viernes, 24 de octubre de 2014

El Camino se viste de Otoño


Suele llegar sin avisar y a veces, como en la presente ocasión, disfrazado de veranillo de San Miguel, incluso en esos lugares donde parece que el gélido Bóreas se ha aposentado eternamente. De libre albedrío y de espíritu inquieto, deja una singular tarjeta de visita por todos aquellos lugares por donde pasa, jugando, ¡qué duda cabe!, con los colores gloriosos del ocaso. Si alguien le pregunta, diría que es el gran burlador, el pintor romántico por excelencia. O quizás, ocultando un rubor dorado en su sonrisa, dejaría que fuera otro quien viera en él al gran Maestro, aquél cuya prudencia deja hojas marchitas señalando el Camino hacia el Jardín de la Madre Oca. Hay quien dice, asegura y persevera -que para eso la vieja Hispania no sólo es tierra de pan y vino, sino también de dimes y diretes-, que se hace acompañar por una cohorte de dulces, gráciles y escurridizas mancebas a las que alguien, seguramente poseedor de un corazón de poeta, identificó -tal vez huyendo apresurado de las gentiles cortes occitanas después de que el Trovar dejara de ser un Arte afín a los caminos-, con las inalcanzables Musas. Es generoso con quienes le veneran, y antes de continuar camino, gratifica espléndidamente con la más generosa de las visiones. También es un amigo fiel del peregrino, y aunque no le deja mensajes trascendentes en las viejas piedras donde se arrodilla para solazar su espíritu, le enseña, no obstante en su caminar, el antiguo secreto de la muerte y la resurrección. Es el viajero serio, pero comprometido, que no rehúye la compañía pero tampoco la impone. Es como el verso inmortal del Poeta, aquél que exiliado en Francia, le describiera perfectamente cuando glosó aquello de quien quiera beber conmigo, tiene una copa en mi mesa, compartirá mi alegría pero también mi tristeza.
Es el Otoño, quien cubre con su maravillosa nostalgia, los viejos caminos peregrinos. 

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