domingo, 25 de abril de 2010

El castillo de Sádaba al anochecer

Resulta difícil precisar hasta qué punto se encuentra susceptible un espíritu inquieto, sujeto a los avatares de las emociones, después de un largo y provechoso día almacenando impresiones en ese baúl de los recuerdos que se aloja siempre en el corazón de un peregrino. Habiendo visitado un lugar sumamente emblemático, como es San Pedro el Viejo, en pleno casco antiguo de la capital oscense, y de regreso a las Cinco Villas, un no menos emblemático templo, como es la iglesia de San Miguel, en Biota -pese que a su estado de conservación, recomienda llevarla a la picota del Maese Alkaest- se puede pensar que acercarse hasta el altozano de un pequeño pueblecito cercano a Ejea de los Caballeros cuando el sol bosteza buscando la imprecisa almohada del horizonte, carece de sentido, cuando no de algo peor...si por sentido entendemos lo estrictamente establecido.
Nada más lejos de la realidad. Supongo que para un alma lord byroniana y por añadidura romántica, que también románica, un castillo en sombras aunque restaurado, puede ser algo así como un metafórico ouroboros o serpiente que se muerde la cola, restando parte de ese misterioso encanto hechicero que, por más que me pese decirlo -pues me considero un defensor a ultranza de la conservación de nuestro Patrimonio Histórico y Artístico- pueden llegar a tener unas ruinas...


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