jueves, 24 de febrero de 2011

Vivencias del alma: Santo Domingo de Silos II

'Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntas por quién doblan las campanas; doblan por ti'.
[John Donne (1)]

El tañido de las campanas de la abadía me aleja, por un momento, de la catarsis ensoñadora que me envuelve. La lluvia -fenómeno que tal vez ocurra en el pasado, como dijera Borges- fiel compañera durante toda la mañana, se desliza con suicida rapidez cuesta abajo, mimetizándose en pequeños afluentes que van a desembocar al río Ura. Un río que, seguramente procedente de esos pueblecitos donde las gentes lo bautizaron como Mataviejas, arrastra en su caudal gran cantidad de arena y barro que va devorando con saña en las riberas, y puede que también arrastre alguna historia desgraciada, imposible de olvidar.
En la plaza, con luengas barbas y druídico cayado en la mano, una estatua de Santo Domingo, monta guardia, impasible, enfrente de la abadía. Impertérrita y eterna, su mirada parece confundida, fija en un lugar cuyo aspecto es incapaz de reconocer. Y no es para menos, desde luego, porque de su época, apenas se conserva el claustro románico, que es, precisamente, el lugar hacia donde me encamino a continuación, completamente empapado. Aunque no antes, ignoro exactamente el por qué, de dedicarle un nuevo vistazo a la estatua, cuyas proporciones se reflejan en el mojado pavimento de la plaza, como si lo hicieran frente a la pulida superficie de un cristal. ¿Por qué su color verde?, -me pregunto, quizás ingenuamente, haciendo caso omiso del metal en el que fue construida y pensando, no obstante, en esas misteriosas referencias tan abundantes en las representaciones románicas, basadas, posiblemente, en la mitología celta.

Respiro con alivio cuando dejo atrás la aburrida burocracia que recibe al visitante, observando con tristeza los monitores de televisión que, situados por encima de un mostrador repleto de souvenirs, convierten los cuatro puntos cardinales del claustro en una especie de abominable Gran Hermano: Big Brother is watching you, no puedo evitar recordar la inolvidable frase de un visionario Orwell que, en su conocida novela '1984', ya vaticinaba el fin de la individualidad y el exterminio inexorable de la intimidad.

Una cinta acordona el claustro de norte a sur; prohibido tocar la piedra, me recuerdan en recepción, y por un momento me siento como un invidente al que le niegan el acceso al braille. Se permite fotografiar el claustro, no la iglesia, pero sin flash y está prohibido publicar las fotografías sin el permiso expreso de los responsables de la abadía. Amablemente y de forma oral, se me otorga dicho permiso. Suum cuique, a cada uno lo suyo, desde luego, pero me invade un sentimiento de decepción por cuanto que pienso que al final, a cada uno lo suyo, sí pero a las arcas de la abadía lo de todos.

La aventura continúa, siguiendo las leyes del eterno movimiento y en su novedad, sobrevive aún una ligera chispa de trascendencia. La luz, mortecina, consigue transmitir el curioso efecto de que el claustro se transfigure, imaginariamente hablando, en un tablero de ajedrez donde tengo la sensación de que soy ese peón blanco que sin más armas que la ignorancia, avanza suicida hacia un ejército de sombras. La lluvia continúa cayendo, monótona, formando pequeños charcos en el laberíntico jardín. Como Teseo, sigo un imperceptible hilo de Ariadna que, de capitel en capitel, me introduce en un mundo de oscuridades y pecado representado por arpías y demonios. Me encuentro inmerso, pues, en la eterna batalla entre dos opuestos que se complementan: Luz y Oscuridad, Sabiduría e Ignorancia, Bien y Mal.

Terribilis locus iste (2), recuerdo, mientras intento abarcar la estrategia desplegada hace un milenio por unos hombres embarcados en una cruzada espiritual que significó una auténtica revolución en su época. Estratégica, así mismo, me parece la posición de la Dama Negra; Dama de trovadores y canteros, majestuosa en su trono de leones, de cara a la galería Norte -aquélla asociada a los vientos helados y al Diablo- guardando impertérrita el sueño del Rey Negro, portando en su mano derecha el atributo simbólico de su poder: el lirio; o lo que es lo mismo, aunque de manera encubierta, la pata de oca, señal de maestría que advierte del paso de unos singulares maestros.

Yace el Rey Negro en un cenotafio situado, aproximadamente, a mitad de galería, mostrando, al igual que su Dama, los atributos de su poder: el libro cerrado entre sus manos y el báculo, que adopta, en la empuñadura, la forma de espiral y la cabeza de lobo o de serpiente. Incluso de dragón. O lo que vienen a significar, en alusiones intencionadamente veladas, los tres: el Conocimiento. ¿Cómo vencer a tan formidable adversario?, me pregunto, intentanto, inútilmente, doblegar unas defensas cuyo siniestro aliado, el Tiempo, las ha hecho, a pesar de todo, inexpugnables.

Quisiera, observando con detenimiento una representación de Pentecostés, del siglo XI, trascender la materia, trascender la piedra y unirme a ese grupo feliz de elegidos que reciben la Gnosis de similar manera a como los setos y las florecillas del jardín reciben sedientos hasta la última gota de agua, alimento vital que para unos nutre la materia y para otros encumbra el espíritu. Pero, por desgracia, mi momento no ha llegado todavía. Bestias, arpías y demonios me observan burlonamente, regocijándose en mi derrota, incluso a pesar del sortilegio que representan las enredaderas que les sujetan inexorablemente a la materia también, que para ellos no es otra cosa que la piedra. Esa misma piedra, que aún para representar el concepto de pecado, surgió de la Gran Matriz a la que todos hemos un día de tornar. Es posible que aquí se encuentre una parte del mensaje primordial de Silos, en esa ley de la materia por la cual nada se crea ni se destruye, tan sólo se transforma.

Es curioso, puedo decir que he estado en Silos. Pero, ¿realmente conozco Silos?.

Santo Domingo de Silos, 19 de Febrero de 2011

(1) Cita sacada del libro de Ernest Hemingway, 'Por quién doblan las campanas', Editorial Planeta, S.A., 1994.

(2) Alocución latina que se encuentra localizada en el interior de la iglesia de Sainte-Madeleine, en la pequeña y emblemática localidad francesa de Rennes-le-Chateau, y que significa, literalmente: Este es un lugar terrible.


martes, 22 de febrero de 2011

Vivencias del alma: Santo Domingo de Silos

Un día me iré sin haberte conocido nunca...
[Arturo Pérez Reverte (1)]
Arrecia la lluvia, cuando me acerco a esa boca de lobo que es el túnel de Somosierra. Un camión quitanieves permanece estático en el arcén y los destellos anaranjados de la luz de aviso situada encima de la cabina, se me antojan, por un momento, el preludio mortecino de una actuación de bodevil. El telón de fondo es un cielo gris, tristón, que se vacía con nostalgia en unas laderas todavía cubiertas de nieve. No soy buen actor; nunca lo he sido. Si hubiera sido buen actor, sin duda hubiera preparado el guión, hubiera absorbido cada letra, cada palabra de su contenido y lo hubiera canturreado con la naturalidad de un genio frente a un público boquiabierto que, a pesar de todo, seguramente no me hubiera entendido. Pero en el día de hoy, mi único público soy yo mismo; también soy ese actor tan gris, o más, quizás, que ese cielo que, lejos de ampararme y concederme un momento de respiro, me arroja con saña su pena hasta anegar el parabrisas de una montura que, obstinada como yo, aún desea continuar traqueteando por esos caminos de Dios, quizás buscando molinos a los que exorcizar con la lanza hace tiempo oxidada de un hidalgo caballero.
Hablar de destinos, puede parecer absurdo, sobre todo, cuando no se cree en ellos. De manera que, para no caer en el absurdo, simplemente diré que por alguna extraña asociación entre la locura y el aburrimiento, abandoné la confortable seguridad de un lecho sin sueños, para coquetear con una crisálida, que hace siglos murió siendo mariposa: las ruinas del monasterio de San Pedro de Arlanza.
Resulta curiosa la manera en la que los pensamientos se nublan y mimetizan con el ambiente, hasta volverse tan oscuros como esas golondrinas de Bécquer que nunca más regresarán, ni siquiera reclamándolas entre los suspiros de nuestro corazón. Y sin embargo, hay momentos en los que comienza a preocuparme este ansia necrófila hacia las piedras -como a veces se me ha tildado, veneratore lapidum- ese sentimiento, en ocasiones vital y otras desesperante, de querer conocer hasta el último secreto del pasado. Puede que uno de los síntomas de esta enfermiza necesidad, sea ese callo, duro como ¿una piedra?, que se adhiere a la pupila y te impide ver, cuando no vivir, el presente. Sea como fuere, el viaje continúa. Lo hace, al compás de un tiempo inclemente y con la única compañía de una lluvia que parece querer lavar todos los pecados del mundo, dada la intensidad con la que continúa cayendo.
Atrás han quedado las provincias de Madrid, con su urbanismo suicida y de Segovia, con su románico de escuela, y una vez en tierras de Burgos, ciudades históricas, como Lerma y Aranda de Duero, o pueblos de buen yantar y mejor beber, como Gumiel de Izán.
Apenas me separan una treintena escasa de kilómetros de Burgos capital, cuando diviso un cartel a lo lejos; y sus letras, in crescendo, actúan con un determinante efecto subliminal cuando se definen con todo su poder de persuasión: Santo Domingo de Silos. El cambio de dirección, es inmediato; la aventura cambia de sentido y el guión, aún sin apenas preparar, se modifica. La vida, con sus tretas y avatares, hace que los guiones tengan que estar constantemente modificándose. Nada, por lo tanto, es inmutable y una misma obra puede llegar a tener múltiples finales.
Es curioso, pero he hablado o me he referido muchas veces a Silos, sin haber puesto nunca los pies en Silos. Silos siempre ha constituido, desde mi punto de vista -advierto que soñador en algunos aspectos, pero demasiado realista, quizás, en otros- uno de esos Axis Mundi primordiales, cuya influencia se extendió, irremisiblemente, por los intrincados caminos de una espiritualidad que desplegó un estilo artístico y espiritual, definiendo el sentimiento general de toda una época: el románico.
Alentado por el fantasioso pensamiento de poder beber personalmente de una de las fuentes de la sabiduría ancestral, me dejo llevar hacia ese anciano corazón de Castilla, con el alma en vilo y un deseo perentorio de llegar. Cuando vislumbro la villa desde el aparcamiento situado a las afueras, tengo la sensación de que he llegado haciendo caminos sobre la mar, como cantara el poeta. Un halo de fantasía flota sobre el lugar, independiente de la niebla que oculta la cima de los montes cercanos y la lluvia, que deshace en agua los pocos rastros de nieve que van quedando. Es un halo que despliega una magia especial; una magia que produce el efecto de que, vistas por primera vez, las viejas viviendas castellanas semejen bailar sobre sus arcaicos cimientos. Hay ruinas con solera que presentan a los ojos del curioso identidades heráldicas de viejas glorias; cruces calatravas adheridas como garfios a una piedra lamida por la pátina de los siglos. El olor a orín del ganado, que se mezcla con el aire, escapando por la puerta abierta de una cuadra cercana. Bandadas de palomas, encogidas y mojadas sobre los tejados, que se lanzan a volar precipitadamente cuando advierten mi presencia...Y un río, el Ura, que cambia su nombre por el de Mataviejas en los pueblos de alrededor y baja convertido en chocolate, arrastrando arena y barro a su paso.
Una campana tañe en la distancia y por un momento, su sonido adquiere en mi pensamiento la gravedad de una despedida. Ya han abierto las puertas de la abadía. No obstante, aún chorreando de agua, creo que he recopilado suficientes sensaciones como para que me vengan a la memoria algunas estrofas de una canción inolvidable de Alberto Córtez. Son, en concreto, aquéllas que dicen:
Porque siempre he tenido, la mirada serena, de lo que he conseguido fui mi propio mecenas, porque sé del peaje que requiere la fama, mi canción, mi equipaje...mis vivencias del alma.
Santo Domingo de Silos, 19 de febrero de 2011
(1) Arturo Pérez Reverte: El Club Dumas, Santillana Ediciones Generales, S.L., 2010, página 201.

martes, 15 de febrero de 2011

El Camino: Misterio y Magia

Escribía Howard Phillips Lovecraft, en la introducción de su pequeño ensayo El horror en la Literatura (1), que la emoción más antigua y más intensa de la humanidad, es el miedo y el más antiguo e intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido. El Camino, es esa frontera, a veces irracional, que el hombre debe salvar para trascender una existencia que, en el fondo, le parece anodina y hasta en ocasiones vacía, considerando que las respuestas a la gran pregunta, están ahí fuera.
Yo no diría que cuando me aventuro por esos caminos de Dios, lo hago con miedo; si así fuera, me quedaría en casa silente, adoptando el papel de jilguero que termina aceptando el alpiste como lo más natural, resignado, entre gorjeo y trino, a que los barrotes de su jaula sean el cielo más alto al que puede llegar.
Cierto es, así mismo, que a veces, saliendo con o sin destino definido, resulta imposible no pensar, siquiera por un momento, cómo se desarrollará ese viaje y qué avatares, imprevisibles pero reales, me tendrán preparados los hados. Muchas veces viajo solo, y al hacerlo, la atención y las emotividades son más intensas. La alerta, cuando se va conduciendo, hace en ocasiones que las percepciones sean más definidas y los sentimientos más sutiles. Suelo ver amanecer en carretera, y cada vez que observo al sol perfilándose en el horizonte como un complejo huevo cósmico, me acuerdo, también, de la magia del ocaso, e intuitivamente, un arquetipo acude a mi mente con precisión inalterable: el lábaro. El precedente de los crismones románicos, que contienen ese principio universal e inmutable del Alfa y el Omega, el Principio y el Fin.
El meandro de un río puede ser, pintados los árboles y la vegetación de sus riberas con los colores del otoño, esa idea de belleza y renovación con que la Naturaleza nos instruye, año tras año, simplemente para decirnos que en el fondo, nada es sino apariencia. Incluso ese río, que a simple vista parece inalterable, ya no es el mismo, porque el aliento vital que es el agua, ha sido alterado por la corriente, una imperceptible fracción de segundo después de haberlo visto. Y al volver a mirar, ya no ves el mismo río, sino un río que, aunque lleve el mismo nombre, ya es otro.
Son pequeños ejemplos; simples, quizás, pero que en el fondo constituyen pequeñas lecciones sobre las que generalmente no solemos meditar. Y es que todo es tan relativo, y prestamos tan poca atención a las señales...

(1) Howard Phillips Lovecraft: El horror en la Literatura, Alianza Editorial, S.A., 1984.

domingo, 13 de febrero de 2011

Perlas en el Camino: la Laguna de Somolinos


En el agua su barba se había sumergido:
Baya de Oro, la hija de la Mujer del Río,
tiró de sus cabellos y allá que fue, arrastrado,
a hundirse entre burbujas, nenúfares abajo...
[J.R.R. Tolkien (1)]


Resulta imposible no dejarse llevar por el romanticismo implícito a éste tipo de lugares, de una u otra manera, asociados, por regla general, con la magia, lo sobrenatural y lo fantástico. Es muy probable que en las estribaciones de esa peculiar Sierra de Pela, el abismo de este diminuto ojo constituya la ventana natural por la que dioses de olvidades religiones atisben con curiosidad a todos aquellos que un día, de manera casual o voluntaria, pasean por la ribera, ensimismados en su salvaje y a la vez frágil belleza.




Situada a un kilómetro escaso de Albendiego, y a unos diez kilómetros de Campisábalos, probablemente en el pasado, alguna caballería templaria abrevó en las frescas y cristalinas aguas de ese río Bornoba que la sustenta, y también algún que otro peregrino encontró en sus orillas alivio a su fatiga, camino de Ayllón y Burgos, para enlazar con ese otro ramal hacia Compostela, denominado Camino Francés.



La última vez que estuve, hace apenas una semana, los montes de alrededor pintaban canas, y el viento, suave, traía consigo una lejana canción que parecía brotar de la garganta sobrenatural de una xana.

Pero tal vez todo fueran simplemente ensoñaciones de un Caminante...

(1) J.R.R. Tolkien: 'Cuentos desde el Reino Peligroso': Las aventuras de Tom Bombadil, Ediciones Minotauro, S.A., 2010, página 163.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La Huerta de Malvís


Erase de un marinero
que hizo un jardín junto al mar,
y se metió a jardinero.
Estaba el jardín en flor,
y el marinero se fue
por esos mares de Dios...
[Antonio Machado: Parábolas]
No puedo evitar recordar, cuando pienso en mi estimado amigo Malvís y su huerta, en estos significativos versos de Antonio Machado, a los que también puso música un por entonces jovencísimo Joan Manuel Serrat, los cuales hacen referencia a esa alma marinera que en el fondo todos poseemos, y a esa infinita mar, que es la vida, en la que nos embarcamos, desde el mismo momento de nacer, sacando el pasaje hacia esos Mundos de Dios.
Así conocí a éste jovial marinero majinense, por esos Mundos de Dios, en los que nos hicieron coincidir invisibles vientos y corrientes, y donde, por obra y gracia de un interés común, quedaron sellados unos lazos que, como ese cordón de plata que las tradiciones budistas aseveran que une cuerpo y espíritu, en este caso bien se podría decir que sirvieron para amarrar un pequeño cofrecito, en el que cabe, sin embargo, el mayor de los tesoros: la Amistad.
Hace tiempo que tenía que haber hecho esta entrada, también es cierto, pero como se suele decir, nunca es tarde si la dicha es buena. Además, tengo la sensación de que el blog estaría incompleto. Y como me apetecía hacerla, pues ahí va...Sólo una cosa más: el refranero popular asegura que los ojos son el espejo del alma; yo iría un poco más allá y diría: dime cómo es el huerto de un hombre, y te diré qué clase de persona es.
¡Va por usía, don Manué!