martes, 22 de noviembre de 2011

Peregrinos en Villafranca Montes de Oca: Segunda Parte

A veces, hay deseos que no pueden cumplirse en el momento en el que a uno le gustaría. Por regla general, ningún viaje es perfecto; sobre todo, si se lleva el tiempo contado y además una ruta previamente planificada, que no admite desvíos, ni siquiera cuando las circunstancias sitúan en las cercanías aquél lugar que desearíamos visitar. Muchas veces queda, como digo, esa sensación de vacío que acompaña siempre a un deseo irrealizado; eso que, generalmente, denominamos como quedarse con las ganas de.

Recuerdo, y lo digo como antecedentes para la introducción de esta pequeña historia, que me quedé dos veces con las ganas de parar en Villafranca y visitar este interesante santuario natural, donde se levanta la ermita de Nª Sª de Oca. En ambas ocasiones, por increíble que parezca, pasé por las cercanías, y por las circunstancias anteriormente mencionadas, no me fue posible parar.

En la primera, me ocurrió dos veces: a la ida y a la vuelta de un viaje de vacaciones, corto pero intenso, a una zona especial de la provincia de Burgos -Las Merindades- interesante y sobre todo hermosa, donde tuve la fortuna de acceder a lugares tradicionalmente importantes, como el Valle de Mena y sus iglesias de San Lorenzo de Vallejo, Santa María de Siones y San Pedro de El Vigo; el Valle de Losa, con su inexplicable y a la vez esotérica -digo bien- iglesia de San Pantaleón, y los restos de lo que en tiempos fuera el imponente monasterio de San Pedro de Tejada, sin desmerecer algunos otros lugares de no menos especial relevancia.




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La segunda ocasión, se presentó durante el regreso de un viaje de vacaciones de Semana Santa a Navarra, una vez dejada atrás la emblemática población de Torres del Río, con su iglesia de planta octogonal del Santo Sepulcro, y parte de la provincia de La Rioja, descendiendo hacia Burgos por el puerto de la Pedraja. O mejor dicho, para ir introduciéndonos en lo misterioso y argotico, pues el tema lo merece: de la piedra de los jars; es decir, de los gansos, en claras referencias a las cofradías de constructores medievales.


La ermita de Nª Sª de Oca, se localiza en un pequeño paraje natural, a pie mismo del puerto de la Pedraja, y a la vera del río que lleva también su nombre: Oca. Las referencias mistéricas son, pues, evidentes, y no hay que descartar, por sus características, que se levante en las inmediaciones de lo que antaño fuera un lugar de culto pagano, druídico para más señas, convenientemente cristianizado: el bosque, el río, la fuente o el pozo -¿me dejo alguno que no figure en el famoso juego de la oca?- resultan, por lo general, elementos a tener en cuenta para dicha valoración. Además, no es el único santuario con semejantes características que el peregrino se puede encontrar en esta impresionante provincia burgalesa. A tal respecto, se me ocurre, aunque ya hablaré de él más adelante, citar otro santurario no menos célebre, situado a una veintena de kilómetros, aproximadamente, de Briviesca: el de Santa Casilda, en cuya leyenda, las connotaciones paganas resultan más que evidentes. Evidente, así mismo, resulta el detalle de que de la antigua fábrica románica de la ermita no queda prácticamente nada; aún así, no ha de resultarnos extraño, tampoco, comprobar la existencia de algún elemento interesante que, aunque más moderno, por supuesto, es afín a la Tradición. De tal manera, que si nos detenemos un momento a observar la forma de la entrada del santuario, no tardaremos en darnos cuenta de que representa, perfectamente, un pentágono. O como lo definiría el profesor Fernando Ruiz de la Puerta -afincado en Toledo y especialista en magia y esoterismo medieval, entre otras materias- como pie de druida. No deja de ser paradójico, pues, que el peregrino que atraviesa el umbral para ver a una Virgen de evidentes connotaciones negras, lo haga, a la vez, pasando por debajo de un símbolo ancestral, conocido por los antiguos celtas y utilizado por los druidas. Pero no nos equivoquemos, porque, dentro de la multitud de significados a él asociados (1), el pentágono constituye también un símbolo de salud que, en cierto modo, complementaría de alguna manera, esa fama milagrera que suele acompañar a unas vírgenes salomónicas -por referencias a Salomón, el Cantar de los Cantares y el color- que proliferan, especialmente, en dos países europeos: Francia y España. No obstante, que nadie se eche las manos a la cabeza; se trata tan sólo de una opinión personal, que puede o no ser compartida.



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Por otra parte, siempre he insistido en la importancia del lugar en sí, por encima del templo o del símbolo que lo adorna o representa. La importancia del santuario de Nª Sª de Oca, probablemente se localiza unos doscientos metros más adelante, una vez cruzado el viejo puente de piedra que se levanta sobre las aguas, tranquilas en este punto, del río Oca. Allí, en una pequeña pradera flanqueada por la arboleda de un pequeño bosquecillo también, un cercado de madera custodia un mojón de piedra con una cruz, que santifica una fuente que a buen seguro debió de suponer el hábitat de ninfas y faunos hace milenios. Es la fuente de San Indalecio. Junto a ella, y formando un trébol de cuatro hojas, una pequeña piscina recoge el agua clara que brota de la fuente, distribuyéndola a través de un sumidero, para que se una al río algunos metros más allá, contribuyendo, de una manera simbólica, a sacralizar las aguas de un río, el Oca, como ya he dicho, ya de por sí significativamente simbólico.


No descarto la existencia, en ese preciso lugar, de un complejo megalítico en el pasado. Pero, desde luego, sí puedo dar fe del descanso y el sosiego que tanto el sitio, como la magia que lo envuelve, proporcionan al peregrino, así como al visitante que un día se aventura hasta allí.


(1) Entre ellos, el de la segregación: por desgracia, durante la Edad Media, con éste símbolo se identificaba al avaro y también al judío, de similar manera a como al agote navarro se le obligaba a revelar su condición racial con una pata de oca.