miércoles, 24 de abril de 2013

La Puerta del Paraíso de la catedral de Orense


'En cualquier caso, lo mejor de la catedral de Orense, ahora que está cerrado el museo, es, como dicen las guías, el pórtico del Paraíso, esa gran joya escultórica de la que aquéllas señalan que es una réplica del de la Gloria de Compostela, si bien a escala menor, y del que el viajero puede añadir que se vería mucho mejor si la puerta principal estuviera abierta...' (1).


Como se diría, plagiando y alterando en interés propio, en uno de los abracadabras de ese arcano, misterioso y mágico juego que es el de la Oca: de Viajero a Viajero y tiro porque me toca. Supongo que, como Llamazares, el Viajero que esto suscribe también se hizo cábalas eternas intentando llegar al centro de Orense y encontrar una catedral que, por desgracia, pierde buena parte de su atractivo original al verse sitiada por una morisma -que me perdonen los moros, pero añado el símil, porque bien saben ellos que nos tuvieron sitiados y bien sitiados durante siglos- de edificios, que semejan rémoras alrededor del tiburón. Más fácil fue, quizás, encontrar un aparcamiento, obviamente pagando, donde deshacerse por algún tiempo de ese incordio, que a fin de cuentas, es el coche en una gran ciudad. Es cierto que Orense, por fortuna, no es una maquiavélica Madrid -y cito mi ciudad de origen, no por antagonismo ni por afán de madrilear, que para eso están las Oficinas de Turismo, para vender gambas a precio de langostino, sino por no suscitar comparaciones odiosas si meto a otra ciudad en el candelero- pero tiene también los suficientes semáforos, calles, bocacalles, pasos de peatones y vehículos -rodantes, como tocando la gaita en doble fila, digámoslo así, como afinidad a un instrumento ancestral cuya magia me hace vibrar desde pequeño, cuando en la prima-hermana Asturias asistía a las romerías de la Gira, en la playa de Otur y de San Timoteo, en una pradera de Luarca, principalmente- como para hacer que el Viajero, que bastante tiene con seguir las indicaciones de ese puñetero chisme del Averno que es el GPS, respire aliviado sin haberse pegado un trompazo ni haber matado a nadie por el camino. Porque de eso se trata, de hacer camino -intentando incordiar lo menos posible a los demás- y dejar que las experiencias añadidas se aglutinen en el alma para saborearlas a pierna suelta cuando uno, espanzurrado lo más cómodamente posible frente a la pantalla del ordenador, recurra, como consuelo, a ese tiempo pasado que posiblemente fue mejor, que yace escondido en un compartimento especial del siempre adorado baúl de los recuerdos. Y no obstante, ahora que lo pienso, de mi baúl aflora hasta el detalle, groseramente anecdótico, lo reconozco, de decir, que ya antes incluso de divisar la catedral, venía esquilmado; burlado, y posiblemente -¿por qué no decirlo?-, también cabreado. En primer lugar, del monasterio de Oseira -donde me sentí estafado, porque fue después de pagar tres euros y comenzar la visita guiada, ¡qué remedio, aunque no me hiciera ni puñetera falta el guía!, se me impidió sacar fotos (2); y en segundo lugar porque la tormenta y esa intrincada red de caminos que conforman el entorno de Leiro -unidos al GPS, otra vez el maldito GPS- me hicieron dar vueltas en círculos hasta desesperar y dejar para mejor ocasión el lugar que estaba buscando, que no era otro, que Beade y sus misteriosos cruceiros. Porque estos, después de todo, forman parte también, como el Maestro Mateo, como la Inventio, como el mismo Camino, como el Finis Terrae, del alma de la Galicia inmortal.
Inmortal, después de todo, es la obra del Maestro Mateo y su Escuela. Con mayúsculas, como corresponde a quienes tal honor merecen. Dicen las malas lenguas -o las buenas, según se mire- que ésta obra, teórica y comparativamente secundaria, es una reproducción, aunque a menor escala, del Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago de Compostela. Dicen también que, como la catedral, su alumbramiento se produjo a lomos de los siglos XII y XIII. Y hasta es posible -esto lo añado yo- que también una estrella alumbrara el lugar y unos magos, de manos hábiles para utilizar el punzón y el escoplo como si fueran peines, sacaran brillo a la piedra de la raíz a las puntas. Pero ya que ellos no lo dicen, lo digo yo: aunque, en efecto, la escala es menor, la vibración es infinitamente superior. Vibra con mayor intensidad porque, a diferencia del Pórtico de la Gloria -gran parte de su belleza, parece que Dios la tiene precisamente ahí, en la Gloria- la Puerta del Paraíso de esta catedral orensana dedicada a la figura de San Martín conserva, prácticamente intacta, su policromía original. Magia visual: el espectro luminoso desparramándose por las retinas de un agradecido Viajero, que a punto estuvo de pasar de largo y perderse el espectáculo. Lo cual, añado, hubiera sido un auténtico sacrilegio. Allí, evangelistas y profetas se balancean al ritmo de la luz en una danza eterna que proclama la pervivencia de los antiguos misterios. Abacuc, Isaías, Jeremías...e incluso Ezequiel, aquél cuya visión se anticipó en miles de años a los Pantocrátores que habrían de constituir divisa, como el lábarus, hermano lejano del crismón, de un Arte sublime que se ha convenido en denominar Románico. En la película de la piedra, llega un momento en que el observador se convierte en Dante, y dejándose llevar también por Virgilio -que no es otro, que la representación de la Poesía- atraviesa las fronteras del peso y el volumen, de la mesura y del equilibrio, para acceder al mundo sobrenatural de las esferas. O mejor dicho, de las semiesferas, en cuyos arcos o superficies, los mensajes se suceden, los guiños se multiplican y desde el infierno, que es la tierra donde pisa, se puede tener la sensación, siquiera por unos instantes, de poder besar el cielo. Sobre todo si, colocados ante la imagen sacro-santa de Santiago, sentado en su trono de planta hexagonal, uno cree observar, en los clarioscuros que se desparraman por el bosque abovedado de la nave, puertas misteriosas que esconden un secreto. Un secreto, que cada uno tiene que descubrir, que desentrañar y hacer suyo, dejándose llevar por esa fiera que nos acompaña a todas partes y que debe ser conquistada: la Intuición.
Ya he estado en Silos. Y ahora, después de contemplar esta auténtica maravilla, también puedo decir que, en parte, me han presentado a un genio singular: el Maestro Mateo.


(1) Julio Llamazares: 'Las Rosas de Piedra', Santillana Ediciones Generales, S.L., 2008, página 46.
(2) A Llamazares, como deja constar en el capítulo dedicado a la catedral de Orense, le llaman la atención la cantidad de cepillos que hay a lo largo y ancho de ésta. Cepillos que sólo reciben óbolos voluntarios. Por el contrario, en Oseira, los hermanos del Císter te atracan y no te permiten sacar ni una sola foto. No niego que estén en su derecho, como propietarios y administradores de su monasterio. Pero me parece imperdonable que eso mismo no te lo digan antes de sacar la entrada, permitiéndote decidir si te interesa o no pagar, sobre todo, si vas con la intención de hacer un estudio del lugar y no simplemente como turista, sin menospreciar a nadie, dicho sea de paso, pues lo cortés no quita lo valiente, como se suele decir, y no cabe duda alguna de que tanto el lugar como el entorno, merecen ser visitados, conocidos y saboreados según el dictado del paladar de cada cual.

martes, 16 de abril de 2013

Haciendo camino por Orense


'Al terminar la jornada, el peregrino loco se subió a una loma cercana al albergue con la intención de contemplar la puesta de sol sobre los tejados del pueblo.
Estando allí, se le acercó uno de los peregrinos con los que había hecho la jornada.
- ¿Qué observas con tanta atención? -le preguntó el peregrino al ver su expresión concentrada.
- Me asombra cuántos detalles puede llegar a tener esta alucinación...(1)

Cuenta la leyenda, que allá por el año 138 a. de C., el general romano Décimo Junio Bruto Galaico, tuvo que cruzar el río Limia y gritar el nombre de sus soldados desde la otra orilla para convencerles de que no era el terrible Letheo, y por lo tanto, no había peligro alguno de perder la memoria al cruzar sus aguas. Posteriormente, y una vez llegados al Finis Terrae, estos mismos legionarios, curtidos en cientos de combates contra feroces enemigos, se espantaron, textualmente, al ver cómo el sol era engullido por las aguas del Océano. Esto es Galicia: una región donde Mito y Realidad, al cabo de los milenios de existencia, continúan estrechamente ligados, como amantes condenados a permanecer juntos durante toda la eternidad, para maravilla y sonrojo de propios y extraños. Tal vez, precisamente por eso, cuando alguien foráneo traspasa por primera vez la frontera de cualquiera de las provincias que conforman este perdido mundo celta, siente, de alguna inexplicable manera, que acaba de cruzar el peligroso río Letheo –pase o no, cerca de Guinzo de Limia- y que, una vez en la otra orilla, su aventura comienza de cero. De poco o nada sirven los planes, las rutas y los deseos trazados de antemano, porque los Viejos Dioses, que a pesar de todo, todavía sobreviven detrás de cada banco de neblina, de cada árbol o de cada fuente del camino, envían a Pan y los sonidos mágicos de su caramillo para que -siguiendo la canción mágica de los siglos, marcada por las notas sobresalientes de una Naturaleza sin igual-, inviertas la dirección y te dejes llevar por la fuerza irresistible de ese inescrutable imán, que es siempre lo Desconocido. La sorpresa, el factor X, adquieren en el ánimo el carácter inequívoco de retos y el subconsciente, indómito como un caballo desbocado, vuela a su antojo sopesando mil y una posibilidades.
Entrar en Galicia es, por tanto, tener la seguridad de que se viaja por los feudos de un sempiterno burlón; de un invencible espadachín que, de nombre Maese Destino, es capaz de enseñarte una finta certera en una recta del camino y atravesarte después el corazón apenas doblas la siguiente curva. Es el tributo que han de pagar los peregrinos, caminantes, walkers, tourist o travellers –que cada uno adopte el traje que mejor se ajuste a su percha- al pasar por estos feudos cargados de ilusión. Requiencant in pace, amigo: estás en o terra galega; terra de meigas -¡coño, que las hay!-, capaces, con sus ancestrales sortilegios, de provocar una lepra afectiva incapaz de sanar con los remedios de los viejos y tradicionales lazaretos. ¿Cómo, si no, se puede llegar a sentir que se desprenden pedazos de corazón cuando uno llega, después de un tortuoso camino, hasta una inconmensurable Ribeira Sacra, accediendo a lugares como el mosteiro de Santa Cristina de Ribas de Sil o el de San Pedro de Rocas?. ¿Cómo no sentir ese desgarro, esa convulsión de arcano misterio cuando, caminando por caminos de peregrino, los pies hoyan un lugar llamado Santa Mariña de Augas Santas y aún más allá, atravesando un bosque férico y tan antiguo como esta tierra, acceder a una cripta o forno da santa –una santa, por cierto, que según algunos autores, nunca existió- y encontrarse con un lugar extraño, atípico, en el que incluso las losas sepulcrales –ajenas al sepulcro, si alguna vez lo tuvieron- lucen extrañas simbologías, como si anticipándose a las de Noia, señalaran otro foco de muerte y resurrección, por la que tenían que pasar, en su iniciación, los aspirantes al Conocimiento?. ¿Cómo no deleitarse, con un lugar delicioso y a la vez imposible, como es el templo de la Vera Cruz, en Carballiño, y no recordar con nostalgia los modelos basados en Donna Gaia de un visionario moderno de la geometría sagrada, como fue Gaudí?.


Tierra donde todavía las queimadas y los conxuros están a la orden del día y donde es preciso contentar a los manes para augurarse un buen camino, solicitando protección debajo de los cruceiros. Porque caminos haylos, carayu, tantos y tan variados, que los GPS se vuelven cariocas y bailan a ritmo de samba la canción del olvido, como aquél soldado de Nápoles que se fue a la guerra. Y es que en el fondo, hay que ser bailón y bailar sin pudor al son que marcan unos senderos que hechizan el alma de tal manera, que cuatro de cada cinco veces uno tiene que preguntarse dónde diablos está y hacer cábalas polares para no perder el norte y continuar haciendo camino. Sobre todo, cuando la voz del GPS –metálica, vacía, fría e ignorante- dice aquello de: ha llegado Vd. a su destino. Y uno mira a su alrededor, ve un lugar frondoso, idílico incluso, que todavía conserva ocres dourados del outono mientras el jaramargo le recuerda que hubo también otro genio, esta vez del impresionismo y de nombre Van Gogh, que pintaba sus cuadros haciendo orgasmar a los colores, y piensa: decididamente existen. Han sido as meigas, que han conxurao el pueblo y se lo ha tragado el bosque.
Esto, después de todo, imprime carácter a la aventura. Porque todo viaje, en el fondo, es una aventura. Poco o nada importan los motivos. En Orense, el Juego de la Oca -aparte de mosteiro en mosteiro y vuelvo a otro mosteiro porque me toca- transcurre por lugares que nunca han visto el mar; y sin embargo, sueñan con el mar. Lugares, tierra adentro, donde las augas son santas, benéficas, milagrosas y en los que se recuerda, con inusual fuerza, la leyenda de Noé. Quizás por eso, cause una sentida emoción detenerse en lugares como Allariz y contemplar el paso cimbreante, cual cintura de odalisca, de un río cuyas aguas llevan el sugestivo nombre de Arnoia. E incluso no muy lejos de allí, entre Pinto y Valdemoro –como diría Gonzalo de Berceo, a quien le debemos el Román paladino- pasar por un lugar llamado Ponte Noalla. La ensoñación, al fin y al cabo una de las mejores cualidades del ser humano, despierta, la cara recién lavada con auga clara de la fonte. A trancas, que no a barrancas, el camino continúa hacia todas y ninguna parte, pues ese es, en el fondo, el secreto de la búsqueda: dejarse llevar. Y en los desplazamientos, vertiginosos cuando se va por autopista, se dejan atrás carteles que indican que apenas una insignificante distancia separa al viajero de ese gran Axis Mundi que es Santiago de Compostela. Un deseo largamente acariciado; una tentación; una trampa, una treta del diablo que te dice que con sólo estirar la mano, puedes tocar nada menos que el Pórtico de la Gloria, y pasando altivo a través de su umbral, alcanzar la gran Perdonanza, el corazón mismo de la Inventio. Y mientras el caballo de batalla devora distancias con el suave sonido de su satisfecho corazón de hojalata, se piensa, estúpidamente, que en menos de una hora -¡Dios, qué insensatez en comparación con los incontables milenios de existencia de esa tierra que ennegrecen los zapatos de goma del jamelgo en el que te asientas!- se puede aspirar, incluso, al Conocimiento dándose cabezazos contra la testa pétrea del Maestro Mateo. Ridículos pensamientos que vienen y van, como ese eterno ciclo de tormentas y sol, tormentas y sol, sol y tormentas que se convierten en inseparables compañeros de camino. Se llegará a Santiago en otra ocasión. Pero todavía no, todavía no…¡Qué tontería!. ¡A Santiago se va o no se va!. Pero lo especial, después de todo, reside en el interior de uno mismo -¿consuelo de tontos?, ¡quizás!- y en la manera en cómo se planifique y digiera todo aquello que puede llegar a mover el resorte interno de la propia trascendencia. Santiago, pues, queda atrás en un desvío del camino, y en stand by, mientras la proa de la nave -¡oh, capitán, mi capitán!- enfila inmutable en dirección a Pontevedra, a la que el viajero tampoco llegará en este viaje, pues ésta recalará en los verdes puertos de interior del Concello de Boborás, algunos kilómetros más allá de Carballiño, donde alguien, quizás tan loco y soñador como él, supuso un día, cuando hablar de la España mágica estaba de moda y la gente comenzaba a soñar con otros horizontes situados mucho más allá del NODO, que por esos pagos aún quedaban rastros de la escurridiza sombra de os bruxos templarios.


Después, en el retorno, y sin escatimar desvíos y distancias, el viajero piensa en el notable Arte de la Alquimia después de visitar Oseira y se consuela dejándose llevar por la ilusión, la perfección y la policromía de esa maravillosa Puerta del Paraíso que, también atribuida al Maestro Mateo y su Escuela duerme su sueño de siglos en las vitrubianas soledades góticas del corazón de Orense. Una de las catedrales más pequeñas de España, cierto, pero ¡rediós, qué gran maravilla!. ¡Qué gran templo!.
Porque así continúa este pequeño viaje iniciático por parte del corazón de Galicia: de oca en oca; de misterio en misterio; de magia en magia. ¿Alguien se apunta a la partida?. Invitados quedáis.



(1) Grian: 'El Peregrino Loco', Ediciones Obelisco, 1ª edición, febrero de 2006, página 32.

martes, 9 de abril de 2013

La iglesia de San Claudio de Olivares


La iglesia románica de San Claudio de Olivares, cercana también a la ribera del Duero a su paso por Zamora, y de hecho, a la de Santiago de los Caballeros, sancta-sanctórum en la que éstos no sólo eran consagrados como tales sino en la que también cumplían sus obligaciones de paladines velando armas (1), se levanta en uno de los extremos de una agradable plazuela, en la que, así mismo y quizás tomando nota de la vecina provincia de Orense, se alza un crucero de piedra frente a su portada principal. De frente también a esta portada, y en lo más alto del montículo, se tiene una extraordinaria panorámica de parte de los elementos más relevantes de esa Zamora, arcana y medieval, conformada por la muralla, el castillo de Doña Urraca, la casona denominada del Cid, así como la hermosa torre románica y el maravilloso cimborrio bizantino de la catedral de San Salvador.
A medida que el visitante se acerca a ella, se define la figura del Agnus Dei, elemento que también se localiza en una de las portadas cegadas de la iglesia de San Juan de Puerta Nueva, situada intramuros, junto al Ayuntamiento. Un Agnus Dei que, a la manera de los antiguos crismones, preside el lugar central –centro simbólico- de la portada principal de acceso al templo. Un centro, qué duda cabe, que se ve ampliamente acompañado de un extenso abanico de motivos, cuya simbología lo convierte en una auténtica Porta Speciosa, que atrae como un imán la atención de todo aquél visitante que acude a contemplar uno de los templos más singulares y completos de la ciudad. Como el resto, la iglesia de San Claudio de Olivares pertenece a esa era –siglo XII- en la que, posiblemente motivada por los crueles enfrentamientos con las poderosas huestes del Islam, en plena época de expansión y reconquista, una auténtica explosión de fe convirtió a Zamora en todo un referente nacional, al menos, en cuanto a templos se refiere. Tampoco debería extrañarnos en exceso, si tenemos en cuenta que la ciudad fue arrasada y vuelta a construir, por lo menos en dos ocasiones. Fama de ello tienen las, a priori, tranquilas aguas del Duero, que engrosaron con sangre su caudal, algunos metros más allá del antiguo puente medieval, en lo que en la actualidad, constituye una parte de la plácida y hermosa ribera, por donde éstas discurren en su eterno vagabundeo hacia Portugal y la Madre Mar.
Pero si la portada, con sus magníficas representaciones ha de llamar, necesariamente la atención, posiblemente sean los motivos de los capiteles interiores aquellos que, tanto por su calidad como por su temática, constituyan el plato fuerte con el que el cantero medieval quiso agasajar –metafóricamente hablando- a una comunidad imbuida en unas creencias religiosas que, independientemente de los múltiples significados, constituían un modus vivendi muy presente y sentido en la época. De tal manera, que pecados y virtudes, campean a sus anchas, de una manera exotérica, con escenas bíblicas donde quizás sobresalga el manido tema de Sansón y el león. Un Sansón que, lejos de limitarse a desquijar al animal, cabalga sobre él, como si el cantero hubiera querido reproducir realmente la figura del iniciado, aquél capaz de acceder al Conocimiento y dominarlo. Es posible, que el viajero que haya conocido algún templo del Principado –como el de Santa María de Teverga- vea ciertas semejanzas en la labra y detalles, como para preguntarse si quizás, sólo quizás, pudo tratarse del anónimo taller itinerante que abandonó la protección de los montes astures para establecerse en la llanura, a medida que iba acrecentándose la Reconquista y repoblándose tan bastos territorios. Pero todo, lógicamente, deriva a una simple y a la vez personal cuestión de interpretación.
Interesante, por otra parte, y a la vez magnífica, es la talla del Cristo crucificado sobre una cruz de gajos. Una cruz original, de ese modelo tan peculiar, que invita a reflexionar sobre la antigua tradición que refiere que una vez muerto Adán, de su cráneo surgió un árbol, cuya madera se utilizó, siglos, cuando no milenios después, como elemento de martirio y redención.
No menos interesantes son, así mismo, las representaciones de San Lázaro –en un principio, reconozco que pensé que se trataba de una representación inusual de San Roque, pues son realmente muy similares, salvo con la diferencia de que uno muestra la herida en su muslo izquierdo, generalmente y el otro la muestra en la espinilla (2)- y de San Antón, otro santo mistérico, portador emblemático de una no menos sagrada y mistérica cruz: la Tau. Llama la atención el lugar en el que están situadas –posiblemente, una tumba en sus orígenes- y los restos de pintura, que entre las formas geométricas sobrevivientes, se advierte alguna esvástica.


(1) Como vimos en la anterior entrada, uno de los casos más significativos fue que en ella se nombró caballero a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.
(2) Del error me sacó, mediante una amena conversación telefónica, mi buena amiga Laura Alberich, nuestra querida Baruk.

sábado, 6 de abril de 2013

Algo más que Historia: la iglesia de Santiago de los Caballeros


'Del mundo, pues, es la llamada "realidad concreta" o visible, al invisible mundo abstracto y superior del Símbolo, pasamos constantemente, sin que de ello nos demos cuenta en todos los momentos de nuestra vida...' (1).

Durante la mañana, el son ha mantenido una lucha constante con unas nubes pertinaces, que amenazan con cubrir el mundo de sombras. La primera visión del viejo puente medieval, bajo cuyos ojos de cíclope el anciano Padre Duero discurre con lánguida parsimonia -como diría un nostálgico Verlaine-, no difiere mucho de aquéllas viejas postales en blanco y negro que, quizás por un exceso de aditivos químicos en el proceso de revelado, parecen adquirir, definitivamente, el tono abrumador de la tierra consumida por la sequía. En su pensamiento, además de hermosa, como todas las riberas, ésta que hoyan sus pies por primera vez y que antaño se drenó con la sangre de miles de guerreros que levantaban la espada bajo el símbolo de la cruz y de la media luna, produce en su ánimo cierto regusto de melancolía. Melancolía que desaparece, algunos minutos después de comer, cuando las nubes contumaces desaparecen y el sol tiñe de oro las viejas piedras talladas en las olvidadas canteras medievales. En las aguas, plateadas hasta entonces, se adivinan ahora tonos de un azul marino que contrastan con la blanca palidez de los juncos mecidos por el viento. Un viento, suave, que también mece las copas de los árboles, el susurro de cuyas hojas, todavía heridas por el abrazo mortal del invierno, semeja en los oídos el dulce sonido de címbalos y campanillas, que parece reclamar a conciliábulo a los supervivientes del Viejo Pueblo, alguno de los cuales bautizó Shakespeare con los nombres de Oberón y Titania en aquél, su sueño de una noche de verano.
Hay aves que levantan el vuelo inquietas y otras que observan al Caminante posicionadas en los lugares más inverosímiles, a excepción de una soberbia cigüeña, que evoluciona, elegante, planeando en círculos por encima del puente, como si fuera un helicóptero controlando un tráfico que en algunos momentos se vuelve verdaderamente intenso. Después de todo -pienso el Caminante- España continúa siendo ese inconsumible país de arrieros y marchantes: diferentes carros para ir y venir, en definitiva, a todas y a ninguna parte.
A la altura de los viejas aceñas del obispo y pasada la arcana iglesia de San Claudio de Olivares -en cuyo interior, sendas imágenes de San Lázaro y San Antón llaman a reflexión e inducen al Caminante a pensar que está en la senda del misterio que todo buen peregrino pretende conocer algún día- la familiar forma semiesférica del ábside de una no menos arcana iglesuela románica: la de Santiago de los Caballeros.
Santiago de los Caballeros, es un enigma que atrae, aparentemente, por su deliciosa rusticidad exterior, no puede por menos que pensar el Caminante, mientras observa que, si bien la práctica totalidad de la nave se levantó a base de piedras y lajas, en el ábside de aplicaron sillares de excelente calidad. También, de manera aparente, llama la atención esa mudez exterior, carente de simbología que, no obstante las apariencias, contrasta con la riqueza y expresividad de los capiteles interiores cercanos al ábside. En éste, y frente al altar, la losa sepulcral de un caballero le recuerda que, a pesar de su sencillez, este templo era lugar donde se consagraban caballeros. El más carismático de ellos, fue el archiconocido Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, armado aquí caballero por el rey de León y Castilla, Fernando I, en presencia de su hermana Doña Urraca, y de cuyas andanzas por Zamora todavía se conserva la casa donde se alojó, situada junto a la catedral de San Salvador. Algún tiempo después, en la última noche que éste durmió en Castilla -según refiere su juglar (2)-: el Arcángel Gabriel se le apareció en visión y le dijo: "Cabalgad, oh buen Cid Campeador, que nunca con tanta suerte cabalgó ningún varón; mientras vivas en la tierra os protegerá el Señor". Precisamente el Arcángel Gabriel, aquél al que se menciona poco, pero que estuvo presente en acontecimientos capitales, como la Anunciación.
Si bien presenta influencias del prerrománico asturiano, se sospecha que este templo de Santiago fue edificado sobre un templo anterior. De manera que, contemplando ese pequeño mundo de luz y sombra, el Caminante se pregunta qué sensaciones no tendrían los caballeros que allí velaban armas, viéndose rodeados de un simbolismo tentador, aterrador en su llamado capitel del Infierno, donde tanto pecadores como bestias dan rienda suelta a sus más indecorosas pasiones, mientras no lejos de ellos, Adán y Eva permanecen representados junto a un Árbol de la Vida custodiado por leones. Leones, a su vez, custodian los árboles de la vida representados en el monasterio de San Juan de Duero, con la diferencia de que los llamados primeros padres no aparecen por parte alguna y sí un animal considerado impuro por la Ley judaica y posteriormente también por el Islam: el cerdo. Entre unos y otros, llaman la atención unos curiosos graffitis que muestran cruces y personajes bailando, cuya edad indefinida, sugieren cualquier posibilidad en la mente del Caminante.
Aunque el sol todavía luce en una tarde agradable, mucho más que la mañana, las sombras envuelven con su abrazo de mortaja, el espacio más sagrado del lugar. El Caminante recoge su carnet de identidad -en las breves horas que lleva en Zamora, ha tenido ocasión de comprobar que éste resulta imprescindible si se quiere llevar un recuerdo de los templos del lugar- y sale al exterior. Encendiendo un cigarrillo, expulsa el humo y mira al frente: una torre románica y un cimborrio bizantino dorándose al sol, le invitan a continuar su excursión. Y es que, al fin y al cabo, hay tantas y tantas cosas que ver en Zamora, aunque sea dejando el carnet de identidad...


(1) Mario Roso de Luna: 'Simbolismo de las Religiones', Editorial Eyras, Colección Hespérides, 2ª edición española, 1977, página 10.
(2) 'Poema de Mío Cid', Salvat Editores, S.A., Biblioteca Básica Salvat, 1972, página 36.