domingo, 2 de mayo de 2010

Pueblos del Camino: El Frago

Prefiero recordar este hermoso pueblecito de la serranía aragonesa, como un lugar tranquilo y apacible, de esos donde parece que nunca pasa nada, que se encuentra en zona fronteriza con la vecina provincia de Huesca.
Si hemos de hacer caso de los carteles, El Frago dista 12 kilómetros de otro interesante y pinturesco pueblecito aragonés, Luna; aunque, si he de ser sincero, pero no desagradecido, la distancia parece mucho mayor, posiblemente motivada por la notoria cantidad de curvas de la carretera comarcal que, atravesando ésta última población, se adentra como una sierpe en tierras de Huesca.
El itinerario, desde luego, merece la pena, pues no sólo se conjugan Historia y Románico en el punto de destino -parte evidente y reconocible de nuestro interés- sino que, además, el desplazamiento gratifica con un paisaje, no diría que soberbio, pero sí espectacular, donde monte bajo y zonas boscosas, en algunos puntos impenetrables, a juzgar por su vegetación, compiten en hermosura con eríneos prados, rebosantes de vitalidad, es de suponer que a consecuencia de las generosas precipitaciones de un invierno atípico, aunque no lo demuestre el caudal del río Arba de Biel, a su paso por la vega fraguense.
A mitad de camino, no obstante a pie de carretera e invadidas por la maleza -un árbol enorme, hunde sus raíces en lo que posiblemente antaño fuera el altar-se vislumbra -como el armazón de un arca bíblica varada y olvidada hace ya algunos impredecibles diluvios- el esqueleto pétreo de una ermita. Una ermita, con esa característica forma semi-cónica de las ermitas montaraces de la región, que ya tuve oportunidad de contemplar en las cimas del mítico Moncayo, no muy lejos de lo que en tiempos fue el Santuario de la Virgen de tal nombre -titular del cercano monasterio de Veruela y tan pequeña como la Pilarica-, y hoy día, convertido en hostal habilitado para montañeros y turistas.
A semejanza de Cuenca y sus famosas casas colgantes, El Frago descansa adormecido sobre la cima de un pronunciado montículo. Una carreterilla, en bastante buen estado, atraviesa el puente sobre el río Arba de Biel, y asciende encorvada como el cuerpo de una sierpe, dejando a la derecha una vega de pastizales que mueren a la orilla del río. Es en esa zona donde el viento que se cuela entre las hojas de los álamos disimula su susurro, convirtiéndolo en música de cimbeles y campanillas. Visible en la distancia, la pequeña y sencilla ermita de San Miguel recibe al viajero a pie mismo de carretera, una vez se sale de la primera curva. Como el fantasma de la chica de la curva de la famosa leyenda urbana que, curiosamente, resulta poco más o menos que un auténtico paradigma paranormal de índole internacional, ésta humilde reminiscencia del siglo XII guarda algún que otro secreto de puertas para afuera. Su sencillez, en modo alguno está reñida con una ornamentación de la que apenas cuenta, salvo si exceptuamos el hermoso crismón de su tímpano, algún capitel de vegetal influencia y aún otro más, que recuerda un posible nudo de Salomón -elemento decorativo bastante utilizado en el Románico- supervivientes, a duras penas, de una acción corrosiva donde seguramente el tiempo no haya sido el único culpable.
Dicho crismón, utilizado también como símbolo de reconocimiento entre los maestros constructores medievales, pasaría, probablemente desapercibido, si no fuera por un curioso, aunque no exclusivo detalle: el Alfa y el Omega tienen invertida su posición; y por lo tanto, su sentido. De manera que, por alguna cuestión cercana a la filosofía metafísica, se tiene la sensación de que el cantero varió intencionadamente el mensaje original, sustituyéndolo por este otro que, extrapolado, vendría a expresar que el Fin, en realidad, no es, si no el Principio. En definitiva: un mensaje de esperanza y resurrección.
El tema, no obstante, continúa con dicha transpolación, acentuando, incluso, un detalle más de inversión: la S, según se accede al casco urbano del pueblo, donde se están llevando a cabo obras de reforma en la iglesia de San Nicolás de Bari, también fechada en los nebulosos idus del siglo XII. Aquí, como una burla, cuando no como una reseña de su trascendental huella de identidad -quizás debamos hablar de compulsiva obsesión- volvemos a tropezarnos con el misterioso Maestro de Agüero y entre otras notables variedades, lo más común de su extensa obra: la Adoración y, por supuesto, la bailarina.
Uno de los Reyes -probablemente Melchor, el más viejo, y predeciblemente el más sabio también- se mantiene en posición arrodillada, sumisa, besando los pies de un Niño que, como la apartada y consentida actitud de San José, parece también conocer y aceptar su destino y predestinación. No lejos de ésta escena que sustituye al crismón en el tímpano, e imperturbable entre los capiteles de la derecha del pórtico, el arpista desarrolla una órfica melodía que, in crescendo, aviva la pasión de una bailarina de cuerpo sugerente, sensual -la fina gasa del vestido, se le adhiere como una segunda piel, incapaz de disimular sus sinuosas proporciones- cuya flexibilidad consigue que toque el suelo con su largo cabello. A fuerza de repetitividad -de ahí el comentario anterior de la posible obsesión del Magister- constituyen una especie de símbolo románico-nacional, extensivo no sólo a Huesca y su provincia, sino también a las vecinas Cinco Villas de la provincia de Zaragoza. Sin embargo, a diferencia de la escena de la Adoración -imperceptible, a excepción del detalle del número de puntas de la estrella- en ésta escena, y dependiendo del lugar, sí se aprecian algunas diferencias significativas, siendo la más destacable, el instrumento utilizado por el músico. La música y su hechizo ancestral; y de hecho, compañera del peregrino en su viaje iniciático por el Camino de las Estrellas.
Camino iniciático, a su vez, es ese otro que, partiendo poco más o menos de las inmediaciones de la iglesia, se pierde cuesta abajo por calles empedradas y estrechas que, escoltadas a ambos flancos por casonas de piedra con solera, desembocan en el antiguo barrio de connotaciones cabalísticas que constituye siempre toda judería, sugiriendo, además, épocas históricas de intransigencia, con sabor a hoguera y persecución.
En definitiva, un pueblecito con suficientes ingredientes artísticos, históricos y culturales, como para merecer una visita más atenta y prolongada.

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