domingo, 26 de julio de 2009

Foráneos del Cantábrico: Tazones

De referirme a Tazones como a otra perla del Cantábrico, seguramente muchos piensen que estoy exagerando, pero no es así. De hecho, este pueblecito marinero, situado a unos diez kilómetros, aproximadamente, del casco urbano de Villaviciosa, cautiva, y mucho, por su belleza.
Apenas pasan unos minutos de las nueve de la mañana, cuando llego al aparcamiento situado al comienzo del pueblo. No tan pronunciada como en el caso de Cudillero, los habitantes de Tazones aún duermen el sueño de los justos, al cobijo de una ensenada que proteje, también, su pequeño puerto pesquero.
Diríase, pues, que hablo de un pueblo fantasma a esas horas de la mañana, si no fuera por el barrendero, que desciende la cuesta unos metros por delante de mi, empujando su carrito, donde los palos de varias escobas parecen simular, quizás, los mástiles recogidos de velas de ese pequeño balandro blanco que se balancea dulcemente en un bálsamo de aguas de color verde esmeralda, que parecen reflejar la exhuberante vegetación de los farallones que circundan la ensenada; o por la pareja de guardias civiles que, no muy lejos del balandro, enfrente de la Lonja, para ser exactos, platican animadamente, compartiendo un cigarrillo. Pero, posiblemente, lo que mejor defina la verdadera idiosincracia de un pueblecito costero como Tazones, sea ver esas barquitas que faenan no demasiado lejos de la costa, meciéndose suavemente en un mar, el Cantábrico, que a diferencia de ayer en Cudillero, hoy se ha levantado tranquilo y sereno, como dice la canción.

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El vuelo de las gaviotas acechando en la bahía, algunas posadas en tierra, picoteando y excarvando la dorada arena y otras manteniendo un perfecto equilibrio en los mástiles sedientos de mar de algunas barquichuelas, con nombre de mujer, varadas puerto adentro, al comienzo de las calles. No muy lejos de éstas, destacando junto a la panadería, que sirve, a la vez, como tienda donde forrar la maleta de recuerdos artesanos envueltos en papel de periódico, una casita -la de les Conches- llama poderosamente la atención, siendo el foco de atracción principal del marinerito barrio de San Roque.
Conchas y caracoles de todos los tipos y tamaños, que lanzan destellos de colores al ser alcanzadas por los primeros rayos del sol de la mañana, revisten sus muros y columnas, meintras que algo más allá, y al principio de la cuesta, un hórreo centenario trae a la memoria las señas de identidad de una arquitectura autóctona y popular, que se ha mantenido vigente a lo largo de los siglos.
Suena el eco de cencerros y campanas en la distancia, e intuyo que el ganado, despierto hace rato, espera con ansiedad el momento de ser liberado de su encierro, para lamer el rocío plateado que corona las puntas de hierba de los cercanos prados.
Después de la resaca de la noche, el personal de los lugares de restauración va abriendo lentamente las puertas, armados de escobas y fregonas; en cuestión de horas, el ataque turístico volverá a la carga y la ligera brisa que lame la espuma de las olas llevará consigo, también, una pequeña babel idiomática, cuyo denominador común será, no me cabe duda, una mediática alegría estival.Tazones, un pueblecito marinero en la costa del Cantábrico y una estrella de ocho puntas en la ría de Villaviciosa.

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