lunes, 2 de febrero de 2009

Maderuelo y la leyenda del tesoro de Don Álvaro de Luna

Maderuelo, un pequeño pueblo que aún conserva un genuino sabor medieval, cuál Brigadoon de la leyenda en el que se tiene la curiosa sensación de que el tiempo se ha detenido, guarda numerosos secretos, leyendas y misterios que, a poco que se intente penetrar en el oscuro e insondable velo que los cubre, dejan entrever una historia larga, fascinante y de una importancia posiblemente fundamental.
Situado a una quincena de kilómetros de la señorial villa de Ayllón y separado por una estrecha franja de nueve kilómetros del pueblo más frío de España -Castillejo de Robledo- hubo un tiempo en el que sus lindes pertenecieron a la villa de San Esteban de Gormaz.
Pero aparte de las fiestas medievales que suelen hacer el agosto -y nunca mejor dicho- de multitud de visitantes, hablar de Maderuelo es recordar, inmediatamente, una maravilla artística que, por fortuna para nuestro Patrimonio Nacional, no acabó allende los mares, como sus homólogas, las de San Baudelio de Berlanga. Me refiero, obviamente, a las maravillosas pinturas de una pequeña ermita situada a las afueras del pueblo, al otro lado de lo que en actualidad se conoce como el pantano de Linares: la Vera Cruz.
Asociados a ésta ermita, la presencia de unos ciertos personajes, los templarios, hacen volar ipso-facto la imaginación hacia esa reliquia santa que custodiaban con inusitado celo: un fragmento del Lignum Crucis.
Pero Maderuelo levanta la imaginación aún más allá, al ser foco de una leyenda que, al cabo del tiempo, aún continúa atrayendo el interés de curiosos e investigadores: el destino del fabuloso tesoro de Don Álvaro de Luna.
Personaje destacado en su época, de Don Álvaro de Luna se han dicho tantas cosas, que llega un momento en el que resulta difícil separar leyenda y realidad. Nacido en el pueblo conquense de Cañete en el año 1390, y emparentado con otro no menos famoso personaje, el Papa Luna, desde muy pequeño destacó por una viva inteligencia, que habría de abrirle las puertas de la Corte castellana, primero como compañero de juegos del príncipe Juan (II de Trastámara) y después, a la muerte del padre de éste, el rey Fernando, apodado 'el Justo', como Mayordomo de palacio, en detrimento de Juan Hurtado de Mendoza, con quien se granjeó una eterna enemistad.
También, curiosamente, fue este mismo rey -Juan II, a quien con tanta fidelidad había servido, asentando el reino de Castilla y manteniendo a raya a los belicosos Infantes de Aragón- quien permitió que fuera públicamente degollado en la Plaza Mayor de Valladolid. La fecha, el 21 de julio de 1454.
Si en vida fue acusado de ambicioso, cruel e incluso de nigromante, no es, sino después de su muerte, cuando, incluso mucho antes de esos doscientos años en que el Consejo de Castilla le declaró inocente de todos los cargos que le habían llevado al cadalso -1658- las leyendas en torno a su figura y el paradero de su inmenso tesoro, comienzan a levantar pasión, circulando de boca en boca.
La más curiosa y no menos interesante de dichas leyendas, no se sitúa en Ayllón; ni tampoco en Maderuelo. Muy al contrario, está vinculada con su tumba, situada en la catedral de Toledo.

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