miércoles, 27 de noviembre de 2013

La iglesia de San Salvador de Sarriá


Veintitrés son los kilómetros que separan al peregrino que sale de Portomarín para dirigirse hacia otro de los enclaves obligados en esta parte del Camino de las Estrellas que atraviesa una provincia, Lugo, donde no faltan multitud de referencias de toda índole. Si bien Sarriá ha crecido alrededor de su calle Mayor, sus murallas y sus templos más emblemáticos dedicados a las figuras de Santa Marina -ojo al dato- y San Salvador, respectivamente, de su antiguo esplendor histórico-artístico apenas sobrevive, más o menos entero, éste último, pues de las murallas apenas quedan algunos retazos y la iglesia de Santa Marina ofrece, cuando menos, un aspecto totalmente remozado. También existía el hospital de San Antonio, sobre el que se puede añadir -valiéndonos de la información proporcionada por Don Elías Valiña (1), fallecido párroco de O Cebreiro- que se piensa fue fundado por el propio conde de Lemos, siendo su gran protector el clérigo Leonís de Castro y Portugal, hijo del marqués de Sarria, como se deduce de su testamento de 1588. Este hospital, hoy en día reconvertido en la sede de los Juzgados, ofrecía al peregrino cama, luz y asistencia sanitaria, basándose ésta en la figura de los cirujanos de la época, que cobraban un sueldo fijo por sus servicios, tal y como se ha constatado en otros hospitales situados, por ejemplo, a lo largo de la costa cantábrica.
Volviendo al templo de San Salvador, se puede afirmar que, a pesar de su aparente sencillez, en su vertiente ornamental se localizan detalles y singularidades, sobre las que merece la pena detenerse, siquiera sea para echar un breve, pero interesante vistazo. Uno de los detalles que más ha de llamar la atención de los peregrinos y los visitantes que se sitúan frente a su portada oeste, es un capitel que conlleva una clara alusión al Grial -al menos, en su vertiente cristianizada (2)-, donde se muestra a un ángel con una copa o grial en la mano. Precisamente la figura angélica, que en no pocas representaciones artísticas, tanto de índole románica como posterior, se muestra recogiendo en la copa la sangre que brota de las heridas de un Cristo todavía crucificado. Junto al ángel, en otro capitel, se muestran dos bestias, probablemente leones -símbolo de conocimiento- unidos por la cabeza. Ahora bien, en la serie de capiteles de la derecha, entre diferentes alusiones a la Madre Tierra en su esplendor vegetal, volvemos a encontrarnos con una significativa figura, cuya presencia quedó oportunamente constatada en las visitas a los templos de Vilar de Donas y Portomarín: el controvertido Árbol de Conocimiento; o del Bien y del Mal. O del Demonio, como se opina en Vilar de Donas a sugerencia del párroco, en virtud del número de ramas: seis. Elemento con idéntico número de ramas que no sólo se observa en este lado oeste del templo, sino que también se vuelve a localizar en el tímpano de la portada norte, donde, además, lo hace por partida doble, a ambos lados de otra no menos curiosa y controvertida figura, a la que generalmente se identifica con un orante. Cierran el conjunto -que el mencionado párroco de O Cebreiro describe en su libro como un Pantocrátor- dos pequeñas cruces paté, inmersas en su correspondiente círculo, situadas por encima de ambos árboles. Y como broche, queda llamar la atención sobre los magníficos herrajes, de época y factura idéntica a los que se encuentran también en la iglesia de San Salvador -Ruta de los Salvadores- de Vilar de Donas; unos herrajes, de los que aún se pueden encontrar rastros, no tan bien conservados, seguramente, en lugares tan lejanos como la iglesia de San Juan de Rabanera, en Soria capital, reconstruida con los restos del cercano templo dedicado a la legendaria figura de San Nicolás.

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(1) Elías Valiña: 'El Camino de Santiago: Guía del peregrino a Compostela', Editorial Galaxia, Vigo, 1992, página 216.
(2)Sería interesantes, recordar aquí la estupenda clasificación que sobre el Grial realizó en su momento Andrew Sinclair, gran especialista en la materia, quien, en su obra 'El descubrimiento del Grial', Editorial Edhasa, 2003, dice lo siguiente: 'Si los bardos celtas optaron por un Grial de sangre y sacrificios, y los trovadores franceses escogieron un Grial de abundancia y amor, los poetas alemanes de la época prefirieron un Grial de caballeros y de piedra'.