miércoles, 2 de enero de 2013

Om Mani Padme Um: magia oriental en el corazón de Madrid



Dice Joaquín Sabina, en una de sus canciones más conocidas, que él también se apea en Atocha. Como casi todos los visitantes, sin importar origen y condición, que un día recalan en esta ciudad que, aún a pesar de los pesares, tiene la rara cualidad de recibir a todo el que llega, si no con un caluroso abrazo, sí al menos con un guiño de ojos que el otro interpreta inmediatamente como una cita: te espero en el kilómetro 0. Debe de ser así, porque si no, no se explicaría que todo el que llega, vuelvo a repetir, sin importar origen, credo o color, tarde o temprano, termina paseando por la Puerta del Sol y sus alrededores. Tampoco importa la época, aunque el invierno, con esa invitación al canabalismo consumista que apadrina con el eslogan de Blanca Navidad, parece ser la estación más idónea -supongo que porque en mayor medida, a todos nos embarga esa morriña solidaria que olvidamos con la última campanada cada 31 de diciembre- para que ese Mundo de la Ilusión en que vivimos -Maya, lo llaman en Oriente, y algo de verdad debe de haber, si tenemos en cuenta que siempre se ha dicho que toda la Luz viene precisamente de allí- explote, como una traca valenciana, y de sus chispas, germine, a través del asfalto y el hormigón, un mundo difícil de imaginar para todo aquél que no leyera, ni siquiera en su adolescencia, esa pequeña joya matemática, que es Alicia en el País de las Maravillas.
Matemática es, por otra parte, la presencia de personajes impuntuales, sacados de otros universos más realistas -con permiso de los señores Dickens, Dumas y Hugo-, que brotan como las flores en primavera, para hacernos recordar siempre que la vida es una trampa mortal y el destino, la madrastra perversa de los cuentos de hadas. Sobre todo, cuando entre la mendicidad que pulula por las esquinas, ves lo que queda del rostro de alguien que una vez fue mujer, y el corazón se te queda más helado que los mocos de escarcha que el viento que viene de la Sierra te deja como recuerdo entre los pelos del bigote. Más mundanos, lo cual viene a significar, más apegados a introducirse de rondón en las ignotas intimidades de los bolsillos ajenos, las bandas de carteristas -en todos los sentidos, al margen de la Ley, porque no hay Ley que los aguante más de 24 horas- desarrollan con espantosa habilidad el arte del birlibirloque y las carteras solicitan piedad en vano, mientras la municipalidad se ocupa de que nadie violente el inefable romance entre dos autóctonos poco menos que extinguidos de lo que fue la ancestral Madritum: la Osa y el Madroño. Por supuesto, -mentiría, si dijera que en Madrid, como en cualquier otro sitio, hay buenas y malas lenguas- habrá quien diga que eso es una tontería, y que en realidad, su presencia obedece al temor que tiene el primo tendero del político que se esnifa polvo de oro en el hemiciclo de las Cortes, a que los movimientos sociales vuelvan a plantar claveles frente a la puerta de su tienda.
Sueños de oro, como las meigas en Galicia, habélos hailos algunos metros más abajo, allá donde las loteras ambulantes tienden sus tenderetes, tentando al prójimo con el oasis de la Fortuna. Pero, qué diablos, ¿a quién le importan dos euros de recargo, a cambio de comprar una felicidad que, después de todo, nunca termina de dar el dinero?. Pero, joder si ayuda, dicen por ahí, mientras el que siempre ha tenido los bolsillos pelados se encoge de hombros, guardándose el billete en la entrepierna, por si acaso, y continúa su aventura, enfilando hacia la calle Arenal, pensando en su glotón estómago y cómo agradecería un chocolate con churros enfrente de San Ginés. La glotonería y el agradecimiento, solidariamente unidos, quizás hayan convertido a nuestro universal Spiderman en el estómago más conocido de Madrid, aunque en la actualidad, y supongo que de manera provisional, haya decidido cambiar su rincón de la Plaza Mayor -muy cerca de donde Kitty y Bob Esponja terminaron una frustrada relación a base de diálogo de puños- por una de las esquinas de Cortilandia. O mejor dicho -padres del mundo, protestad- de ese remedo de la gloriosa Cortilandia, que empalidece de brillantez pasada frente al insulto del presente. Pero qué le vamos a hacer, muy mal tiene que estar la cosa para que El Corte Inglés escupa los demonios de la crisis en plena cara del engañado consumidor.
Y no obstante, qué duda cabe, que siempre hay un roto para un descosido. O mejor dicho, una sorpresa de magia oriental, que te atrae desde el sitio más insospechado. Todavía me pregunto, una semana después, qué diantres pretendía demostrar el Swami John Doe, en la puerta del Joy Slava,  la discoteca donde tradicionalmente los pijos del mundo brindan con champán, felizmente sumidos en su mundo de irrelevante estupidez. En fin, no sé qué pasaría realmente si Buda levantara la cabeza. Oh tú, flor en el loto....

Om Mani Padme Um