puede llegar a imaginarse que es Ávila, no se me adelantó, por poco, la Nave Blanca de aquél gran soñador -ignoro si también fue peregrino o cuando menos caminante, aunque bien es cierto, que no en pocas ocasiones unos y otros se saludan educadamente en las encrucijadas de los caminos-, que fue Lord Dunsany, dejando, cual la babilla rociera de un gigante caracol, huella de su paso extramurallas, así como también en las riberas desoladas por el invierno, amamantadas por un río Adaja, en el que quizás –especula, especulorum-, allá por los idus indeterminados del siglo XII, las lágrimas de canteros y peregrinos –como jura y perjura Coelho que ocurre en el río Piedra- dejaran para aviso de navegantes del futuro, ese paño de Verónica que es, metafóricamente hablando, la ermita de San Segundo.

No creo, por otra parte, que fueran los elfos desplazados –tripulación pirata o cuando menos encantada, de la nave de Dunsany-, quienes iniciaran el abordaje, cambiando alfanjes y cuchillos por sólidas mazas dumienses –que algún derecho tendrían, al verse desplazados de sus hábitats cultuales in Nomine Deo-, quienes acometieran el asalto a una ermita, en la que después de todo –santíguome, Sancho y llévome la mano a la cabeza para tocar madera-, todavía se aprecia, que no es poco, alguna huella de su denominación de origen original: bizantina, que de romanos, Holmes, ya tenemos suficiente con los cuentos de esa abuela, en ocasiones desmemoriada, que se apellida Historia. Lejos de ser historiados, los canecillos de ábside y absidiolos –epistolar y evangélico, tanto monta monta tanto-, me dieron la impresión de una orfandad, cuya historia se dejara pendiente en el centro de acogida que es la imaginación de cada uno; aunque si no fuera por su abuso alusivo al pecado, la vanidad y el orgullo, me hubieran resultado incluso divertidos esos leones, grifos y arpías que el tiempo erosionaba, labrando hoces en sus lomos. Aunque si mal no recuerdo, en el caso de las arpías y en vista de la forma de eme de sus alas plegadas a la espalda, tuve la incierta sensación de imaginarme un graffiti en el que se leyera –que Goethe me perdone, allá, en el círculo dantesco donde se halle, amenizando con su escritura a ángeles o a demonios-: Mefistófeles estuvo aquí. Dúdese de esto si se quiere, pero a juzgar por los Sellos de Salomón que se aprecian en la fachada, algún espíritu cabalístico, posiblemente devoto de la antigua levadura, sí que estuvo aquí, aunque no pusiera fecha.

Yo tampoco quiero poner fecha para la despedida, de manera que sólo añadiré que abandoné la ermita de San Segundo y ribera del Adaja arriba, continué mi camino, haciéndome cábalas sobre cuál sería el siguiente puerto al que arribaría la Nave Blanca.

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