domingo, 26 de mayo de 2013

Concejo de Nogueira de Ramuin: Teixeira, ermita do Virxen do Monte



‘Infierno o cielo, ¿qué importa?. ¡Al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo!’.

[Charles Baudelaire]
Al comienzo del pueblo, y poco menos que enfrente de uno de los prados que asiste impasible al desmoronamiento silencioso de parte de la casa consistorial adosada a la Igrexa parroquial, un sencillo crucero de piedra sacraliza –o mejor dicho, resacraliza- una antigua fuente, cuya visión, vuelve a traer a la memoria –o al menos, a la de este Caminante- esa ancestral predilección por el mundo de las fuentes y el universo simbólico-cultual relacionado, que se desarrolla con sorprendente fuerza y repetitividad precisamente en la única provincia de Galicia, que no tiene frontera natural con el mar. La Ruta Mágica prevista para la jornada, ha comenzado temprano en una mañana de domingo, que hasta entonces se ha caracterizado por el baile de san Vito –metafóricamente hablando- que acompaña a un tiempo primaveral inestable, en el que un sol mortecino y unas nubes sin duda agresivas, parecen mantener un pulso obstinado por llevar la jornada al terreno de sus respectivos colores. Como en la Españá cañí, destellos de luz y sombra, son aquellos que se suceden en el camino desde Allariz; se extienden en dirección a Xunqueira de Ambía, y por momentos ésta última –la sombra, que como manto benedictino suele preceder a la furia de la tormenta- amenaza con un inesperado diluvio camino del forno da Santa, en Santa Mariña. Por fortuna, y bastante más que pasado el mediodía, el sol parece transformarse en invictus, y en la tregua que precede a su pequeña victoria, el ambiente en torno a San Pedro de Rocas se transforma en amenas pinceladas de color, que realzan aún más, si cabe, esa herencia de belleza y misterio parida por la Madre Tierra hace miles de años. Como puntos de sutura en esas telúricas venas, las descoyuntadas rocas megalíticas de Moura –complejos funerarios antediluvianos, a los que por estas lindes denominan Mámoas- parecen gemir, mortalmente heridas por la soledad y los acordes inaudibles del silencio. Quizás, las notas de esa antigua canción se las haya llevado precisamente ese viento misterioso que parece soplar con exclusividad dentro del perímetro de la Mámoa, y que de alguna manera, similar a la magnética influencia de una flauta mágica, parece señalar en dirección a la Ribeira Sacra. Es la ruta más larga, pero después de todo, eso no importa. Por el nombre, ermita do Virxen do Monte, el Caminante presiente que, independientemente de lo transformado que esté el lugar sacro en la actualidad, en él se esconde un misterio.
La fuente a la que hacía referencia al comienzo, está situada al pie de una carreterilla que, culebreando, atraviesa algunas casas del pueblo y se pierde en dirección a una presentida incógnita. Y digo esto, porque esa y no otra, es la clave que mantiene en vilo a todo aquél que, como este Caminante -y perdón por la reiteración-, se deja cortejar por la intriga, o por la suspicacia derivada de ella, cuando menos, y emprende viaje hacia un lugar desconocido, en el que, al fin y al cabo, no sabe a ciencia cierta qué se va a encontrar. En el trayecto, no resulta difícil tampoco, por añadidura, plantearse la cuestión, definitivamente shakespiriana –que en el fondo, prácticamente todos llevamos dentro el sambenito de Hamlet, o al menos, así lo piensa el que suscribe-, de si todo realmente es casual u obedece a un oscuro plan, del que siempre, naturalmente, somos los últimos en enterarnos. Bosque, valle y monte se suceden durante un trayecto que comienza a hacerse más empinado, a medida que toma como referencia esos quijotescos aunque modernos molinos eólicos, semejantes al palo mayor de los temibles drakkars vikingos que asolaban el litoral cantábrico, pero el drama de cuyas incursiones aquí apenas es conocido por referencias. No recuerda si allí, en la colegiata de Xunqueira de Ambía, se lo ha pedido a la Virgen Peregrina, Patrona, a la vez, de travellers y caminantes, pero de alguna manera, presiente que tal vez ésta le esté procurando un afortunado camino.
Tal y como pensaba, el lugar está definitivamente transformado; y aun así, un sólo vistazo parece resultar más que suficiente para adivinar, presentir o imaginar, que en aquéllas especiales soledades otras culturas ancestrales rendían pleitesía a unas deidades sofocadas cuando el Cristianismo se introdujo en la región. En tal sentido, la fuente -otra vez la fuente- que se localiza a escasos metros de la fachada de la ermita, es el mejor ejemplo de ello. Aunque la actual construcción, del siglo XVIII, no reviste un interés especial, se supone que se construyó sobre una antigua ermita del siglo XV, levantada -como imaginaba- después de una manifestación mariana (1); detalle suficiente, y a la vez conveniente, para exorcizar definitivamente los antiguos cultos. Unos cultos que, posiblemente, y por las características del terreno, giraran no sólo en tono de la fuente, sino quizás también alrededor de algún elemento megalítico, del que no queda constancia hoy en día, o al menos, yo no la conozco. Acertada o no la suposición, el Caminante sabe, por experiencia, que no sería inusual encontrarse ante un lugar donde se ha elevado una ermita o una iglesia encima, por ejemplo, de un dolmen, siendo dos buenos ejemplos la ermita de la Santa Cruz, en Cangas de Onís y la ermita de Santiago, situada ésta última en la denominada majada de les capilles, en la cima del también asturiano Monsacro.
Con planta en forma de cruz y entrada por el oeste, llaman la atención, a ambos lados de la puerta, sendas aberturas, tipo ojo de buey, que recuerdan, inequívocamente, un símbolo de carácter universal: el del infinito. Símbolo que, por añadidura, utilizaron como marca epigráfica los canteros medievales que desarrollaron su oficio en lugares no excesivamente lejanos y dentro de la provincia, como pueden ser la iglesia de San Pedro da Mezquita, e incluso la propia catedral de San Martín, en la capital, lugar donde son mucho más abundantes. Tampoco la comparación con el ojo de buey es gratuita, porque, como pudo constatar después (2), estos animales tuvieron su protagonismo durante la referida aparición mariana (3), determinando el lugar donde la Virgen, aparentemente, deseaba que se le levantara la ermita y se la rindiera culto y homenaje.
Atisbando a través de estos, se puede observar, al fondo de la nave, que la cabecera está compuesta por un altar, sobre el que dan la sensación de elevarse tres arcosolios, ocupando el lugar del centro, una figura mariana de aspecto moderno. A tal respecto, es cierto que el Caminante todavía se pregunta, si dicha figura no será sustituta de otra mucho más antigua, románica o gótica, que la precediera; y de ser así, sería interesante saber si todavía existe y dónde se encuentra; si se destruyó o, como ha ocurrido en más ocasiones de las que se podría mencionar, fue víctima de los amigos de lo ajeno que, como as bruxas, habélos hailos.

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(1) El término, aun en su versión cristiana, no deja de ser genuinamente interesante, después de todo, pues se compone de dos vocablos -Mari y Ana- de inequívoca referencia a la ancestral figura de la Diosa Madre.
(2) Dado que no es la intención de este Caminante, aprovecharse de la labor y del esfuerzo de nadie, justo es precisar que la confirmación a sus sospechas sobre la relación entre el lugar y el fenómeno mariano, se vieron confirmadas en internet, en el blog de Antón Rodicio, 'De la Ribera Sacra', en cuya entrada 'La ermita de la Virgen del Monte y el "Camiño Brieiro"', realizada el domingo 29 de noviembre de 2009, el lector interesado podrá encontrar numerosos datos referentes no sólo a la leyenda de la aparición de la Virgen, sino también interesantes descripciones de los caminos y senderos que conducen al lugar. El enlace para acceder, es el siguiente: http://riberasagrada.blogspot.com.es/2009/11/la-ermita-de-la-virgen-del-monte.HTML
(3) Adviértase, que dentro de la extensa casuística relacionada con el fenómeno legendario de las apariciones marianas, suelen abundar los casos en los que aparecen, con relevante protagonismo, las figuras de bueyes y asnos. Por otro lado, la presencia, sobre todo de los primeros, dentro de un estilo artístico como el románico, no sólo podría considerarse como general, sino que también resulta particularmente representativa en el románico del norte peninsular. Los bueyes, sólo por citar algún ejemplo relacionado, no sólo determinan, con su obstinación a seguir caminando, el lugar elegido por la Virgen para la elevación de su santuario, como en este caso, sino que también resultan unos excelentes radiestesistas, que localizan el lugar donde yace enterrada una antigua imagen virginal, como en el caso de la Virgen del Mirón, en Soria, o guiados por ángeles, labran la tierra mientras un santo varón, celebrado prácticamente en todos los lugares de la Península, eleva sus oraciones al cielo: San Isidro Labrador.